Richard McGuire en entrevista para Arcadia. Fotos: Daniel Reina.
  • La actriz Emma Suarez conversa con el cineasta español Luis Alegre. Foto: Daniel Reina.
  • Simon Schama, historiador británico. Fotos: Daniel Reina.
  • Hanif Kureishi y Jonathan Levi en el Hay Festival Cartagena 2016. Fotos: Daniel Reina.
  • Thomas Piketty y Rodrigo Pardo en el Hay Festival Cartagena 2016. Fotos: Daniel Reina.

Bitácora del Hay Festival

Durante los cuatro días del Hay Festival, Christopher Tibble, editor de Arcadia, tomará apuntes de las actividades a las que asista, sus impresiones, comentarios y algunas reacciones de los invitados. Un diario dedicado a las charlas y eventos de la decimoprimera edición del evento cultural más importante de Colombia.

2016/01/28

Por Christopher Tibble

Octava (y última) entrada, domingo 6:00 de la tarde

La belleza y sus implicaciones. Así podría haberse llamado la charla que moderó el editor de Planeta Marcel Ventura con los autores Arnoldo Kraus, Piedad Bonnett y Melba Escobar. Un tema difícil de exponer, quizá porque se presta para tanto o porque nadie sabe a ciencia cierta qué es. De todas formas, la conversación entre los cuatro sirvió para acercarse a dos manifestaciones de la belleza: la física y la espiritual. ¿Qué se dijo, entonces?

El comercio de la belleza

Gran parte de la charla giró en torno al más reciente libro de Melba Escobar, La casa de la belleza, una obra sobre una esteticista costeña que viaja a Bogotá y se estrella con una sociedad que se rehúsa a darle oportunidades. A partir de las dificultades de la protagonista, Escobar reflexiona sobre los dilemas que surgen a raíz de la apropiación por la sociedad de consumo de la belleza. “Ella es bella y pobre, una fórmula para la desgracia en América Latina –dijo la autora–: entre las mujeres de poca educación, en muchos casos la belleza es la única forma de subir, pero eso lleva a que sean explotadas y abusadas. Es problemático cuando se crea una necesidad de validar la belleza como una forma de estar en el mundo”.

Bonnett, a modo de complemento, habló sobre ¡Divinas! Modelos, poder y mentiras, la explosiva obra escrita por la exmodelo y presentadora española Patricia Soley-Beltrán, que ganó el premio Anagrama de ensayo el año pasado. “Es un testimonio de como el concepto de la belleza está ligado a la sociedad de consumo. En nuestro vertiginoso mundo, el libro habla de cómo el consumismo se apropia y explota la belleza para luego devorarla y domesticarla”, afirmó la poeta.

Kraus, que además de escribir trabaja como médico, analizó la situación trayendo a colación la figura del sociólogo Zygmunt Bauman, quien describe la a sociedad de hoy como una sociedad líquida, en constante cambio, y en la que los cambios suceden a un ritmo superior a nuestra capacidad para adaptarnos a ellos. “En nuestro mundo globalizado, Occidente manda y eso se ve en el uso que se le da a la belleza a través de la figura de la mujer. En los países pobres seguimos lo que se dice al pie de la letra. Pero cuando la gente en estas partes del mundo se encuentra excluida del río de la vida, eso agrava las brechas entre los ricos y los pobres y complica la situación”.

Escobar, en respuesta a Kraus, habló del caso de muchas mujeres colombianas, partícipes del mundo del narcotráfico o por lo menos de su cultura: “A mí lo que me atormenta es cierta esquizofrenia en el rol femenino que no he podido entender. Hablo de las mujeres que se quitan todos los pelos, hablan con la voz infantil de Natalia Paris, se llenan de curvas artificiales operándose y al mismo tiempo cargan con una cruz porque son muy religiosas. Ahí hay algo macabro. Creo que en esas mujeres uno ve reflejadas las contradicciones de este país. Es llevar a la mujer a la objetivación absoluta, sacándole y metiéndole cosas”.

La belleza como estado interior

En los últimos veinte minutos, la charla giró hacia otro tipo de belleza: la poética. El primero en medirse a la difícil tarea de describirla fue Kraus, quien el año pasado publicó Recordar a los difuntos, un libro en el que argumenta que sí existe la vida después de la muerte, pero no en el más allá, sino en los recuerdos de los otros. Un tema que tocó alguna vez Banksy, el artista británico, cuando dijo que uno muere dos veces: cuando deja de respirar y cuando alguien menciona el nombre de uno por última vez. “En el caso de mi libro –dijo el mexicano–, lo que nos queda cuando alguien fallece es su memoria, y las voces de los difuntos que se quedan con uno son una forma de belleza. No tanto humana, sino del alma”.

Escobar, por su lado, argumentó que la belleza solo existe cuando se encuentra por fuera del alcance de la utilidad, cuando no hay intenciones secretas o falsas. Afirmó, también, que con el tiempo las personas van perdiendo su contacto con esta forma de belleza y que por eso la literatura es importante, pues como el resto de las artes, contiene cierta pureza, por lo menos en cuanto a que no esconde nada detrás.

El más extenso veredicto sobre el asunto vino, naturalmente, de la poeta. “La belleza interior es un concepto que ha sido muy manoseado -dijo Bonnett-: detesto de esta época los mensajes ridículos que le mandan a uno por correo y que dicen cosas como ‘el amor es levantarse y mirar al horizonte’. El lenguaje ha convertido a la belleza en algo de pacotilla. Yo quiero que se aprecie otra belleza, una que de hecho se opone a la que sugieren esos mensajes de texto: el arte verdaderamente bello es el que raspa, el que tiene una herida y nos incomoda y nos mueve. La belleza es lo que nos deslumbra pero no podemos aprender. Siempre es algo lejano, que destella y no se escapa. Y no creo que agote perseguirla, pues en ese movimiento de buscarla está la vida. El poeta la busca y es precisamente esa distancia trágica lo que hace que la poesía sea maravillosa. El poeta la plasma pero ella no permanece. Eso es impulso y eso es vida”. 

Séptima entada, sábado 7:00 de la noche

Richard McGuire está feliz. Acaba de terminar una conferencia por Skype con los organizadores del Festival de Angulema, el más importante de novela gráfica. Cerveza en mano, me comenta que hace minutos le dieron el principal premio del festival, el Fauve d’Or. Quiere celebrar. Y tiene razones de sobra. Su libro,Here, puede convertirse –el tiempo lo dirá– en el cómic esencial de esta década. La razón es sencilla: Here es la versión extendida de un tebeo de seis páginas publicado en 1989 en Raw (la famosa antología de cómics que editaba Art Spiegelman) y que no tardó en convertirse en una de las piezas más aplaudidas y analizadas de su género.

No es un libro fácil de explicar. No tiene comienzo ni fin, tampoco continuidad. Es un experimento de temporalidad. Un juego de cronologías que tienen como elemento común la sala de una casa. Sus 300 páginas transcurren en ese espacio. Al inicio el lector se acostumbra a la vista. Pero entonces comienza el juego: McGuire construye su propia historia del mundo desde ese rincón: en desorden, las páginas representan distintos años, desde el 3.000.500.000 antes de Cristo hasta el año 22,175 d.C. Pero el autor va más allá: reúne en una misma página varios años, separándolos con pequeñas cuadros que parecen ventanas abiertas de un computador.

Así, aparecen tres señoras bailando en la sala durante 1932, 1993 y 2014, mientras otra toca piano en 1964; después (¿o antes?) dos niños discuten en 1959 al tiempo que una hippie desenrolla un proyector en 1973 y una pareja prepara un picnic en 1870 (antes de que la casa fuera construida); luego, la misma pareja toma vino al tiempo que una flecha recorre un bosque en 1402 y el planeta, en el fondo, empieza a cuajarse hace trillones de años. Here, sin duda alguna, es una obra maestra, más una pieza de arte que un libro. Su lectura resulta iluminadora e inquietante. Recuerda al lector sobre su propia insignificancia al tiempo que exalta el valor de los pequeños instantes.

Junto a la piscina del hotel Santa Clara, tuve la oportunidad de hablar con su autor.

¿Cómo se le ocurrió la idea de hacer este libro?

Siempre había pensado que valía la pena expandir la versión original que publiqué en 1989. Pero yo no he hecho mus cómics. Esa versión de seis páginas es lo primero que publiqué, luego hice libros de niños. Creo que el éxito deMaus cuando pensé, ¡debería hacer un libro! Sabía que esta historia se podía expandir hasta el infinito y contacté a la editorial Pantheon. Firmamos un contrato en el 2000. Luego no sabía cómo hacerlo. Mi editor pensaba que solo iba a agregarle más páginas al original pero eso no me gustaba. No quería volver al estilo que tenía hace 25 años.

Duré varios años sin saber qué hacer. Pero luego murieron mis padres y tuve que sacar todas las cosas de la casa de ellos, de la casa en la que crecí. Ellos vivieron ahí 50 años y durante el trasteo pensé mucho en el libro y tomé varios apuntes. Los recuerdos volvieron. El momento clave, sin embargo, llegó cuando descubrí que podía situar toda la historia en un rincón de la casa. El libro entonces se convirtió en una idea arquitectónica. Cuando estaba en la universidad estudié escultura y así me sentí escribiéndolo, como un escultor.

Tomando en cuenta la fuente de inspiración del libro, cuando le tocó desocupar la casa de sus padres, ¿es justo afirmar que ‘Here’ carga cierta connotación nostálgica?

La nostalgia siempre me inquieta. Me hace pensar en el sentimentalismo y por eso intento evitarla. Creo que es más una obra de mirada desprendida. Claro, hay muchas cosas personales, pero no describiría al libro como mis memorias. Es una mirada tan amplia del tiempo que todos los personajes aparecen y desaparecen rápidamente. Incluso mi familia, que estuvo ahí durante 50 años, ¡eso no es nada! La tribu indígena que aparece, los lenape, vivieron ahí como 10,000 años. De hecho, me dio miedo nombrar el pueblo donde está la casa porque no quería que la prensa dijera que era sobre su historia. Es sobre algo mucho más grande. En una página, por ejemplo, se ve la formación del mundo y en otra una mujer, que está viendo en televisión un documental sobre el fin del mundo, afirma: ‘gracias a dios eso no me va a tocar a mí’. Pero eso también se menciona de paso, no quería un final dramático sobre el apocalipsis.

Claro, pero al mismo tiempo sí hay un mensaje sobre los efectos del calentamiento global.

Es verdad. De hecho, yo me reuní con un experto del tema para pedirle consejo y para que me mostrara mapas de cómo se va a ver el mundo. En algún momento, va a estar todo sumergido debajo del agua. Mientras trabajaba en el libro, ocurrió el accidente de Fukushima en Japón, con la radiación nuclear y el tsunami. Pensé: esto podría pasar donde está la casa y donde hoy vivo, en Nueva York. A las afueras de la ciudad hay una planta nuclear. Por esa misma época también se formó el huracán Sandy, que se llevó consigo muchísimas casas. Luego aprendí sobre Chernóbil y sobre el hecho de que esa zona volverá a la normalidad en 20.000 años. Por eso decidí hacer un salto tan grande hacia el futuro en el libro, cuando ya se un mundo como tropical. Quería acabar con algo de optimismo. Decir que la vida continua, pero sin humanos.

A la hora de idearse el juego de temporalidad que elabora en el libro, ¿contó con alguna influencia filosófica o científica?  

La raíz de la historia se me vino a la cabeza cuando me mudé a un nuevo apartamento y me puse a pensar sobre las personas que habían vivido ahí antes. Al mismo tiempo, fui a una charla de Art Spigelman en la que decía que los cómics son diagramas. Entonces miré la esquina del cuarto y pensé dividir las páginas para que hacia un lado la dirección narrativa se dirigiera hacia el pasado y para el otro hacia el futuro. Luego un amigo me mostró el tema de las ventanas en un computador.

Pero en estos meses sí estado leyendo mucho sobre física y el tiempo. Einstein decía que el tiempo es relativo y me interesa el concepto de que todo el tiempo ocurre al mismo tiempo y que nosotros solo podemos ver un pedazo de él.

 ¿De qué diría que se trata el libro?

El libro no es sobre los grandes acontecimientos. Al revés, es sobre las cosas pequeñas y personales. Por eso me gustó la idea de tratar el tema del fin del mundo solo en una página y mostrándolo en el televisor. Fue como jugar a invertir los papeles: empequeñecer lo importante y agrandar lo insignificante. Creo que el mensaje central del libro es entender el lugar que uno ocupa en el universo. Pero no lo digo como algo deprimente, sino pensando en que no hay mucho tiempo y que por eso debemos aprovechar el ahora, algo que la gente casi nunca hace. Y de alguna forma el libro muestra como en verdad vivimos: siempre saltando de una idea a otra, de un recuerdo a otro.

Sexta entrada, viernes 9:00 de la noche (un desvío hacia un territorio no cultral)

“Usted revolucionó el debate de la economía en el siglo XXI”. Con esta frase Rodrigo Pardo, editor general de la revista Semana, introdujo a quien quizá es el invitado más importante de esta edición del festival: el francés Thomas Piketty, quien desde 2014 ha generado un interés inédito por la economía gracias a la publicación de su libro El capital en el siglo XXI.

Pero, ¿por qué un libro de más de 500 páginas que analiza la historia económica de 20 países durante un periodo de tres siglos ha causado tanto revuelo? El francés, humilde, respondió: “El éxito de esta obra demuestra que hay una alta demanda por la democratización del conocimiento económico. La gente está cansada de escuchar que la economía es solo para expertos. Conozco personas que lo leyeron y que luego me dijeron que entendieron todo. Sin duda, hay un apetito de conocimiento”. Poco después, con incluso más humildad, el francés afirmó: “Intento estar del lado de los ciudadanos y de la discusión pública. Espero que El capital en el siglo XXI haya contribuido al debate, pero para combatir los problemas que nos aquejan se necesita mucho más que un libro”.

El mensaje principal del libro es sencillo, o por lo menos parece sencillo: cuando la tasa de retorno al capital es mayor que el crecimiento económico, la desigualdad incrementa. El trabajo de Piketty consistió en verificar que este ha sido el caso durante los últimos siglos, con excepción de los periodos de las posguerras, cuando las élites accedieron a reformas tributarias desfavorables para ellos. Y, dice el economista, la brecha entre los ricos y los pobres ha crecido incluso más en los últimos años a causa de, entre otros factores, la desregulación de los mercados financieros.

Pero Piketty es optimista. “Nuestra situación puede cambiar. No hay nada inevitable. Todo depende de lo que decidamos hacer. Hay muchas formas de superar la desigualdad, como la inversión en educación pública. También ayudan los impuestos progresivos (entre más se gane, más se paga). Solo porque el comunismo fracasó, no quiere decir que debemos de dejar de buscar nuevas dinámicas de poder”. La educación, y no los impuestos, es lo más importante a la hora de combatir la desigualdad, dice. Pero para eso se necesitan impuestos, y la labor de los gobiernos es explicar en qué se van a invertir esos recursos porque nadie, por naturaleza, disfruta pagándolos. “Ningún país se ha vuelto rico con un gobierno pequeño”, argumentó.

El temor del francés es que la desigualdad que hoy existe en el mundo puede tener repercusiones de suma gravedad en un futuro no muy lejano. Si no hay impuestos que ayuden a generar trabajos, y se asumen políticas de austeridad, las consecuencias pueden ser nefastas. “El surgimiento de la derecha en Europa está ligada a la falta de trabajo. Es ahí cuando aparecen los políticos extremistas que se aprovechan de la situación para culpar a los otros”.

Uno de los mayores problemas, según el francés, es que las élites de los países siempre encuentran la manera de justificar la desigualdad. Argumentan, por ejemplo, que es buena para los pobres porque funciona como un incentivo. “No convence del todo lo que dicen los ganadores –dijo– por eso escribí este libro, para que el público sea el que decida”. Por eso el francés aboga por una política preventiva. Mejor dicho, que los países cambien sus costumbres y que sus élites paguen más impuestos antes de que el pueblo, cansado de la situación, recurra a la violencia.

Quinta entrada, viernes 5:00 de la tarde

Después de una serie de monólogos y diálogos, en la tarde de hoy hubo la oportunidad de asistir a una charla en grupo. Tres autores (Juan Gabriel Vásquez, Andrés Felipe Solano y Patricio Pron) y un moderador (Juan David Correa) se sentaron en uno de los salones del hotel Santa Clara para hablar sobre su oficio: la literatura.

Rebelarse contra uno mismo o escribir siempre el mismo libro

El primer segmento de la charla tuvo como fin esclarecer un viejo dilema de la literatura: ¿Debe el autor intentar reinventarse con cada obra o debe buscar en sus libros para perfeccionar el mismo mensaje?

Vásquez, que recientemente publicó La forma de las ruinas, elogió a los autores que se encuentran en ambos campos. A los rebeldes, como Joyce o Cortázar, que “siempre tratan de conquistar nuevos terrenos” y cuyo oficio existe “en función de territorios distintos”. También a los más cómodos, al estilo de Javier Marías, quien “ya no sale nunca de esa voz reflexiva”.

Pero el autor de El ruido de las cosas al caer mencionó que hay escritores que trabajan en los dos espacios, como García Márquez. Según el bogotano, la primera novela del nobel cataquero, La Hojarasca, fue un intento por imitar a William Faulkner; la siguiente, El coronel no tiene quien le escriba buscó parecerse a Hemingway; la tercera, La mala hora, fue un tributo a Albert Camus y luego la cuarta, Cien años de soledad, fue cuando encontró su propia voz. “Lo curioso es que después se reveló contra su propio éxito al escribir El otoño del patriarca. Pero desde momento en adelante, a partir de Crónica de una muerte anunciada, todas sus novelas contaron con el mismo estilo”, dijo Vásquez.

Pron, por su lado, abordó el asunto desde otro ángulo quizá paradójico: que incluso quienes intentan ser distintos con cada libro son incapaces de ser autores distintos. En otras palabras, siguen siendo ellos. Para el argentino, los autores a menudo caminan un borde delgado; de un lado se encuentra la persona que siempre es la misma y por el otro el autor que con cada obra es diferente. Andrés Felipe Solano, como en casi todas sus intervenciones de la charla, prefirió puntualizar el asunto desde su propia experiencia: “Lo que intento hacer cuando escribo es una indagación existencial. Cada libro creo que es una conquista pero es importante olvidarse de la conquista o sino no tendría sentido escribir otras obras”.

La lectura

Vásquez compartió que uno de los momentos más importantes en su formación como lector es cuando se dio cuenta que en América Latina se producían grandes obras. “Nosotros tuvimos lo que no tuvo la generación de Vargas Llosa y García Márquez, quienes vivían constantemente insatisfechos con lo que se escribía en el continente. Nosotros tuvimos el beneficio de crecer leyéndolos a ellos”.

El bogotano comparó esa situación a la de un francés que crece al final del siglo XIX y tiene la oportunidad de ver y escuchar a Víctor Hugo o Flaubert.  Para Vásquez, además, el ejercicio literario es por naturaleza un ejercicio mimético: “no recuerdo una época en la que no estuviera tratando de comprender el mundo a partir de la lectura”.

Solano, en una intervención que hizo al público reír, aprovechó para darle las gracias al acné, la fuerza dermatológica que lleva a miles de adolescentes a refugiarse en la literatura. “Entonces inicié una conversación de la que seguro nunca me voy a cansar”. Prón, por su lado, aprendió a leer con libros de política. “Mis padres son activistas así que yo crecí con esa literatura. A los seis años me leí mi primera obra: El libro rojo de Mao Tse Tung. A esa biblioteca le debo mucho pero debido a que estaba casi en su totalidad compuesta de escritores extranjeros, de niño pensaba que no se podía ser un buen escritor en español”. Pron, al igual que Vásquez, habló sobre el proceso de emular a los maestros. “Al deseo de imitar también lo acompaña una sensación de carencia. Los comienzos son vacilantes, cuando uno todavía piensa que no se ha escrito el libro que queremos escribir”.

Rebelarse contra uno mismo o escribir siempre el mismo libro

El primer segmento de la charla tuvo como fin esclarecer un viejo dilema de la literatura: ¿Debe el autor intentar reinventarse con cada obra o debe intentar perfeccionar el mismo mensaje?

Vásquez, que recientemente publicó La forma de las ruinas, elogió a los autores que se encuentran en ambos campos. A los rebeldes, como Joyce o Cortázar, que “siempre tratan de conquistar nuevos terrenos” y cuyo oficio existe “en función de territorios distintos”. También a los más cómodos, al estilo de Javier Marías, quien “ya no sale nunca de esa voz reflexiva”.

Pero el autor de El ruido de las cosas al caer mencionó que hay escritores que han trabajado en los dos bandos, como García Márquez. Según el bogotano, la primera novela del nobel cataquero, La Hojarasca, fue un intento por imitar a William Faulkner; con la siguiente, El coronel no tiene quien le escriba, buscó parecerse a Hemingway; la tercera, La mala hora, fue un tributo a Albert Camus y luego la cuarta, Cien años de soledad, fue cuando encontró su propia voz. “Lo curioso es que después se reveló contra su propio éxito escribiendo El otoño del patriarca. Pero desde ese momento en adelante, a partir de Crónica de una muerte anunciada, todas sus novelas contaron con el mismo estilo”, dijo Vásquez.

Pron abordó el asunto desde un ángulo quizá paradójico: que incluso quienes intentan ser distintos con cada libro son incapaces de ser autores distintos. En otras palabras, siguen siendo ellos. Para el argentino, los autores a menudo caminan un borde delgado; de un lado se encuentra la persona que siempre es la misma y por el otro está el autor que cambia con cada obra. Andrés Felipe Solano, como en casi todas sus intervenciones de la charla, prefirió puntualizar el asunto desde su propia experiencia: “Lo que intento hacer cuando escribo es una indagación existencial. Cada libro creo que es una conquista pero es importante olvidarse de ella o si no escribir otras obras no tendría sentido”.

La lectura y la imitación

Vásquez dijo que uno de los momentos más importantes en su formación como lector fue cuando se dio cuenta que América Latina producía grandes obras. “Nosotros tuvimos lo que no tuvo la generación de Vargas Llosa y García Márquez, quienes vivían constantemente insatisfechos con lo que se escribía en el continente. Nosotros tuvimos el beneficio de crecer leyéndolos a ellos”. El bogotano comparó esa situación a la de los franceses que vivieron a finales del siglo XIX y tuvieron la oportunidad de ver y escuchar a Víctor Hugo o Flaubert. Para Vásquez, además, el ejercicio literario es por naturaleza mimético: “no recuerdo una época en la que no estuviera tratando de comprender el mundo a partir de la lectura”.

Solano, en una intervención que hizo al público reír, aprovechó para darle las gracias al acné, la fuerza dermatológica que lleva a miles de adolescentes a refugiarse en la literatura. “Entonces inicié una conversación de la que seguro nunca me voy a cansar”. Pron, por su lado, aprendió a leer con libros de política. “Mis padres son activistas así que yo crecí con esa literatura. A los seis años me leí mi primera obra: El libro rojo de Mao Tse Tung. A esa biblioteca le debo mucho. Pron, al igual que Vásquez, también habló sobre el proceso de emular a los maestros. “Al deseo de imitar también lo acompaña una sensación de carencia. Los comienzos son vacilantes, cuando uno todavía piensa que no se ha escrito el libro que queremos escribir”.  

La tiranía de los festivales

Una de las preguntas de Correa resultó curiosa por el contexto. El director de Arcadia les preguntó a los tres sobre qué opinaban de que en esta época los escritores tuvieran que comparecer frente a auditorios repletos, cuando por lo general el escritor prefiere el silencio.

Pron argumentó que la naturaleza del escritor prefiere la soledad, pero que en los diálogos que generan este tipo de festivales existe un valor que ellos, si no vinieran, desconocerían. Ilustró su punto con una fábula: los autores están tan involucrados con su trabajo que se parecen a los tres ciegos que se acercan a un elefante. El primero toca la pierna y cree que es una columna; el segundo agarra la trompa y juzga que se trata de una serpiente; mientras que el último acaricia la oreja y asume que debe ser una planta. Así, los escritores necesitan de este tipo de festivales para distanciarse de sus obras y permitir que otros las pongan en perspectiva.

Para Solano, quien aseguró que no disfrutaba mucho de estas experiencias, los festivales permiten pelear contra el olvido: “Si los libros se dejan huérfanos pueden naufragar. Hay que entender que las obras se terminan de escribir en la mente de los lectores”.

Vásquez tomó la postura políticamente incorrecta: “¡Las exigencias de este sistema me parecen perversas!”. Al poco tiempo, sin embargo, aclaró que dejaban de ser perversas si el autor disfrutaba la experiencia. Y el disfruta la experiencia. 

Cuarta entrada, viernes 12:30 a.m.

El segundo día del Hay comenzó con unas de las mejores charlas del festival: la entrevista del escritor estadounidense Jonathan Levi a su homólogo británico, Hanif Kureishi. El americano abrió el evento en el teatro Mejía Adolfo describiendo al inglés de ascendencia asiática como el “campeón de lo incómodo”. Su comentario hacía referencia al guion de la película que lanzó a Kureishi al estrellato, Mi hermosa lavandería(1985), en la que un skinhead y un pakistaní se dan un beso.

“Cuando lo conocí en Nueva York –afirmó Levi–, me sorprendieron dos cosas: que tenía novia y que era querido. Desde entonces, Kureishi se ha dedicado a incomodar a la gente mediante películas y libros. Pero siempre con imaginación”. A pesar de ser considerado como una figura polémica y de humor caustico, el británico respondió con tranquilidad, su voz neutral y sorprendentemente sosegada: “Creo que fue una película moderna, era la época del gobierno de Maggie Thatcher. Le di muchas vueltas al guion y solo cuajó cuando me di cuenta que los dos amigos se tenían que besar. Pero eso es lo que hacemos los escritores. Incomodar al público a cambio de dinero”.

Esa cinta, como muchos de sus libros, en el pasado generó reacciones negativas entre sus allegados. Varios, incluida su hermana, lo denunciaron públicamente por tergiversarlos. “Hay que librarse de esas preocupaciones cuando uno escribe. Hay que asumir las consecuencias y seguir adelante –dijo el británico–: uno está en este negocio para satisfacer al público y al público no le importa las fuentes de inspiración de las obras. Además, puede que uno comience un libro pensando en alguien pero entonces uno toma su situación y la exprime dramáticamente. Uno crea conflicto y drama para ver cómo funciona su moralidad. Y en ese proceso, el personaje deja de ser tu hermana o tu vecina”.  

Desde que era joven, en una situación de marginalidad, y en suburbios pululados por skinheads, Kureishi entendió que lo suyo era la literatura. “Te das cuenta que eres un escritor cuando ves una historia y sabes que la tienes que contar”. Su noción de outsider se exacerbó bajo la influencia de otra de las estrellas de este festival: David Bowie, que tendrá una charla in memoriam mañana. “Bowie era como diez años mayor que yo y fuimos al mismo colegio. En esa época lo idealizaba. Con mis amigos nos vestíamos como Ziggy, así que veías en los aburridos suburbios a un grupo con tacones y maquillaje. A veces nos amenazaban, pero en mi zona había un puente que llevaba a Londres. Lo veíamos como la puerta de la libertad”.

Su experiencia de marginado, sin embargo, le permitió llenar un vacío en las letras británicas. “Yo crecí después de la guerra y vi como Inglaterra pasó de ser un país de orden blanco a un país de desorden multicultural. En esa época nadie escribía sobre temas de raza o sobre el racismo o sobre gente como yo, así que pensé, ‘qué tal si le damos a esto un nuevo ángulo. Una mirada fresca’. Tuve suerte de hablar sobre un tema como la inmigración cuando nadie lo estaba haciendo. Todavía me sorprende que yo, un delincuente con raíces pakistanís haya logrado convertirse en escritor”.

Hoy Kureishi aún vive en Londres, una ciudad cuyo proyecto social, según él, fracasó: “ahora solo hay ricos o pobres, el sueño de Londres se acabó”. Pero la prefiere, aseguró, a varias de las ciudades del Medio Oriente. “El Islam radical es la única fuerza política que se encuentra por fuera de la esfera del capitalismo y la debemos tomar muy enserio. Es un culto a la muerte grotesco y terco y tenemos que trabajar todos juntos para erradicarlo”. A pesar de tener raíces musulmanas, su familia experimentó un proceso de secularización en los años ochenta. Al final, Kureishi recordó como su padre, quien trabajaba en la embajada pakistaní,  comía sándwiches escondido detrás de un árbol en un parqueadero durante ramadán. “Así aprendí de niño a temer a los musulmanes –dijo riendo, para luego, en un tono serio, sentenciar–: pero luego en el 89 se pronunció el fatwa contra Salman Rushdie. Ahí entendí los peligros de ese lado del islam, que se había convertido en una fuerza de liberación poscolonial”.  

Entrada 3, jueves 7:30 de la noche

No hay que leer a Simon Schama para entusiasmarse con su amor por la historia. En el teatro Adolfo Mejía, el historiador británico no necesitó de un entrevistador, ni de un asiento, para transmitir su mensaje. De pie, y por momentos caminando por la tarima, Schama pronunció durante 50 minutos un discurso que pareció más una cátedra universitaria que la típica tranquila charla de festival literario. Su pasión, acaso obstruida para algunos por su grueso acento británico, es una de sus características. Pero en esta ocasión quizá fue mayor por su cercanía al tema: la historia de los judíos.

Antes, sin embargo, Schama dejó en evidencia su amor por la historia. Elogió el lado más romántico de su disciplina, afirmando que antes del análisis debe existir una vocación por las “representaciones y las internalizaciones poéticas, por un deseo de soñar, oler y sentir”. Comparó a la historia con una manta de seda elusiva, constantemente jaloneada hacia los polos de la evidencia. De lo contrario, sentenció, la historia se convierte en un ejercicio seco, analítico y político, similar a las editoriales dominicales de los periódicos.

Schama entonces trajo a colación la parábola de un maestro de obra que trabaja arreglando los vidrios de una catedral y que un día llega al trabajo para encontrar que su joven asistente creó el vitral más hermoso de la nave central. Aturdido, el maestro le pregunta que cómo logró construir semejante pieza. El joven le contesta que lo hizo recogiendo las esquirlas de vidrio que el maestro descartaba. Para Schama, el historiador debe ser como el asistente: debe recoger los fragmentos olvidados y así, con disciplina, construir su obra. “De eso se trata la historia, de describir los pedazos que los otros dejan en el camino”, dijo.

La parábola de las esquirlas resonó con Schama porque durante su infancia le tocó caminar por su ciudad, Londres, cuando esta se encontraba arruinada por las bombas de los nazis. Desde entonces la historia cobró una importancia capital en su vida: había visto a su país en ruinas y había visto como Hitler intentó asimismo arruinar su cultura, la judía. “Llegué a la historia por esa cualidad infantil que es la impresión de los mundos que ya no están”, afirmó en la charla.

Durante gran parte de su carrera, sin embargo, el británico se dedicó a escribir sobre pueblos ajenos, como el francés y el holandés: “Por muchos años intenté escaparme de la historia de los judíos, creí que era demasiado cercana a mí, pero se ha vuelto tan dolorosa con lo que pasa hoy en día en el Medio Oriente que no pude seguir ignorando su lado más oscuro”.

En la charla, y con voz enérgica, Schama argumentó que uno de los factores más relevantes en la historia judía, así como uno de sus principales problemas, ha sido la búsqueda de un espacio físico para compartir con otras culturas. Para el británico el dilema se reduce a la lamentable incapacidad que tienen algunas culturas de cooperar en un  mismo espacio sin tener que matarse o perseguirse. “Los judíos han tenido mucha experiencia en este tema. En la historia se encuentran muchos ejemplos de ciudades que segregaron a los judíos, muchísimo antes que Hitler, en donde la gente los veía como si fueran una infección”.

El historiador recordó al polémico papa Pablo IV, quien en medio del renacimiento, en una época en la que supuestamente reinaba la razón, decidió confinar al pueblo judío a un ghetto en Roma y los obligó portar cierta ropa para hacerlos resaltar. Se acordó, además, de los problemas que aún hoy en día existen a raíz de los libelos de sangre, una serie de acusaciones falsas durante el medioevo según las cuales los judíos consumían la sangre de los niños católicos en sus rituales. Hace poco, comentó, un ministro de defensa sirio los trajo a colación para insinuar la maldad inherente de los israelitas.

“Esta historia se ha repetido cientos de veces. En Polonia, en Damasco, antes de la revolución rusa", dijo Schama, quien además enfatizó que a los judíos siempre les ha ido mejor en las culturas que crecieron gracias a los inmigrantes, como Estados Unidos y el imperio Otomano. Por eso, para el británico, el problema de los judíos es el de la convivencia. Y es un dilema que hoy, en los albores del siglo XX, se ha convertido en un dilema de todo el mundo: “Las catástrofes de nuestros tiempos se deben al imperativo de las separación física de las culturas. Por eso el problema que siempre aquejó a los judíos ahora nos acoge a todos. ¿Por qué somos incapaces de compartir el mundo?”

Entrada 2 –Jueves , 5:00 de la tarde

Pobre Juan Esteban Constaín. Para la segunda ronda de charlas del primer día del festival, el escritor y columnista tenía una tarea sencilla: entrevistar a Roberto Pombo, director de El Tiempo, sobre un libro que preparan ambos dedicado a la historia reciente de Colombia. Pero, al igual que en el evento de inauguración del festival, Pombo se ausentó. Esta vez, por lo menos, se esclareció el asunto. En palabras de Constaín: “Pombo está tan enfermo que su médico, pero sobre todo su señora, le prohibió venir a Cartagena”.


El escritor Juan Esteban Constaín.

Así que al autor de El hombre que no fue jueves le tocó improvisar. A solas. Frente a una sala con por lo menos cien personas. Pero su monólogo funcionó. El nerviosismo nunca se asentó y Constaín logró, durante una hora, elaborar un monólogo lo suficientemente interesante que nadie, ni siquiera una persona, se salió de la habitación. “Me lanzaron a esta exigente e improvisada corraleja –dijo al comienzo–: primero aclaro que ya no va a ser un diálogo en el que pregunte. Va a ser un monólogo o por lo menos eso que la mayoría consumimos o consumamos: el arte de hablar solos”.

Durante los primeros veinte minutos, el escritor/periodista habló, palabras más, palabras menos, sobre “su obsesión”: la importancia de grabar a los ancianos. Constaín, visiblemente emotivo, hizo un llamado a que, en esta época cargada de información, hiciéramos la tarea de conocer a fondo las historias de los viejos, historias que, a todas luces, hacen parte de un mundo que ya desapareció. Con humor, avisó que “cada anciano es una civilización en vía de extinción”. Utilizó, al mejor estilo Constaín, una analogía histórica para enfatizar su punto. Trajo a colación una anécdota  del historiador romano Procopio, quien registró por encargo del emperador Justiniano el día a día de ese imperio, pero quien al mismo tiempo, durante las noches, escribió una versión no oficial de la historia. Esta última versión, explicó el columnista, es la que hoy importa.

Pero su énfasis en grabar las historias de nuestra época (o de los que existen entre dos épocas), que en un comienzo confundió a parte del auditorio, se aclaró cuando explicó que de aquello se trataba su proyecto con Pombo. En otras palabras, el libro que preparan no es otra cosa que una versión no oficial de la historia de Colombia, según lo vivido por el director de El Tiempo. Constaín halagó la labor de los periodistas que se han dedicado a confrontar el poder en el país. “Entre ellos están los que han vivido el poder desde lo más profundo de su intimidad y que no han perdido su acidez corrosiva para desnudarlo”. Para Constaín, claro está, Pombo hace parte de ese grupo junto a personajes como Daniel Samper Pizano y Antonio Caballero.

El resto del monólogo trató sobre la vida del director de El Tiempo: historias sobre sus años universitarios en el Rosario y Los Andes, anécdotas de su estancia a Brasil y recuerdos de su trabajo como periodista en Alternativa y El Heraldo, donde entró como periodista judicial. Constaín, en parte por culpa de las miradas de su editor, no develó demasiado sobre el contenido del libro, cuyo título probablemente será Con el tiempo por cárcel, una de las frases favoritas de Pombo.

Al final, Constaín, como uno de los viejitos que tanto pidió que grabáramos, repitió su mensaje inicial: que las cosas ocurren y desvanecen y solo queda de ellas su eco. Y que por eso la memoria, tanto la de personalidades como la de los simples ancianos, son claves para entender así sea en parte aquella ficción colectiva que llamamos historia. 

Primera entrada. Jueves, 2:30 de la tarde

Ya comenzó el Hay Festival de Cartagena. En apenas 24 horas la ciudad, o más bien su centro histórico, se llenó de periodistas, escarapelas e invitados. El festival sobre todo se siente en el hotel Santa Clara, su sede. En su planta baja, donde ayer solo se veía al fotógrafo Daniel Mordzinski trabajando obsesivamente junto a varios obreros para colgar sus retratos de escritores (incluido uno nuevo de García Márquez que hasta la fecha no se conocía), hoy hay que caminar entre la multitud. La mesa de prensa, por ejemplo, se encuentra atiborrada de organizadores y de personas pidiendo programaciones e indicaciones para dirigirse a los eventos. También se encuentra abierta la ya tradicional “librería in situ” del hotel, con por lo menos 500 libros de los invitados.

El evento inaugural tuvo lugar a las 12 y media de la tarde en el teatro Adolfo Mejía. Y comenzó con una sorpresa: el cineasta y escritor español Luis Alegre reemplazó a Roberto Pombo, director de El Tiempo, como moderador de la entrevista con la actriz española Emma Suárez. La charla, que duró una hora, estuvo amena, al ritmo de una serie de proyecciones de películas protagonizadas por Suárez. Los videos, al igual que las piezas de música que tocó Juan Luis Guerra en el evento inaugural del año pasado, funcionaron para aligerar el ambiente. Aunque, valga decirlo, la actriz parecía por momentos incómoda contemplándose en una pantalla diez veces su tamaño.


La actriz española Emma Suárez

La hora estuvo dedicada a la carrera de Suárez y a películas suyas como Memorias de Leticia Valle (1979), la primera en la que actúo (y protagonizó) cuando tan solo tenía 14 años. La actriz recordó cómo, a esa edad, no había contemplado la actuación y más bien se creía encaminada a estudiar filosofía y letras o periodismo en la universidad. “Yo era una niña y no tenía objetivos claros –dijo frente a un auditorio lleno– un día, sin embargo, estaba en mi casa leyendo El País cuando mi papá vio una noticia que se estaba buscando a una chica para una película y me dijo: ¡Tengo empleo para ti!”.

Por momentos, Suárez se entregó al público. Afirmó que durante gran parte de su carrera se sintió en desigualdad de condiciones con otras actrices, porque de niña no había sentido pasión por actuar. Sin embargo, reconoció que hoy no se podría imaginar haciendo otro trabajo, al tiempo que hizo énfasis en las enseñanzas que le ha dejado su carrera: “Cuando sientes empatía con un personaje, quieres desentrañarlo y entender por qué reacciona de alguna manera, a veces llegando a extremos. Eso te hace descubrir un poquito más sobre el ser humano y sobre uno mismo. Eso es lo más interesante de actuar”.

La actriz, que ha protagonizado películas como Vacas (1982) y La ardilla roja (ambas de Julio Medem), también habló sobre Colombia y las impresiones que le causó el país cuando actuó en Golpe de estadio (1998), de Sergio Cabrera. “Quiero profundamente a Colombia. En esa época no conocía al país. Siempre escuchaba a la gente decir, a eso de las cinco de la mañana, que querían tinto. Y yo pensaba, ¡pero acá la gente cómo trabaja! Luego descubrí que no se referían al vino, sino al café”. Después, hacia el final de la charla, la actriz afirmó en un tono más serio: “Me parecía increíble que gente tan amorosa pudiera estar viviendo todo eso en aquel momento. No entendía cómo era posible que en un país donde había semejante fuerza de amor hubiera ese contraste con la violencia”.

Para terminar, Suárez habló sobre su más reciente proyecto: Julieta (2016), de Pedro Almodóvar, y que aún no se ha estrenado. Si bien no quiso dar detalles sobre la película, sí afirmó con cierto gusto: “¡Nunca pensé que iba a ser una chica Almodóvar!”.

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