Héctor Abad Faciolince

Héctor Abad Faciolince

2014/02/26

Por RevistaArcadia.com

Entre los doce y los quince años yo tuve un gran amigo, Daniel Echavarría. Era, para empezar, el hermano mayor de mi primera noviecita: Elsa. Era también el hermano mayor de quien me enseñó a jugar ajedrez: Alberto. Era además el hermano menor de quien me enseñó a manejar carro como un demente: Juan Diego. Con ellos aprendí a oír música rock; con ellos me emborraché por primera vez; con ellos probé la marihuana. Lo único en lo que no me inicié con ellos fue en el sexo. Y con Daniel me inicié en otra cosa, la más importante: leer y escribir poesía.

Para empezar, nos inventamos un alfabeto secreto, y en él compartía¬mos nuestros poemas, para que nadie los leyera, para que nadie se burlara. En ese mismo alfabeto (que creíamos indescifrable, siendo un juego de niños) nos contábamos lo que suponíamos que nadie debería leer. En ese alfabeto Daniel, que tenía dos o tres años más que yo, me contaba sus angustias.

Él y yo teníamos un ritual: subirnos al tejado de su casa, con una botella de vino mezclada con jugo de naranja (el vino nos parecía asquerosamente fuerte), a leer poesías y a hacer listas de maneras idóneas para quitarnos la vida. El río, el tren, el salto al vacío desde una ventana del Palacio Nacional, los venenos, la asfixia, lo que pareciera un accidente sin serlo. Desechábamos el tiro en la oreja por considerarlo vulgar. Daniel se moría de risa al leer esas listas.

Una noche Daniel se tomó un frasco de pastillas. Sus padres lo encontraron a tiempo y le hicieron un lavado gástrico. Al día siguiente se fueron con su hermano Juan Diego al hospital, pues lo iban a operar de una rodilla. Daniel cogió la escopeta de su padre y se pegó un tiro detrás de la oreja. Yo empecé a escribir con él, aunque solo poemas. A partir de ahí dejé de escribir poemas durante mucho tiempo: la poesía me parecía simplemente una manera de acercarse al precipicio, un prólogo al suicidio.

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