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Historia de un entusiasmo

Una década de Política Pública LGBTI ha posibilitado que los sectores implicados sean reconocidos. ¿Cuál fue la génesis de una idea que ha cambiado nuestra forma de reconocernos en la diversidad? ¿Cuáles son los retos? Una mirada a una apuesta colectiva.

2017/05/25

Por Juan David Correa

Fernando Molano Rojas fue un escritor bogotano que el gran público desconoce. Puede parecer injusto –Molano ganó un premio, su novela Un beso de Dick es paradigmática en la literatura escrita en los años noventa, y los lectores estudiosos lo conocen–, pero no lo es tanto porque no se le conoce de manera masiva en un país que necesita, con urgencia, entender que la diversidad somos cada uno de nosotros, y que la vida de quienes hacen parte de los sectores sociales LGBTI depende de una sociedad dispuesta a reconocerse y a celebrar la diferencia.

Homosexual, de clase media baja, estudiante de la Pedagógica y de la Nacional, no reunía las condiciones que impone cierta idea arribista de lo intelectual en nuestro país. Estudiante de Cine y lector compulsivo, comenzó a publicar crítica literaria a finales de los años ochenta, hasta que, en 1992, ganó el concurso de novela de la Cámara de Comercio de Medellín, y Un beso de Dick, un bellísimo relato sobre el amor de dos hombres, le consiguió renombre. De ahí en adelante, Molano tuvo un breve reconocimiento: gracias a Héctor Abad publicó sus poemas Tus cosas en mi bolsillo; ganó una beca de Colcultura para su segunda novela, que escribió casi entera en las salas de la Biblioteca Luis Ángel Arango.

La vida de Molano, sin embargo, transitó la exclusión de clase y sexual por cuenta de su homosexualidad. Murió en 1998, solo, sin que se tuvieran noticias de su segunda novela, que una amiga suya encontró perdida en los anaqueles de la Luis Ángel Arango y que se publicó, 15 años después de su muerte, en la editorial Seix Barral. Vista desde una acera es un relato terrible de una sociedad excluyente, en una ciudad clasista y despiadada como pocas. El narrador, Fernando, nos cuenta la penosa enfermedad de su amante, Adrián, y, además de su amor, la trágica realidad de un sistema de salud que les da la espalda a quienes abiertamente expresan su sexualidad. El resultado es de una rabia y de una alegría pasmosas. A la pobreza, la homofobia, la ignorancia de los demás que solo toleran la heteronormatividad, el narrador antepone el nacimiento de un amor y de una vocación. Tal vez, como lo dice Abad en el epílogo, la vida de Molano fue, ella misma, una fábula “con moraleja y todo”. La historia de Adrián y de Fernando es la de dos estudiantes luchando contra todo, en medio de una desolación geográfica, humana y temporal llamada Bogotá hasta que el primero muere de sida.

En esa ciudad de los años noventa, que se levantaba resacosa de una orgía de violencia y corrupción, la misma en la que los árboles de la avenida Caracas habían sido reemplazados por rejas y chuzos que la convirtieron en una tierra de nadie, comenzaron a florecer las primeras experiencias que darían como resultado la Política Pública para la Garantía Plena de Derechos de Personas LGBT. Para entonces, las luchas de reivindicación de estos sectores se ejercían desde los movimientos sociales, y aunque había espacios de discusión, la idea misma de lo LGBT era proscrita e invisibilizada por la mayoría de la sociedad. Colectivos de mujeres lesbianas como Triángulo Negro, de hombres y mujeres a nivel nacional como el León Zuleta, esfuerzos individuales del lado gay como los de Germán Humberto Rincón y Manuel Velandia y liderazgos de mujeres trans como Diana Navarro y Charlotte Callejas –un sector que desde entonces pone el pecho y también los muertos– eran los encargados de defender unos derechos que, aunque podían ser los de millones, parecían seguir emparentados de manera absurda al secreto o a la enfermedad. Las reuniones se hacían en bares o en oficinas de organizaciones que movían el tema, pero no podían hablar en público sin ser rechazados. Era una ciudad muy parecida a la que refleja Molano en su novela. Y en la que moriría en 1998… “Manos arriba contra la pared/ apretados los muslos y los ojos, /ella me tiene; /y aguardo, solo, a que por fin me aseste/ su triste golpe”.

Mauricio Albarracín es abogado del centro Dejusticia y experto en temas asociados a la defensa de derechos LGBT, además de columnista de El Espectador. Cuando le pregunto por aquella época, me dice que la prehistoria y la historia de la Política es concomitante con la historia de Bogotá, y afirma que ha sido gracias a las sucesivas administraciones, que han antepuesto el derecho de estos sectores a la pugna política, que ha sobrevivido. “Todas las administraciones la han apoyado. Más allá de los alcaldes, de las políticas, no ha habido tabula rasa a pesar de que ha habido variaciones. Eso ha hecho interesante la continuidad”. Pero antes de la Política, hubo otros hitos que vinieron desde la sociedad civil, definitivos para abrir puertas y ventanas para un discurso que hasta entonces era marginal. Uno de ellos fue la publicación de Al diablo la maldita primavera, novela del escritor Alonso Sánchez Baute, que ganó diez años después de Un beso de Dick, de Molano, el Premio Nacional de Literatura Ciudad de Bogotá. No era fácil que una novela celebratoria, que abría espacios de fiesta y rebeldía, al contrario de la tristeza y opacidad de la década anterior, tuviera un lugar en el conservador mundo de la literatura colombiana. Ni mucho menos que escritores con notoriedad, como Rafael Humberto Durán, reconocieran como jurados que se trataba de “una obra tan incómoda como exótica” en las letras colombianas. El travestismo, la noche, los tránsitos urbanos, la amistad, las drogas y la música son centrales en una novela que, en palabras de su autor en una entrevista a Semana, “es la historia del tránsito entre los gobiernos Mockus-Peñalosa. Cuando el segundo heredó la famosa Ley Zanahoria, no existían todavía los ahora llamados clubes, y los jóvenes se enteraban dónde continuaría la fiesta suspendida por decreto al entregarles un flyer a la salida de los rumbeaderos, fiesta que podía ocurrir en un apartamento abandonado del centro de Bogotá, en una bodega en la zona industrial o en una casa en las goteras de la ciudad. Como se ve, es lo mismo: la Bogotá que trepida en la oscuridad de sus moradores”.

Edwin Rodríguez Buelvas es el protagonista de Al diablo la maldita primavera, que no es, como se ha querido entender en ciertas ocasiones, un grito desesperado, ni un acto de rebeldía, ni una novela de activismo velado. Es la voz literaria de un tránsito, de un momento que, premeditado o no, corresponde con el de una ciudad que comenzaba abrir el espacio para la diversidad. La novela, publicada en 2002, como la aparición de organizaciones, demostraba que la sociedad civil estaba penetrando la política a través, también, de los gustos. De repente, por solo poner un ejemplo, las baladas románticas, vistas con desprecio por las clases pudientes, se insertaron en el imaginario de dichos círculos sociales; Yuri, Rocío Durcal o Isabel Pantoja, llamadas “músicas de plancha” en alusión a que era lo que escuchaban las empleadas domésticas, entraron al repertorio de lo que se consideraba “normal”. A la par de estas expresiones, aparecerían organizaciones como CDPaz-Planeta Paz (2000) o Colombia Diversa (2004). La primera, nacida en pleno proceso de paz del expresidente Andrés Pastrana con las Farc, en medio de la devastación de los líderes populares que estaban siendo asesinados, fue creada a instancias de la Universidad Nacional e ILSA. Lo primero que se hizo fue trabajar con sectores, y en el caso de lo LGBT, con el impulso de Daniel García-Peña. La idea era construir políticas sociales con sectores civiles y populares para contribuir al entendimiento, y allí se articularon varios líderes de los barrios y localidades de la ciudad. En ese momento se creó la Mesa de Trabajo LGBT con la participación en diversos momentos de personas como Manuel Guzmán, Edwar Hernández, Blanca Durán, Elizabeth Castillo, Camila Esguerra, José Fernando Serrano, Mauricio Albarracín y Sandra Montealegre. Empezaba el reconocimiento de lo LGBT (sigla elegida tras largas discusiones y que comienza con la letra de Lesbianas por reconocimiento a las mujeres y sus reivindicaciones históricas, y continúa con Gay, Bisexual y Transgénero; no incluyó la I, de Intersexual, pues para entonces dicha discusión no había aparecido en el panorama de manera abierta).

Como me lo dijo una activista que pidió omitir su nombre, el choque cultural no fue fácil en un país que había invisibilizado históricamente lo LGBT. El proceso de paz fracasó, pero Bogotá venía de alcaldías como la de Mockus –que abrió espacios simbólicos para la expresión– y la de Enrique Peñalosa, que insistió en proteger dichos espacios. En la elección de 2003, cuando Luis Eduardo Garzón era precandidato a la Alcaldía, se sentó a hablar con los sectores LGBT y, tras oírlos, les prometió que de salir elegido les proponía cuatro apuestas de ciudad: la primera, que habría un centro comunitario LGBT en la ciudad; la segunda, que instalaría capacidad institucional y administrativa con el movimiento; la tercera, que el espacio de interlocución entre la administración local y la Mesa LGBT se mantendría y se llamaría “Alianza por la ciudadanía plena de los sectores LGBT”, y la cuarta, que Bogotá contaría con una política pública LGBT. Tras ganar, Garzón cumplió y abrió el primer centro comunitario LGBT, en la calle 66 con 9.a, en Chapinero. Muchas de las personas y activistas de esa época hoy hacen parte de la administración distrital. 

Un caso particular es el de una mujer que llegó al centro comunitario junto con su hijo D. buscando asesoría, y ambos terminaron creando organizaciones sociales y convertidos en activistas. El primer grupo de padres y madres de personas LGBT se formó por la iniciativa de esta mujer, que había comenzado a buscar familias para entender lo que ocurría a su hijo, siendo sus únicas herramientas las teorías feministas para conocer lo que serían a futuro los muchos transcursos vitales. Un día, viendo Citytv, se enteró de la apertura del centro. Era diciembre de 2006. Ella recuerda que era un espacio precario, sin muchos recursos, pero en el que se notaban la fuerza y el amor de quienes estaban dispuestos a contar con un lugar en la ciudad. A través de una unión temporal entre Colombia Diversa, la Alcaldía de Chapinero, la Fundación Arcoíris (de la discoteca Theatron, que es probablemente una de las más grandes de América Latina ubicada en la carrera décima con calle 58, en Chapinero) y Profamilia se creó la casa. Ella y su hijo fueron recibidos por Iván Ángel, primer coordinador del centro, y allí comenzó la historia de activismo de padres y madres en Bogotá. Es importante precisar que hasta ese momento el tema de la identidad de género desde la familia y desde la niñez no se había visto aún. “Nos sentábamos cada 15 días a hablar, mucha gente no entraba porque le daba vergüenza o miedo, pues el nombre LGBT los catalogaba, pero poco a poco se fue creando un clima que fue definitivo para vencer las barreras. Ese lugar fue fundamental, pues hizo que se crearan decenas de grupos como Entre tránsitos, GAAT, Red Somos, Grupo de papás y mamás (después Transfamilias). El centro comunitario nos permitió vivir una experiencia que era digna de contarse y no de ocultarse”, dice la madre.

Esta historia se convirtió en algo así como un paradigma de lo que las organizaciones de base habían conseguido. El hijo, D., estudiante de un colegio distrital, en la localidad de San Cristóbal, fue aceptado y acogido en su tránsito por dos profesores de la institución y por la mayoría de sus compañeros de clase. Sin embargo, al asumirse como tal, también recibió violencia y burlas de los demás profesores y de algunos estudiantes, como cuando D. dio un concierto en un acto cultural en el colegio y algunos comenzaron a reírse y a burlarse de él. Enfurecido, el niño bajó de la tarima y se armó una gresca que terminó con la decepción de D. y la decisión de no regresar a la escuela. Su madre, en una reunión en Chapinero con el alcalde Garzón, en el que este hablaba de las acciones emprendidas por el bien del sector LGBT, se levantó y le protestó contándole su caso. 

El día en que D. volvió al colegio lo hizo de la mano de Luis Eduardo Garzón, alcalde de Bogotá. Esto, por supuesto, produjo un ruido mediático que tuvo tanto de largo como de ancho. Sin embargo, más allá de los pormenores que debieron enfrentar madre e hijo, ese momento coincidiría con la presentación ante el Concejo de la ciudad del documento de Política Pública para el sector LGBT. El Concejo, según me lo contaron varias personas, no fue un escenario amable: las burlas estuvieron a la orden del día y la Política, presentada dos veces, fue rechazada. 

Ante la inminencia de su partida, Garzón tomó la decisión de firmar el decreto 608, el 28 de diciembre de 2007, con los lineamientos de la Política Pública para la Garantía de Derechos LGBT. Los antropólogos José Fernando Serrano y Camila Esguerra tenían una sólida trayectoria en asuntos de género y estudios LGBT, y fueron quienes produjeron el documento final después de varias rondas de discusiones en diversas mesas en las que participaron lesbianas, gais, bisexuales y transgénero de las 20 localidades de Bogotá. 

José Fernando actualmente está en Sidney, donde cursó un doctorado. Desde allí nos reunimos vía Skype e insistió en decirme que la Política fue clave por haber surgido de los movimientos sociales como una apuesta de transformación social. “Esta Política no se pensó para distribuir servicios. No se trató de organizar una oferta institucional, no porque eso fuera o no necesario, sino porque pensar que una política es eso es muy limitado. Esta recoge unas luchas sociales y unas demandas muy particulares compartidas con luchas como las de las mujeres, y entra en sintonía con las políticas de derechos que se hicieron en los años noventa tras la Constitución del 91, como las de Juventud e Infancia. Ahí están las luchas del movimiento LGBT plasmadas, el sentido de los derechos y cómo se ve el movimiento social en ella”. 

Aunque solo fue hasta 2009 cuando el Concejo de la ciudad aprobó la Política para garantizar plenamente los derechos del sector y consolidar desarrollos institucionales en todas las dependencias distritales, lo importante es que se trató de hacer una reforma desde el Estado, propuesta por un movimiento social. Es decir, jugar desde dentro. Dicha intención, y sus resultados, han tenido ventajas y desventajas, dice Serrano. Las ventajas, por supuesto, pasaron por la creación de la Dirección de Diversidad, asociada a la Secretaría Distrital de Planeación, y se fortaleció a través de la Gerencia de Mujer y Género del Instituto de la Participación y Acción Comunal (IDPAC) y la Subdirección para Asuntos LGBT de la Secretaría Distrital de Integración Social. Además, durante las siguientes administraciones, los centros comunitarios crecieron y se hicieron autónomos, como son los casos de los actuales de Teusaquillo y Mártires, y con el paso del tiempo, hasta la actual administración, los bogotanos han interiorizado por lo menos en su lenguaje la existencia del sector LGBTI, aun cuando las fobias sociales siguen martirizando a unos y otros. Las desventajas, para personas como Serrano y Albarracín, quienes insisten en defender la Política, son cierta estatización de las prácticas sociales que, debido a lo institucional, quizás perdieron su capacidad de movilizarse y de solo exigir cosas al Estado. “No se trata del discurso antiestatal o contestatario del pasado, pero las principales propuestas del movimiento se ponen en la misma canasta y se le pide a la Política que resuelva todo. Y esa no es la idea: el espíritu era crear un mecanismo que permitiera hacer esas transformaciones en el Estado a través de la gente. La forma en que construimos el documento de Política Pública no fue tradicional, no se hizo con la estructura de derechos a la salud o a la educación, sino sobre la necesidad de transformaciones institucionales frente al sector. Esta fue y es una apuesta de un sector político que no se veía como un beneficiario de servicios, pues nada íbamos a ganar si esto no impactaba la vida de la ciudad”. Para que eso sea posible, concluye Serrano, es necesario producir conocimiento, dar cuenta de los procesos, documentar, pues es indudable el logro del sector en lo público que era impensable hace una década, y no solo en los centros de poder de la ciudad. 

Juan Carlos Prieto lleva cuatro años al frente de la Dirección de Diversidad Sexual y entiende que hacen falta decenas de cosas por suplir, pero cree que durante esta administración han comenzado a repensarse temas centrales como la visibilización de las mujeres trans, la multiplicación de organizaciones sociales y de nuevos liderazgos, la inclusión en el discurso cotidiano de lo LGBT, aunque no necesariamente la aceptación y la llegada a territorios inexplorados por la institucionalidad, como Sumapaz. 

Aunque parezca caprichoso o acomodaticio, hace un año, el escritor barranquillero Giuseppe Caputo publicó Un mundo huérfano, una novela que, al decir del editor de Arcadia, Christopher Tibble, “funda un universo tan extraño como singular, donde un padre y su hijo deciden sobrellevar la escasez material recurriendo a la abundancia simbólica, en un esfuerzo por, como dice el mismo Caputo, ‘darles un estatus artístico a las personas cuyas vidas a nadie le importan’”. Aunque el escritor, director cultural de la Feria Internacional del Libro de Bogotá, ha insistido, como lo hizo Alonso Sánchez en el pasado, que su novela rebasa la etiqueta de literatura gay, lo que resulta más interesante es que sin duda, una sensibilidad homosexual que está presente en la novela fue recibida con entusiasmo por críticos y lectores avezados. Caputo logró, al igual que Molano y Sánchez, pero por un camino radicalmente distinto, abordar la agresión hacia la comunidad homosexual, por ejemplo, con una serie de cuerpos desmembrados a la orilla del mar, cuya (des)composición se asemeja a una obra de arte. (“Parecían esculturas, esos cuerpos divididos en cuartos y mitades –clavados en estacas, algunos, o empotrados en faroles, algunos, violados para siempre por un árbol–. Parecían de barro, también, y otros, de tan destrozados, parecían barro”). La cercanía entre la violencia y la belleza se debe, según Caputo, a que no son realidades excluyentes: “La violencia no es una destrucción, sino una destrucción creadora, porque produce cosas. Como dice la académica Elaine Scarry, cuando una persona está frente a algo bello, primero se contagia –quiere reproducirla–, después busca que se mantenga presente y finalmente produce en él un cambio de locación. Y creo que la violencia funciona de la misma manera”, se lee en el artículo de Tibble. 

Aunque esa ciudad no es un trasunto de esta, es aquí donde se siguen produciendo movimientos que le dan sentido a aquello que hemos proscrito durante siglos. Diez años no son nada, dicen. En este caso, son muchos. 

*Director de Arcadia.

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