Elias 'Fondo latas' uno de los protagonistas de Hombre solos

El éxtasis fugaz de la última copa

El documental colombiano 'Hombres solos', dirigido por Francisco Schmitt García, se estrena el 8 de septiembre a nivel nacional. Es un trabajo de inmersión antropológica que aprovecha las bondades de la no ficción para conocer la intimidad de pescadores ribereños.

2016/09/02

Por Santiago Serna Duque

“Para los griegos –dice el filósofo Pablo Arango- el vino era un estimulante de la conversación y del pensamiento. Quizá lo único que tienen en común  los pensadores de la Antigua Grecia sea la idea de que la moderación es la clave de una vida buena o al menos soportable. Nosotros, en cambio, ignorantes, perdidos y avergonzados de lo que somos, siempre bebemos hasta la inconciencia, no para estimular el pensamiento sino para suprimirlo”. Este fragmento, del libro Grandes borrachos colombianos, puede funcionar como un punto de partida para entender la cotidianidad de los personajes de la más reciente película de Francisco Schmitt García, Hombres solos.

En una de las primeras escenas del documental, que se estrena en el país el 8 de septiembre, aparece un borracho inentendible frente a la cámara. Lo acompañan una jarrita de plástico roja llena de guarapo y un anciano tembloroso. Se soba las manos, agarra la jarra y se sirve un vaso más. El borracho continua su pregón etílico: "una cerveza y otro vaso de guarapo por cuenta de la reina y que la muerte se espere tantico porque tengo tres corazones”; continúa “aquí las mujeres sobran gracias a Dios. Yo muy poderoso tomo sangre y bebida de los pobres”. De pronto, uno de los efectos que el cine no puede representar -el tufo- parece penetrar la nariz del espectador.

Quizás lo único que tiene en común el público del documental Hombres solos y sus solitarios protagonistas rurales son las borracheras. Esta terrible obra, en el sentido de que puede ser difícil verla, nos enfrenta a los que gustamos del licor en exceso -vaya eufemismo para decir alcohólicos- a nuestros máximos demonios. Es una bofetada que despierta melancolías, remordimientos y pesares olvidados en las lagunas producidas por el trago.

El documental es un manifiesto crudo que nos muestra sin sentimentalismos. Es tan bueno porque representa la decadencia del hombre, cuando lo único que lo mueve es el éxtasis fugaz que produce servir la última copa (en este caso, vaso) y saber que aún restan otras por destapar: un día hacemos un espectáculo triste en el que insultamos hasta a nuestra madre y entendemos que esas epifanías alcohólicas dejaron de ser divertidas. Es tan poderoso porque evidencia la degeneración física de la que es víctima el borracho perpetuo: el hígado marchito, la piel seca y el aliento no abandona los olores de cantina. Es tan entretenido porque, además de todos estos males, sabemos que un buen borracho puede ser, con destellos de genialidad, la persona más cómica del mundo y a su vez parafrasear aforismos que seguramente el aburrido sobrio jamás diría.

Con una mirada sincera, Hombres solos se acerca a la vida de cuatro pescadores que viven por 30 mil pesos mensuales en una güisquería de Honda, Tolima. Sentenciados por la conformidad, sus días transcurren entre el bochorno y la desazón de saber que la pobreza es un mal incorregible de linajes: “mi papá era pobre y yo salí igual”. La resignación de estos tipos contrasta con sus revelaciones hilarantes: “yo tengo un número fijo para apostar, el 520, con él una vez me gane un millón de pesos y me volví una loca. Me lo gasté en 10 días”. Una realidad que se aproxima por igual a lo grotesco y lo trágico. Es un largometraje que desnuda la intimidad y la cobardía del borracho que bebe para envolatar la conciencia.

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