El autor. Crédito: Juan Carlos Sierra.

Romper las puertas de la casa

Entre-tránsitos fue el primer colectivo de hombres trans en Bogotá, de donde surgieron los líderes que hoy dirigen cuatro de las principales organizaciones trans masculinas que existen en nuestra ciudad. Testimonio de un tránsito.

2017/05/25

Por Siri Gurudev*

Corría marzo de 2011 y para entonces aún creía que era mujer. Me llamaba Diana Catalina, vivía en Bogotá, estudiaba Filosofía en la Universidad Nacional y ya sabía que no era heterosexual pues había confesado mi deseo sin límites, con ocho cervezas encima, frente a mis compañeros de carrera, en uno de los bares a la salida de la Nacional. Todo gracias a una amiga de ojos verdes que, con mucho coraje, había declarado su gusto por las chicas. Y yo por ella. 

Era el año 2011 y para entonces creía que las “certezas” de la identidad se anquilosaban, que no se dejaban retar con facilidad. Fue toda una fiesta descubrir que la imagen creada de uno mismo no está grabada sobre piedra.

Betsimar Sepúlveda, una atractiva y vivaz poeta venezolana, me había invitado a leer algunos de mis poemas depresivos y apasionados en el primer festival de poesía “Grito de mujer”. La cita era el jueves 24 de marzo en Breena Café Bohemia, que quedaba en la 19 con 34.

Fui sola, bastante escéptica tanto de mí como de lo que escribía, anhelando la salvación del anonimato. Allí me encontré por casualidad con mi amiga Laura, que podría haber sido fundamental si yo hubiera tenido la valentía suficiente. Sin embargo, todo parece indicar que no era posible para mí escapar del amor, del activismo y de lo trans.

Cuando entré al bar, dejé de burlarme del “rayo que parte” de Cortázar: “Si se pudiese elegir en el amor, como si no fuera un rayo que te parte los huesos y te deja estaqueado en la mitad del patio”. También supe que un rayo no se borra nunca, para mi pesar. Vi a una persona con sombrero negro a lo lejos. No lo tenía por seguro, pero pensé que era un hombre superafeminado, el más afeminado que había visto hasta entonces. Sentí que mi sexo comenzaba a palpitar, proponiéndome una percusión que era el eco de mi corazón acelerado. Qué era esa persona, no lo sabía, pero era y es la persona más atractiva que he visto. 

Era como si necesitara acercarme, como si dejarlo pasar significara tener que arrepentirme de por vida. Me pregunté si cada persona tiene a alguien así para sí mismo, alguien tan atractivo que es capaz de movilizar el cuerpo a toda costa, sin importar moral o política. Pensé si esta persona de sombrero era la persona especial para otro alguien o si podía al menos adjudicarme la exclusividad de ese gusto supremo. 

Con esas inquietudes en mi cabeza y entre mis piernas, leí los poemas escogidos con la mano temblorosa y luego me senté en la mesa de Laura.

Como si fuera poco, la persona indescifrable de sombrero salió a leer. A pesar de tener una voz chillona, de ninguna manera podría haber incomodado a mi corazón chamuscado ya por el rayo. No puedo recordar qué comenzó diciendo. Creo, de manera vaga, haberle oído que no entendía por qué lo habían invitado a un recital llamado “Grito de mujer”, si él era hombre… aunque antes había sido mujer. Me sentí muy tonto al no haber pensado que, si hay mujeres que antes fueron hombres, también había lo contrario. ¿Por qué no se me había ocurrido? Mis años posteriores de activismo me lo explicarían al pie de la letra, pero en aquel momento solo pensé: “Qué tonto”. Luego me pregunté: “¿Qué viene siendo ese muchacho de sombrero? ¿Es un hombre, dice, que fue mujer?”

Nikita, porque ahora ya sabía su nombre, habló de una idea que lo acompañaba desde siempre: el tránsito. El tránsito de género y, en el caso del poema que leía, el tránsito por la ciudad, por el TransMilenio, donde se enamoraba de alguna chica como miles de poetas. Mi mirada se vaciaba al escucharlo para que solo cupiera su cuerpo en ella. Sus partes se quedaban fijas en mi memoria para repasarlas como se visitan las revistas eróticas que los chicos esconden bajo la cama. Ahora me parece imposible sentir esa atracción juvenil que te convierte en pantera, así seas el profesional en Filosofía y el estudiante de Literatura más inseguro de tu clase.

Siendo ya sonámbulo del amor a lo Ruiz Sánchez (referencia que también a él le debo) me bebí cinco cervezas con mi amiga para tener el valor de acercarme. Nadie más me importaba en su mesa, aunque futuros enemigos, amigos y hasta amores se arremolinaban a su lado. Solo él y su piel blanca, él y sus orejas grandes y preciosas. 

Me levanté a decirle que era muy interesante lo que había dicho. Que si había algún correo para escribirle. Yo tenía mi pelo a la altura de los hombros, que estaban descubiertos: mi saco negro y largo tenía cuello de bandeja y me parecía sexi. Mis botas Dr. Martens me daban apariencia ruda, pero en verdad yo era como esa hoja de otoño que está aterrada y quieta en el invierno para no caerse. 

Me fui del bar con un papel que tenía un correo electrónico escrito en él. Me fui con mucho deseo y muchas preguntas. Digo que no tuve la valentía suficiente, porque mi mensaje se quedó en la bandeja de borradores por algunos meses. 

Sin embargo, sí había asuntos que necesitaban acercarse a mí y su persistencia fue más fuerte que mi inseguridad. Llegaron por un lado y por el otro y así fue como no tuve escapatoria. El tránsito me llegó a través del amor y del deseo, las más poderosas fuerzas de la naturaleza, para que no tuviera la posibilidad de reusarme. Reflexionar sobre mi género y sobre el sistema en el que está sostenido era para mí un llamado irrevocable.

En 2011, terminaba mi tesis de Literatura en la Universidad Javeriana. Pasaba mis días enteros en la biblioteca de teología con mis amigos Carlos y Mauricio. Nos gustaba quedarnos estudiando toda la noche en la biblioteca central después de ir al gimnasio y comer comida rápida por la calle 42. A medianoche salíamos a tomar agua aromática, de esa que vendían en una olla gigante en la calle. Era divertido. 

Me gustaba hacerme en la ventana de la biblioteca de teología. Me ayudaba a escapar de mis ideas inconclusas sobre literatura y política que se apilaban en mis dedos y no podían salir. Eran como las tres de la tarde de algún día de junio. Mis manos no podían sostener un vaso de agua por la tendinitis que tenía de tanto escribir o tratar de hacerlo. Mis ojos ociosos miraban la ventana cuando, fascinados y seguros del escándalo ajeno, vieron a Nikita y a sus otros amigos caminar cerro arriba al café Oma. Un territorio jesuita veía nacer a Brigitte Baptiste y a Andrea García, y hospedaba aquel día una manada de trans que, con mucha potencia, se sentaban en las sillas del café.

Otra vez palpitó mi corazón abajo. Ya prácticamente zombi de amor, me dirigí por un café que no quería tomar. Saludé con timidez y me temblaron las piernas. Una vez más, estaba perdiendo de vista a todas las personas que acompañaban a Niki, ahogándome en sus ojos de tigre, pero algo llamó mi atención. Me pareció que estaba con su novio, un hombre de cabello rubio con una apariencia como la de cualquier hombre, pero con algo agresivo en su interior, algo inquietante.

Niki me dijo que esa misma tarde ellos darían una charla con la profesora trans Andrea García. Inquieto por entender mejor ese cuerpo que era imán imparable, me fui a escuchar la clase. Fue allí donde oí por fin los asuntos del tránsito de género. Sin embargo, aún no entendía, no podía hacerme la imagen completa. Por eso, cuando Niki y Sebastián, su pareja, hicieron un performance en medio de la clase donde Sebastián representaba dar a luz una hija, escruté con algo de vergüenza sus genitales con mis ojos que buscaban comprender. Como cualquiera que no sabe del tema, lo cual no excusa nuestra fijación, pensé que el asunto se trataba únicamente de qué tiene la gente entre las piernas, como si a eso se redujera todo el asunto. Por fortuna, mi mirada simple y heterosexista duró muy poco, y más bien pasé a provocarla en otros.

Esa misma noche busqué a Niki en Facebook y no lo encontré. Pero encontré a Camilo, su mejor amigo, que también había estado en la clase poniendo la música del performance en el computador. Ahí comenzó nuestro romance. El mío con Camilo. Ahí también me atreví a participar de una reunión del colectivo Entre-tránsitos, que coordinaban Nikita y Camilo. Aunque no lo sabía en esa época, Entre-tránsitos fue el primer colectivo de hombres trans en Bogotá, aquel de donde surgieron los líderes que hoy dirigen las cuatro organizaciones trans masculinas que existen en nuestra ciudad. 

La reunión fue en la Biblioteca Luis Ángel Arango un sábado de junio. Cuando escuché todo lo que hablaban, quedé atónito. Eran increíbles las cosas que hacían. Ellos tenían un taller de escritura (la Panadería), realizaban performances colectivos, daban talleres sobre género, marchaban, eran sumamente activos y vitales.

En ese momento, yo solo estaba listo para ir a los talleres de escritura. Por eso me perdí aquello que mencionaba cambiaría la vida de la ciudad. El 22 de junio de 2011, a las dos de la tarde se hizo el evento de apertura del primer centro comunitario especializado en personas trans en la ciudad de Bogotá. Era en Mártires, en el barrio Samper Mendoza. Aunque por supuesto esto no significó que mágicamente las personas trans en la ciudad ganaran una mejor calidad de vida o sus derechos fueran garantizados, sí era un hito que el gobierno diera ese paso para que las personas trans pudieran, al menos, existir en la ciudad, tener un lugar. 

Nikita fue el primer director de ese centro que había surgido gracias a una alianza entre el Instituto Distrital de la Participación y Acción Comunal (IDPAC), y la Secretaría Distrital de Integración Social. Cuando terminó la administración de turno, en menos de un año este centro fue clausurado. Se creó la Subdirección para Asuntos LGBT en el marco de la Política Pública y así se abrieron los dos centros que se mantienen hoy en día: el de Mártires todavía es especializado en personas trans. 

Conocer a las personas del colectivo cambió radicalmente lo que pensaba sobre ser mujer, sobre el deseo, sobre quién era yo. Fue igual que si hubiera vivido encerrado en un cuarto, observando el mundo por una única ventana y ellos me hubieran dado la llave de salida. Ver las decisiones llenas de valor que ellos tomaban cada día sobre sus cuerpos y su identidad no solo me sacó del cuarto con la ventana. Yo salí de la habitación, miré el mundo por cientos de ventanas y luego rompí la puerta de la casa. Si era mi decisión ser hombre o ser mujer, si esa libertad se había puesto entre mis manos, ¡podría ser cualquier cosa! Podía ser un día una mujer con falda corta y sombras en la cara. Podía ser un chico atractivo de pelo corto y aspecto adolescente. Podía ser indescifrable. Podía jugar de aquí para allá en el espectro del género en un ir y venir que hasta hoy no se me ha agotado.

Así nació Tak Combative, uno de mis yoes que mantuve como identidad casi exclusiva desde aquella época y por varios años. Mi nombre venía de un apodo de la universidad, ‘Taka’, que era como Cata (Catalina) al revés. En la universidad, yo usaba un kimono blanco amarrado a la cintura que me hacía ver como oriental. A mi amiga de ojos verdes se le ocurrió un día, entre risas, decirme Taka en vez de Cata. Cuando conocí el colectivo, le quité la ‘a’ para quedar con el neutro Tak. Le añadí Combative porque me pareció muy evidente que esto no se trataba simplemente de divertirme y tener fiestas con personas diversas. Este era un asunto de combatir nuestros derechos desde un lugar pacífico, artístico, creativo, etc. 

En definitiva, la valentía de mis compañeros y todos los problemas que enfrentaban por su decisión (que trataba de ser siempre gozosa) me dieron ganas de pelear, de exigir. Y cuando fui víctima repetida de discriminación, incluso en los bares de gais pudientes de Chapinero porque era demasiado trans como para ser bienvenido, el discurso de género ya se había apoderado enteramente de mí.

Para 2014, yo ya había salido a la calle a luchar contra la transpatologización disfrazado de médico payaso, ya había cambiado letras de reggaetón para cantarles a las chicas trans de Mártires sobre sus propias vidas, en Ciudad Bolívar, en los festivales de la ciudad. Yo ya había escrito con el colectivo las versiones trans de Pinocho y del Patito feo y también había sido el coordinador de Entre-tránsitos. Para ese entonces, ya había organizado con otros compañeros el plantón de la Registraduría para el cambio de sexo en la cédula que detonó muchas cosas importantes. 

En 2015, vi salir en los periódicos la noticia de la aprobación del decreto 1227, que permite el cambio de sexo en el documento de identidad sin certificado psiquiátrico ni cirugía de reasignación, y se me aguaron los ojos frente al computador. Dos años después, ahora, en 2017, he dejado de pertenecer a los colectivos de hombres trans. El nombre con el que me siento a gusto es Siri Gurudev, que me recuerda la vocación de mi espíritu. He logrado sobrevivir a las dos rupturas amorosas más difíciles de mi vida y todavía soy activista, pero ahora escribo y desarrollo mi propio camino en el performance a propósito de los temas de género. Hoy, sigo en la libertad que ellos me dieron y que no era tan sencilla como parece. 

Este camino me ha mostrado los privilegios de los que soy beneficiario. He tratado de aprender a no culparme por tenerlos y más bien sacarles provecho para servir a otros. El haber adoptado una identidad de género alternativa cuando ya había estudiado dos carreras es un privilegio. El jugar con mi identidad de hombre a mujer me ha permitido tener buenos trabajos donde mi versión femenina es una estrategia de supervivencia. Ser de clase media me ha permitido sostenerme también cuando quise ser más radical con mi cuerpo y tener una apariencia retadora y confusa para otros. Sin embargo, esto no ha dejado mi corazón indolente y por eso sigo dispuesto a contribuir en lo que falta por hacer, a mi manera. 

*Antes llamado Tak Combative y antes Diana Catalina Torres. Estudió Literatura en la Universidad Javeriana y es activista desde la escritura y la creación.

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