Participantes tendiendo el jardín. Foto: Esteban Vega.

Flores para el acuerdo

Alrededor de cien personas participaron en la tercera #AcciónPorLaPaz en la Plaza de Bolívar, donde durante toda la mañana del primero de noviembre se cultivó un enorme jardín que rezaba la palabra ‘ACUERDO’. Crónica de un acto simbólico.

2016/11/01

Por Christopher Tibble

Las primeras plantas arribaron a las nueve de la mañana, a la hora estipulada, una sarta de materas de plástico y cerámica, helechos y flores de varios colores. Hacía sol y los pocos congregados, miembros del colectivo #AccionesPorElAcuerdo, dispusieron la decena de matas sobre el entablado de la letra A; el primer atisbo de verde en la Plaza de Bolívar. Algunos transeúntes mostraban curiosidad al tiempo que la mayoría transmitía indiferencia: parecía improbable que aquel pequeño grupo de personas lograra, con tan pocas plantas, tender un enorme jardín sobre las estibas de madera que leían, frente al Palacio de Justicia, la palabra ACUERDO.

La jornada había iniciado horas antes, al amanecer, cuando el artista  Felipe Arturo, líder de la iniciativa, llegó junto a algunos colegas y dos montajistas a instalar el entablado de 40 metros de largo y 22.4 de ancho. Se trataba del tercer proyecto del colectivo de artistas y gestores culturales #AccionesPorElAcuerdo, quienes se han propuesto llevar a cabo un acto simbólico cada martes en la plaza de Bolívar para presionar por la firma del acuerdo de paz. Hace una semana leyeron con el público la novela Los ejércitos de Evelio Rosero y, un poco atrás, el fotógrafo Jesús Abad Colorado introdujo en una marcha una serie de fotografías. Hoy, sin embargo, la acción trascendía la disposición de pocos: partía de la premisa de la colaboración.

Alrededor de las diez a.m., la mirada un tanto nerviosa de los congregados pareció relajarse: llegaban los primeros refuerzos. Cuatro mujeres del proyecto comunitario Jardín 82 complementaron las pocas plantas de la letra A con una discreta pero variada floresta de begonias, urapanes, albacas, tabacos, ajís, afelandras, gazanias y acelgas. “Creo que en el conflicto entra el territorio y quienes lo trabajan –afirmó Lina Buitrago, la menor de las cuatro, mientras desbrozaba las plantas-, y siento que esta acción es un acercamiento a ellos. En la ciudad estamos muy alejados de la realidad de los campesinos y esto nos permite acortar la distancia un poco, entendernos un poco más”. Patricia Cortés, líder del proyecto, complementó poco después: “el verde nos reconecta, es una manera de sensibilizarnos nuevamente. La guerra nos ha desensibilizado”. 


El jardín para la paz. Foto: Esteban Vega.

Al tiempo que las cuatro integrantes del Jardín 82 trabajaban la letra A, una integrante del colectivo consiguió que el Campamento por la paz -aquella república de carpas instalada en la plaza desde hace más de 20 días-, colaborara con el proyecto prestando su propio jardín. Así, con entusiasmo, unas cinco personas se adentraron en el fortín para extraer, no sin antes dar las gracias, una veintena de pinos libro, palmas y cayenos. En pocos minutos, la letra O, al otro extremo de la plaza, se había transformado en una arbolada. 

Después de equilibrar con hilo las matas más inestables, un repentino bienestar contagió a los presentes. El jardín empezaba a formarse. Wilmer Echavarría, uno de los montajistas que llegó a la plaza desde Soacha al amanecer para preparar las estibas, parecía contento: “No sabía de qué se iba a tratar este proyecto cuando me pidieron apoyo logístico ayer, pero me parece muy interesante. Esto nos sirve para poner a razonar a la gente sobre la importancia de cuidar nuestro ecosistema, de pensar en un futuro para nuestros hijos. Y, como dice la palabra, también puede funcionar para lograr un acuerdo a ver si se acaba tanto sufrimiento en este país”.

A pesar de los avances de la discreta A y de la frondosa O, a eso de las 11 aún quedaba mucho por hacer, y no faltaba quien susurrara su escepticismo sobre la culminación del proyecto. Las nubes, por su lado, empezaban a congregarse sobre el centro de la ciudad. Fue entonces que, con el sol todavía iluminando las plantas, Felipe Arturo se sacó el as bajo la manga, galvanizando de una vez por todas al equipo de trabajo: en el costado occidental de la plaza apareció un camión atiborrado de matas, en su mayoría coronadas por alguna flor. Sin titubear, muchos caminaron deprisa hacia el Congreso: había comenzado, ahora así, la elaboración del jardín.

El primer ensayo fue un error. En unas diminutas materas, los integrantes del colectivo y algunos transeúntes prepararon una mezcla de tierra, abono y semillas de pasto mojado que, en cuestión de minutos, terminó en boca de las cientos de hambrientas palomas que se congregaron repentinamente en torno a las estibas. El ánimo, sin embargo, no decreció, y poco después se formó una línea de por lo menos treinta personas para descargar del camión las plantas de mayor tamaño. La línea, en un acto de casi espontanea coordinación, se dispersó sobre el entramado tendiendo el jardín. De mano en mano, y de letra en letra, las plantas se distribuyeron sobre la palabra ACUERDO con un entusiasmo y velocidad que incluso algunos se alcanzaron a marear. Otros, mientras tanto, redoblaban su esfuerzo. Así, al cabo de medía hora, lo que hasta al momento se asemejaba más a un yermo de madera y piedra pulida, se había transformado en un boscoso manto verde.


El resultado de la iniciativa, ya por la tarde. Foto: Esteban Vega. 

Los participantes de la acción por el acuerdo parecían satisfechos, si bien algunos ni siquiera sabían de que se trataba. Jenny Alexandra Duque, ama de casa, se encontraba paseando a su hija por el centro cuando alguien le preguntó si quería participar: “A mi hija le gusta ayudar, le piden un favor y lo hace. Así que empezamos a colaborar. Ahora ella se quiere quedar para ver qué más se va a hacer”. El músico de 25 años Héctor Cast, por su lado, se alegró cuando alguien lo informó sobre el propósito de la iniciativa. “Me parece que esto es realmente hermoso y creo que este es el momento de acabar con al guerra –afirmó mientras aún participaba en la línea–. Eso no nos lleva a ningún lado”.

Minutos después de que concluyera la actividad, las primeras gotas del lluvia cayeron sobre el entramado. Pero a nadie parecía importarle. La Plaza de Bolívar, hace un siglo un parque de flores, árboles y fuentes, volvía a tener un jardín.

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.