Jonathan Franzen, escritor estadounidense

Jonathan Franzen

2014/02/27

Por RevistaArcadia.com

Recordé que de chico había pasado largas horas de sábados extrayendo clavos oxidados de los montones de tablas que mi padre había arrancado en el sótano. Recordé que los había enderezado a martillazos sobre la superficie de hierro que mi padre se había agenciado a manera de yunque, y que después observé cómo él volvía a utilizar los clavos para construirse un taller y volver a enmaderar el sótano. Recordé mi adoración adolescente por mi hermano mayor Tom, que durante una temporada de los años setenta fue un cineasta de vanguardia en Chicago, y que rehabilitó un apartamento en Pilsen con herramientas y materiales en gran parte gorroneados del mercado ahora difunto de Maxwell Street. Tom tenía dos viejos Karmann Ghia, uno malo, amarillo, que le había pasado nuestro otro hermano, Bob, que había terminado Medicina y se había comprado un Alfa Romeo, y otro aún peor, de un color azul claro, que le costó a Tom 150 dólares. Canibalizaba por turnos a cada uno para alimentar al otro; le ocupaban mucho tiempo. Yo iba con él el día en que el amarillo largó una biela y expiró, y también el día en que el capó del azul se abrió en la autopista Dan Ryan, bloqueó el parabrisas y por poco nos estrellamos. […] Recuerdo claramente que no deseaba estar en otro sitio del mundo que junto a mi hermano Tom en el área de servicio, sembrada de silenciadores y tubos de escape mientras, con los dedos tiesos por culpa del invierno de Chicago, ataba con un alambre el capó del Ghia.

La escritura imaginativa es esencialmente una actividad de aficionados. Es la persona solitaria que escarba en el montón de basura, no el equipo cualificado que arma un espectáculo, y los norteamericanos tenemos la suerte de vivir en el más prodigioso mundo de cachivaches. […] En Nueva York los contenedores prácticamente me invitan a liberarlos de sus útiles ladrillos y trastos. La gente de la calle comparte conmigo esa tradición de vertederos en las aceras a medianoche, a la luz de las farolas. De madrugada extienden sus hallazgos sobre edredones manchados, en el chaflán de Lexington con la calle 86, y truecan despertadores dudosos por pomos de puertas de cristal mellados. El uso y el abandono son el estrato permeable por donde se filtran los objetos de consumo, al desprenderse de su mácula de producción de masa y transformarse en individuos con historia.

De Cómo estar solo, Seix Barral, 2003.

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