Joyce Carol Oates escritora estadounidense

Mi padre, el piloto

EL 16 de junio de 1938 nació la garan novelista norteamericana, Joyce Carol Oates. En este texto cuenta en qué momento supo que quería dedicarse a la literatura

2014/02/26

Por RevistaArcadia.com

Mi primer viaje en avión fue en un Piper Cub amarillo intenso, en algún año de la década de los 40. Mi padre joven y aventurero, Frederic Oates, era el piloto. Yo debía tener unos diez años.

Él no había luchado en la Segunda Guerra Mundial. Había sido eximido por trabajar en Harrison Radiator, compañía de Lockport, Nueva York, que fabricaba vehículos de defensa militar. Luego de la guerra, los aviones del Gobierno pasaron a manos de privados, y los hombres como mi padre comenzaron a tomar clases de aviación.

Cómo y por qué tomó clases de aviación en el aeródromo Lee en la calle Transit al norte de Buffalo, Nueva York, es algo que ignoro. No teníamos mucho dinero. Para que el dinero alcanzara, mi padre no solo trabajaba en Harrison sino que a menudo pintaba avisos para negocios del barrio. Aun así había sido capaz de pagarse unas clases de aviación y había conseguido la licencia de piloto, que le permitió volar no solo avionetas como la Piper Cub y la Cessna, sino también, después, un avión más grande, de ala doble, llamado Waco, y otro incluso más grande, llamado Fairchild PT-19. (Ahora sé que el PT-19 era un avión de entrenamiento, y no un bombardero real como decían los amigos de mi padre).

Mi primera vez en un Piper Cub sería una de los grandes recuerdos de mi vida: estar vestida con casco, gafas protectoras y un paracaídas (sin saber cómo usarlo); el hangar y la pista y otros aviones más grandes alrededor estacionados en fila sobre la grama; estar en el avión luego de que me montaran, me sentaran y me abrocharan el cinturón de seguridad; la hélice del Piper Cub dando vueltas manualmente hasta que comenzaba a girar; el avión llevándonos por la pista llena de baches, levantándonos de repente en el aire, virando y subiendo aún más, por encima de una fila de árboles, sobre el campo abierto. ¡Extraordinario!

También me parecía sorprendente que mi padre se hubiera sentado detrás mío en la cabina. Ahí estaba yo, de repente, en la “silla delantera” –de cara al parabrisas– sin tener cómo hablar con él. Debía estar en un estado de asombro suspendido, aunque no creo que sintiera teJoycemor. Como todo niño de diez años, confiaba plenamente en mi padre. (Ahora me pregunto qué debía estar pensando mi madre, que observaba desde la pista: ¿también ella confiaba por completo en él?, ¿no sería esta una confianza errada?, ¿mi padre ha debido, con su licencia de piloto recién estrenada, llevarse consigo a su hija de diez años? La vida era temeraria y atrevida en ese entonces, una época que, sin duda, parece remota comparada con la de ahora, más cautelosa y con adultos que se la pasan sobreprotegiendo a sus hijos. Después de todo, aquellos eran tiempos en que aún no se conocían los cinturones de seguridad de los carros).

Mi recuerdo más vívido de ese primer viaje es el de los campos abriéndose debajo del avión, la hélice giratoria desdibujándose, la prisa del viento y el avión que temblaba y vibraba como si fuera un caballo salvaje. En una avioneta, uno está muy consciente del viento. Uno está muy consciente del cielo. Debajo, cada detalle parece agudizado. De repente uno tiene una perspectiva completamente nueva y, en cierto modo, alarmante: se está mirando abajo desde lo alto. Parece una especie de milagro ver los techos de casas y establos, no tan lejos, allí abajo, mientras uno los sobrevuela.

Todos los pilotos de avionetas siempre se dirigen a su hogar, para sobrevolar sus casas y sus propiedades. Mi padre no fue la excepción, y en un viaje relámpago de solo unos minutos ya estaba a no más de tres millas de distancia. Como a muchos pilotos de avionetas, a Papá le encantaba “timbrar” en la casa de amigos y familiares.

Lo más sobrecogedor era el aterrizaje. Era casi demasiado emocionante –un estremecimiento en el hueco del estómago– cuando mi padre circunvolaba el aeródromo y empezaba a descender. Rápidamente la trompa del avión apuntaba varios grados hacia abajo, y las llantas golpeaban la pista, rebotando, chocando, hasta que rodaban de vuelta al hangar en una suerte de triunfo.

Con el tiempo, mi padre me montaría en otros aviones más grandes, ninguno de los cuales fue tan especial para mí como el Piper Cub. Ningún otro vuelo llegó a ser tan emocionante como ese primer vuelo. Aunque mi padre nunca pudo darse el lujo de tener su propio avión, durante años fue un viajero ávido, hasta llegar casi a los 70, cuando al fin, con remordimiento, abandonó la aviación –pues en la vida de un piloto no hay nada como estar en una cabina, en control de los instrumentos–. (Por más de veinte años, y con frecuencia, mis padres nos visitaron a mi esposo Raymond Smith y a mí en Princeton, luego de volar de Buffalo a Neward, y estos vuelos comerciales también eran excitantes para mi padre. Papá nunca dejó de reparar en la calidad del aterrizaje, que para él era la prueba de un piloto hábil. A veces lograba hablar con el piloto y felicitarlo por su “buen aterrizaje”).

Cada vez que vuelo, que es frecuente, y más que todo en vuelos de larga distancia a la Costa Este o a Europa, siento una punzada de nostalgia por lo que se ha ido de mi vida: el viejo romance de volar en avionetas, con papá de piloto. Cierro mis ojos y nos veo de nuevo, en el Piper Cub amarillo intenso levantándose por los aires, sacudido por el viento pero continuando con valentía su elevación hacia el horizonte mismo.

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