Juan Cárdenas

Juan Cárdenas: El escritor uruguayo y la tradición

2014/02/26

Por RevistaArcadia.com

1. A pesar de mi creciente antipatía hacia los filósofos franceses, voy a citar a Blanchot: “Sabemos cuándo la amistad acaba (incluso si aún perdura), por un desacuerdo que un fenomenólogo llamaría existencial, un drama, un acto desafortunado. Pero ¿sabemos cuándo comienza? No hay flechazo de la amistad, sino más bien un hacerse paso a paso, una lenta labor del tiempo. Éramos amigos y no lo sabíamos”.

2. Algo similar me ocurre a mí con la escritura. No hubo flechazo inicial. Fue una lenta labor, una relación que se fue moldeando poco a poco. Y sin embargo, como ocurre en esos cuentos de compadritos de Borges, donde los hombres ven platear su destino entero en un lance de la otra navaja, hubo episodios decisivos que de algún modo podrían resumirlo todo.

3. De noche, tardísimo y con la luz apagada, mi abuela Paulina relatando recuerdos atroces, involuntariamente hermosos. La voz se abría paso en la oscuridad con una claridad argentina. Y mi insomnio se llenaba de imágenes. Ella se quedaba dormida, roncaba como una morsa y sus ronquidos eran para mí como una continuación del relato. A la noche le iban saliendo otros mil ruidos. El caos iba cobrando forma.

4. Beckett decía que las palabras eran como esquirlas innecesarias que se clavan en el silencio y en la nada. Pero, claro, Beckett era un expatriado irlandés que vivía en Francia y por tanto creía en el silencio y en la nada (es la condición que ponen en Francia para obtener la nacionalidad). Los expatriados colombianos vivimos en cualquier parte, hasta en Colombia, y no creemos en esas pendejadas. No hay nada parecido a la nada, ni al silencio. Todo es ruido. Todo hace ruido. Somos ruido. Las palabras son esquirlas innecesarias que se clavan en un altar barroco hecho de otras esquirlas innecesarias.

5. La lectura nocturna de Molloy, de Beckett, durante unas vacaciones en una casa perdida en plena sierra de Gredos. Era invierno. El fuego estaba encendido. Había una ventana entreabierta por la que se colaba el viento en ráfagas que parecían pronunciar nombres, palabras a punto de hacer sentido que derivaban en el recuerdo de un rostro, de unas manos muertas.

6. La lectura diurna de los escritos de John Cage, sentado frente a la barra del desaparecido bar Los Hermanos, en la calle Arganzuela (Madrid), rodeado de viejas eminencias del fútbol, aceitunas reutilizadas, al pie de una tele en la que siempre había vídeos de conciertos clásicos de Iron Maiden y Pantera.

7. A John Cage le gustaba repetir la siguiente anécdota: “Al entrar en la cámara anecoica de la Universidad de Harvard, no esperaba escuchar ningún sonido en absoluto, pues el cuarto estaba diseñado para ser lo más silencioso posible. Pero en ese cuarto escuché dos sonidos. Y me sorprendió tanto que fui a hablar con el ingeniero que estaba a cargo. Le dije: algo no va bien, hay dos sonidos en esa cámara. Y él dijo: descríbamelos y eso hice, uno era agudo y el otro grave. Él me explicó que el agudo era mi sistema nervioso y el grave, la circulación de mi sangre. Entonces me di cuenta de que uno hace música involuntariamente todo el tiempo”.

8. Un escritor solo se vuelve escritor cuando se da cuenta de que puede admitir una alta dosis de fracaso. Fracasa mejor, decía Beckett. Y yo no entendía del todo la frase hasta una noche en la que volvía muy borracho a mi casa por la Plaza de Lavapiés. Tenía veintidós años y escribía libros de cuentos que las editoriales me rechazaban sin piedad. Ese día, siguiendo una vieja tradición familiar, había decidido darle rienda suelta a mi autocompasión, como los personajes masculinos de los tangos. Como mi padre, como mi abuelo, como mi bisabuelo, personajes sacados de una canción del “Polaco” Goyeneche. Estaba tan borracho que tuve que sentarme en una banca de la plaza a mascullar mi ruina con los dientes apretados. En la banca de al lado, había un grupo de muchachos que cantaban y tocaban la guitarra y se cagaban de risa de todo con una despreocupación y una ligereza tal que me resultó irritante. Me levanté y casi dando tumbos me acerqué al grupo para insultarlos. Váyanse a cantar sus güevonadas a otra parte, les dije. Ellos trataron de ignorarme, pero suelo ser un borracho persistente. Jipis de mierda, putos jipis de mierda, les dije. Dos de los muchachos se levantaron de la banca. Me empujaron varias veces y me devolvieron los insultos multiplicados en el sonoro repertorio del Río de la Plata: andate a la puta que te parió, pelotudo de mierda, turrito, ¿eh?, turrito. Sentí un bofetón seco en un lado del rostro. Otro bofetón. Otro. Otro. Y lo único que pude hacer mientras caía fue gritar desesperadamente: ¡malparidos argentinos! Di de culos contra el suelo. Me acurruqué pensando que iban a seguir golpeándome, pero entonces ocurrió algo extraordinario. Uno de los muchachos me ayudó a levantarme, incluso me enderezó la camisa que se me había medio desjarretado y agarrándome por ambos hombros con sus manazas me dijo: che, andate a tu casa y arreglá tu vida. Y cuando ya me iba a soltar añadió: ah, y no somos argentinos, somos uruguayos.

9. Me fui a mi casa pensando: nunca más, no vuelvo a lamentarme porque no me publican las mierdas que escribo. Esto es lo que he elegido hacer. Después de todo, yo y mis textos somos innecesarias, prescindibles vocecitas de muertos en medio del rugido oceánico del mundo. Basta de tangos. Y recordé a ese locutor que transmitía los partidos de fútbol en la cadena Todelar: ya no hay tiempo de llorar, decía, cuando el partido agonizaba y la suerte de todos ya estaba echada. A partir de ahora voy a fracasar mejor, pensé, cada vez mejor.

10. “No somos argentinos, somos uruguayos”, me había dicho el muchacho. Y de camino a mi casa, como bajo el efecto revelador de la paliza, me puse a imaginar cómo sería Uruguay, un país en el que nunca he estado. Un país chiquito, el paisito, como le dicen, la tierra de don Obdulio Varela, campeón del mundo en Brasil 50, un tipo que en lugar de salir a celebrar con sus compañeros se fue por las calles de Río de Janeiro a consolar a los perdedores.

Y de pronto, por ese mismo camino quebrado y ondulante de los razonamientos alcohólicos, se me vino a la cabeza un recuerdo: un muchachito de quince años, asombrado, al borde de la silla, lee “El acomodador”, de Felisberto Hernández, en una sala de la Biblioteca Pública Piloto de Medellín. Y en el recuerdo de esa experiencia de lectura se asoma algo parecido a una voluntad, a una fe, a un corazón de plata fundida, que es lo que parece alentar siempre a los jugadores de la selección uruguaya de fútbol.

11. “El acomodador” narra la historia de un jovencito gris que desempeña ese oficio en un cine de barrio, en una ciudad que podría ser Buenos Aires o Montevideo, no se sabe bien. Su vida es mediocre, banal, aunque el relato logra que esa banalidad se nos muestre recorrida por la suave electricidad de un misterio. Una noche, a solas en su pieza, el joven descubre que sus ojos emiten una luz roja que incluso le permite leer a oscuras. Ese don le confiere al joven el poder de subyugar a algunas personas, entre ellas, el mayordomo de una mansión en la que se ofrecen banquetes gratuitos semanales para gente pobre y a los que él asiste regularmente. Atemorizando al mayordomo, el joven consigue que este le permita acceder a una sala alargada en la que hay unas inmensas vitrinas repletas de objetos valiosos. El joven no quiere robar, solo desear acariciar esos objetos con sus lucecitas rojas, cosa que le proporciona un placer inefable.

12. De alguna manera, nunca volví a salir de ese cuento. Me quedé allí, mejor dicho, aquí adentro, acariciando todos sus elementos con mis pequeños rayos rojos, repasando una y otra vez la alquimia humilde de su lenguaje calculadamente chueco. Eso sí que fue un flechazo. Era un escritor uruguayo y no lo sabía.

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