Juan Esteban Constaín

Juan Esteban Constaín

2014/02/27

Por RevistaArcadia.com

Supe que iba a ser escritor –entonces no sabía que lo estaba sabiendo, claro que no; esas cosas solo las descubrimos con el tiempo– hace muchos años, cuando era niño. Pero puedo recordar con exactitud incluso el día y el lugar en que supe, aunque no me diera cuenta de ello, que yo le creía más a la ficción que a la realidad, y que las palabras y los libros me parecían mejores, mucho mejores, que la vida.

Fue en una casa en La Calleja, en Bogotá, en 1989. En mi clase de teatro con Asita Madariaga de Mallarino, sobrina de don Salvador y una actriz tan grande que cuando niña había sido la niña del grupo de teatro de García Lorca. Yo iba todos los miércoles por las tardes a oírla, a disfrutar de sus anécdotas y sus historias y su humor. Leíamos obras de teatro españolas, sobre todo las de un autor al que desde esa época adoro, porque además es maravilloso: Alejandro Casona. Los árboles mueren de pie, Prohibido suicidarse en primavera, La barca sin pescador. Y una vez Asita me leyó un libro que me tuvo en vilo durante horas, sin parpadear, sin querer salir ni siquiera al recreo, lo que para mí era un milagro. Eran las cartas de un par de amigos a los que la guerra había separado, encuadernadas de tal manera, como un libro de verdad, que yo pensé que era una obra maestra de la literatura universal. Alguna, no sabía yo cuál; nunca sabe uno lo que sabe o no, a veces ni siquiera con el tiempo. Pero lo que Asita me leyó ese día fue una novela de principio a fin, magistral. Y solo al cerrar el libro, después de terminarlo, me lo dio para que lo viera: eran las cartas que ella misma se había cruzado durante años con Casona, y que ambos habían decidido copiar y recopilar y guardar para los dos, como si fuera, porque lo era, el libro de su vida.

Ese día supe que yo quería eso, lo que quiera que fuera. Pero eso. Además porque en mi casa todos eran bohemios y artistas, al punto de que haber escogido una carrera práctica, como la medicina o la economía, me habría traído muchos problemas familiares. Estoy seguro de que mi abuela me habría desheredado. Por suerte no hice más que leer y leer y leer, desde entonces, y esa es la razón por la que me hice escritor, creo, o más bien un aprendiz, un coleccionista de asombros: porque solo así puedo creerle a la realidad, y porque siempre sé que la ficción es lo único cierto que tenemos. Lo decía Chesterton: la realidad es un lujo, la ficción es una necesidad.

Por eso y para eso escribo: para seguir mereciendo, todos los días, el libro de Asita de Mallarino.

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