El páramo de Romerales y el nevado del Tolima, el planetario de Bogotá, Bocas de Ceniza, y la catedral de Cartago. Cortesía Villegas Editores.

Colombia, según Juan Gabriel Vásquez

El libro 'Colombia otra mirada', de Villegas Editores, narra al país en cinco rutas, acompañadas por una colección de fotografías que busca cumplir con la promesa de su título: presentar una nueva manera de ver al país. Compartimos el prólogo que escribió el autor de 'El ruido de las cosas al caer'.

2016/11/22

Por Juan Gabriel Vásquez

El mito está presente

Me fui de Colombia hace dieciséis años, de manera que mi país es un país de visitante o viajero o incluso turista. Esto es una fortuna: los colombianos sabemos que los turistas conocen a Colombia mejor que nosotros. Yo me he encontrado con españoles que me hablan de San José del Guaviare, con ingleses que me hablan de pueblos perdidos del Cauca, con holandeses que han recorrido el Chocó y los Llanos en el mismo viaje desordenado y gozoso, y todos ellos me cuentan de un lugar que a mí me resulta tan desconocido y remoto como las leyendas. Dos veces al año, en mis viajes, trato de llenar esos vacíos, y el resultado es un país de retazos, una serie de retratos parciales que tal vez al final de mi vida, como ocurre en las fotos de David Hockney, lleguen a conformar un gran fresco sin sombras, sin carencias: un lugar unitario y comprensible.

Aunque no sé si semejante aspiración sea posible en realidad. No sé si alguien tenga un retrato total, una gran imagen abarcadora y completa de este país que es, por su propia naturaleza, fragmentario y difuso, confuso y contradictorio: en otras palabras, hecho de oposiciones. Nunca dejará de maravillarme, por ejemplo, esa contradicción esencial: que la capital de mi país, mi ciudad, haya sido durante buena parte de nuestra historia uno de los lugares menos accesibles de todo el territorio. Lima y Buenos Aires son ciudades de costa, cosmopolitas a la fuerza, lugares de intercambio y comunicación; Caracas y Santiago no están en la costa, pero a ellas se llega sin sentir que se ha superado un reto mortal. No así Bogotá, que don Gonzalo Jiménez de Quesada tuvo la idea de fundar en medio de los Andes, a dos mil seiscientos metros de altura, a semanas de penoso viaje de cualquiera de las costas. Hasta hace relativamente poco, los extranjeros llegaban a Bogotá cruzando la selva más húmeda del mundo desde el Pacífico o remontando el río Magdalena, criatura impredecible y veleidosa donde las haya, desde el Atlántico. A Jiménez de Quesada, o más bien a su flotilla de naves subiendo por el Magdalena, le dedicó unos versos Neruda:

Detenlas, río, cierra
tus márgenes devoradoras,
sumérgelas en tu latido,
arrebátales la codicia,
échales tu trompa de fuego,
tus vertebrados sanguinarios,
tus anguilas comedoras de ojos,
atraviesa el caimán espeso
con sus dientes color de légamo
y su proverbial armadura,
extiéndelo como un puente
sobre tus aguas arenosas.

Supongo que queda claro: Neruda hubiera preferido que Jiménez de Quesada no se hubiera asomado por aquí. “¡Oh Colombia!”, escribe Neruda: “Defiende el velo de tu secreta selva roja”. Y hay una suerte de cifra, en esos versos, de la contradicción principal de Bogotá, esta ciudad dividida entre la apertura y el provincianismo, entre la cerrazón y la cultura, esta ciudad que siempre ha sentido fascinación por el mundo a la vez que ha puesto caimanes sobre el río para obstaculizar la llegada de los de afuera. Christopher Isherwood escribió que en ninguna otra parte del mundo había visto más librerías, y luego recordó la leyenda de que Bogotá es una ciudad donde hasta los pequeños limpiabotas citan a Proust. No es cierto, por supuesto: citan, aunque muchas veces no lo sepan, a José Asunción Silva, a Barba Jacob, a León de Greiff. De cualquier forma, aunque sé que violento y distorsiono el sentido del poema, nunca he podido leerlo sin pensar cuán exitoso fue durante décadas el aislamiento bogotano. La llegada a la primera ciudad del país —y de un país centralizado como ninguno, salvo quizás Francia, cuyo territorio es la mitad del colombiano y cuya geografía es, comparada con la colombiana, casi monótona— ha sido siempre una aventura (salvo que se suba uno en un avión, claro). Pongamos el caso de las que son la segunda y la tercera ciudad del país. Desde Medellín se llega cubriendo un trayecto que dura ocho horas por difíciles carreteras de montaña, con el único respiro de la recta del valle del Magdalena; desde Barranquilla, por el río que da nombre al valle, llegando a Honda y siguiendo, Andes arriba, por un trayecto que en otros tiempos era capaz de matar al mejor caballo. En Cien años de soledad, Meme Buendía llega a Bogotá para esconder el hecho vergonzoso de que espera un hijo de Mauricio Babilonia:

Seguía pensando en él durante la penosa travesía a lomo de mula por el páramo alucinante donde se perdió Aureliano Segundo cuando buscaba a la mujer más hermosa que se había dado sobre la tierra, y cuando remontaron la cordillera por caminos de indios y entraron a la ciudad lúgubre en cuyos vericuetos de piedra resonaban los bronces funerarios de treinta y dos iglesias.

Yo no las he contado, pero seguro que en Bogotá hay treinta y dos iglesias, o incluso muchas más. Algunas me gustan: la de San Francisco, por ejemplo, o la de El Sagrario, o la capilla de la Bordadita. Otras son inquietantes, más diseñadas para causar preocupación que sosiego, como la de Monserrate con su Cristo melancólico encerrado en una jaula de cristal; y otras son francamente feas, como la mayoría de las del norte de la ciudad. Y los vericuetos de piedra también están ahí, aunque ya no sean todos de piedra o aunque la piedra ya no esté en los suelos, sino en los patios, en las fuentes, en las paredes: yo los he recorrido incontables veces, desde la Plaza de Bolívar hasta el chorro de Quevedo, desde la Luis Ángel Arango hasta el Café Pasaje. Mi Bogotá es esa, quizás porque son los lugares donde ha ocurrido todo lo que tiene importancia para mi imaginación: la historia de mi país. En mis años universitarios, antes de irme de Colombia, solía perder el tiempo caminando, por ejemplo, del lugar donde mataron a Gaitán (1948) al lugar donde mataron a Uribe Uribe (1914), y de ahí al lugar donde casi matan a Bolívar (1828), y de ahí al lugar donde se mató, de un tiro en el pecho, José Asunción Silva (1896). He buscado el edificio donde García Márquez vivía el 9 de abril. He buscado los cafés donde se hacían tertulias célebres en el mundo entero. He lamentado que ya no esté el lugar donde otro suicida, el caricaturista Ricardo Rendón, se tomó su última cerveza. He imaginado a Porfirio Barba Jacob parado en el centro bogotano como está en el poema de Luis Cardozo y Aragón:

En la esquina de El Tiempo, en la esquina del tiempo,
Un esqueleto —con piltrafas
De amojanada carne ardiente recubierto—,
Te escupe el rostro, Bogotá, y te tiende,
Lento cuervo de sombra,
El ala mendicante:
‘Una limosna para el más grande poeta de Colombia’.

El poeta era, como es obvio, Barba Jacob. El Tiempo es el periódico bogotano cuyas oficinas quedaban en una esquina de la carrera Séptima, a pocos metros del parque Santander y de la plaza del Rosario y del Café Pasaje y del edificio Agustín Nieto y del antiguo edificio de El Espectador y de la droguería Granada de la que sacaron a Juan Roa Sierra, asesino de Gaitán, para lincharlo: durante años he tenido la impresión de que allí, en ese cruce, ha sucedido todo. Esa es mi Bogotá, la que más he caminado, la que recuerdo en mis ficciones. No tengo otra, y la razón, bien mirada, es muy sencilla: durante la mayor parte de mi vida en Colombia no viví en la ciudad, sino en las afueras: media hora al norte, saliendo por la autopista y pasando por el Castillo de Marroquín y por el Puente del Común, o saliendo por la antigua Central del Norte y pasando frente al Instituto Caro y Cuervo, dos apellidos a los que me acostumbré desde niño. Y más al norte tuvo lugar buena parte de mi infancia, en viajes por Boyacá que tomaban semanas y que fueron mi primer contacto con un pasado nacional. Me aprendí el orden de las poblaciones (luego lo he olvidado), me sorprendí con el tamaño del Puente de Boyacá (luego he seguido sorprendiéndome), creí que en las colinas onduladas alguna vez hubo gigantes enterrados, atravesé la laguna de Tota en lancha de remo y después de motor. Esas excursiones de infancia son lo más parecido que tengo a la nostalgia; el descubrimiento de que la guerra y la muerte pasaron por esos lugares apacibles fue la primera inocencia perdida. Nadie ve los fantasmas de la historia como un niño. “No eran jardines, eran atmósferas delirantes”, dice un verso de Aurelio Arturo. No estaba hablando de aquellos paisajes, pero tenía razón de todos modos.

Después, en mis visitas, he salido de Bogotá hacia otros lugares y con otros fines. He cubierto más de una vez las ocho horas que llevan a Medellín, y conozco esa ruta bastante bien y también la conocen mis personajes. En Los informantes, Gabriel Santoro la cubre para ir a una cita urgente (y ahora pido disculpas por la indelicadeza de citar mi propio libro, pero me escudo en que no es mi libro en realidad, sino el de Gabriel Santoro):

Soporté el hedor de los hatos ganaderos, soporté la niebla fría de los páramos y también la violencia del descenso siguiente, la explosión en la nariz de los olores agresivos y el ataque plateado de los yarumos y el escándalo de los canarios y los cardenales, y soporté, al atravesar el Magdalena —ese río sin pescadores y sin atarrayas, porque ya no hay bocachicos— el calor estupefaciente y la ausencia del viento. El segundo puente era o es una especie de gran prótesis dental, metálica cuando golpean los destellos del sol sobre los rieles, frágil como la madera vieja cuando suelta esos crujidos indecentes bajo el peso de los carros.

Yo recuerdo esos crujidos, y sé qué otros crujidos se oyen cuando uno cruza, a pie, el puente Navarro en Honda. Sí: después de dieciséis años de viajes azarosos, inevitablemente, uno va sabiendo cosas: cosas que son inútiles, bien miradas, pero no por ello menos satisfactorias. Sé, por ejemplo, cuál es la vista desde la estación de tren en Ciénaga, y puedo imaginar dónde estaban los tiradores el 6 de diciembre de 1928, y dónde estaban los trabajadores. Sé de qué color son las aguas de Bocas de Ceniza a mediodía. Sé qué diferencia hay entre la temperatura del mar y la del río en la desembocadura de Palomino. Sé a que huelen las nubes en el Alto de Letras. Sé que cerca de San Agustín el Magdalena se angosta tanto que un adulto ágil puede cruzarlo de un salto, y sé que el agua viaja con tanta fuerza allí que puede destrozar a un animal pequeño. Sé cómo es llegar a Santa Fe de Antioquia a la hora de más calor y he visitado las casas en las que vivían los González hace unos sesenta años, y ellos, los González, me han contado historias sobre entierros, sobre el puente de Occidente, sobre hombres tan fuertes que podían levantar su propio caballo para hacerlo pasar sobre una tapia de recebo. Sé cuán alta es la tierra enmalezada que ahora cubre las ruinas de Armero, y sé que en una de esas ruinas aún se lee: De la angustia del pasado surgirá la seguridad del futuro. Sé cómo se ven las comunas orientales de Medellín desde la altura, y sé cómo es verlas mientras Héctor Abad recita poemas de Jorge Manrique. Sé, sobre todo, cuán engañosa puede ser la percepción de que conozco este país inagotable. Hace unos años la BBC me pidió que hiciera un programa literario sobre mi Colombia personal, y acabamos, Nick Caistor y yo, mirando desde la altura hacia el espejo de esmeralda de la laguna de Guatavita, hablando de indígenas y de balsas y de rituales y de europeos cazadores de oro y de la trocha que una vez quisieron abrir los ingleses para vaciar la laguna y de Nostromo, la novela de Joseph Conrad que cuenta mejor que ninguna la tensa relación entre El Dorado y quienes lo persiguen. Y no lo voy a negar: tuve entonces la convicción pasajera de que conocía bien una parte de mi país, de su historia y su presente y su geografía y la relación que hay entre las tres cosas.

No es así, por supuesto.

No conozco a mi país.

Voy conociéndolo al azar de los viajes.

Y de la fotografía.

Y de los relatos de los otros: los relatos orales de la gente que voy conociendo por ahí, los relatos escritos que dan una versión de Colombia que no es Colombia, pero que la enriquece y la ilumina. Todos los relatos, todas las ficciones que contamos todos construyen nuestra gran ficción colectiva de nosotros mismos, y quizás eso sea lo que yo busco cuando me muevo por Colombia: confrontar la realidad con el mito, ver ciudades y paisajes por primera vez y sentir que ya los he visto antes y que no logro reconocerlos. Como en el poema de Álvaro Mutis:

Hoy, la ciudad se entrega de lleno
a su niebla sucia y sus ruidos cotidianos.
Y sin embargo el mito está presente,
subsiste en los rincones donde los mendigos
inventan una temblorosa cadena de placer,
en los altares que muerde la polilla
y cubre el polvo con manso y terso olvido.

Yo he buscado ese mito. El poema de Mutis es De la ciudad, y a la ciudad vuelvo, a Bogotá y al mito bogotano. Vuelvo a Bogotá desde el país. También vuelvo al país (y también a su propio mito), vuelvo a recorrerlo, vuelvo a tratar de entenderlo, para ver en los viajes su niebla sucia, para escuchar en los viajes sus ruidos cotidianos, para dejar que me sorprendan como siempre me sorprenden.

El mito está presente.

Es cuestión de esperar a que se deje ver.

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