Ilustración de 'Un cuento de Navidad' de Charles Dickens por John Leech (1843).

Un recuerdo navideño de Juliana Restrepo

La escritora paisa, cuyo libro 'La corriente' apareció en La lista Arcadia de este año, reflexiona sobre la nostalgia y las casas donde se pasan las fiestas.

2016/12/21

Por Juliana Restrepo

La Navidad son casas

Hoy es el día de las velitas. La pólvora está prohibida en Medellín pero explotan voladores y tacos desde todas las direcciones y las distancias. Cada que explota algo muy fuerte mi hija de un año aplaude con emoción. 

Estamos en la finca de mi esposo que queda en Caldas, a un milímetro de que se la trague el pueblo. Es una finca vieja, verde y blanca, llena de corredores con anturios, una de las más bonitas que conozco. Aunque no pasé aquí mi infancia, me da nostalgia perderla. Porque la perderemos, claro. En un año o en cinco o en diez, cuando la abuela de Andrés, centro de masa, se muera y el pueblo ya no tenga contra quién pelear. Me pregunto qué tantas casas así conocerá mi hija. Me imagino que para ella la finca de la abuela será la finca recién remodelada que construyeron mis papás el año pasado. Esa finca remodelada tendrá sus madeleines de Proust, sus olores, sus llaves, sus pisos, sus árboles, sus vasos de metal, sus pocillos… pero me cuesta pensar que algo tan remodelado llegue a ser recordado con nostalgia.

La nostalgia es concreta. Uno extraña muros y paredes que le recuerdan a los primos que corrían dentro y a las tías que conversaban.

Uno extraña las casas en las que solo se puede ser feliz. Las que están rodeadas por pinos y eucaliptos y musgo y silencio y tienen puertas y ventanas rojas que contrastan con las paredes blancas. Esas que tienen chimeneas y cobijas de cuadros para esconderse del frío. Y pocillos en los que el café y el agua aromática de manzanilla se enfrían rápido, pocillos que se guardan ahorcados de unos colgandejos de metal. Y vasos de metal que tienen la edad de los abuelos y que se paran alineados como soldaditos en la despensa. 

La Navidad son casas en las que solo se puede ser feliz. Tienen olores viejos que parecen salir de los closets e impregnan las piyamas de manga larga vitalicias y las sábanas. Son casas con pisos de baldosas que guardan pedacitos de todas las medias calientes y los pies limpios que los han tocado. Son esas que tienen corredores con plantas gigantescas en los que todos los colores tienen permiso de ser intensos y nítidos en el día y de ser difusos y grises a partir de las seis.

Tienen todas comedores de muchas sillas que recuerdan las conversaciones de después de almuerzo, entre un postre y un café y una arepa y otro postre. Y tienen todas baños que se cierran con aldabas. Y en los baños, tienen todas canillas de metal de las que sale un chorro heladísimo de agua. En esas casas el sol siempre está invitado como un novio de hace tiempo que se para tranquilo al otro lado de la ventana y calienta suavemente, sin exagerar ni importunar ni conversar demasiado.

Y tienen nombres bonitos de mujeres de santos de plantas y de cosas: La Primavera, Fontanar, Casamía, La Buenaventura, Los Cámbulos, Arrayanes, La Aguacatala.

Y en la que era la mía, que se llama Santanita, ya no hay centro de masa.

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