La Estampida de los Peroles

Quién cantará en la tumba de mi vieja como ella lo hacía para que sus muertos no se sintieran solos. Quién dirá que soñar con muertos no es malo, que eso es seña de que te están protegiendo de todo mal y peligro. Quién como ella para meterse hasta con la Biblia y con eso de que ser pobre es un privilegio que te hace entrar al majestuoso reino de los cielos...

2014/01/28

Por Tatiana Riascos Quiroz

Quién cantará en la tumba de mi vieja como ella lo hacía para que sus muertos no se sintieran solos. Quién dirá que soñar con muertos no es malo, que eso es seña de que te están protegiendo de todo mal y peligro. Quién como ella para meterse hasta con la Biblia y con eso de que ser pobre es un privilegio que te hace entrar al majestuoso reino de los cielos. “¿Privilegio? Si el pecado es cuando la gente quiere dejar de comer mierda”, decía. Bien brava debía estar para decir groserías, ella que en lugar de “maldita sea”, decía “malaya sea”, para no espantar los ángeles de Jehová, por si acas’ la rondaban.

Despierto con el sabor en la boca a bagre cocido en leche’e coco, suero costeño y güeva’e gato (sin espantos que es plátano biche espichurrado con hogao, aunque a mí me gustaba más jecho por lo dulce), que me quedé con ganas de probar durante el sueño. Me asusta pensar que si abro los ojos, miraré el techo percudido de la cocina, que nunca le di el gusto de pintar a la vieja. El chirrido cortopunzante de la alarma del despertador de La Nena, que atraviesa mi cabeza de oreja a oreja, me espanta la sensación de estar durmiendo sobre papeles escritos por mi madre y me hace recordar que ya nada de eso está. Ahora la vaina es levantarse otra vez, una vez más, como cada día, para ir a la oficina a ver el man llegando tarde, recién afeitadito, oloroso a colonia, propasándose con las nenas, sacando plata de caja menor y yéndose al primer papayazo, que normalmente es mucho antes del almuerzo. Así que dije esto es de una y no la pensé dos veces para montar mi negocio.

Trato de arrepentirme porque las cuentas no me cuadran. Mi Nena sabe que algo está pasando, pero yo no suelto prenda. Para qué. Se va poniendo toda histérica, y no porque le preocupe si se me alborotan los nervios o se me suelta el cuerpo. Las Nenas lo que quieren es tener las cositas de la casa, ir poniendo el celular y el chifonier a la moda, tener cámara digital porque ahora todo el mundo tiene de eso y cuando ven que hay riesgo de perder la ansiada estabilidad económica, se descuida usted y ya está otro man abriendo con su llave. Por eso es mejor no contarle esas cosas a La Nena. Pero ella sabe cómo medir el aceite y en cuanto se apaga la luz empieza con el Papito… Gordito… Besito debajo de la oreja y esa mano revoloteando por allá abajo que da miedo.

Por la mañana me levanto a la hora de siempre, con el fundamento en marcha y el alebrestamiento opacado. Aún en el nido que tejimos y a cada rato nos toca remendar, abro la cartuchera que me dieron en el trabajo para guardar lo de las vueltas que debo hacer durante el día. Arreglo los recibos que toca pagar mamándome los filononones y luego paso a la cantidad de plata que el man gasta en cantinas, lavandería y peluquería que no sé por qué, tiene la maña de pagar con vales para que luego me toque ir a mí a pelar cara. Me pongo los zapatos suaves, saco cuentas de la plata que tengo reunida y cojo para donde la Chiqui con la decisión de montar mi negocio. Desde eso hace que cuajé la idea de vender con mi canasto y dejar colgando jeta a ese pobre pirobo.

Le conté la idea que me estaba pajareando en la cabeza. La Chiqui es la parcera pa’ las que sea con la que tu novia, esposa o amante te la monta, porque fijo pasa algo más. Ella lo sabe y es tan bacana que entiende que sólo por eso uno necesita andar con otra y hace lo que sea para acolitármelo. Aunque, la verdad sea dicha, eso es que le cae gorda la nena de ahora: con otras que me ha conocido me regaña sólo por intentar ponerles cachos. A La Nena yo la quiero y cuando me dijo que íbamos a tener un bebé, no la pensé dos veces para irme con ella y estar ahí pa' las que fuera. Cuando lo perdimos me hice el duro para apoyarla, pero sentía que me habían despedazado el alma de un totazo. Una vez más.

De cosas así me la paso hablando con la Chiqui, pero la bacana me aterriza preguntándome que cómo así que un negocio, que a cuento de qué, que plata de dónde. Si alguien puede preguntarme es ella que sabe la peladez con la que vivo. A lo mejor está pensando que le va a tocar sacar plata de su bolsillo pa’ hacerle, porque es ella la que me presta cuando me descuadro para no tener agarrones con La Nena y si se me acaba la plata pone de la suya para que sigamos de farra. Aunque para mí lo más bacano de todo es que está dispuesta a escuchar una y otra vez la historia del primer amor de mi vida o cómo fui campeón de bolitas allá en el pueblo, terminando siempre con el guayabo que me da cuando recuerdo cómo mataron a mi vieja.

Me da cagada con la Chiqui, pero no tengo de otra y me la cuenteo diciéndole que renuncié y lo que tengo es de la liquidación. Toca así porque podrá ser borrachina y no poner mucha traba para acostarse con quien sea, pero en eso de robarse un peso, está pasada de honesta y donde sepa que yo me tumbé esa plata no mueve un dedo para ayudarme. Tan capaz que no me vuelve a hablar y en esta, como en ninguna, me puedo quedar solo. ¿Dar un paso sin la Chiqui? Ni que estuviera loco.

A medida que hablo con ella se me aclara la cabeza. No dice nada, como siempre sólo pregunta para que uno se escuche mientras le responde. Del interrogatorio me queda claro que tengo que buscar dónde hacerme, a sabiendas de que a alguien hay que pedirle permiso para no tener problemas con los dueños invisibles de la calle, precisar en qué voy a transportar la mercancía o averiguar si por ahí cerca queda algún sitio de esos en los que guardan los parapetos de los vendedores ambulantes y, lo más importante, tengo que tener un “machete” bueno qué vender.

La verdad tengo algo de experiencia en esto. Cuando pensaron en la escuela que tenía posibilidades en alguna universidad de ciudad grande, vendí velitas, purgante, arepa’e güevo, sandalias para dama y niña, pinté casas a domicilio y sí señores, damas y caballeros, vendí colchones ensayados pa’ levantarme lo del pasaje, con la idea de seguir en lo mismo y poder sobrevivir asegurándome lo del fiambre y la pieza, cuando coronara en cualquier lugar con posibilidades de futuro.

Era sólo cuestión de encontrar el machete. El dichoso machete que te tape en plata. Algo que se pueda vender facilito y que se le saquen las buenas lucas. Podía ser trago, comida o remates de la aduana. Lo primero y lo tercero, pueden ser la mera money fácil, pero no me suenan mucho. Me voy por la comida: es lo que habría hecho la vieja por aquello de que el hambre sólo dice hasta luego.

El tintineo de peroles y sartenes cuando se agarran al tiempo con la misma mano, la charla, hacer realidad lo que está garrapateado a la carrera en un trozo de papel arrancado de un cuaderno, el sonido del quemonazo y su inseparable ayayayyy… Los hilos de sudor bajándole por el entre-seno (sin malicia que estoy hablando de mi vieja), el recuerdo de sus deliciosas historias mientras un día rallaba coco y panela, y al otro coloreteaba el arroz y adobaba las carnes con el rojo impresionante que sueltan en la manteca, a fuego lento, las pepitas de achiote: quién se va a imaginar que esas bolas chuzudas que cuelgan de los rastrojos, guardan tanta sabrosura. No hay forma de que olvide el día que el tío Piqui me largó por la cacha un cuchillote, me sentó a su lado y me enseñó el fino arte de sacar las piolas delgaditas de un costal, con las que después se amarrarían los pasteles costeños, parecidos a los tamales y ayacos, pero de arroz, en una cocina que más parecía una maraña en la que hervían la cadencia y la algarabía hechas sabor.

Para que funcione la vaina, me meto en la cabeza que tengo que pensar como mi’amacita: la que está barata es la yuca. Empezar con eso y a medida que vayan saliendo las cosechas, ir inventando qué cocinar. Con yuca se pueden preparar carimañolas y enyucados para ofrecer de sal y dulce; además se pueden tanquear tres termos con tinto, perico y aromática. El asunto de dónde transportarlo es breve: le pregunto a la Chiqui por un canasto de mi vieja que ella se trajo cargado de chelemecos.

¿Dónde parquearme? No tomo la decisión pensando en que sea el sitio por donde haya más movimiento o menos competencia, sino en el que pueda vencer el miedo para no terminar comiendo carimañolas con la Chiqui una semana. Sí, ya lo había hecho antes, pero no es lo mismo un pueblo chiquito perdido en el culo del mundo, donde todos te conocen y te compran sólo por apoyarte y darte ánimos, aunque no tengan ganas ni hambre, a esta ciudad donde hay un tropel de seres a los que le importas un culo. Pienso en los pocos sitios donde hay gente por debajo de los vendedores ambulantes: las entradas de las cárceles, los sitios a los que les toca ir a los desplazados, y las entradas de urgencias de clínicas y hospitales públicos. En lugar de uno solo, decido que lo mejor es probar suerte en varios de ellos a ver cómo me va.

La Chiqui, que también es costeña, se pone manos a la obra y me ayuda a hacer los enyucados y las carimañolas. Por ponerme de tacaño, la primera platica se perdió: salió palú’a la yuca que compré en el fruver. Fruver’s son sitios más limpios que una clínica, donde la gente compra bastimento, verduras y frutas que brillan más que embetunadas. En nada se parecen a las plazas de mercado ni a las galerías donde se interrumpe el tinto que nos estamos tomando con los amigos para ayudar a una señora a cargar el canasto, se lleva saludos de la mamá y se busca mejoría con las yerbateras o tomando un viudo de pescado si el malestar es por guayabo. Chiqui me la montó de cachaco porque ya no reconozco una yuca buena ni teniéndola entre las piernas. Así que la cocino y nos queda yuca para fritar por una semana: de esa no nos escapamos.

Como ella es modista de alta costura –pura musaraña para atraer gente farta aprovechando lo que le enseñaron las monjas en el colegio de caridad donde estudiaba, más lo que le terminó de enseñar mi mamá que había cosido toda la vida– tiene tiempo para acompañarme a comprar la yuca. Se le queda mirando, le mete la uña hasta descascarañarla y  de alguna forma eso sirve para determinar cuál es la más parecida a la yuca playonera, la perfecta para eso. El queso costeño debe ser el que se vea más puerco para que le dé la sazón única de nuestras carimañolas; allá había uno con fama de ser meado para lograrlo. La Maizena aunque viene en caja, es un relampagazo blanco que cae en el recuerdo de cuando salíamos a la calle a tirárnosla en los días de fiesta. El anís oloroso de los enyucados es lo más complicado de conseguir, pero una señora viejita de esas que se dedica a vender yerbas porque no sabe ni quiere hacer más nada, nos envuelve en un trozo de papel periódico uno que por fin deja contenta a la Chiqui cuando lo güele.

Descargamos el motete de las compras cuando llegamos a su casa y sin tomar aire, empezamos a hacerle de una. La presiento tan animosa como yo por esto que es como remendar los recuerdos, ver a las viejas ‘alante del fogón echando paja, probando recetas, mamando gallo privadas de la risa, pasándose la cuchara’e palo para que la otra tantee el sazón. Qué sabroso les quedaba todo.

Mientras yo muelo la yuca y la Chiqui ralla el queso, nos vamos acalorando y quitando de a pocos la ropa. Eso sí es como estar en la casa del pueblo: moler con chompa y rallar echando pa’trás la bufanda para que no se meta en el queso, no tiene nada que ver con la comida costeña. Ella prepara la masa de yuca molida, se la lleva de a pellizcos a la boca para asegurarse de que el sabor está quedando bueno; empieza a amasar con tanta fuerza que parece que estuviera dándole un sobijo a alguien que tiene un dolor incrusta’o, más luego como si le estuviera haciendo cosquillas para bregar sacarle una risa, dejándola reposar al final para que se esponje. Cuando mi mamá hacía carimañolas saltaba de la cama sin necesidad de que me despertara. Me parece escucharla diciendo “despacio… despacio…”, mientras le echaba la Maizena. Luego me tenía que ir para la escuela, pero era de las pocas veces que no me entretenía en la calle y regresaba temprano con la boca echa agua. Me engrasaba las palmas de las manos, hacía una bola de yuca molida en la que enterraba el dedo gordo para hacerle el güeco que rellenaba con el queso rallado. La apretujaba hasta cerrarla y darle la forma alargada, mientras la vieja me decía que la profe le había puesto quejas mías, regañándome con una voz muy dulce para que las carimañolas no se me agriaran en el camino al aceite caliente.

Estamos ahí, pero la cabeza la tenemos en la primera vez que nos dejaron ayudar para que aprendiéramos a defendernos en la cocina. Vemos a la vieja diciéndonos qué hacer y escribiendo cartas, lo que hizo hasta el último de sus días. Escribir cartas mientras esperaba que estuviera listo el mote, los patacones o la morrocoya sudada que siempre me negué a comer por el espanto que me provocaba la agonía que le imponían a machetazos. Cuando fue la cosecha, lo primero que me enseñó a cocinar fue el dulce de mamoncillo, mi favorito por ese color rojo baboso que pasaba a través de la ponchera de vidrio que tenía especialmente para servirlo y verme bailar la niña del ojo. El dulce lo perfumaba todo con el aroma que soltaba el clavo de olor y que se impregnaba por varios días hasta en las almohadas. Mi trabajo era pelar los mamones sin chuparlos –lo que no hacía precisamente al pie de la letra–, bañarlos con la’zúcar para que no se negrearan y ponerlos a fuego lento hasta que cogieran ese bonito color rojo. Escribía, destapaba la olla, revolvía, probaba, sin dejarnos saber nunca qué tenía exactamente en la cabeza. En esos ires y venires se le caían los cubiertos, se agachaba a recogerlos y se estiraba como un resorte para adivinar quién nos iba a visitar: hembra si era cuchara, macho si era cuchillo. Cuando todo estaba listo, me mandaba a la tienda de don Ovidio con un peso a comprar dos hojas rayadas, un sobre, un pan betuliano y un güevito que me fritaba con la yema blandita para que yo la sopeara con el pan.

El sábado que me mataron a la vieja a palazos, montó un sancocho como garantía de que no me quedara callejeando y corriendo peligro. Ella sabía que estaba amenazado. Yo vi cuando miró con disimulo los goleros que nos revoloteaban encima. Pero era sobre su cabeza que estaban revoloteando, no sobre la mía. La aporrearon para advertirme que me saliera de la política o me mataban, pero se les fue la mano. Cuando llegué lo primero que avisté fue la olla volteada con todo el sancocho desparramado por el suelo.

Mi vieja había ayudado a construir el pueblo con sus propias manos. Como cualquier macho serruchó los palos que irían en los marcos de las ventanas, ayudó a hacer mesas, pupitres, tableros, cosió las cortinas para que no entrara la resolana a la hora del culto en la Iglesia Cristiana Cuadrangular… para quien le gustara ir a eso. Ella dejaba claro que no era lambe-ladrillo y sólo iba a la iglesia cuando habían fiestas, como las fiestas que hacía cada vez que traía de la Guajira a su tocaya, la bruja Chabe, para que le arreglara la vida a la gente del pueblo. Ni pesar les daría haberla matado precisamente por eso, por arreglarles la vida, por negarse a aceptar que les pusieran a dormir como animales sobre cartones que se iban humedeciendo durante la noche con el humor que iban soltando los bananos, por desocupar las piletas de agua podrida y exigir agua limpia para su gente.

Adoraba escribir y no tenía hora para hacerlo. A veces, cuando quitaban la luz, que era cada rato, lo hacía alumbrada con una vela que llevaba el ritmo alborotado de su pulso. A veces, muy tarde, cuando me levantaba ensopado por el bochorno de la noche, se colaba la luz por las rendijas de la ventana cubierta con anjeo para que no se metiera la zancudera. A veces, lloraba o reía sola de acuerdo a lo que iba anotando, pero cuando cerraba el sobre volvía a la vida real y sus perturbaciones quedaban guardadas con la carta y no había “a veces” que valiera.

Escribía cartas en letra cursiva que le quedaba choneta por la enfermedad que la cogió antes de tiempo y que la puso toda tembleque. “Me contagié con la cimbradera de la máquina de coser”, decía. Le contaba a la gente lo que habíamos hecho y les decía que si nosotros habíamos podido, ellos también, “no se resignen a comer mierda que eso no es vida”. La cantidad de gente que me encuentro que también ha tenido que salir a perderse y que carga las cartas de mi vieja entre esas pocas cosas que la tribulación les deja echar. Me las muestran y lloran mientras leen pedazos sobre política, cómo cuidar la familia o los corrales de los chonchos. Conociendo la vieja, avergonzada por las emociones que provocaban sus palabras, habría dicho que lloraban porque no le entendían la letra. A veces rompía las cartas cuando ni ella misma lograba descifrar lo que había escrito. Prefería mostrar rabia a que se le encharcaran los ojos por la deformidad de sus letras y de su cuerpo. Su letra era delgada, de palos largos que sobrepasaban los renglones hacia arriba o hacia abajo. Las letras le quedaban largas y flaquitas con esas manos todas popochitas que tenía y que alguna vez llevaron la mía para enseñarme a escribir.

Cuando su hermano y sus dos hermanas la visitaban –seguro que ella sabía desde antes que venían a medida que se iban cayendo los cubiertos–, nadie podía detener el chorro de energía en que se convertía. Pelaba ñame, yuca, desmenuzaba queso, partía los cocos a machetazo limpio, los rallaba, les exprimía la leche, volcaba, revolcaba, batía, probaba, decía “si” o “no” con la cabeza, todo al tiempo. Ella sabía que probar la comida le espantaba el apetito, pero no dejaba que se le pasara un error en las recetas que había hecho toda la vida y aunque hacía rato se había hecho a la estufa, en ocasiones como esa prefería el fogón de leña.

En las que me veía para conseguir las piedras que dejaran la olla nivelada encima del fogón y que no me diera un cariñoso cascazo por la espalda si se regaba una gota –lo de cariñoso es un decir: a veces se le iba el cucharón o la mano–. Como buena matriarca mandaba a pelar un número exacto de ajos dependiendo del tamaño, mientras ella despresaba los pollos y agarraba a planazos los plátanos biches para que se les desprendiera más fácil la cáscara. Se acercaba los ingredientes a la nariz para saber si estaban en el punto exacto de frescor y madurez necesarios pa’l sancocho. Mientras esperábamos a que estuviera, pelábamos los maduros asados que se colocaban en la parrilla al lado del sancocho y embolatar el hambre mientras ella sacaba un tizón para prender un tabaco, en lo que iba contando historias de las que se iba acordando, se pegaba un pitazo, quedaba mirándole la punta y se le daba por leer el futuro, anunciando amores, muertes y fortunas.

El equilibrio que tocaba tener para bajar semejante peso atravesando un palo de escoba por las agarraderas. Por alguna razón los trapos curtidos que elegían para destaparla, nunca eran suficientes y siempre la tapa salía volando pa’lgún lado, chispiando a to’el mundo y aterrizando en la espinilla de quien estaba esperando, totuma en mano, ser el primero al que le sirvieran. Sobre la mesa se explayaban hojas de bijao para echar sobre ellas el arroz blanco y el bastimento que se sacaba del sancocho. Se llenaba una palangana de ensalada de cebolla, tomate y repollo picado bien chiquito, para que cada cual se sirviera en el plato lo que sacaba con la punta de los dedos; el pique sí era cosa delicada por esos ajíes chiquitos pero infernales que se daban en nuestro patio. Regada en jarradas de todas las formas y tamaños, estaba la limonada con unos trozos de hielo grandes, por la batalla que siempre ganaba el calor que los derretía de un brinco.

Para bajar la llenura y espantar el calor después de la comilona que nos dejaba sudando, la vieja se sentaba en el rumbón bajo el palo de mango huyéndole a la resolana y tomándose un fresco de guarapillo que se conservaba con el fresco de la múcura. Hasta afuera de la casa se escuchaban las risotadas que desataban sus ocurrencias. Pero siempre llegaba el momento de bajar la voz y ponerse serios. Era cuando le empezaban a decir a mamá que saliera de ahí, que ya las cosas estaban más tranquilas en el pueblo donde vivía antes, que no diera papaya que un día de estos le iban a pegar su susto. La vieja siempre les respondía que qué se iban a meter con una anciana como ella y que allí era donde se iba a morir. Se equivocó: era donde la iban a matar.

Si se nos hubiera ocurrido ocultarlo, los olores habrían marcado el camino a nuestra casa. La olla estaba calculada para la familia y la romería de gente que iba arrimando a medida que, por las risas o porque radio-bemba había visto llegar visita con maletas, se enteraban de que ahí estaba la familia. Nunca llegaban con las manos limpias: llevaban dulce de ñame, de fríjol cabecita negra, bollo limpio, butifarra, lo mismo que maracas de totumo y tamboras, pa’ prender el fandango. Daba risa ver las viejitas de la iglesia batiendo las panderetas con esa música mundana.

Semejante parrandón, habladuría y bailoteo, no nos dejó sentir el tropel de motos y hombres hasta que dispararon al aire, le pegaron un empellón a la puerta y los sentimos encima. En el primer momento como que nos parecía mentira, nadie reaccionaba. Era como cuando los pelaítos juegan estatua: hasta la risa nos quedó tiesa en la cara. Reaccionamos cuando doña Hermencia salió detrás de su cuba que corrió cuando los hombres entraron y uno de los manes la detuvo de un tironazo y le rebanó el cuello. Así empezó para nosotros la tortura, el despojo y la matazón. Caminar en la noche en silencio, ahogando el llanto de hambre de los niños apretándolos contra el pecho.

Así había llegado mi’amacita conmigo. Con hambre, sin un peso. Ni la raspa del cucayo. No tenía cariño por su pueblo, ni había querido volver porque se la habían montado al parir un bastardo. Echa pa’ amar como lo hacía, pesaron más los moralismos con que la criaron y no volvió a tener marido. En el pueblo la cosa era diferente. A falta de papá, tenía muchos papás y mamás que más de una vez me reprendieron y se sentían con el derecho de clavarme un cocotazo. La vieja nunca me pegó. Cosa rara porque según contaba a ella fue mucho el rejo que le dieron. Ni se me ocurre ni jamás le pregunté, por respeto al fastidio que le provocaba este tema, cómo había hecho pa’ preñarse de mí.

Yo era candela y daba guerra to’el día. Decían que era porque había nacido con dientes y comiendo yuca. Pa’ aquietarme, en lugar de sonarme con el fuete, me hacía pelotas de trapo de colorinches hermosos con los retazos que le sobraban de la costura. Hasta la pensaba antes de tirarla al suelo, pero cuando salían los pela’os de las casas vecinas pa’l juego, le pegaban por detrás arrancándomela de las manos, empezando el pique hasta que el agotamiento nos hacía entrar en tropel a la casa por el fresco de limón mandarino que, aunque ya estaba esperándonos, hacía que nos reprendieran por meternos a la nevera acalora’os y pasarnos de boca en boca la jarra en la que estaba, en lugar de servirlo en vasos.

Llegamos solos, pero nuestra casa terminó siendo la de mucha gente. La primera fue una copera que conocíamos de siempre. Madrugaba a tomar café y contarle a la vieja lo que soñaba para que le dijera el significado, mientras ella regaba las matas con agua de arroz y les cantaba para que no se pusieran tristes mientras las podaba. El día que le hicieron añicos al novio que la iba a sacar de esa vida, no creo que haya alcanzado a pensar que le iba a dar posada cuando ya estaba con ella en el putiadero buscando sus cosas para llevársela a la casa, luego de taparla cuando salió corriendo desnuda gritando porque le habían arrancado de encima a su marido.

Y empezó el cachichí de palo. Yo también le decía que se fuera con la familia, pero ella qué me iba a dejar solo. Empezaron a amenazar y matar a los muchachos del pueblo con el invento de que eran peludos, marigüaneros o maricas. To’el mundo estaba lleno de miedo. Yo dejé de hacer parte de esa historia cuando llevaba de a poquitos queso y plátanos a los que estaban en el monte. Era la época en que retenían mercados grandes para matar a la gente hasta de hambre. Vi un retén de quién sabe quiénes uniformados y armados hasta los dientes. Me acababan de avisar que los manes no comían cuento y que me podían matar si no les sonaba lo que les decía… o si se les daba la gana. Empecé a caminar adivinando, inventándome la trocha en medio de la oscurana. Normalmente me alejaba de los sitios que empezaban a alumbrarse, pero el cansancio me hizo acercar a uno que parecía especialmente animado, con la intención de quedar cerca de un lugar donde pudiera procurarme algo de comida, lo que me llevó a pasar por el frente de sus casas para ser testigo de la fiesta de la muerte cuando aún la sangre escurría de las motosierras.

Quisiera no haberme ocultado y terminar viendo a las mujeres amarradas frente a esta gente malaley que jugaba fútbol con las cabezas deformes… amoratadas, de sus hijos y maridos. Sonaban como cuando corremos con los zapatos encharcados cada vez que les metían una patada, desprendiéndose de ellas pedazos de carne y coágulos de sangre. Personas… niños colgando de los travesaños de entrada de las casas con los mismos ganchos que se agarran los gajos de banano. Un hombre con su cabeza metida en las entrañas. Una mujer embarazada con las tetas cortadas y escurriendo sangre. No habrá forma de espantar estas imágenes de mi cabeza, ni el mismo espanto que me hizo salir corriendo a toda hacia cualquier parte, con tal de que fuera lo más lejos de allí. Corría y lloraba y corría hasta donde me dejaba el aliento, con la tranquilidad de escuchar que me acercaba a un claro por donde pasaba un río. Liberándome de los últimos espasmos, me senté sobre una piedra que parecía hecha pa’ butaca. Me escurrí lo que me quedaba de lágrimas, miré el cielo entre los árboles de la orilla del frente y luego, cuando bajé los ojos al río alumbrado a lamparazos por los rayos de la tormenta que estaba principiando, morí por instantes a medida que la luz me permitía ver el agua que parecía teñida con achiote hirviente y en la que flotaban unas manos güerfanas como tratando de agarrarse a sus cuerpos, los que les pasaban al lado pero que no les veían porque no tenían cabeza.

Rabia. Fui sólo rabia pero jamás me podré sentir vencido cuando luego de ciegos logramos convertirnos en tuertos y reyes. No me sentía morir. No me quería morir. Vértigo, vueltas y más vueltas, con los gritos en la piel que quedó hecha un fogonazo. Corre el agua por todos los recovecos del cuerpo buscando la paz. Paz. Cómo encontrar paz. Yo me fui del pueblo por miedo, porque la vida sin ella no tenía sentido y porque me hizo prometerle que no les iba a dar el gusto de dejarme matar. Me fui del pueblo, pero el pueblo jamás se ha ido de mí.

La Chiqui peló, picó y molió más que yo, tal vez por la incomodidad que le provocaban las gallinas y los hombres en la cocina. Los primeros días me acompañó a vender, a lo mejor porque se me veía por encima la vergüenza. Ofrecía, negociaba, echaba chistes y se reía con la gente. Tuvo la idea de regalar unas carimañolitas de prueba para que la ‘merca’ se vendiera sola. Aunque me seguía ayudando por las mañanas a organizar el canasto y la venta, la extrañé cuando dejó de acompañarme porque con ella el tiempo, con toda su mamadera’e gallo, se pasaba volando.

Todo estaba funcionando a la perfección, hasta que empecé a descuidarme cambiando sin darme cuenta las viejas rutinas por las que tenían que ver con lo que hacía ahora. Nena, que no tiene un pelo de pendeja, se las empezó a oler y me siguió hasta la casa de la Chiqui con  toda la intención de armar el señor zaperoco. En el momento en que yo estaba abriendo la puerta, cuando apenas estaba quitando la llave, me sorprendió embutiéndome de un empellón en la casa de la Chiqui gritando que así nos quería coger, que yo era un descarado y dígame dónde está la puta esa. Esa mañana, como algunas otras, la Chiqui no se había levantado aún porque tenía compañía. Las dos salieron del cuarto entredormidas, Chiqui en una camisilla que yo le había regalado en la época que vivíamos en el pueblo, la otra nena, que no estaba nada mal, en una batola pegadita al cuerpo. Delgada como era, se le amontonaba la tetamenta y se le veía su buen culo. Imposible que le quitara los ojos de encima. Más rabia le daba a La Nena mía –cada vez menos mía– cuando se la pilló. Negada a entender lo que pasaba, acusó a la Chiqui de llevarme viejas, de alcahuetiarme pa’ quitarme la plata sin dejarme nada que llevar a la casa. Llevar sí llevaba, no lo mismo de antes –ni mucho que fuera para todo el camello que me tocaba– porque empezar un negocio es bien duro. Como ya nos imaginábamos, Nena aprovechó el papayazo para echarme de la casa y aunque le dio duro según me contaron algunos conocidos, en menos de un brinco ya había un mancito nivelando mi pedazo de la cama. Ni tuve que preguntar para llevarme las cosas donde la Chiqui, con la esperanza de producir pronto lo suficiente y dejar de dormir en la sala entre los retazos de tela, que una vez más me botaban en los recuerdos de cuando me quedaba dormido con el arrullo de la máquina de coser, mientras le hacía compañía a la vieja. Decidió que cerveza y recuerdos en dosis infinitas serían mi cura.

La Chiqui fue una de las últimas personas que llegó al pueblo, huyendo de la mala fama que tenía de amadora y amante de mujeres. Su intención de hacer una nueva vida se fue p’al carajo cuando la traicionaron las ganas de amar que la hicieron encapricharse con una profesora de fuera, ahogándola con llamadas, atenciones y regalitos pendejos. A la profesora se le hizo fácil regar la bola y un grupo de paracos violaron a la Chiqui hasta dejarla toda descuadrilada. Humillada, desbaratada como quedó, mi mamá no dudó ni por un momento en llevársela para la casa de nosotros.

Mañana, tarde y noche, me mandaba al solar a buscar güevos recién puestos, batiendo al fogón las yemas con la leche, la canela y parte de la’zúcar. Lo apagaba cuando espesaba para añadir el aguardiente y las claras que me había puesto a batir hasta voltear el plato, y que no hubiera peligro de que se cayera aquella nieve blanca que iría a la mezcla para terminar endulzándolo todo. Lo único bueno de enfermarse es que te hagan caspiruleta. Alenta’o sólo podía conformarme con me diera la olla pa’ rasparla porque decía que me caía pesada al hígado. Como habían dejado a la Chiqui, ni ganas me daban de comer nada. En las que nos veíamos para que abriera la boca toda estropeada y dársela con una cucharita dulcera.

Hicimos de todo para que aquello que era un solo quejido, volviera a ser mujer. Por fuera le aplicamos hojas de árnica y emplastos de calaguala calientes, le untamos aceite bendecido que nos regaló una hermanita evangélica y el líquido mágico de la botella de industria en la que, tapada con un corcho, había siempre hojas de ruda, arará, palo santo, malambo y maracachafa, con aguardiente o ron caña que se iban poniendo de color barroso a medida que iban soltando las yerbas que tenía adentro. El líquido de la botella siempre estaba listo para cualquier necesidad. Si por algún descuido se rellenaba en menguante, había que botarla porque producía el efecto contrario. Servía para todo: bajar chichones y morados por una patada mal puesta jugando, si se enconaba la picadura de los mosquitos, para el dolor de barriga por empacho y los cólicos de la menstruación; si se humedecía un pañuelo con este líquido y con él se sostenía en las sienes unas rodajas de papa, quitaba el dolor de cabeza; se sabía cuando había absorbido un maleficio porque se marchitaba lo de adentro y había que enterrar la botella en luna llena; alejaba los malos espíritus, llamaba los buenos, era ideal para cazar brujas y como contra pa’l mal de amores, lo mismo que para hacer hechizos y amarrar encantamientos. La ruda que iba en la botella se sembraba en tierra negra, junto con otras plantas medicinales, en un tenderete sostenido por cuatro palos que se tapaba con hojas de palma cuando empezaban las lluvias. Termina sin saberse de dónde vienen las botellas de industria que hay en las casas, porque hacen parte de los corotos que las viejas cargan y se pasan de una a otra. La de mi mamá la tiene la Chiqui y la descorcho de vez en cuando pa’ acordarme de cómo es que güele el monte.

Llegó el día en que la Chiqui fue al comedor, bamboliándose todavía, para desayunar con nosotros. Parecía que por lo menos el cuerpo se estaba recuperando de los totazos que esos jijueputas le clavaron. Empezamos a charlar como si nada hasta que la vieja se le quedó mirando fijamente, lo que me hizo pensar que también le había llamado la atención lo buena moza que era. Pero lo que la vieja le estaba contemplando era el hondo del ojo: resultó que estaba preñada. Gritaba como loca y se movía como si no le doliera nada. Desbarató la ropa que tenía puesta de la fuerza con que la estiró. Más que taparse los ojos, se clavaba en ellos las palmas de la mano, mientras con las uñas se escarbaba pa’lante y pa’trás los pelos que bordeaban su frente, hasta que se sacó sangre. Amacita también gritaba tratando de tranquilizarla y forcejeaba con ella para quitarle las manos de la cabeza, pero parecía de cemento. Por desespero me tiré sobre la Chiqui cubriéndola con mi abrazo y caímos al suelo. No fue instinto, fue el puro pesar que me producía que le pasaran todas esas cosas a semejante mujer tan menudita. Abrazados así lloramos un rato largo, hasta que la vieja nos paró con el siseo que hacía desde que era bebé para tranquilizarme. A punta de agua de pimienta en las mismas dosis que la primera cura, al segundo día ya estaba limpia.

Aunque siempre fue el trato que le dimos, pasó un tiempo antes de que la Chiqui se sintiera en familia. Nunca habíamos hablado de su violación, hasta esa noche que llegué con mis cosas. Me contó que le rompieron dos dedos de una mano y la muñeca de la otra, le arrancaron el pelo a mechones mientras le golpeaban la cara contra la mesa dos hombres que la tenían agarrada de cada brazo, dejándole los dientes entre rotos y astillados. Con todo y esto no había forma de que mi chiquita enorme les abriera las piernas, hasta que un atarbán de estos le clavó un golpe en el espinazo, haciéndole creer que la había dejado inválida. No tenía que herniarme pensando las que tuvo que pasar con esos siete tipos a los que le quedó grande. Así como era, dio por terminado el tema diciendo que me contaba todo eso para no verme llorando por esa mona hijueputa que siempre le había caído mal por interesada. Se fue a dormir dejando en el piso la última botella de cerveza vacía y caí en cuenta de que la cama no sólo me la había armado de retazos, sino también con el recuerdo del día en que nos hicimos hermanos.

De La Nena lo único que me hace falta son los polvos, pero con la Chiqui los días me rinden, son más tranquilos y entretenidos. Sin tener un olfato duro para los negocios, me quedo parchando en un sitio de esos en los que amontonan a los desplazados para brindarles algo que nada tiene ver con atención. Es una bodega enorme de la zona industrial por donde no queda ni una tienda y sí mucho miedo, ansias y hambre. Da la impresión de que allá nunca es completamente de día por el frío, el polvo gris que percude todo y las caras tristongas de todas las edades. Las tripas no me dejan ganar mucho, viendo como escarban el monedero para saciar el hambre y el desarraigo de su tierra. Les pregunto de’ónde vienen pa’ ve’ si se tienen los mismos conocidos. Hablo del pueblo mientras rodean el canasto y les voy largando enyucados y carimañolas. Esa es la mejor forma de sentir que encontré algo que hacer por la vida, hasta los viernes a medio día que hay servicio. De allí arranco pa’l centro, que es donde se pone bueno por la cantidad de gente y porque puedo cobrar lo justo, ganando en dos días tres veces más que con la venta del resto de la semana.

Me voy en Transmilenio de la zona industrial al centro, vendiendo lo que sale en el camino. La vieja no creería el gentío que le cabe a estos animalones en los que, si pudieran, unos pasarían encima de los otros para embutirse adentro. Ni en los momentos más duros en que desandamos el monte actuamos así. Cuando nos cayó la desgracia vestida de uniforme, nos mantuvimos parados encargando a unos de administrar la poca comida y a otros de cuidar la salud de quienes iban decayendo. Mirábamos cuál era el mejor sitio para quedarnos y se procuraba que estuviera lo más limpio posible para no llamar enfermedades. Hasta clase dábamos a los niños, montábamos con ellos algunas obras del Teatro Obrero y leíamos una y otra vez los tres únicos libros de cuentos que había llevado toda esa muchedumbre, para que no perdieran el ritmo y el gusto por aprender. No íbamos a permitir que nos convirtieran en animales y mucho menos íbamos a olvidar lo que habíamos logrado construir en el pueblo. No puedo evitar verme con los hombres, alguna vez que estuvimos trabajando echando pico y pala para arreglar la carretera. Luego de la jornada nos subimos en un bus de escalera con la camiseta entrapada por el sudor, que se secó en el espaldar caliente del asiento que nos dieron las mujeres seguramente porque el cansancio se nos pintaba en la cara. El solazo que parecía perseguirnos a todas partes, entraba de lleno por el ventanal de algún costado, haciéndonos pensar que prenderíamos en llamas en cualquier momento, pero la solidaridad de aquellas mujeres –probablemente más cansadas que nosotros porque allá no les tocaba nada fácil–, era una suave brisa que nos pegaba para levantarnos el ánimo. Deberían dejarme que les enseñara cómo es que se hace, en lugar de intentar desbaratarme el canasto.

Por fin llego y el movimiento es impresionante, pasa de todo al tiempo: se vende, las nenas salen de la oficina vestidas con brillos de fiesta, bailan, roban, actúan, pintan. A media tarde jóvenes y viejos ya tienen la rasca de la vida. Jóvenes que sin el menor arremuesco se acarician y besan hasta la orilla misma donde lo que sigue es arrancarse la ropa… y más de una vez lo han hecho. Mucha gente en un espacio al mismo tiempo y ahí mismo, volteando la esquina, muy pocas almas. Por allí transitan los que saben cómo es la movida y es allí donde se reparten las ganancias. Si alguien pasa por ahí por confiado o despalomado, le pegan su despeluchada sin piedad. Hasta la policía sabe quiénes son los malandros. También los conozco y tengo que  venderles para no terminar metido en problemas, aunque me repugne cuando llegan contando sus hazañas. Es inevitable que lidie con situaciones e historias sin otra posibilidad que guardar silencio. Según ellos todo el mundo quiere que le roben y ser manoseado, insultado. No queda más remedio que hacerse el ambiente. Yo traigo el radiecito, pongo fútbol, música y noticias, comento con la gente, pero siempre hay que lidiar y aguantarse a cada gañán desagradable. ¿Denunciar? Pa’ qué. Es lo único que los manes saben hacer y si a eso vamos, pues quienes vendemos en la calle también somos ilegales y nos podrían denunciar. Pueden. Lo que pasa es que la gente ya nos ve como parte del cuadro y de alguna forma hasta agradecen que estemos ahí para ahorrarles la pereza de ir más lejos a comprar un cigarillo, una menta o un enyucado.

Dos mujeres que no tienen cara ni pinta de ser de acá, me piden dos carimañolas y me preguntan si tengo suero costeño. No. Qué falla. Una le está contando a la otra un sueño que no ha podido entender y la tiene con la pensadera. Nunca ha sabido lo que significa soñar que pelas plátanos mafufos verdes y no poder quitarte de las manos la leche pegachenta que suelta la cáscara, siendo tanto el desespero que te despiertas tratando de quitarte la sustancia como si realmente la tuvieras en las manos. Ni la vieja habría sabido qué quería decir eso. Lo digo yo que le escuché todos los significados de los sueños. Atrevida como era, le habría dicho que debe ser algún mozo pegachento que no se ha podido quitar de encima, soltando la risotada pa’ que dejara de pensar en eso. Tanta recordadera me provoca un apretujón en el pecho de esos que me empujan lágrimas y lágrimas hasta hacerse berreadera, haciendo que las mujeres se retiren sorprendidas. “La vida se te va en llanto”, me decía la vieja.

En ansias, escribir y llorar se me va la vida. Si se puede llamar vida a esto en lo que se nos convierte a los inconformes, a los que preferimos que nos maten antes que resignarnos a comer mierda. Si me escuchara la vieja me diría que la vida es burlarse sin empacho, como decía su abuela, de lugares y tiempos, de presencias y ausencias. Abusar de la madrugada, amarse con ganas en el quicio de cualquier casa, en cualquier calle oscura, silenciosa y cómplice, como decía ella. Ella. Ella está en la gota agónica que se escurre en el cristal lloroso de los buses en que viajo día tras día, como buscando algún presagio, y se queda colgando para al fin desprenderse luego de muchas respiraciones. De seguro está meciéndose con los pastos como una cadera que se guía en los juegos del deleite que a ella le fueron negados. Ella, la hecha pa’ amar, la que intentó consolar la hilera sin fin de rostros estropeados, la que estuvo en la cara de cada campesino apaleado, estrujado, humillado. Masacrado. Vivió en sus miradas extraviadas y vacías, como cuando se te va el aire porque tu respiración no encuentra sus rutas milenarias… o te las han sellado. Está en las risas que extravían sus dueños, en las lágrimas, en la infame realidad. Desafiante, libre de tensión e incertidumbre, desanda por calles polvorientas donde alguna vez caminó la vida y se podían hacer realidad los sueños y donde ahora sólo quedan casas derruidas, puertas desvencijadas… ventanas deseosas de manos y brazos que se empinen sobre ellas para mirar cómo gozarse el mundo.

Ella está y siempre estará porque mujeres así están condenadas a vivir en las flores al pie del camino, en los andenes de barro cocido, en mis carimañolas y enyuca’os. Lleve uno por mil, tres por dos mil.

 

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