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La sonrisa del villano

Aunque ha encarnado antihéroes desde hace varios años, Willem Dafoe llega a la edición número 51 del Festival de Cine de Cartagena para presentar una película, A Woman, en la que prueba que no se rinde a los estereotipos. El actor le ayudó a Arcadia a hacer su propio retrato hablado.

2011/03/01

Por Miren Vitore Magyaroff

El primer papel de Willem Dafoe en el cine fue el de extra. Parece mentira, pero quien después encarnara a Max Schrek en la controversial película del 2000, La sombra del vampiro, pasaría desapercibido en su debut ante las cámaras. Su nombre nunca aparecería en los créditos de la película de 1980 del director Michael Cimino, La puerta del cielo. Pero es que el plan de vida de Dafoe nunca ha sido figurar. Basta verlo comportarse fuera de las cámaras para darse cuenta de que esa sonrisa malvada lo único que intenta es encajar en el mundo y que su único plan es hacer lo que le apasiona: actuar.

Hoy, más de setenta películas después, puede asegurarse que Dafoe es exitoso porque ha seguido su plan de vida y ha hecho lo que ha querido: no se ha rendido al actor que el público quiere que sea, ni a las grandes producciones de sueldos escandalosos. “Quiero que a la gente le guste lo que hago —le responde a Arcadia cuando se le pide ayuda para elaborar su propio retrato hablado—, pero creo que te estás limitando a ti mismo si tratas de satisfacer las necesidades del público”.

Hoy, a sus 55 años, sigue convencido de que eso es lo que quiere seguir haciendo, porque eso es lo que lo ha llevado a ser el actor que es. “Hago toda clase de películas, pero las que implican un cine puro tienden a ser las más enriquecedoras, incluso si no son las más populares”, contesta.

Hoy, con dos nominaciones a los premios Oscar, una a los Globo de Oro y varios premios de la crítica, Dafoe es uno de los principales invitados al Festival de Cine de Cartagena con su película A Woman, donde se puso a las órdenes de su esposa, la directora italiana Giada Colagrande, y donde prueba que continúa haciendo solo lo que le interesa. “Quiero hacer un cine puro, un cine que sea creado y guiado por impulsos muy personales”, confiesa en nuestra pequeña entrevista.

Primer llamado

Willem Dafoe nació un 22 de julio de 1955 en Appleton, Wisconsin. Creció acompañado por siete hermanos con su misma cara y bajo la tutoría de un padre cirujano y una madre enfermera. Al terminar el bachillerato decidió arriesgarse, aban-?donar definitivamente la idea de ser médico y tomar algunos cursos de arte dramático en la Universidad de Wisconsin. “Cuando era niño pensé que me convertiría en doctor, pero cuando comencé a hacer teatro, lo encontré tan emocionante y misterioso que lo seguí haciendo y nunca más volví a pensar en el futuro”, dice.

Mientras tomaba los cursos de drama, fue acusado de realizar algunas entrevistas un poco fuertes y fue suspendido de la universidad. Por eso decidiría hacerle caso a los integrantes de un grupo de teatro experimental en Milwaukee llamado Theatre X, que decían que la universidad era muy convencional para él, y abandonar sus estudios para unirse al grupo. En 1975, recorrería varias ciudades de Estados Unidos y de Europa hasta que, dos años después, en Manhattan, otro grupo de teatro experimental, el Performance Group, que más tarde se convertiría en The Wooster Group, lo invitaría a unirse para nunca más separarse.

Segundo llamado

Después de su fugaz aparición en La puerta del cielo, Dafoe no pararía de trabajar y seguiría haciendo el teatro que le gusta hacer. Pero un día, después de una de sus presentaciones, su vida cambiaría. “En 1980, Kathryn Bigelow me vio en mi teatro y me llamó para participar en su primera película, The Loveless. Ese fue mi primer protagónico”, comenta Dafoe.

Desde ese momento, Dafoe nunca volvería a pasar desapercibido en la gran pantalla. William Friedkin lo transformaría en el perverso Rick Masters de Vivir y morir en Los Ángeles, Oliver Stone lo llevaría a ser el Sargento Elias de Platoon, Alan Parker lo convertiría en el Agente Alan Ward de Mississippi en llamas y Martin Scorsese en Cristo en la polémica La última tentación de Cristo. Pareciera que Dafoe buscara las películas que causaran controversia, pero no hay nada más alejado de la realidad. La sonrisa de villano solo existe en las películas y Dafoe, un tipo realmente amable, solo hace lo que le llama la atención. “Yo no busco la controversia, pero tampoco me asusta. Si encuentro un material que me interesa, no pienso en las repercusiones que conlleva explorarlo”, dice.

Así, Dafoe ha participado en películas que van desde El paciente inglés, Autofocus, Buscando a Nemo, La vida acuática, El aviador, Manderlay, Anticristo, El fantástico Sr. Fox, hasta las tres entregas de El hombre araña. “Algunos dicen que tengo cara de villano”, declara pensando en su carrera, “pero otros piensan que me veo como un ángel”.

Tercer llamado

A pesar de haber sido nominado al Oscar por Platoon y La sombra del vampiro, y de haber ganado varios premios más, Dafoe no deja el teatro. Sigue actuando con la compañía que fundó hace 30 años, The Wooster Group. “El teatro en el que estoy interesado no tiene su poder en la psicología o la literatura, sino que es más cercano a la danza, la música y las artes plásticas. En mi trabajo en el cine aplico la sensibilidad que desarrollo en el teatro”, comenta.

Dafoe solo se rinde a las exigencias de sus directores. “Es un actor muy accesible y generoso –comenta su esposa, que acaba de dirigirlo—: le encanta convertirse en lo que el director quiere que sea. No lleva una idea preconcebida de cómo debe actuar. Rara vez he visto esta clase de flexibilidad y placer en transformarse”. Y es que ese es el plan de vida de Dafoe: transformarse, lograr ser versátil tanto en el cine, como en el teatro y entregar su alma a cada director. No se le verá rindiéndose ante nadie, no sucumbirá ante los caprichos del público. Seguirá siendo el mismo ángel villano.

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