Daniel Samper Ospina. Foto: Daniel Reina Romero / Revista Semana.

La violencia y el discurso: el episodio de Daniel Samper Ospina

'Arcadia' propone una reflexión sobre el uso del lenguaje y sus consecuencias. ¿Qué está en juego, y qué se hace visible, con el escándalo mediático de esta semana?

2017/07/19

Por Sara Malagón Llano

Empecemos por los hechos. Daniel Samper Ospina se burla en su columna satírica del nombre que la senadora Paloma Valencia le puso a su hija. Uribe lo llama “violador de niños” en su cuenta de Twitter. Samper Ospina responde: “No le tengo miedo a Álvaro Uribe y acudiré a las armas legales para confrontar su capacidad de odio y de difamación”. Las redes sociales se encienden. Los medios de comunicación cubren la noticia. Más de cincuenta periodistas firman una carta pública en la que condenan el comportamiento de Uribe y respaldan a Samper Ospina. La Fundación para la Libertad de Prensa (Flip) emite un comunicado. José Obdulio Gaviria trina: “Humorista. Ciudadanía te va a inmovilizar a vos, ¡so ignorante! Amapola es flor nacional inglesa. Va en la solapa, como paloma/FARC de uds”. El tono del debate va escalando. Trinos van y vienen. Popeye trina: “Daniel Samper es un vómito y ser despreciable. Un sicario moral. Miembro de una maldita familia que le hacen mucho daño al país”. También trina esto: “El maldito del Samper Pizano [sic] se burla de todo el mundo. Pero cuando se burlan de él se asusta y sale a llorar. Mariquita perfumado”. La violencia se hace más que evidente. Samper Ospina trina: “Responsabilizo a Uribe de lo que pase conmigo y mi familia: toda su tropa está en contra de mí por sus difamaciones”. Daniel Samper Ospina empieza a sentir miedo.

Sigamos con el chiste

La columna de Samper es una columna de sátira política. El contexto, el marco de esa columna, le dice al lector que lo que está leyendo es sátira política, no un reportaje, no algo que deba ser asumido como verdadero. Por eso en este caso el contexto importa tanto.

Por otro lado, está la naturaleza del humor. El humor suele estar en el límite de lo que se puede y no se puede decir. El humor a veces significa ir más allá de lo que está permitido, y en esos casos la risa que produce un chiste es una risa incómoda, nerviosa, precisamente porque el chiste empuja los límites de lo políticamente correcto.

La columna de sátira política es precisamente para eso. Samper Ospina, como columnista satírico y además como periodista protegido por la libertad de expresión, tiene derecho a hacer esos chistes.

El chiste, sin embargo, desautoriza. Y la autoridad, para alguien de derecha, es casi incuestionable. Tal vez por eso Uribe responde como responde. Pero cuando responde, no lo hace en un contexto de sátira: lo hace en Twitter, la nueva plaza pública, la nueva plataforma política. En el siglo pasado, los oradores iban a la plaza y les hablaban a las masas. Uribe, con sus millones de seguidores, hace algo similar en las redes, y ahí el contexto es diferente. El uno está enmarcado por la sátira, el doble sentido es desde un principio explícito, mientras que las cosas que se dicen en Twitter -sin aclaraciones, sin entrecomillados- no tienen ese presupuesto.

Pasemos a los juicios

Un abogado con el que habló Arcadia, que prefiere no ser citado, dice que, si la cosa se analiza desde la perspectiva de la ética y la moral, es difícil ponerse de acuerdo porque esos conceptos hoy están en profundo cuestionamiento. Hay quienes piensan, incluso, que en esta época posmoderna ya no es posible defender un punto de vista ético o moral común.  “Yo no comparto esa posición –dijo–. Tendría efectos políticos [y sociales] desastrosos”.

También dice que si uno va al código penal, lo que tiene que ver con injuria y calumnia, tal como está formulado allí, obedece casi a otra época, a una casi victoriana. La injuria era imputarle cosas deshonrosas a alguien (“corrupto”, “deshonesto”), y eso llevaba a una sanción. La calumnia es imputarle a alguien actos delictivos. Decir que alguien es violador de niños es una calumnia.

Sin embargo, lo que se ha visto con este, y otros episodios similares, es que la verdad de lo que se dice parecería ser lo que menos importa en el debate público: “Este tipo de usos del lenguaje siempre han sido característicos del populismo”, dice la literata y filósofa María Mercedes Andrade. “Lo que entendieron los políticos populistas de mediados del siglo pasado –no solo los totalitaristas, también Gaitán y Perón–, y los de ahora, es que encontrar la palabra que movilice unas emociones es la clave”.

Uribe usa una palabra cargada, “violador”, cosa que es falsa desde el punto de vista de los hechos, y hasta Uribe mismo lo sabe. “Pero estamos equivocados si pensamos que aquí lo que importa es tener razón o decir la verdad –continúa Andrade–. Lo que muestra el viejo populismo y también el nuevo, el de las redes sociales, es que lo que importa en últimas es mover emociones e infundir miedo. Cuando llamas a alguien ‘violador’, cuando lo dices, creas una imagen, una asociación que es difícil de borrar. En esa medida ganas: apelaste a unas emociones y no todos van a verificar si lo que se dijo es cierto o no. Esto no tiene que ver con argumentar bien o mal. Tú le puedes ganar a Uribe desde el escritorio, pero eso no convence a sus seguidores. Uribe sabe mover emociones, que son más fuertes que la necesidad de confirmar los hechos”.

Aun así, decir que alguien es un violador de niños, sin que lo sea, es atroz. Y decirlo en el contexto colombiano es más grave aún, porque apela a valores muy elevados de esta sociedad, como los niños y la familia. También porque incita al desprecio, e incluso a la violencia, en una sociedad que no acaba de salir de la guerra.

Lamentablemente, y volviendo a lo legal, la formulación en el código penal es tan laxa que la retractación en cualquier momento, antes de la sentencia, da pie para que la persona no se responsabilice por lo que dijo. “Veo altamente improbable [que haya implicaciones legales], mucho menos en el caso de Uribe, quien rápidamente convierte cualquier acto indebido en una causa colectiva en su contra. Y los jueces le temen. Y además las redes se encargan de convertir esto en un lenguaje que trasciende la cuestión individual”, dijo el abogado con el que habló Arcadia.

Sin embargo, fue tan equivocado el uso del término, fue tan intencional, que, según él, estamos casi ante la flagrancia de un delito. Si hubiera valor civil, no más con la querella los jueces tendrían que intervenir. Jugar semánticamente con qué significa decir que alguien es un violador de niños –decir que eso es igual a decir que alguien “viola los derechos de los niños”– es tratar de desmontar la semántica. Aquí no se trata de un equívoco, de un uso del lenguaje que dé lugar a debate, a incertidumbres; o de un juego de palabras que dé pie al doble sentido y que se contextualiza en un contexto clara y explícitamente satírico. Acusar a alguien de ser un violador es lo suficientemente claro como para no poder escapar diciendo que se trata de un problema semántico, como han intentado hacer los seguidores del senador.

En reacciones posteriores se acusa a Samper Opina de ser “un sicario moral”, invitando ya a hechos de facto para, de alguna manera, eliminar a esa persona. Se escala la violencia, inatajable en el discurso político cuando hay pugnacidad, cuando se acerca la contienda electoral por el poder. Una investigación sobre el tema podría arrojar que cada vez que se acerca el momento electoral, aumenta el uso del lenguaje ofensivo y dañino que incita a la violencia.

No se trata de normalizar ese fenómeno, pero esto es un signo de cómo la contienda democrática se vive casi como una guerra de vida o muerte, y también es un síntoma de que salir de una guerra tan prolongada no es tan fácil; de que tal vez la gente no quiere prescindir de la violencia porque está acostumbrada a ella. Un signo de madurez democrática sería que el debate se dé en los temas, no en forma de escándalos, o a través del escarnio público.

Sigamos con lo que se daña

El cómo muchas veces es el qué, el mensaje mismo. La violencia implícita en la palabra ‘violador’ es desmesurada. Y es desmesurada porque, como dice la filósofa Laura Quintana, las palabras pueden dañar a los sujetos, y esos daños tienen que ver con hacerlos sentir vulnerables, violentados, injuriados. Las palabras pueden fijar incapacidades o prejuicios que reproducen comportamientos o representaciones de los sujetos que terminan siendo empobrecedoras e injustas.

Por otro lado, también se puede pensar que las palabras dañan porque producen afectos destructivos como el odio, y porque llevan a efectos como que alguien quiera ahora, cuando vea a Samper Ospina en la calle, cambiarse de acera.

Cuando las palabras producen daño pueden volver a un sujeto objeto de miedo, o de escarnio. Y pueden volverlo vulnerable ante ataques físicos de otros. Todo esto, sin perder de vista que la violencia simbólica es también una violencia material. Los discursos dañan materialmente en la medida en que permiten formas de rechazo, tienen que ver con cómo se puede ser vulnerable. Un paso más allá es que un cuerpo se vuelva víctima de violencia física.

Terminemos con lo que se invisibiliza

Que este caso reciba tanta atención, por ser quienes son sus protagonistas, para Andrade es una oportunidad, una ocasión para la reflexión sobre la violencia a la que puede incitar el uso de las palabras y sobre la responsabilidad al hablar. Cuando uno utiliza un lenguaje agresivo y violento en un país como este, donde se pasa del dicho al hecho con tanta facilidad, hay una responsabilidad moral del uso de las palabras. La tenemos todos, y la tienen sobre todo las figuras públicas, y los profesores –que educan gente–, y los comunicadores –que direccionan debates–.

Para Quintana, sin embargo, este episodio evidencia otra violencia que tiene que ver con el lenguaje: la visibilidad e invisibilidad. “Me llama la atención la gran visibilidad que ha tenido todo esto. No le quiero quitar importancia al suceso, pero mientras se da este debate, los líderes sociales se desangran en las regiones. Se han mencionado las cifras, pero no se ha visibilizado lo que esto implica”.

Que eso ocurra, dice Quintana, también tiene que ver con la violencia del lenguaje, pues se ha trazado de una manera muy fijada lo que merece ser discutido políticamente; se han excluido voces re victimizadas con esa exclusión, que ya desde antes habían sido excluidas del debate público en Colombia, y que luego han sido asesinadas. Además de todo eso, sus muertes hoy no tienen visibilidad política.

“Lo que se informa está muy centrado en lo que pasa en el terreno electoral –continúa Quintana–. Los medios excluyen otros temas, otros problemas que no tienen que ver con ese tema y los políticos, sino con la gente en los territorios. En esto también tiene que ver el Estado. Hay un silenciamiento de este asunto que hace que el país no confronte lo que está en juego allí”.

Y para que esa confrontación se dé, hay que empezar por nombrarla.

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