Plaza de Bolívar durante la lectura de 'Los Ejércitos', con Evelio Rosero entre los asistentes. Foto: Guillermo Torres.

'Los Ejércitos' contra la lluvia

Hoy, martes 25 de octubre, en la Plaza de Bolívar, se realizó la lectura compartida de la novela de Evelio Rosero. Se reunieron a leer actores, artistas y escritores en una #AcciónPorElAcuerdo.

2016/10/25

Por Sergio Rodríguez y fragmentos de 'Los Ejércitos' de Evelio Rosero.

Ahí estaba la plaza de Bolívar de nuevo. Otra vez fría con gentes que venían e iban y volvían. Otra acción por la paz. Otra iniciativa. Nunca estarán de más. Al mediodía nubes amenazantes, entre azules y grises, pesadas. "Va a llover". "¿Será?" "Esperemos que no". Se leyó el manifiesto del colectivo de artistas, periodistas, escritores y gestores culturales: #AccionesPorElAcuerdo. Empezó la lectura de Los Ejércitos de Evelio Rosero.

Ya estaba lloviznando. En el suelo de la plaza 32 esteras de mimbre, 32 tapetes azules, rojos, naranjas, verdes y amarillos. Sentados los pocos y concentrados asistentes seguían las palabras de Rosero en la voz de distintos lectores. En atriles varias copias del libro descansaban, pequeños monumentos abiertos en honor a Ismael Pasos, protagonista de la novela.

Sentado, también en una de esas alfombras, una verde, estaba el autor. Las piernas cruzadas, la cabeza apuntaba al suelo y sus ojos, cerrados. Escuchaba en silencio, no se movió por unos minutos, le tomaron fotos y pensé que tal vez estaba posando -tal vez, repito-. La lluvia, porque no podemos olvidarnos de la lluvia, se llenó de fuerza. Envalentonada atacó por varios minutos. Los tapetes, que se mojaban, sangraban colores. Tocó recogerlos. Algunos desertaron, pero la mayoría resistierón y se unieron bajo la carpa -la pequeña carpa-.

La lectura se detuvo. Era la una de la tarde y llegó, en vasos de gaseosa, sopa de quinua. 

*

“Estaba en la hamaca, quitándome las alpargatas, ya era tarde, y se aparecieron: «Venga con nosotros» me dijeron. Les dije que no me importaba que cuando quisieran, les dije que sólo pedía aguadepanela por las mañanas, «No rechiste», me dijeron, «nosotros le damos o no le damos según se nos dé la gana». Eso fue caminar a lo bruto; a toda carrera: como que ya los soldados los cercaban. «Y este, quién es, por qué lo llevamos», se decían uno de ellos. Ninguno me conoce, pensé, y era que tampoco los conocía, jamás los vi en mi vida; tenían acento paisa; eran jóvenes y trepaban; yo les seguía el paso, cómo no. Quisieron salir de mi perro, que nos rondaba. «No disparen», les dije, «él me obedece. Tony, devuélvete» le rogué más que ordené, y señalé el camino a la cabaña, y este Tony bendito obedeció, para su suerte”.

*

Después de media hora dejó de llover, o llovía menos. Nadie sabía. Algunos paraguas empezaron a verse en la plaza, frente al edificio del Congreso y Bolívar dándonos la espalda. En su hombro una bandera de Colombia, su pedestal enrollado en plástico. El mismo plástico en el que venían envueltas las alfombras de colores y las esteras de mimbre. La lectura siguió, empezaron a llegar más personas y las sillas -que no eran muchas- se ocuparon, y a su alrededor personas leyendo la novela, siguiendo la lectura. Los dos micrófonos iban, venían, volvían cada cuatro páginas o cada tres párrafos, a veces dos, a veces uno. O leían a dos voces, como hicieron un par de periodistas, ella leía un diálogo, él, otro; ella preguntaba, él respondía, un par de líneas ella, otras él, y así por un rato. El micrófono siguió pasando, llegó a una actriz y despachó varias páginas, su voz cambiaba de tono, subía, bajaba, engrosada o liviana, preguntona, respondona. Pero el micrófono debía seguir pasando y los asistentes leyendo.

*

“Tenía el rostro desfigurado de rabia, ¿o iba a llorar? De un momento a otro, como catapultado por el rencor, se llevó la mano al cinto y desenfundó la pistola. Días después nos enteraríamos por el periódico que su intento de liberación fue un fracaso, que hirieron a seis de sus hombres, que «les salió al paso» un camino recién dinamitado, un sendero con quiebrapatas”.

*

Volvimos a extender las alfombras sobre el suelo, en el rinconcito de plaza donde se leía la novela. Debía verse lindo. Los colores y el mimbre intercalados. Se procuraba tapar cualquier hueco entre alfombra y estera, se lograba por partes. Habían unas cincuenta personas a lo mucho, pese a las varias deserciones y a los tantos chubascos. Paraban. Media hora, cuarenta minutos. Otra vez llovía. Pero en esos respiros entre aguacero y aguacero los caminantes de la plaza llegaban a la carpa, escuchaban un par de minutos, veían alguno de los libros en los atriles. Uno llegó desde la esquina del colegio San Bartolomé, timorato se acercó a la carpa unos metros, llegó a un atril, tomó el libro “Los Ejércitos. Evelio Rosero. Colección andanzas” debió leer en la portada, lo abrió, pasó un par de páginas, lo cerró y a su mochila fue a dar. Vio atrás una única vez y se fue escuchando cómo seguían leyendo.

La plaza se oscureció más al llegar las 5:15 p.m., ya no habían alfombras. La última media hora había sido del agua. Bajo la carpa, los pocos que quedábamos, seguíamos mudos las páginas y a los últimos lectores, las páginas eran menos, el frío más. Llegó un paisano vendiendo tintos a 500 pesos, alguien pagó por todos y el café levantó más los ánimos. Las últimas páginas fueron devoradas en minutos. Había dejado de llover. Última página. Último párrafo. Últimas tres letras. No llovió más.

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