El escritor Leonardo Gómez Marín.

“Todo buen relato debería ser, ante todo, una provocación”

Nacido en Yarumal, Antioquia, el escritor Leonardo Gómez Marín acaba de publicar con la editorial de la Universidad de Antioquia 'Me negarás tres veces', su primer libro de cuentos, que explora el mundo de las creencias religiosas y el papel que el culto católico juega en la sociedad antioqueña.

2016/08/04

Por Ángel Castaño Guzmán

Todos los cuentos de Me negarás tres veces están relacionados con el mundo del clero. ¿Qué encuentra en él que le atraiga tanto? ¿Cómo abordar esos asuntos sin caer en la denuncia fácil?

Tuve una infancia maravillosa entre vacas y mirlos y la primogenitura bíblica no hizo mella en mi mente soñadora. A la voz sabia y cariñosa de mi madre, cuando me enseñó a juntar las primeras letras, se sumó la mano callosa de mi padre para indicarme el “buen camino” e iniciarme en los oficios y tareas del campo.

Tampoco el hecho de que mi padre haya sido mayordomo del seminario Cristo Sacerdote en Yarumal, marcó vocación eclesiástica alguna. Solo en octavo o noveno de bachillerato la vida de los misioneros en África llegó a ser una ilusión libertaria, pero no es cierto que haya sido seminarista o sacerdote y al cabo de los años haya colgado los hábitos para hacerme escritor, una tentadora biografía apócrifa que el profesor Jairo Morales me propuso inventar algún día. La verdad es que mi vida religiosa por convicción llegó si mucho hasta los nueve o diez años, cuando hice la primera comunión. Creo más en la bendición de mi padre o en la palabra milagrosa de mamá cuando me desea un buen viaje, que en cualquier sermón o encíclica.

Me atrae la dimensión psicológica y, si se quiere, moral de las personas investidas de un hábito o de un uniforme, en particular por el dominio de las pasiones con el que en muchos casos son moldeados en seminarios, cuarteles y conventos. El cómo esas debilidades y flaquezas de un ser humano riñen constantemente con ideales de pureza, castidad, obediencia y la común llamada “vocación de servicio”, creo que abre un mundo de posibilidades para la escritura.

Tradicionalmente la gente de Antioquia ha sido muy católica. ¿Qué papel cree que jugó esta religión en la forma de ser de los antioqueños? ¿Qué tanto le deben los escritores de esa región?

Creo que muchos de los escándalos de pederastia, abuso de poder y hasta el famoso “lobby gay” del Vaticano, son solo una pequeña muestra de unos problemas estructurales muy complejos al interior de una institución como la Iglesia Católica. Es una verdad de perogrullo decir que, en muchos de estos casos, la realidad supera a la ficción. Sin embargo, cuando se miran esas historias desde la literatura, no desde el periodismo o la crónica, el fin en sí mismo no es la denuncia, no se trata de juzgar a los personajes, es más bien un ejercicio de confrontación entre las pasiones y los dogmas, o entre el trasfondo de algunos “vicios” y la doble moral con que suele arroparse dichos comportamientos por parte de la institución y de los mismos feligreses.

Dice el profesor Humberto Barrera en un texto inédito que somos una cultura que se caracteriza por meras prácticas externas: mucho drama, mucho ceremonial, mucho espectáculo de masas, mucho incienso, muchos rosarios, y muy poco ascetismo, poco, poquísimo trabajo de transformación interior. Es claro, también, que la Iglesia Católica ha permeado buena parte de las instituciones y sectores del país y en particular de la región andina, incluida la “Gran Antioquia”. Entre el vínculo ineludible con la política, la música y las artes, que durante mucho tiempo estuvieron ligadas a los dogmas y preceptos bíblicos, hay todo un lastre histórico encarnado en figuras como la de Monseñor Builes, la del Padre Palacio, presunto líder del grupo paramilitar denominado “Los doce apóstoles” y hasta las polémicas versiones biográficas y cinematográficas no autorizadas de Santa Laura Montoya.

De estas historias e histerias, hay una abundante riqueza literaria en el panorama antioqueño que pasa por el maestro Tomas Carrasquilla con su magnífico San Antoñito, por el José, hijo de Palestina, de José Restrepo Jaramillo, Fernando González, con su medio revoltoso Don Benjamín, los Cinco minutos de castidad de Amílcar Osorio y la controvertida y exacerbada Puta de Babilonia, de Fernando Vallejo.

Desde 2009 usted asiste con regularidad a un taller literario. ¿Qué herramientas les ofrecen estos espacios a los escritores para afinar su oficio?

Tres cosas proporciona un taller de escritores: primero, la formación de hábitos de lectura y escritura, mediante el estudio de la literatura universal, ejercicios de imitación y crítica literaria y, sobre todo, el adquirir una conciencia y una disciplina literaria en la cual la inspiración da paso a la transpiración de las palabras, a la corrección y la reelaboración de textos, muchas veces, primigenios, sobrecargados o excesivamente líricos. Hay un proceso de carpintería con las palabras.

En segundo lugar, el taller de escritores da elementos de crítica y autocrítica literaria, con la premisa de que se juzga es el texto y no al autor. Un sin número de opiniones respecto a las posibilidades y limitaciones de un relato enriquece más que las palmaditas en el hombro o las Sociedades de los Mutuos Elogios, que viven a la espera de un “merecido” Premio Nobel de Literatura que nunca llega.

Y el último aspecto que no siempre llega con los primeros años del taller, pero poco a poco va calando en el autor, es la humildad. Esta cualidad cobija tanto al tallerista nuevo o “primerizo” como al que ya tiene cuentos y hasta libros publicados. Cada sesión de taller es una oportunidad de releer a un autor conocido, de descubrir un libro nuevo, un aspecto particular en el estilo de un autor, una semilla de un cuento, un manejo de un personaje, una frase de cajón o un “lugar común”.

En su experiencia de lector y de escritor, ¿cuáles son los ingredientes de un buen cuento? ¿Qué debe tener una narración ficcional corta para ser memorable?

Indiscutiblemente, en la buena literatura hay un equilibrio entre la forma y el fondo. Y aunque esta característica no debería ser ajena a los cuentos o a la narrativa breve, la tendencia que aboga por el "puñetazo", por la contundencia de la historia o del drama, antes que por la forma, ha ido ganando mucho terreno. Prefiero ese límite ambiguo y difuso en el que cierta historia demanda un lenguaje particular, o aquello de que un personaje es psicológica y físicamente posible bajo ciertas circunstancias de espacio y tiempo. Un relato memorable es aquel bocado exquisito de imaginación que tiene la posibilidad de cautivar el paladar del lector en la primera mordida, que luego da lugar al sabor ignoto, sea amargo, dulce, salado o agridulce y, cuando se digiere, deja en la conciencia un sabor extraño, mezcla de recuerdo y deseo. Aunque la historia sea sencilla, todo buen relato debería ser, ante todo, una provocación y una transgresión de la realidad.

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