Libros al piso

La Séptima y sus aromas. Aroma de mango biche con sal, de papaya, de patilla madura. Aroma de café humeante, de cerveza espumosa, de hamburguesa con queso. Aromas de mujeres de bufanda, de señoras de gafitas y argolla de matrimonio, de chicas de morral y tenis Converse. No hay ningún aroma en la Carrera Séptima que se pueda comparar con el de los libros de segunda. Ellos se toman por asalto esta vía, la más rica en luces y formas, la más cultural de Colombia...

2014/01/28

Por Jaime García Pulido

La Séptima y sus aromas. Aroma de mango biche con sal, de papaya, de patilla madura. Aroma de café humeante, de cerveza espumosa, de hamburguesa con queso. Aromas de mujeres de bufanda, de señoras de gafitas y argolla de matrimonio, de chicas de morral y tenis Converse. No hay ningún aroma en la Carrera Séptima que se pueda comparar con el de los libros de segunda. Ellos se toman por asalto esta vía, la más rica en luces y formas, la más cultural de Colombia. Es viernes y salimos con nuestras bibliotecas en venta. Abrimos los maletines y destapamos las cajas de cartón. Extendemos la magia. El aroma de madera y de tinta de los libros se toma la calle. Son árboles de tinta. No importa el orden, el tema o la ascendencia estética, unos con otros forman un maravilloso collage al sol y al agua. En pocos minutos estaremos inaugurando una laguna de portadas, a la espera de lectores, aquí, sobre la calzada del Teatro Jorge Eliécer Gaitán y la Cinemateca Distrital.

Falta un detalle. Más que un detalle, es un verdadero ritual. Consiste en mirar las nubes que se ubican encima de la Torre Colpatria y los cerros de Monserrate y Guadalupe. Por el lado sur, siempre es preciso caminar unos pasos para cerciorarse del color de las nubes que muerden la Iglesia de Las Nieves. Hoy tenemos encima una luna de cuarto creciente. Pero ya se sabe que en Bogotá cualquier cosa puede pasar con el clima. La lluvia no es la gran amiga de nuestros libros. El sol, por su parte, es nuestro mejor aliado, especialmente en los días festivos. No es el tradicional septimazo, pero es como si lo fuera. La Séptima después de las cinco de la tarde es toda vida. Hay música por todas partes. Hay artistas del fuego, hay bailarines de tango y de samba, hay imitadores de Michael Jackson y de Celia Cruz. Sin que nadie se lo proponga, a través de una serie de intervenciones  audiovisuales y sonoras se mezclan imágenes reales y ficticias que transponen los linderos de Bogotá, llevando al transeúnte a una realidad llena de matices. Finalmente, estamos nosotros, los vendedores de cultura en letras del molde, los libreros al sol y al agua.

COMPRADORES BAJO LA LUNA

Me inicié como librero cuando no encontré un empleo digno de un escritor. Algo que me permitiera ponerle punto final a mi primera novela y a mi última crónica. Acepté el reto cuando Abraxas me invitó a vender mis libros para sobrevivir. Entre semana sigo escribiendo y al caer la tarde vendo algún título en las librerías de viejo, por los lados del Centro Cultural del Libro TEMEL. No necesito de un local especializado. Poco a poco mi cabeza calva ha ido ganando reconocimiento por la Carrera Séptima.

Ahora el plante está listo al filo del andén, el parche ocupa su sitio de costumbre. No he venido solo, por supuesto. Abraxas, el mono, me acompaña. No demoran en llegar Alonso y Miguel, Moncho y El Loco, Lucho Ortiz, alias El Bucanero, Carlos Escobar y Julio, un librero de 73 años que compite a la par con los de 20. Todos son gente del gremio. Precisamente mis libros han sido escogidos por Julio y Abraxas. No son más de diez títulos. Son buena literatura, son la crema. La pechuga en el argot de los libreros. Borges, Poe según Cortázar, Blake, Cioran, Umberto Eco... Y poetas de voz muy sonora como Baudelaire, Whitman, Neruda y Vallejo. Me duele vender sus obras. Suspiro al saber que esta noche voy a regresar a mi casa sin ellos.

Abraxas lee lo que pienso. Me da ánimo con sus palabras, mientras se ajusta la cachucha negra con una bandera impresa de Jamaica.

—Tienes que ser guerrero. Vender tus libros no tiene nada de malo. Porque los libros van y vienen. Nunca se quedan quietos. Por el contrario: tienen dientes, uñas, patas. No importa donde los encierren o los quieran despedazar. Ellos se deciden a salir, a buscar nuevas manos que los abran, nuevos lectores. Los libros viven del asombro. Por eso salen a las calles a buscar nuevos dueños. Nosotros solamente somos unos intermediarios. No podemos hacer nada distinto a mostrarlos de buena fe, sin muchas palabras…

Es entonces cuando llega Johnny, el de los cabellos nazarenos recogidos en la nuca. Ahora el escenario es otro. Johnny es un licenciado en lingüística de la Distrital. Es bajito, delgado, de pasos de duende sin memoria. Habla de literatura, habla de autores, habla de anécdotas de escritura. Menciona ediciones y editoriales todo el tiempo. Es el polo opuesto de Abraxas. Vende con retórica, pero no de calle, sino más bien ilustrada.

No termino de apretarle la mano cuando me lanza la pregunta.

—¿Has leído El paraíso de los gatos?

—No.

—Trata de la vida callejera de los gatos de tejado.

—¿Y?

—Tiene que ver con tu vida de escritor, un tipo que vende libros para escribir los suyos.

—¿Lo tienes aquí?

—¡Ah! ¡Se me quedó en la otra maleta! Luego te lo presto!

—Vale, Johnny.

Parecen diálogos de ociosos, pero no lo son. Al fin y al cabo, toda la cultura es ocio programado, creativo, multiplicador de ideas y buenos propósitos. También se trata de estar todos informados para cuando algún comprador nos interrogue. Porque no somos vendedores de libros, claro está. No somos alcanzadores de libros, naturalmente. Somos libreros de la Séptima, debemos proponer algo a los lectores. Necesitamos tener el cerebro bien despierto, la memoria bien aguzada, las palabras bien aceitadas. Cuestión de convencer, de debatir, de vender con argumentos.

—¿Tiene algo de Malinoski?

—No.

—¿Tiene El queso y los gusanos?

—Nosotros nos quedamos con los gusanos.

—¿Tiene un manual para hacerse millonario en una semana?

—No.

Algunos preguntan por preguntar. Otros interrogan el interior de los libros en silencio. Siento entonces que los libros mudan de piel. Se comportan como si tuvieran otra criatura adentro, dependiendo de las manos que lo indaguen. Un hombre con corte de pelo de soldado pasa otra página de un libro de poemas. Una mujer que muerde una manzana verde compra los cuentos de Perrault. Una muchacha con pinta de colegiala busca algo erótico en una novela de Bukowski.

 De nuevo es Johnny quien toma la iniciativa. Su cabeza está llena de temas, de autores, de fuentes, de citas más o menos memorables, más o menos anarquistas, más o menos prohibidas. Johnny se arrodilla, toma un libro, lo abre con un gesto hierático. Lee en voz alta, dibuja un concepto a pulso en el aire de las seis y media de la tarde.

Lee para un grupo en especial. Son los principales compradores, los intelectuales. No siempre buscan libros, sino que andan a la caza de un diálogo, de una candente conversación donde el vendedor les pueda servir de sparring intelectual. Uno los ve llegar con sus boinas, con sus gabanes, con sus mujeres de morral y aliento de licor, normalmente de vino tinto de caja. No sin marchan si dar la batalla dialéctica, con una pila de ejemplares bajo el brazo.

La mujer, la más bella, la de más edad, recibe el poemario del hombre que grita:

—¡Un ricordo di te!

Ella ríe, la mujer del gordo de canas y crespos que le desbordan la bufanda indígena. Nunca creímos que fuera extranjera, de modo que ahora los tres la miramos con otros ojos. Los ojos de un lector avezado de mujeres treintañeras con jeans gastados.

—¿A ti te gusta?

 —Sí, me encanta.

 —¿Te gusta más la poesía erótica o la práctica del diario vivir?

—Depende, querido.

—A mí me gustan las mujeres con máscaras y látigos.

 No entendí el fondo de la discusión, si acaso la consecuencia de la pregunta con relación a la fémina. Pensé que la lengua de Johnny nos estaba afectando la venta. Ahora era la italiana quien revolvía su morral, sacaba una pañoleta de seda en ruinas y de ella el dinero. El mono Abraxas lo tomó como ambas manos y lo observó a contraluz.

—¿Qué es el dinero?

—Una verdad de bolsillo.

—Una mentira de papel.

—Ah. Me gusta esta última verdad.

Suena Charlie García en la esquina sur de la cuadra de Terraza Pasteur. Acaso la discusión ha sido candente, acaso bastante ilustrativa para mí. No sé qué pensar. No he vendido uno solo de mis libros. También tengo que aprender a cuidar mis opiniones. Alguna gente se detiene de cuando en cuando. Algunos sólo miran, hojean mis libros. Preguntan el precio y se marchan. Se marchan, sin fórmula de juicio.

Abraxas me mira, sonriendo.

—Ya casi vendes…. Ya casi, mi viejo…

—¿Te parece?

—Ya casi…

Me limpio el sudor de la cara.

—¿Qué debo hacer, Abraxas?

—La clave es que toquen el libro, que participen de su hechizo, que se dejen llevar unas cuantas líneas salteadas por sus encantos… Dejarlos respirar su lectura casual…. Esa es mi fórmula personal, mi truco mágico…

Miro la luna, los colores cambiantes de las luces que iluminan la torre Colpatria en su parte superior. Hace frío. No hay estrellas. Nunca las ha habido en la cantidad que uno las desea, si bien vivimos 2.600 metros más cerca de sus nichos, según cierto anuncio publicitario que hizo carrera hace unos años y que fue promocionado por la Alcaldía Mayor de Bogotá. Es un elogio que podría desilusionar a alguien nacido junto al mar Caribe.

No me queda más remedio. Algo falla en mí. No tengo cara de librero o no tengo discurso de librero de la Séptima. Mejor me cruzo de brazos y trato de pensar en un discurso semejante… Un verso de Rimbaud o de Alberti… Pero tampoco muy dulce, como para llegar al corazón de una gótica solitaria…

LA FUGA DE LAS LIBRERIAS

Ya son las nueve de la noche. Los transeúntes disminuyen. Los vendedores de tinto hacen su agosto. Chepe, Miguel y Jeremías se han ido. Hay algo de fatiga en todas las caras de los vendedores. Porque no estamos a solas. Quedan los vendedores de revistas, quienes compran por miles y venden a muy bajo precio. A ellos no les preocupa el lector, les preocupa vender sus saldos. No pocas veces mezclan las revistas con afiches de películas, con pañoletas y manillas. En ese sentido tienden a competir con los hippies, que se empeñan en sobrevivir, que son como una especie de raza atemporal desde los años 60.

 Abraxas cuenta los billetes con cuidado. Sonríe de buena gana. Su librería es un poco menos especializada que la de Johnny. Cada librería alcanza los dos metros por uno y medio, en promedio. Hablamos del papel de la mujer en los textos de Schopenhauer. Abro la boca para decir algo, pero prefiero callar. Se supone que estoy aprendiendo a vender libros, se supone que soy el acompañante al que le dejan un rincón para su  mercancía.

Finalmente me decido a lanzar un juicio caprichoso.

—Sería mejor tener un local propio. Vender todos los días, no preocuparse por el sol, la lluvia, la violación del espacio público…

El mono Abraxas sacude su cachucha con la bandera de Jamaica.

—Un local propio es una tumba con aviso.

—Buen punto, mi hermano.

—Prefiero respirar el aire libre. Prefiero la vida, el ruido, los colores de la Séptima.

—Esto no es fácil. Lo digo más como escritor que como aprendiz de librero.

Abraxas me mira sin perder la calma.

—Por eso mismo es atractivo. Porque es la aventura de competir con las librerías que no existen o con las que se han ido sin avisar para dónde se fueron…

Tiene razón, en buena medida. Para nadie es un secreto que las librerías se han ido marchando, casi fugando de la Séptima. Hace unos meses claudicó Taschen, en la esquina del Hotel Tequendama. Durante el siglo pasado desapareció la Tercer Mundo, en su lugar se ha instalado una cafetería Oma, en la 16, diagonal al Edificio de Avianca. También murió Bibliotécnica, en la 51. Por los lados de la Javeriana las cosas no son distintas. Allí hay más peluquerías, cafés internet y bares alternativos que librerías. Más hacia el norte sólo subsiste, como una mancha en el paisaje de concreto y aluminio, la librería Arte Letra de la 70. Se han sabido ir las librerías, pero no los compradores de libros. Ellos se relevan por generaciones. De lo contrario no estaríamos aquí, sobre la calzada del Teatro Jorge Eliécer Gaitán y la Cinemateca Distrital.

Otro tema es el del mercado de los libros nuevos respecto del mercado de los libros de segunda. No es que hayan desaparecido los lectores de libros nuevos, sino que frecuentan otros nichos de moda. Los supermercados de cadena venden libros. La Panamericana abre nuevos puntos en lugares casi insospechados. La Nacional y La Lerner siguen de pie, llamando la atención de clientes cultos, de estrato 4 hacia arriba. Quizás nunca se ha leído tanto. Pero al mismo tiempo la puesta en escena del libro es otra. Han desaparecido los cafés literarios, las tabernas de la 45, los nichos de intelectuales por los lados del Bosque Izquierdo y La Macarena. Los libreros antiguos, los de la Calle 19 y San Victorino, se ubicaron en locales alrededor del TEMEL. Quedan los nuevos libreros de calle. No se echan atrás en esa labor de diálogo, en ese gusto por la tertulia bohemia. Y por supuesto: facilitan a los compradores el ahorro de unos buenos pesos.

El libro de segunda gana espacio en tiempos de crisis. Sea de texto o de referencia, se abre paso con sus lecturas previas, con sus subrayados o notas al margen. Compensan el problema de los hijos que crecen a pasos agigantados, de los profesores que compensan sus carencias pedagógicas incitando a la lectura. De lo contrario no estaríamos aquí, sobre la calzada del Casino Caribe y la Empresa de Teléfonos de Bogotá. Nos hemos movido en busca de la mejor bombilla para esta hora de cierre.

Johnny se arrodilla, con la mano izquierda devuelve el libro a su sitio.

—¡Esta es mi hora favorita! ¡La de la última venta, la del último ejemplar incunable!

Así dice sonriendo.

Tendremos que esperar al domingo para vender más títulos. Mientras tanto, Abraxas y el mechudo Johnny recorren la ciudad en busca de ejemplares. Los llevan a sus casas. Allí los reparan. Allí les rehacen los lomos, les borran las manchas. Se valen de lija de agua, de pegante y cinta invisible. La portada de un libro es tan valiosa como la espuela de los gallos de pelea.

Abraxas silba una canción de Ceratti. Comienza a recoger su lago de libros lentamente. Agarra el libro más cercano, le limpia el polvo con un trapo y lo guarda con cuidado en la caja de cartón. Se mueve con lentos y concienzudos ademanes de topo, casi a oscuras, como persiguiendo una luz secreta. No le preocupa el mañana.

Este es un tema que no desvela a Johnny para nada:

—Hay una verdad de a puño, mi hermano. Y esta es la verdad. ¿La quiere oír?

Un comprador lo interrumpe. Hablan un rato, no se ponen de acuerdo sobre el precio. No hubo otra venta. Johnny sonríe con alegre ironía. Vive ese eterno presente de los hombres menores de treinta años. Sin embargo, algo vacila entre su pecho y su espalda. Un tema de orden legal se ha instalado como una nube oscura sobre los libreros de calle. Una sentencia judicial estableció que la Séptima debe permanecer limpia de vendedores ambulantes. Otra sentencia posterior estableció un trato distinto para los comerciantes de cultura. Los libreros están llamados a hacer un censo, a formar un frente común y de preferencia a ser instalados en un centro comercial del sector.

Johnny me dice:

—La Séptima necesita más libreros. Cada librero extiende sobre el piso la voz de miles de autores. Por lo tanto, no vendemos simples títulos impresos. Vendemos cultura viva. Pero se necesitan ejércitos de libreros, no de simples vendedores o alcanzadores de libros. Se necesitan tipos jóvenes, a los que les guste leer, que inviten a leer al hombre de a pie... Sólo entonces podremos hablar de cultura en Bogotá, siempre ligada a la Séptima... Tenemos que empezar por esta calle, luego nos acostumbraremos y vendrán las otras… Librerías de calle, a cielo abierto, con opiniones de lluvia, como las quiera llamar usted…

—¿Más librerías como la tuya y la mía?

—Eso es. Porque los libros se mueven, aunque usted no lo crea, según sus propios demonios.

De pronto Abraxas interviene. Se limpia la salsa rosada de los labios, después de haber cenado con un perro caliente y una gaseosa. Sin proponérselo, me lanza con una especie de sentencia de gremio:

—¡No podemos seguir en este limbo! ¡Somos libreros! ¡Somos poetas, artistas!

Abraxas se niega a buscar otra modalidad de trabajo. Sostiene a su mujer y su hija de nueve meses. No le disgusta saber que no es visto como un trabajador de la cadena productiva de la cultura. Goza la luz solar y lunar, el sabor del viento entre los labios.

LA RUTA DE LOS LIBROS DE SEGUNDA

El mercado del libro de segunda es un mercado sui generis. No podría ser de otro modo. Un reciclador es alguien que le sigue la ruta o la pista a los libros viejos o desechados antes de tiempo. No todo el que compra un libro está dispuesto a leerlo. Es probable que nunca lo haga, luego también es probable que decida deshacerse de él por unos pocos billetes. Hay bibliotecas que algunos comerciantes exitosos heredan y deciden liquidarlas de un solo golpe. Hay libros que las familias abandonan a fines del año escolar, de modo que el equipo de sonido o los floreros y ceniceros sigan ocupando sus lugares en el decorado. El tema es que un buen libro puede estar a punto de ser despedazado para sumarlo al papel que se va a remanufacturar. Algo así como Milton, Foucault o Nietzsche a punto de convertirse en servilletas o higiénico.

 Dice Abraxas:

—Recorro la ciudad en bicicleta. Vivo al día, respiro al día. Soy mi patrón y mi empleado. No pertenezco sino a la literatura, aunque no escriba nada. Pero otros lo hacen por mí. Leen por mí. Hago un trabajo social y vivo contento de eso.

—¿No es mucha adrenalina?

—Sí, cómo no. También hay que guerrear con los libreros de negocio fijo. Para tener éxito hay que dejar que el libro se venda por sí solo. El título, la edición, el prólogo es la clave. El autor es determinante, pero también la forma del libro, si es en pasta dura, si tiene una ilustración especial. Uno puede hablar mucho, filosofar, pero hay otros factores. Un libro se abre y ya está. Se vende o se queda. No hay más que hablar…

Nos despedimos en la Décima. La luna es más verde oliva que azul. Llevan sus libros al hombro y en un carrito de los que se usan para hacer compras en el supermercado. Los guardan en un parqueadero de la 23. Hablan a esta hora de los poemas del mar en Raúl Gómez Jattin. Nadie sospecha que pueden estar tan llenos de vida interior, tan cultos en su frescura, estos dos hombres de treinta y treinta y nueve años. Como ellos hay otros tantos en la Séptima. Tienen otros nombres, otros libros, otros puntos de venta. Son ellos y son los otros, borgianamente.

Un librero de esta categoría gana entre uno y dos salarios mínimos. También sabe que se podría ganar la vida de otra forma, pero de algún modo ha sido picado por un virus extraño. Algunos han migrado al local en arriendo, como la poeta Irene Luna, que recién acaba de abrir La Cueva de Plutón en la calle 45, como quien baja a la Universidad Nacional por el costado norte. El hecho es que el oficio de vendedor de libros se niega a desaparecer. Hace resistencia, pues al fin y al cabo el libro sigue siendo tecnología. En cuanto a mí, me veo obligado a regresar con mis libros a casa. Decido que no todavía no tengo los dones, ni la magia discreta, ni la pasión del librero. Mejor sigo escribiendo, sin más. Ya casi le pongo punto final a mi crónica sobre los libreros mejor informados de La Séptima, indudablemente la vía más cultural de Colombia.

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