Lila Azam Zanganeh

Lila Azam Zanganeh

2014/02/26

Por RevistaArcadia.com

Nunca pensé que me volvería escritora. Nunca leí debajo de las cobijas, nunca escribí diarios bajo las mesas del colegio o en el ático de la casa. Nunca tuve un ático. De hecho, no tuve computador (ni siquiera máquina de escribir) hasta mis veintiuno. Cuando me preguntaban lo que quería hacer cuando creciera, a menudo respondía: astrofísica, porque sonaba como a disparar entre las estrellas. En realidad, pensaba: James Bond. La verdad es que yo era una soñadora. Si tuviera que adivinar, diría que todo comenzó soñando despierta. Leía una oración o veía una película diez o doce veces, y luego me entristecía que las imágenes y los colores y los personajes desaparecieran de golpe como un telescopio que se cierra con un chasquido, así que continuaba dándoles vida en mi cabeza.

Cuando iba a caminar entre las montañas o por un museo, en realidad, estaba ahí solo a medias. La mayoría del tiempo, simplemente no estaba allí. La noche no era suficiente; el momento antes de quedarme dormida tampoco lo era. Debía soñar durante el día. Y cualquiera que interrumpiera ese flujo perturbaba la actividad más placentera y, en efecto, la más sensual de todas.

Comencé a escribir cuando me enamoré del niño equivocado. Estaba mal, él era muy articulado e irracionalmente guapo. Hablaba sin parar durante días enteros. Yo estaba tan intoxicada por sus oraciones que las escribía para conservar trozos y pedazos de él cuando se fuera. Escribí cientos de páginas que parecían fragmentos delirantes de amor (casi nunca incluía mis propias reacciones en estos cuadernos). Me hacían sentir como si estuviera guardando su amor en viales maravillosos y botellas mágicas. Guardé los viales y no me siento inclinada a abrirlos, aún. Así que nunca escribí sobre él ni lo que él dijo en esos meses. Sin embargo, un día me dijo: “Tú sueñas despierta, como un escritor”. Y fue de esa comparación que nació mi primer libro.

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