Ilustración de un baile infantil navideño de H. J. Overbeek (1877).

Un recuerdo navideño de Lina María Pérez Gaviria

La autora bogotana habla de la conexión entre la memoria y la gastronomía, recordando una celebración "impregnada de un aroma que tenía que ver con la ternura".

2016/12/21

Por Lina María Pérez Gaviria

Esponjado de mandarina

Abuela exprimía mandarinas para llenar cuatro vasos de jugo para el esponjado. Toda la casa olía a mandarina, y el postre nunca era sorpresa, siempre el mismo. Con diligencia de experta culinaria, mi vieja aprovechaba las cáscaras para prepararlas en almíbar. Así que el recuerdo de las navidades en familia está impregnado de un aroma que tenía que ver con la ternura.

Eran los abuelos quienes se encargaban todos los años de organizar la fiesta, y ponían todo su ingenio y la sabiduría de su corazón para darnos a cada uno un aguinaldo que despertara nuestros asombros. Para sus hijos y nietos era una de las mayores expectativas de la noche. Los dos abuelos se encargaban de escribir las tarjetas y de poner los paquetes en el espacio que el pesebre enorme dejaba libre.

Árbol de navidad nunca tuvimos en esa época. El abuelo no lo permitía, simplemente no, sin explicaciones. Durante el año los nietos se entretenían recortando figuras de revistas y periódicos para formar una colección variopinta de personajes y objetos. Los primeros días de cada diciembre todos los primos se juntaban y pegaban los recortes en palos de paletas para clavarlos en el pesebre con la supervisión del abuelo. Era un pesebre estrafalario con las figuras tradicionales al lado de imágenes de una diversidad muy cómica: presidentes acompañando a los reyes magos, reinas en vestido de baño cuidando las ovejas, aviones al lado de la cuna, un carro último modelo por aquí, un fino reloj por allá, una máquina de afeitar para José, zapatos de plataforma para María...

Los abuelos gozaban tanto como los niños, pero ese año había pesadumbre en el ambiente, una nube de pesar en los ánimos de todos. No era para menos. Un mes atrás habían ocurrido dos hechos que ensombrecían las novenas: la toma y retoma del Palacio de Justicia y la avalancha de lodo que borró a Armero del mapa. Las noticias habían impactado a los niños mayores, y los abuelos nos dejaron saber que estaban muy abatidos para celebrar la navidad. Nos costó convencerlos de seguir adelante con los planes de costumbre, y hasta les insinuamos que no cantaríamos villancicos, y que si querían, podíamos suspender los aguinaldos. Los abuelos dijeron que lo iban a pensar. No imaginábamos cómo iban a expresar su desasosiego qué nos iban a enseñar.

La abuela aceptó el bulto de mandarinas que le llevamos con mis hijas pequeñas. Tendríamos una noche de navidad como todos los años, aunque el entusiasmo de mis viejos no era el mismo de siempre. Después de la cena nos reunimos en torno al pesebre estrambótico a rezar la versión de la novena que el abuelo había reescrito. La imagen espléndida mostraba a toda la familia muy unida, y a los niños alborotados y llenos de curiosidad en torno a los aguinaldos.

Los abuelos nos repartieron los regalos envueltos en vistosos papeles y lazos de colores, y nos pidieron que los abriéramos todos a la vez. Los niños reaccionaron con sus miradas tristes. Nosotros, los grandes, entendimos, una vez más, de qué materia estaba hecho el corazón de los abuelos. Todos los aguinaldos eran cajas vacías. Así, sin explicaciones.

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