Martins Amis (izq) y Chrisitopher Hitchens protagonizaron una de las grandes amistades intelectuales de los últimos tiempos.

Literatura y amistad. ¿Bien acaba lo que bien empieza?

Lope de Vega y Cervantes, García Márquez y Álvaro Mutis, Jonathan Franzen y David Foster Wallace... Gabriela Bustelo hace un recuento por las grandes amistades literarias.

2013/06/24

Por Gabriela Bustelo

“Occidente se hunde”, sentencian los agoreros. No sabemos si será cierto o si, inmersos como estamos en la hecatombe occidental, ya somos incapaces de reaccionar. En todo caso, un triste síntoma de la descomposición de nuestra civilización es el ocaso de la amistad. El individualismo, el ansia de éxito personal y la corrección política han convertido la amistad en un coleccionismo patológico de números de teléfono y direcciones de email. ¡¡¡¡A ver si nos vemos!!!!, tecleamos histéricamente sin la menor intención de ver al destinatario, que a su vez responde con otra interjección frenética, igualmente vacante. Diríase que a mayor cantidad de signos admirativos, menor será la admiración y, huelga decirlo, el cariño. En ningún período de la Humanidad se enviaron tantos mensajes por segundo, pero tampoco fue nunca tanta la información irrelevante. Cuando alguno de estos mensajes se concreta por fin en un encuentro cara a cara, el episodio suele consistir en un intercambio acelerado de tópicos y medias verdades que finaliza con brusquedad cuando uno de los interlocutores asegura que debe marcharse.

Esto no siempre fue así. Hubo un tiempo no lejano en que la amistad era un admirable esfuerzo conjunto, un lienzo pintado a cuatro manos, un himno cantado a dos voces. Si la Humanidad se ha dejado millones de heroicidades perdidas en las entretelas de la historia, buena parte de las amistades ejemplares han nacido y muerto en el anonimato. Pero otras son conocidas, pues constituyeron una fuente de placer no sólo para sus protagonistas, sino también para sus espectadores. Entre estas amistades bien documentadas destacan las compartidas por los escritores, pues no en vano eran ellos mismos quienes se encargaban de narrarlas para la posteridad. Cervantes y Lope de Vega fueron amigos hasta que el segundo escribió a finales del siglo XVI su novela La Arcadia, donde alababa a su compañero de oficio -que todavía no había publicado su obra maestra- como uno de los buenos poetas del país. Cervantes no le devolvió el cumplido, sin embargo, sino que en el prólogo del Quijote -nada menos- se burló de Lope por su cargante alarde de erudición. Por estas mismas fechas en Inglaterra eran amigos Shakespeare y el gran Ben Jonson, varias de cuyas obras se dieron a conocer gracias a la compañía teatral del Bardo, que actuó en alguna de ellas.

Los escritores son individuos retraídos a la fuerza, pues la soledad es indispensable para llevar a cabo su trabajo, que consiste básicamente en leer y escribir. Pese a no considerarse actividades sociales en el sentido tradicional, la lectura y la escritura constituyen ambas un modo de interacción humana, aunque puedan tacharse de relación lateral y à la carte. Un libro es ese amigo siempre disponible, que aporta sus razones sin imponerlas. Un lector es un amante caprichoso e infiel, que puede durar años o desaparecer de pronto sin despedirse. El escritor se nutre de estos dos tipos de relación virtual, pero sus amistades reales son a menudo colegas de profesión que comparten y comprenden su particular estilo de vida.

“Viéndote, se diría que Inglaterra sufre una hambruna”, le dijo G. K. Chesterton a su buen amigo Bernard Shaw. “Viéndote, se diría que la hambruna la has provocado tú”, respondió el aludido. “Si estuviera tan gordo como tú, me ahorcaría”, apostilló Shaw. “Si fuese a ahorcarme, te usaría a ti como soga”, replicó Chesterton sin inmutarse. Estos comentarios tan frívolos no eran lo habitual entre estos dos escritores, que solían discutir sobre religión, filosofía, política, ética, teatro y costumbres, sin estar de acuerdo prácticamente en nada. No en vano Shaw era un socialista ateo, abstemio, vegetariano y feminista, mientras que Chesterton era un liberal católico, que bebía moderadamente, comía en abundancia y opinaba que la igualdad absoluta entre hombres y mujeres podía ser peligrosa. Shaw había nacido en el seno de una familia pobre de Dublín y Chesterton procedía del entorno burgués de Kensington, un barrio posh de Londres. En 1925 Shaw obtuvo el premio Nobel de Literatura por su idealismo satírico, mientras que Chesterton siempre fue considerado un autor menor de novelas de misterio, aunque en las últimas décadas ha sido redescubierto y sus obras se reeditan año tras año. Sin embargo, ambos autores fueron amigos hasta que Chesterton murió de un infarto a los 62 años, cosa que entristeció profundamente a Shaw, quien lo consideró una injusticia por ser veinte años mayor que él.

La “cordial enemistad” de Shaw y Chesterton era sobradamente conocida en los círculos intelectuales británicos, tanto que en 1928 ambos organizaron un debate público, moderado por un amigo común, el también escritor Hillaire Belloc. Shaw habló en primer lugar, explicando a los presentes que Chesterton y él tenían dos cosas en común: ambos eran unos mentirosos rematados y estaban absolutamente locos. Por lo demás, sus técnicas literarias eran opuestas, aseguró Shaw, pues su colega convertía los hechos cotidianos en acontecimientos extraordinarios, mientras que él situaba esos mismos hechos en un contexto inapropiado para escandalizar al lector, haciéndole dudar de su cordura. Tras un largo intercambio de ideas el coloquio se dio por terminado, lamentando ambos ponentes que el contrario no les hubiera hecho alterar ni un ápice sus convicciones. Tras darse la mano, Bernard Shaw y G. K. Chesterton se despidieron tan amigablemente como siempre, tan en desacuerdo como siempre. ¿Cuál era la magia de tan fabulosa relación, que no sólo les enriquecía espiritualmente a ellos, sino también a sus numerosos admiradores? La respuesta es sencilla: el sentido del humor. La fuerza de la ironía no estriba en convertir lo serio en superficial, como piensan muchos infelices, sino en suavizar los contornos de los antagonismos, para resaltar el carácter complementario de los opuestos. En otras palabras, el humor lima las asperezas del debate, convirtiendo la tensión y el insulto en armas inútiles, en flechas que pasan de largo sin dar en el blanco, al elevar el plano moral del enfrentamiento que, lejos de ser un sangriento combate de boxeo, se convierte en un refinado torneo de esgrima verbal. Por desgracia, los individuos capaces de ejercitar este duelo sutil durante años -como hicieron el autor de Pigmalión y el creador del padre Brown- son tan admirables como escasos.

En esta misma época se dio otra célebre amistad literaria, entre Oscar Wilde y Bram Stoker, el autor de Drácula. El joven Stoker iba a menudo a cenar a casa de los padres de Wilde, pero al casarse con Florence Balcombe, que había sido novia de Oscar, la relación se enfrió considerablemente, hasta el punto de que el autor del Retrato de Dorian Gray anunció que se marchaba de Irlanda para jamás volver, cosa que cumplió. A lo largo del siglo XX fueron amigos Joyce y Beckett, Tolkien y C.S. Lewis, Truman Capote y Harper Lee, Hemingway y Fitzgerald, Henry Miller y Anaïs Nin, Jean Rhys y Ford Madox Ford. No están todos los que son, pero son todos los que están. Sin embargo, ninguna de estas relaciones tuvo el componente de camaradería rival que caracterizó al dúo Shaw-Chesterton. Tal vez fuese porque, como decía Balzac, las amistades duran poco cuando uno de los dos se siente ligeramente superior al otro.

En nuestros tiempos la excepción que confirma la regla es la amistad entre Martin Amis y Christopher Hitchens, que duró cuarenta años y acabó con la muerte de este último en las Navidades de 2011. Los dos escritores, al igual que Shaw y Chesterton, discutían a menudo, en privado y en público, pero siempre con mutuo respeto, cariño y admiración. Hitchens, que no se caracterizaba precisamente por su sensiblería, contó en una ocasión que cuando le preguntaban si Martin Amis era su mejor amigo la expresión le parecía demasiado simplona para resumir una realidad que perdía su grandeza al intentar describirla en voz alta. Amis, por su parte, definía a Hitchens como “un rebelde por naturaleza”, tan capaz de desplegar un extraordinario refinamiento como de regañar a un rey, a un presidente o al mismísimo Papa, pero también al taxista tramposo, al funcionario lento o al camarero ineficaz. Pese a haber estudiado juntos en Oxford, los dos amigos tenían opiniones diferentes sobre un buen número de temas importantes. Amis es un liberal agnóstico, anti-islamista, crítico con George W. Bush y que acaba de acusar a Thatcher de haber arrasado el sistema de clases “por arriba y por abajo”. Hitchens era un socialista ferozmente antirreligioso, pero defendió la guerra de Irak y criticó a personajes como Bill Clinton y Teresa de Calcuta. Amis dijo públicamente que el estilo gramatical de Hitchens era espantoso; Hitchens despedazó el libro Koba el Temible -una denuncia de la hipocresía occidental ante el genocidio de Stalin-, donde su amigo Amis incluyó una sarcástica carta encabezada “Camarada Hitchens”. Pero ambos tenían muchas cosas en común: el odio por la monarquía británica, la admiración por Estados Unidos, el sentido del humor y la capacidad para opinar sobre lo divino y lo humano, a menudo retractándose de lo dicho en cuestión de horas. En 1982, Hitchens se trasladó a vivir a Washington D.C. y adquirió la doble nacionalidad británica y estadounidense, cosa muy criticada por sus compatriotas. Amis, sin embargo, no sólo lo entendió, sino que declaró que Hitchens se vio obligado a marcharse de Inglaterra para poder ser un hombre libre. Instalado en Brooklyn desde el otoño de 2012, Amis dijo al morir Hitchens que al perder a quien fue un íntimo amigo durante cuarenta años, nada parece tener sentido. Para quienes considerábamos al dúo Amis-Hitchens un faro indispensable de inteligencia y de provocación, la ausencia de uno de sus componentes es trágica. Todos, sin duda alguna, hemos salido perdiendo.

En Estados Unidos ha destacado en los años recientes una amistad literaria entre dos autores más jóvenes, que también ha terminado trágicamente con la muerte de uno de ellos. Jonathan Franzen y David Foster Wallace están entre los representantes más destacados de la amplia Generación X estadounidense, que incluye a Jeffrey Eugenides, Jonathan Lethem y Augusten Burroughs; y, en una segunda ola, a Junot Díaz y Dave Eggers. Con una procedencia familiar muy semejante, Franzen y Wallace se criaron ambos en ciudades pequeñas del Medio Oeste y tratan en su obra temas similares: la necesidad de una literatura comprometida, la influencia de la tecnología en la cultura, las lacras de la sociedad posmoderna y la interacción del artista con su público. La amistad entre ambos comenzó en 1988, cuando Wallace escribió una carta entusiasta a Franzen, tras haber leído su novela Ciudad veintisiete. Dos años después se conocieron en persona, pero su relación -calificada por ambos como “intensa”- fue epistolar. Si la primera obra de Franzen animó a Wallace a escribir su extraordinaria Broma infinita, fue tras leerla cuando Jonathan escribió Las correcciones, su mejor novela. Lo que iba camino de ser una fecunda amistad al estilo Shaw-Chesterton o Amis-Hitchens terminó bruscamente en el otoño de 2008, cuando David Foster Wallace se ahorcó en el jardín de su casa en California. Al saberlo Franzen se sintió profundamente traicionado, tanto como para escribir que “el suicidio de David estaba calculado para hacer sufrir a las personas a quienes más quería”. En un ensayo donde empleaba con frecuencia la palabra “ira”, Franzen protagonizó la tragedia de su amigo de un modo que llamó poderosamente la atención en los círculos literarios de su país, desconcertados ante la dureza de sus palabras. Al reflexionar sobre la evolución de la amistad, a por cómo la han vivido varios de los autores más importantes del siglo XX y los inicios del XXI, da la impresión de que, tal como decíamos al comienzo del artículo, la decadencia sentimental es uno de los síntomas de la descomposición de Occidente. Hay quienes opinan que vivir un amor apasionado es más fácil que conseguir una amistad perfecta, pero si buscamos estas palabras -amor, pasión, amistad- en el diccionario, el significado de todas ellas cada vez nos resulta más lejano.

Hay, pese a todo, motivos para la esperanza. Los dos escritores más célebres de Colombia, Gabriel García Márquez y Álvaro Mutis, se conocieron en 1949 y son grandes amigos desde entonces. Pero lejos de deleitarnos con una suerte de exhibicionismo literario al estilo Shaw-Chesterton o Amis-Hitchens, ambos autores apenas mencionan sus seis décadas largas de camaradería, pues hicieron un pacto de silencio que García Márquez define como una vacuna contra la viruela de los elogios mutuos. Los pactos están para romperlos, evidentemente, pues en alguna ocasión aluden el uno al otro, haciendo gala de un humor tan ácido, o más, que el de los autores británicos. En referencia al libro de García Márquez El general en su laberinto -sobre el dictador venezolano Simón Bolívar-, Mutis dice: “Él ve en el libertador a un hombre sagaz, lo que desgraciadamente no era; a un hombre capaz de cálculos políticos cuando se portó sobre todo como un niño consentido; en fin, a un conductor de hombres dotado de una madurez que jamás poseyó”. El Nobel colombiano, por su parte, ha asegurado que Mutis confiesa estar poseído por “un bobo gigantesco, peludo y babeante”, dado a soltar frases ridículas y a corregirle los escritos. Es García Márquez quien ha revelado el secreto de esta respetuosa y sincera amistad: ambos se llaman siempre por teléfono para comprobar que realmente quieren verse. Así contado, suena factible. Pero hoy parecen escasear los escritores, y aún más las escritoras, capaces de practicar durante décadas algo ni remotamente parecido.

La amistad literaria es un cóctel no apto para espíritus mezquinos ni paladares elementales. La receta es sencilla: mezclar los ingredientes a partes iguales, sin agitarlos. El sabor es picante, nectarino, intenso. Esperemos que los audaces se atrevan a catarlo.

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