En Riohacha también Hay Festival

Evelio Rosero y Tomás González, estuvieron en la capital de la Guajira en el marco del Hay Festival. Escritores Wayuu, Patricio Chadwick (de The Clinic), Roberto Burgos Cantor y María Mulata conversaron durante el capítulo del Festival en Riohacha que llegó a su séptima edición.

2014/01/29

Por RevistaArcadia.com


Por séptimo año, el Hay Festival Riohacha se llevó a cabo como anticipo al Festival de Cartagena que irá del 30 de enero al 2 de febrero. 

El día empezó con la presencia tres escritores guajiros: Nemesio Montiel (antropólogo y novelista), Lindaantonella Solano (poeta), Delia Bolaños (novelista), quienes junto a la antropóloga Margarita Serje conversaron sobre sus obras literarias. 

Los tres “proponen una literatura de frontera” aseguró Serje -profesora del departamento de Antropología de la Universidad de Los Andes-, “sobre y desde la frontera que supone el territorio de la Guajira”. Una frontera que es intercultural y lingüística, y que se refleja en textos casi bilingües en los que aparecen entremezclados conceptos wayuus, guajiros, y propios de las culturas europeas. Una convivencia que los tres resaltaron o al interpelar al público al menos una vez en lengua wayunaiki. 

Montiel, guajiro venezolano, contó que hace unos años se creó un comité para traducir Cien años de soledad al wayunaiki. Aseguró que han traducida tres cuartas partes de la obra pero que la coordinación editorial desapareció por lo que hizo un llamado público a que se reactive y puedan terminar la traducción. 
Evelio Rosero tiene es un hombre de voz queda, no la más conveniente para un auditorio, pero lo compensa con una pronunciación nítida y claridad en lo que cuenta. Rosero, quien acaba de publicar la novela Plegaria por un papa envenenado, que se centra en el corto papado (33 días) de Juan Pablo I, recordó sus inicios como escritor. Un sueño marcado por la idea romántica de la Paris de los escritores del boom, que Rosero fue a buscar infructuosamente. “Quería hacer ese recorrido de Vargas Llosa y García Márquez” contó “mis padres me dijeron que si me dedicaba a escribir iba a morir de hambre. Tenían razón. En París tocaba la flauta en el metro para poder comer”. Después de un año, Rosero pasó a Barcelona, una ciudad que sí lo cautivó y donde vivió cuatro años. 

Rosero contó con ejemplos cómo tuvo que enfrentarse a los editores de Anagrama cuando quisieron alterar su ‘lenguaje colombiano’ para que fuera entendible para el lector español: “donde decía matera, pusieron maceta, donde decía niño, pusieron chaval”. 

Rosero, ganador del Premio Nacional de Literatura (2006), y del Premio Tusquets de novela con Los ejércitos, cuestionó los estímulos de los premios literarios como motor de la escritura. “Veo muchos jóvenes con un afán enorme por la fama y por ganar dinero” dijo, “yo aconsejo a los escritores jóvenes que nunca escriban una obra para ganar dinero o un concurso… Cuando no ganen un premio, digan simplemente ‘se equivocó el jurado’, y sigan escribiendo. 

También contó Rosero el asombro que le causó el que le preguntaran si la violencia que relataba en Los ejércitos sí existía cuando presentaba la novela en Europa. Ahí se acordaba de cómo en Colombia se acostumbró a un estado de cosas malsano, la violencia como normalidad.

De esa violencia silenciosa habló Tomás González en su conversación con el escritor Ramón Illán Bacca. “Me tocó el eco de la violencia partidista” dijo González -de voz gruesa y medido en sus palabras- “crecí oyendo historias de esos horrores. Eran cicatrices muy recientes”. 

Historias que González usaría como insumo para su prosa. “Tenía la noción de que si lograba mostrar la violencia como una enfermedad crónica, que ha afectado a Colombia desde siempre, podría comprender mejor el fenómeno. Si conseguía mostrar la maldad con rostros de seres humanos, se abría una esperanza entenderla”. 

La tragedia es parte de la condición humana. Contundente, como su prosa, González reconoció que pone a sus personajes en situaciones límite. “Pienso que la vida se manifiesta con mayor intensidad, brillas y belleza en esas situaciones”, cuando se mira de frente a caos, cuando se siente la inminencia de la muerte. 
Y a esas mismas emociones atribuye que su obra haya tenido una buena acogida en un país tan distante culturalmente de Colombia como Alemania. “Creo que la humanidad es muy parecida en muchas partes. Lo que consideramos más importante se repite en muchas partes,  el miedo, la muerte... Somos la misma criatura y eso hace posible que las traducciones funcionen y que nos entendamos unos a otros".

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