'El árbol de Navidad' de Winslow Homer (1858).

Un recuerdo navideño de Luz Mary Giraldo

La poetisa de Ibagué narra la historia del mejor pesebre de su vida, ese "paraíso de la infancia [que] quedó en la memoria".

2016/12/21

Por Luz Mary Giraldo

El pesebre más grande de mi vida

Recuerdo nítidos los diciembres de mi infancia. Las fiestas navideñas empezaban con la noche de las velitas, cuando podíamos acostarnos más tarde de lo habitual, estar pendientes de que no se apagaran los faroles y encender luces de bengala que girábamos con manos inseguras hasta que las chispas se apagaban. El 16 se iniciaban las novenas en las que los niños nos turnábamos la lectura y el placer de entonar “ven a nuestras almas, Jesús, ven, ven”, hasta que llegaba el 24 con sus expectativas. Vendría el Niño Dios, a quien esperábamos forcejeando con el sueño, para verlo entrar con los regalos. Más malicioso que nosotros, nunca se dejó ver. El día de los Reyes Magos acababan las fiestas y a la mañana siguiente todo volvía a ser igual. Diciembre, como dice algún poema, “era deshacer lo rutinario/ dar vuelta hacia el origen/ donde comienza el horizonte”.

Hay uno especial en mi memoria. No había llegado a la llamada edad del uso de la razón. Como todos los años, iríamos a visitar a los abuelos. Comenzaba una especie de umbral hacia el lugar de los ancestros: debíamos llegar a la estación del tren a las 5 de la mañana, para estar al mediodía con esa enorme familia llena de tíos y tías, primos y primas, donde no nos sentíamos solos y la imaginación se desbordaba.

Un día de esos, las mujeres invitaron a hacer el más maravilloso pesebre que recuerde. Se hizo en los bajos de la casa de una de las tías y fue como si entre todos creáramos un enorme paraíso. Poco ecológicos entonces, los más chiquitos nos encargamos de buscar musgo y quiches. Las mamás construían el lugar del nacimiento en lo más alto y cada uno de los niños tuvo sus figuras para hacer su propia parcela. Entre todos armábamos un mundo feliz: iglesias y casitas coloridas de cartón, muñecos jugueteando, corrales con gallinas, rebaños, pesebreras, caballos, vacas, perros y gatos, en fin, toda una zoología que incluía animales salvajes y hasta figuras extraterrestres en franca convivencia. En las montañas sobresalía el nevado hecho sobre una lámpara cubierta de algodón, del que nacía un río cristalino que llegaba a un lago con cisnes, patos y peces. En los árboles habían pájaros y más abajo agregamos playas con palmeras.

Las figuras emblemáticas eran grandes y sobre el lecho de paja para el Niño había una estrella de cristal. Movíamos los Reyes Magos cada día para mostrar que se acercaban. Las familias se turnaban la preparación de la natilla, los buñuelos, la pólvora y los villancicos. Y así fue hasta que llegaron los primeros amores y las primeras ausencias.

El paraíso de la infancia quedó en la memoria. Con el paso del tiempo los pesebres fueron cada vez más pequeños y los rituales escasearon. Un día entendimos que viajar era peligroso, que había temor en las carreteras, que podía correrse el riesgo de no llegar al destino, que había menos parientes esperándonos y que no para todos hay un Niño Dios el 24 de diciembre.

Para leer el resto del especial, haga clic aquí

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.