Una joven madre soltera y su hija, en la vivienda de interés social donde residen. Reino Unido, ca. 1984. Crédito: Steve Eason/Hulton Archive/Getty Images.

"La máquina no para": el miedo y la maternidad

"Bienvenida al mundo donde los hijos se mueren". La periodista Manuela Lopera se pregunta por el terror que viene con ser madre y el poder de las historias para seguir adelante.

2017/06/21

Por Manuela Lopera

Cuando mi hija tenía 48 horas de nacida sentí, por primera vez, la posibilidad real de su muerte. Acababa de alimentarla y la apoyé sobre la cama, boca arriba. De repente empezó a botar una baba blanca, como unas pequeñas burbujas que a medida que salían de sus labios, la iban poniendo más incómoda. Tardamos unos minutos en darnos cuenta de que no estaba respirando bien. Mi mamá la alzó y la niña se puso oscura por la falta de oxígeno: Es grave, es grave, gritaba. Agarramos el bolso y salimos para la clínica. No me atrevía a mirarla. Bajé las escaleras mientras mi esposo sacaba el carro del garaje. En la portería me di cuenta de que iba descalza. Además estaba con la incapacidad reciente de la cesárea y apenas podía moverme. En el carro la niña ya había recuperado el color y nunca supimos si nuestra reacción había sido exagerada. En Urgencias después de revisarla, los médicos decidieron dejarla en observación hasta el día siguiente para descartar cualquier falla cardíaca.

Esa noche fuimos dos autómatas. Llamábamos cada hora a la enfermera para comprobar que estuviera bien. Por la mañana nos la entregaron y el susto no pasó de una mala técnica alimenticia. Aquellos días se atravesó una sombra que a veces se instala más tiempo de la cuenta, y que me dejó una certeza con la que en adelante convivo: mi hija también se puede morir.

Cuando cumplió dos años, nos fuimos para el mar. Era un paseo con varias familias a una cabaña en una de las islas del archipiélago de San Bernardo. Los anfitriones llegarían unos días después. Esa noche una tormenta dañó una parte del techo. Por la mañana recorrimos buscando destrozos y nos dimos cuenta de que el aguacero había reventado la cama del cuarto principal. Además se había dañado la planta eléctrica. Más tarde, la noticia. Venían por carretera desde Medellín y apenas 40 kilómetros más adelante, en una recta en la que hace mucho frío y el ganado lechero se asoma a la vía, perdieron el control. Iban siete personas. El carro volcó y la niña salió despedida. La madre corrió con ella en brazos y se montó con el primero que pasó rumbo al hospital de Don Matías. Entre gritos desesperados comprobaron que el golpe la había matado. María Antonia estaba muerta. Era la misma que apenas hacía unas horas daba saltos de alegría porque se iba para el mar. Ese mar donde estábamos ahora atrapados, encarando un horror que no se parecía en nada a la imagen que teníamos en frente. El reloj se detuvo y todavía nos quedamos un tiempo más en aquella playa, cuya belleza era como una bofetada. Observaba la gama de azules, ese paraíso de viento, de sol, de arena blanca. Yo miraba a mi niña plena de vida, a la misma que se había puesto morada dos días después de nacer y pensaba en ella, siete años cumplidos, inerte en los brazos de esa mamá que en adelante iba a quedar atrapada en un pozo de locura.

El impacto fue cediendo pero mientras tanto, me agobiaba un pensamiento: María Antonia había muerto en un accidente y era posible que a mi hija pudiera pasarle lo mismo. Ahora esa idea no me dejaba en paz, nadie podría asegurarme que iba a crecer sana y alegre como hasta ahora. Bienvenida al mundo donde los hijos se mueren.

Entonces, todavía no sabíamos qué responder ante la pregunta de si queríamos tener otro hijo. Creo que entre nosotros tampoco teníamos claridad sobre el hecho de aumentar la familia. Umm sí, bueno, a lo mejor, en unos años. No queríamos reconocer que nos espantaba pensar en otra criatura que proteger. En esa labor agotadora, de nunca dejar de chequear su respiración, el ritmo de sus latidos, el sueño en mansa calma.

Ahora, varios años después, no sé con certeza si ese episodio me desalentó de ser mamá de nuevo. No puedo saberlo, pero sí sé que a partir de esa mañana yo no volví a ser la misma. Me enloquecí buscando similitudes, coincidencias siniestras, estaba convencida de que me esperaba lo mismo, que el destino no iba a perdonarme.

Hemos sido papás sobreprotectores. A lo largo de los años he estado atenta a posibles ahogamientos con pedazos de comida o juguetes, me mudé a un piso alto y puse mallas en todas las ventanas, vivo atenta a los seguros, los cinturones, las piscinas. Ver noticias es un curso intensivo para graduar a padres paranoicos como yo, que estoy siempre lista a agregar un nuevo miedo a mi rutina de supervivencia.

Y a pesar de todo, continuamos, encarando a nuestra manera la misión de ser una familia. Pero hace unos años, vino la tragedia del bebé de mi hermano. Su esposa estaba embarazada a punto de dar a luz. 40 semanas y madre primeriza a los 37. Habían decidido tener el parto en la casa, con el agravante de que la suya quedaba en una vereda remota, que al final no hizo más que complicarlo todo. Unas contracciones fuertes la alertaron de que algo no estaba bien. Se fueron hasta el hospital pero ya era tarde: el niño se había ahorcado con el cordón. Mi sobrino había nacido muerto.

También mis papás pasaron por un dolor así. Yo no había nacido y su segundo hijo, David, se murió después de una agonía de 6 días con una meningitis. Tenía nueve meses, era un bebé fuerte y hermoso, y una fiebre súbita desencadenó en una infección fulminante. Mi mamá no se aferró. Sabía que el pobre niño, de sobrevivir, iba a quedar con secuelas irreparables. Los dos afrontaron la muerte de su hijito apostando al futuro porque estaba el mayor, que sin querer se había echado la culpa por la desaparición de su hermano.

Digamos que la historia de mi vida comenzó con una familia de cuatro y una sombra. Yo sabía que tenía un hermanito muerto, un bebé que veía en fotos y que era como el niño perfecto que no vivió. Ahí estaba, con su pijama puesta y un enorme sombrero de vaquero mientras se sostenía con las manitos dentro de la cuna, o recién bañado, sentado sobre la lavadora recibiendo el sol que entraba por la ventana. Nosotros ya no íbamos a tener más hijos, queríamos dos, pero David se murió y naciste tú. Lo que es igual a decir que nací gracias a una fatalidad: mi hermano se tuvo que morir para que yo pudiera venir a este mundo.

A través de Lola mi hija, compruebo cómo los pensamientos se van alineando con lo siniestro. Los cuentos que más le gustan son en el fondo historias terribles. Personajes huérfanos, padres incestuosos, madrastras perversas y madres torturadas por la pérdida de sus hijos. Las zapatillas rojas de Andersen es un cuento de una niña pobre que pierde a su mamá y recibe una maldición hasta que muere. La leyenda de La Llorona que es un alma en pena lamentándose por sus hijos muertos, o Blancanieves, a quien alcanzan a velar en un cajón de cristal.     

A mí me sorprende que, a su corta edad, ya intuya con tanta claridad la tragedia de la vida. Algunas noches antes de dormir se pone a pensar en lo que será de nosotros cuando el tiempo pase y nos llegue la hora de morirnos. Hace un tiempo, en un viaje reciente, se puso a hacerme masajes relajantes. Le gusta porque juega con la crema y los papás aprovechamos ese entusiasmo. Cuando terminó le dije que ahora era su turno y empecé a masajearla. Puse música para que se relajara más. No pasó mucho tiempo, estábamos en silencio, cuando vi que apretó su cara contra la almohada, respiraba agitada. Lloraba desconsolada, con un lamento hondo que le venía sin filtro, inagotable. Me asusté. Quise averiguar qué la hacía ponerse tan triste, me dijo que era la música pero no explicó nada más. La música que sumada a los masajes, la dejaba vulnerable y abierta, como un pajarito recién nacido.

Pienso que en esos momentos extraños, de emociones que no comprende, subyace algo de lo que intentaba nombrar al principio. Esa sensación de la existencia como algo tan frágil, tan pasajero, esas epifanías que traen el mensaje de transitoriedad, como si no lo supiéramos, o como si hubiéramos estado lo suficientemente ocupados como para no recordarlo. Entonces, sentirnos vivos no es un júbilo, es una sentencia que estamos condenados a sufrir con cada despertar, con cada vuelta del reloj.  

A pesar de eso, hay algo que se impone: la vida. A los bebés que nacen después de uno que muere, se les conoce como bebés arcoíris. Supongo entonces que yo fui uno. Con mi nacimiento mis papás disiparon su inmensa pérdida y se empeñaron en seguir adelante. Quisiera tener respuestas a las inquietudes de mi hija, decirle que, como en una suerte de hechizo, la máquina no para. Entonces recuerdo la frase que pronunciaba mi abuela: hijos ni nazcan ni mueran. Por las dudas no tiento más al destino.  

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