Marcos Giralt Torrente, escritor español

Marcos Giralt Torrente: arenas movedizas

2014/02/26

Por RevistaArcadia.com

Desde hace dos años trabajo fuera de casa, en un local donde guardo los cuadros de mi padre muerto. El espacio es escaso y la mesa plegable, para poder retirarla en el caso de que necesite sacar uno de los lienzos, pero lo prefiero porque me mantiene a salvo de interrupciones. No así del recuerdo de mi padre, que es omnipresente. En los días malos maldigo el rastro físico que dejan los pintores y me congratulo, rencoroso, del mío, más liviano que legaré a mi hijo; en los buenos, al final de cada frase me acecha la culpa por no haber conseguido la exposición retrospectiva que, creo, él se merecería.

Eso me sucede ahora, en diciembre de 2013. También me sucede que la felicidad más grande que experimento me la proporciona mi hijo de cuatro años, y sin embargo no hay un solo momento en que, si lo pienso, no me aterrorice su futuro y sienta un difuso remordimiento por haberlo traído a este mundo que se me antoja peor que aquel en el que nací.

La alegría es la hermana inseparable de la tristeza, el optimismo no se concibe sin su compañero, el pesimismo, y la esperanza se conjuga a la par que la desesperanza. Nacemos, morimos, y entre medias suceden montones de cosas extrañas que no son fáciles de clasificar porque enseguida algo nuevo viene a contradecirlas.

Crecí en un entorno repleto de artistas. Los amigos de mis padres eran pintores, escritores, directores de cine…, y mi infancia fue la de un niño tímido que se sentía más cómodo con los adultos que con sus compañeros de colegio. Esos adultos me alababan, decían de mí que era inteligente, y mi madre me lo repetía con orgullo, pero yo sentía la farsa escondida en sus halagos, pues lo cierto es que no abría la boca. En consecuencia, me ejercité en el silencio.

Tener tantos escritores al alcance me libró de tener que luchar para defender mi vocación, pero no fue imitarlos lo que me hizo escritor, sino los sentimientos encontrados, la duda, las arenas movedizas en la cotidianeidad… Prefería escuchar, observar, y simplemente acabé por darme cuenta –la lectura era ya mi anclaje más sólido– de que la escritura fija la deriva fugaz del pensamiento y solo mediante ella es posible imponer un orden espectral a la realidad: tramar historias donde todo cabe, reconciliar lo diverso, explicar lo inexplicable…

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