'Ein Herzensgeschenk' de Ludwig Blume-Siebert, 1888.

Un recuerdo navideño de María Cristina Restrepo

La escritora de Medellín comparte el ritual de construcción de un pesebre que la transportaba a "otro tiempo cargado de promesas, de relatos irrepetibles".

2016/12/21

Por María Cristina Restrepo

Entrar en ese otro tiempo

A mediados de diciembre despejaban el costado izquierdo del corredor encristalado que daba al patio de las flores rojas. La mesa, la lámpara, los libros, se llevaban al cuarto de las herramientas, en espera de que Jesús Martínez, el jardinero, entrara a la casa con serrucho y martillo, además de una buena provisión de tablas y clavos.

Construir el armazón del pesebre le tomaba una tarde, durante la cual yo trataba de recordar, aunque no con la exactitud deseada, cómo se había visto el año pasado. Aquel era el primer anuncio de la Navidad, pero habría que pasar la noche en una emocionada anticipación y aguardar hasta la tarde siguiente, para verlo terminado gracias al trabajo conjunto de mi abuela, el jardinero, las hijas del mayordomo, siempre bajo la mirada del abuelo que cada cierto tiempo dejaba de lado sus experimentos botánicos, o la lectura, para ver cómo progresaban las cosas, regalarnos una palabra de aliento o sacudir significativamente la cabeza, señal aprobatoria que todos esperábamos.

El encerado, que olía a pega y aserrín, cubría la superficie de la armazón formando valles, colinas, desiertos. Me permitían decorarlo con musgo, arena, caminos de piedrecillas, cardos y pequeñas plantas encontradas bajo los árboles. Las cajas con las figuras de cerámica, pintadas de colores vivos, protegidas por viruta de madera, esperaban a que mi abuela diera la orden de abrirlas. Entonces el jardinero arrancaba los clavos con los cuales las había asegurado en enero, luego comenzaba a sacar a La Virgen, a San José, a los Reyes Magos, a los pastores, a las ovejas. Yo esperaba ver salir el ángel con las alas desplegadas, las casitas blancas con los techos abovedados, las palmeras. A la hora del crepúsculo el pesebre, iluminado con pequeñas bombillas colgadas de las ramas de pino que cubrían el techo del establo cobraba vida, convirtiéndose en el escenario para representar la más fantástica historia jamás oída: el nacimiento de Dios en medio del mayor abandono, porque no había que olvidar que la madre y el padrastro estaban lejos de su tierra, apartados de su humilde existencia, cumpliendo el caprichoso mandato de un emperador pagano.

Pasada la cena, con el frio de la noche en las ruanas, llegaban los mayordomos con los hijos y todos nos reuníamos alrededor del pesebre. Las niñas, adolescentes de hablar preciso como su padre, sentenciosas como su madre, traían un tiple, dos guitarras, unas maracas. Se encendían las velas azules y rojas, se apagaban las luces eléctricas. Mi abuelo recitaba casi de memoria la novena con una lentitud que me impacientaba porque solo al final, cuando Matilde y Ema punteaban la guitarra, Rosa rasgaba el tiple y Cruz agitaba las maracas antes de entonar el primer villancico, se abría aquella puerta misteriosa, fantástica, que me permitía entrar de lleno en ese otro tiempo cargado de promesas, de relatos irrepetibles.

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