El escritor Jorge Isaacs (1837-1895).

La conmovedora historia del traslado de los huesos de Jorge Isaacs

En su nuevo libro ‘Las fuerzas del orden y once ensayos de historia de Colombia y las Américas', del sello editorial Taurus, el historiador Malcolm Deas relata el trayecto que recorrieron los restos del autor de ‘María’ desde Ibagué hasta Medellín, y la manera cómo un país recién salido de la guerra celebró con pompa a uno de sus máximos escritores.

2017/05/17

Por Malcolm Deas

Encuentro que en esta época renace el interés académico y literario por la obra de Jorge Isaacs. Con todo, el presente ensayo tiene un origen y sentido distintos y, como tantas inspiraciones, comienza en una librería de viejo, esta vez dentro de una destartalada miscelánea. En compañía de los folletos La historia de los símbolos de la patria panameña y el Pastoral del Excmo. Sr. Ismael Perdomo sobre el comunismo, de 1937, encontré ciento cuarenta páginas densas, imprenta menuda, tituladas Departamento de Antioquia - Medellín - La gran apoteosis de Isaacs - Colección de documentos, discursos, &c., relativos a los honores hechos a la memoria y los restos del cantor de La tierra de Córdoba - 1905 - Medellín - Imprenta Oficial.

Como todos, había leído María; esto, en mi caso, ocurrió hace medio siglo, y como Jorge Luis Borges, me sorprendí al encontrar un libro tan legible, tan cautivador, capaz de cautivar al joven que era entonces y que creía poseer un sofisticado juicio crítico. En esa época escribí un ensayo con la pretenciosa tesis, tal vez cierta, de que la novela es una alegoría en la que el personaje de María representa a la república de su época, muy bonita pero algo epiléptica. En otra ocasión, compré por muy pocos pesos la foto carte de visite de Isaacs vestido como Efraín, con su fina escopeta inglesa; pero aún no sabía nada de su apoteosis y mis lecturas sobre él no llegaban más allá de hojear La revolución radical en Antioquia, que representa un reto incluso para los lectores más persistentes.

Portada de la novela María de Jorge Isaacs publicada en 1897 por Éditions Mateu.

La apoteosis cuenta de qué manera, según su voluntad expresada en una carta a su amigo el general Juan C. Arbeláez, de fecha agosto de 1893 —el escritor iba a morir en Ibagué el 17 de abril de 1895—, Isaacs quiso que sus restos fueran enterrados en Antioquia, “[...] la tierra de Córdoba [...] la patria que vio nacer y se honra con los nombres de Robledo, de Córdoba y Berrío”. Describe en detalle cómo se trasladaron los huesos de Ibagué a Medellín, vía Bogotá, con todas las formalidades, los homenajes, los discursos y las veladas del caso. La documentación del proceso abarca fechas entre julio de 1904 y abril de 1905. Su estudio ilumina, además de las perpetuas formalidades burocráticas de la vida colombiana y la conmovedora solemnidad de los actos públicos de esos tiempos, un aspecto literario-político de la posguerra de principios del siglo XX.

El curioso hallazgo me llevó a leer al fin con cuidado La revolución radical en Antioquia y el aún menos atractivo poema La tierra de Córdoba, en un intento de entender por qué su autor quiso ser enterrado donde sufrió su mayor fracaso político, y a ponderar el significado de esa veneración antioqueña por parte del novelista, que fracasó no sólo como político sino también como hacendado y empresario, y murió en gentil pobreza en la muy provinciana ciudad de Ibagué.

Pero regresemos al folleto. Según el prólogo, iban a pasar muchos años “sin que Medellín vuelva a presenciar un acto tan solemne, a la vez que tan enternecedor y simpático”. No se había visto nada parecido, con la posible excepción de “la magnificencia regia con que Concepción, la amena y patriota población antioqueña, celebró el Centenario de Córdoba”, y de ese esfuerzo desafortunadamente no quedó registro por el pronto estallido de la guerra de los Mil Días. Nada tan impresionante se había visto nunca en Medellín, ni en ocasión de la inauguración del parque de Berrío.

Jorge Obando en el Parque de Berrío al fotografiar una manifestación en 1947.

El proceso se abrió con un decreto del gobernador de Antioquia, el 456 del 4 de julio de 1903. El decreto dio carácter oficial a la junta que se había formado para cumplir con la voluntad de Isaacs, y nombró al general Pedro Nel Ospina, quien había ofrecido sus servicios, su delegado para el  traslado de los restos. Se mandó copia de lujo al vicepresidente Marroquín. El gobernador de manera cortés informó de todo a su par del Cauca —Isaacs fue caucano de nacimiento—, con copia del decreto como “prenda de amistad y simpatía”.

Intervinieron algunos “grandes sucesos”, como la separación de Panamá, y después de un año retomaron el hilo, en julio de 1904, con la esperanza de tener los huesos en Medellín a mediados de noviembre de ese año, “[...] a más tardar, el 25 de noviembre próximo, fecha en que empezarán a ausentarse las familias que hayan de salir al campo, y a celebrarse los exámenes de los institutos públicos y privados, seguidos de inmediata clausura de los mismos”.

Se escribió a ciertos antioqueños prominentes en Bogotá, entre ellos Marceliano Vélez y Rafael Uribe Uribe, para pedir su ayuda. Los restos fueron exhumados en el cementerio de Ibagué el 21 de noviembre, en presencia de Daniel, hijo de Isaacs; Juan C. Arbeláez, receptor de la carta de Isaacs sobre el destino de sus huesos e iniciador del traslado, y de Marceliano Vélez, delegado de Antioquia en el asunto. Se habían obtenido los permisos del gobernador del Tolima y del obispo de Ibagué, Ismael Perdomo, más tarde arzobispo de Bogotá y autor del Pastoral en contra del comunismo de mi miscelánea. El redactor de El Tolima estuvo presente en la exhumación:

La palabra humana, escrita o hablada, no tiene poder suficiente para expresar los grandes sentimientos que en un momento dado conmueven todo nuestro ser. Romper la losa funeraria; remover los despojos, revueltos en los despedazados restos que fueron caja mortuaria y sudario, y separarlos uno a uno para no confundirlos [...] y hacer todo esto con la serenidad de que repetiría la delicada operación en una clase de disecación anatómica, valor que ha sido tan grande, que por haberle visto, como lo vimos, recomienda las virtudes filiales de Daniel Isaacs.

No hubo chance de equivocación: “[...] dada la naturaleza de la tumba, la estructura del cráneo y el estado de algunas telas que se hallaron en el féretro, no hay lugar a confusión de ninguna clase”.

Hubo cuatro discursos y el acta de exhumación llevó treinta firmas. La viuda mandó una breve respuesta al saludo del gobernador: “Felix A. Vélez - Ibagué. Con familia agradezco fino, atento telegrama. Correspondemos saludo. Felisa de Isaacs”. La urna salió con Marceliano Vélez para la capital.

Fin de la escena en Ibagué: el día 10 de diciembre, después de una breve inspección de los restos, fue solemnemente entregada por Lisímaco Isaacs y Juan C. Arbeláez otra vez a Vélez, quien lo iba a llevar a Medellín. Por la noche, una “Junta Isaacs” organizó una velada literaria en honor del poeta en el teatro Colón. Hubo más discursos, por lo menos siete. Hubo recitaciones: Max Grillo declamó el poema La tumba de Belisario, “con merecidos aplausos”. Rafael Uribe Uribe después recitó La tierra de Córdoba, “que dejó oír con voz clara y firme, bien que es de sentirse no le hubiera dado un poco más de entonación poética”. La vedette de la ocasión, según el resumen en la revista El Santo y Seña, fue el doctor Antonio José Restrepo:

Empezó por decir que se sentía colombiano en esos momentos, y al pronunciar esa palabra, surgió el orador de inflamado verbo, que atrae, que conmueve, que fascina, que arranca aplausos. Lamentó la falta de los llamados a completar aquella fiesta, y con frase de oro, pero quemante como un ascua, marcó la indiferencia de esos tales egoístas para hermosear la alabanza de Isaacs. Rememoró las glorias de este, lo esbozó por sus conceptos más salientes de literato y poeta; dijo que Isaacs era admirado allende los mares, en donde también se lloraba sobre sus páginas, y que aunque él —el orador— había sentido las flechas de su carcajada, se honraba en mostrar las cicatrices.

Aplausos y más aplausos. ¿Quiénes fueron los egoístas que faltaron? ¿Marroquín? ¿Caro? Provisto de una corona de laurel por la Comisión de Señoras y Señoritas, y de la llave de la urna por el general Arbeláez, el general Vélez salió para Medellín.

En La gran apoteosis no falta ningún detalle de su viaje y su llegada: los telegramas que marcaron su paso, la mandada por el gobernador de Antioquia de “un peón” a su disposición a Caracolí, los mensajes de los otros departamentos al gobernador nombrando sus representantes en la recepción, el nombramiento de un representante del gobierno nacional por el recién instalado presidente Rafael Reyes, tal vez menos egoísta que su antecesor. La entrada a la ciudad tuvo lugar el 22 de diciembre por la tarde:

[...] a la hora indicada, se reunió en el parque de Berrío un numeroso concurso. Contra lo que se esperaba, en atención a lo vacío que está Medellín con motivo de las vacaciones, millares de personas formaron el acompañamiento, y este desfiló solemnemente hacia la Capilla de Jesús, donde debía recibir las cenizas del glorioso poeta.

El desfile fue muy completo: la Guardia Civil y la Gendarmería, la Banda de Cornetas, los artesanos por gremios en filas de seis personas, el alcalde y los empleados municipales, el prefecto, el honorable Consejo, el Tribunal Superior, las academias, el gobernador y el comandante de la Guardia Civil, los representantes del gobierno nacional y los departamentos, el cuadro alegórico de Antioquia con los restos, la Colonia Caucana, el Centro Artístico, la Junta Isaacs [...] hasta “los caballeros que no queden comprendidos en alguno de los números que proceden”, seguidos como retaguardia por la Banda Marcial.

Hubo dos carros alegóricos: uno con la corona que ofreció el Tolima y otro en que se destacaba la graciosa y gentil figura de una rubilla de facciones finas, ojazos claros y limpios, perfil correcto y suave y ondulada cabellera. El atavio sencillo al par que artístico —como que se reducía a una blanca tunicela de seda y a un manto de rojo terciopelo— realzaba la belleza majestuosa de la niña, que, en la actitud en que aguarda María sobre una piedra la llegada de Efraín, representaba a Antioquia en el momento de recibir el legado con que la honró el gran novelista.

Escena de la primera versión cinematográfica de María (1922).



Hubo más coronas con cintas y tarjetas —el largo listado de los nombres de los que las ofrecieron está en el informe— y “había treinta y dos coronas más que perdieron sus tarjetas durante el desfile”. Hubo cinco discursos más. Luis de Greiff los reseñó en La Organización: “[...] habló en nombre del Departamento del Tolima el Dr. Enrique Ramírez, con su decir especial en que suple la deficiencia de la voz y los inconvenientes de su no muy marcial figura, con imágenes rotundas y originales pensamientos”. Entonces, fue un acto diverso, por decir lo menos.

Llevaron la urna a la catedral, donde iba a esperar hasta el 15 de febrero para el entierro.

Tanta formalidad, burocrática y política, tantos decretos, actos y firmas. Tanta solemnidad. Tanto detalle, tanto afán de participar. Tan finos los críticos de los discursos y recitaciones, en un país recién salido de tres años de guerra civil (tal vez por eso). Y hubo también tantos generales: Reyes, Arbeláez, Vélez, Ospina, Uribe Uribe... Detrás de las costumbres y la retórica de la época, que nos parecen a veces de una ingenuidad y sensiblería risibles, pasaba algo profundo.

Los funerales del 15 de febrero empezaron en la catedral, con misa cantada y gran música, “la orquesta feliz que ostenta los arcos de D’Aleman, Gaviria I. y otros; la flauta de Posada, esa soñación de Orfeo [...]”. Otra vez, la penúltima vez, fue necesario inspeccionar los huesos.

Siguió el desfile al cementerio, ya aumentado por la gente regresada de sus vacaciones. El programa enumera 33 secciones, marchando otra vez “en filas de a seis personas”, empezando con los oficiales de la Guardia Civil, pasando por las escuelas, la universidad, las academias, el Tándem Club, el Club Unión, etcétera, hasta terminar con la Banda Marcial. Hubo cinco carros alegóricos, tres de ellos con su ninfa a bordo: las Señoritas Mariana Gómez Posada, Genoveva y Magdalena Arango. Por la ruta, ricos y pobres decoraron la fachada de su casa.

Según el relato muy completo de La Miscelánea, “Aun hubo dos episodios tiernos” que pasaron inadvertidos para la mayoría del público. El primero de ellos, la presencia de Epifanio Mejía en el panteón, adonde se lo condujo, probablemente a instancias suyas, desde el no lejano manicomio. Allí estaba contemplando la apoteosis de su hermano, con mirada triste y fija, el dulce cantor de las auroras antioqueñas. ¿Qué ideas concibió aquella mente que soñó los sueños de las almas grandes, bajo la mirada pura y creadora de la poesía? “¡Qué hermoso es esto!”, fue lo único que pudimos oírle al pasar junto a él en medio del turbión de gente.

El otro episodio ocurrió al tiempo de volver a colocar en la urna el cráneo del poeta, que había sido extraído de allí para identificar los restos al tiempo de firmar el acta de inhumación, y que hubo que poner en alto para que la preciosa reliquia pudiera ser contemplada por la multitud que anhelaba verla:

Las damas inmediatas a la mesa en que estaba la urna pidieron algunos de los cabellos adheridos al cráneo, y naturalmente, se accedió a esa solicitud hecha con afectuosa delicadeza. Esta manifestación de cariño al glorificador de las vírgenes de la Montaña, manifestación que se asimila a los seres amados que se adelantan en el camino de la eternidad, es, sin duda, la más poética y angelical de todas. Entre los honores que la gloria humana concede a la memoria de un muerto, no habrá ninguno que supere en magnificencia al de que parte, siquiera sea mínima, de las reliquias de este quede custodiada por un corazón casto y virginal.

Muestra tal vez de cierta fatiga, y de miedo a los oradores espontáneos, la junta organizadora puso en mayúsculas en el programa “no habrá otra lectura que la de los discursos de los Sres. Pedro Nel Ospina, Fidel Cano y Carlos E. Restrepo, y la del canto La tierra de Córdoba, hecha por el Sr. Gabriel Latorre”.

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