Mario Vargas Llosa, Nobel de Literatura

Mario Vargas Llosa

2014/02/26

Por RevistaArcadia.com

Aprendí a leer cuando tenía cinco años –en 1941, pues– en mi primer año de primaria del Colegio de La Salle. Mis compañeros de clase tenían un año más que yo, pero mi mamá se empeñó en matricularme porque mis travesuras la volvían loca. Nuestro profesor era el hermano Justiniano, delgadito, angelical y con la cabeza blanca casi rapada. Nos hacía cantar las letras, uno por uno, y luego, cogidos de las manos, en rondas, deletrear, identificar las sílabas en cada palabra, reproducirlas y memorizarlas. De los coloreados silabarios con animalitos pasamos al librito de historia sagrada y por fin a las historietas, los poemas y los cuentos. Estoy seguro de que en esas navidades de 1941 el Niño Dios depositó en mi cama una pila de libros de aventuras, de Pinocho a Caperucita Roja, del Mago de Oz a la Cenicienta, de Blanca Nieves a Mandrake el Mago.

[…] En todo caso, las ficciones de mi niñez boliviana son para mí reminiscencias todavía más cálidas que las de los seres de carne y hueso de esos años. La prueba de la memoria es decisiva. Aunque los recuerdos de mis amigos y mis travesuras de Cochabamba son muy vivos, lo son todavía mucho más los de los países y personajes de la ilusión literaria, que aún centellean en mis recuerdos.

[…] No hay duda de que mi vocación de escritor se empezó a gestar allí, en esa casa de Ladislao Cabrera, a la sombra de esas lecturas y como una derivación natural de la hipnótica felicidad en que me sumían las peripecias que los libros me permitían vivir, protagonizar, gracias a esa exaltante taumaturgia: leer. Esa vida no era la misma vida de La Salle, mis amigos, la familia y Cochabamba, pero, aunque fuese impalpable, no era menos real, es decir, menos sentida, gozada o sufrida que la otra. Y era, además, mucho más diversa e intensa que aquella, conformada por las rutinas de cada día. El poder trasladarme, mediante la simple concentración en las letras de un libro, a los abismos marinos, a la estratosfera, al África, Inglaterra, Bélgica o los mares de Malasia, y del siglo XX retroceder en el tiempo a la Francia de Richelieu y Mazarino, y, con cada personaje de la ficción, cambiar de piel, de cara, de nombre, de oficio, de amores, de destino, encarnar de este modo a tantas personas distintas sin dejar de ser yo mismo, fue un milagro que revolucionó mi vida y la imantó desde entonces a los maleficios de la ficción. Nunca me cansaría de repetir esa magia, con la fascinación y el entusiasmo de mis primeros años, hasta convertirla en el quehacer central de mi existencia.

 

Fragmento tomado del artículo Semilla de los sueños, escogido por el autor para esta publicación.

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