Robert de Niro en 'Taxi Driver' (1976).

‘Taxi Driver’: un viaje al infierno

La película de Martin Scorsese, estrenada hace 40 años, toma como punto de partida la Guerra de Vietnam para explorar la psicología de un taxista que recorre, a solas y psicótico, el laberinto de Nueva York.

2016/07/21

Por Juan Carlos Lemus

Con Taxi Driver, Martin Scorsese se llevaría en 1976 la Palma de oro oyendo así el pistoletazo de salida a su carrera como realizador. De esta manera el director también ajustó las cuentas sociales de la desaventura gringa en Vietnam rodando con algunos de los mejores exponentes del llamado ‘movie brats’ un guion de tintes autobiográficos de Paul Schrader y encargándole a Robert DeNiro el trabajo de ponerse en las botas de Travis Bickle: un insomne excombatiente de Vietnam en Nueva York.

Oímos redoblantes mientras un taxi atraviesa una cortina de humo. Un corte da paso al tranquilizador saxo y en un primerísimo plano un rostro noctámbulo de esquivos ojos refleja los colores de la ciudad. Los fotogramas iniciales advierten lo que vendrá en este psicodrama. Travis busca ser taxista como escape a su insomnio en medio de una creciente adicción al porno y a las armas. Su nuevo oficio recorriendo la Gran Manzana profundiza su soledad y las contrariedades que siente hacia la sociedad americana. Sus insolvencias emocionales se ven manifiestas en  los mensajes de las tarjetas enviadas a sus padres. Demasiados son los desafíos a los que su limitada empatía debe hacer frente en medio de los habitantes de la metrópolis.

No es un secreto que los italianos son orgullosos de lo suyo. La filmografía de Scorsese, el vecino de Queens, lo revela en el tratamiento que le da a su ciudad, que en este caso funciona como la analogía del desequilibrio interno de su protagonista. Las calles neoyorkinas sirven para dar cuenta de la inadaptada psique de Travis, que ambiciona verlas  “limpias de escoria”. Al son de un jazz casi sedante, ve la basura, las drogas y la prostitución como síntomas de degradación social. La neurosis que le domina hace metástasis por culpa del aislamiento típico de un veterano de guerra. La falta de herramientas emocionales hace que la soledad en la que está atrapado solo subraye ese carácter autodestructivo y sociópata que lo lleva a culpar a los demás de sus falencias. Siempre es noche para Bickle.

La luz del día aparece en sus frenéticos intentos por romper las amarras de su clausura, con Betsy —Cybill Shepherd— y la compra de armas. La primera resulta en un círculo vicioso; la segunda lo prepara, alista y hace ejercitar. Si la sociedad no lo quiere, sus heridas psicológicas solo le permiten ver una salida: ya no podrá superar el “vivir pensando en uno mismo” para poder “ser como los demás”. Y mientras sigue adelante con su plan, en esas calles nuestro chofer se encuentra con una pequeña rendija de redención: conoce a Iris —Jodie Foster—, una niña prostituta con la que intenta entablar una relación de cuidado y amparo.

Durante la búsqueda de ese vínculo, llega el momento definitorio de su delirante solución: el encuentro con el candidato presidencial y jefe de su amada. Pero la torpeza de Travis hace que dilapide la oportunidad y en una desesperada carrera termina por ser el espontáneo agente que pone fin a los problemas de Iris sometiendo brutalmente a sus abusadores. Lo que parecía apenas un recodo de esperanza le adelanta y pone como héroe. Él logra escaparse hasta de sí mismo. En sus paredes hay recortes de periódico y cartas de agradecimiento por su hazaña.

¿Los mentados 15 minutos de fama son su renacer? No. Es noche, sigue siendo noche. Cada vez que uno repite Taxi Driver queda la misma incómoda sensación: la enfermedad no tiene cura y su acto heroico es apenas una feliz coincidencia. La mirada de Travis al despedirse de Betsy resalta que no hay salvación dentro de semejante estado de corrupción. Se trata de una última escena que conmueve hasta el horror, pues desciende, en los recorridos de un taxista dentro de la Gran Manzana, a las simas más oscuras de la soledad humana.

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