El escritor Maximiliano Barrientos.

“El ocio es la verdadera materia de la escritura”

El boliviano Maximiliano Barrientos (Santa Cruz de la Sierra, 1979), uno de los escritores más importantes de su generación, habló con nosotros sobre los retos de envejecer, la importancia de Faulkner y el poder del inconsciente, entre otros temas.

2016/06/28

Por Efraín Villanueva

Cuando en 2006 el escritor boliviano Maximiliano Barrientos publicó su primer libro de cuentos, Los daños, su coterráneo Rodrigo Hasbún dijo: “es un gran primer libro. Leyéndolo e imaginando lo que vendrá, de su autor podemos y debemos esperarlo todo”. Desde entonces Barrientos no ha parado de escribir. En 2007 presentó Hoteles, una novela en la que los personajes son un actor y una actriz porno intentando escapar de su pasado. En 2009 publicó Diarios, otra colección de cuentos con la que ganó el Premio Nacional de Literatura de Santa Cruz. Inició el 2015 con la novela La desaparición del paisaje, que escribió en mayor parte mientras cursaba el MFA en Escritura Creativa de la Universidad de Iowa gracias a la beca Iowa Arts Fellowship, y lo terminó con otra colección de relatos: Una casa en llamas.

¿Qué es un buen libro?

Me gustan los libros en los que se siente al inconsciente trabajando, fluyendo, destruyendo todo a su paso. Me gusta escuchar su motor. Si hay eso, la novela o el conjunto de cuentos me conmueve, me horroriza, me entristece, me asquea. En cualquier caso me provoca una reacción, me interpela, me hace mirar el mundo mediatizado por una subjetividad que no es la mía, y eso es algo que agradezco porque no importa cuán dañino sea, me hace sentir menos solo. Si bien esa pulsión es lo esencial, no creo que con su sola presencia sea suficiente. Me interesa mucho la estructura y el estilo, los únicos dos aspectos en los que el escritor tiene algo de control. Me interesa que estos dos vectores no interfieran con el inconsciente, sino que lo encaucen, lo potencien. Si hay una convergencia de estas tres cosas, por más que el libro corra en una sensibilidad diametralmente opuesta a la mía, lo leo receptivo.

¿A quién imita?

A nadie, al menos no conscientemente. Eso no quiere decir que no haya influencias. La literatura que más leo es la norteamericana, luego la argentina, la del resto de los países latinoamericanos y finalmente la del resto del mundo. En ese orden.

¿Cuál es la mejor hora del día para escribir?

Las mañanas, cuando el cerebro está descansado.

¿La parte más difícil de escribir?

Tener algo que contar después de que se dejó atrás la primera juventud. Todos tienen una historia cuando son muy jóvenes, el problema es envejecer y tener algo que contar sin que la voz resulte impostada.

Martín Boulocq, un amigo cineasta, me habló una vez de su teoría del pozo. Cada artista tiene dentro de sí un pozo del que saca agua. Algunos, en su primera obra, agotan la reserva y todo lo que viene luego resulta lodoso. Sus libros o películas o discos se vuelven un refrito del primero. Otros dosifican la reserva a lo largo de cinco o seis o más obras: estos quizás sean los más felices, los que supieron ahorrar y distribuir la energía. En algún momento el pozo se seca, y si uno tiene suerte, excava otro y puede explotarlo por un tiempo más. Si no hay suerte, la actitud más digna es la que asumió Rulfo.

¿Qué está ocurriendo en la literatura de Maximiliano Barrientos? ¿Qué se viene?

Tengo una nueva novela y un libro de ensayos autobiográficos. La novela ya está en su última versión, ya no tendrá modificaciones estructurales. El de ensayos está en una fase avanzada, pero no definitiva.

¿El escritor nace o se hace? ¿Se puede enseñar o hay que nacer con talento?

Creo que cualquier persona con cierta noción de estructura (cómo se arma la escena y el resumen, cuáles son los alcances y las limitaciones de ciertos puntos de vista, cómo se sostiene una intriga a lo largo de un determinado número de páginas) puede escribir un conjunto de cuentos o una novela. Puede incluso escribir libros legibles. No creo que el talento, en ese sentido, sea un factor decisivo. Sin embargo, si hablamos de libros que no sólo sean legibles y que sí interpelen a la tradición, que conmocionen, el talento es clave. En ese caso el talento es lo único que de verdad importa. El talento es un don, y como todo don, es difícil saber si se tiene o no, por eso el oficio de la escritura es también un acto de fe.

Hanif Kureishi es profesor de escritura creativa de la Universidad de Kingston (Londres). En 2014 aseguró, entre otras cosas, que el 99% de sus estudiantes puede “escribir frases pero no contar una historia sin causar aburrimiento”. Afirmó que mucho de lo que se enseña en esos talleres es inútil y que él no pagaría por entrar a uno. ¿Cuál es su opinión al respecto, como egresado y profesor de este tipo de programas?

Es raro esto que dice Kureishi, porque escribió un texto hermoso sobre su experiencia como tallerista. Se llama “Soñar y contar”. Probablemente, cuando mencionó esto que señalas en la pregunta, pasaba por un periodo de agotamiento, lo cual también es comprensible. Dictar talleres te obliga a leer de una forma técnica en todo momento, y esto puede desgastar.

No concuerdo con lo que dice Kureishi en la entrevista que mencionas. El aburrimiento es un criterio subjetivo. A algunos lectores les debe aburrir leer a Stephen King y deben gozar con propuestas como las de Nathalie Sarraute. Me parece una frivolidad lo que dice el inglés, el criterio del ‘entretenimiento’ que provoca un texto no tiene nada que ver con su calidad estética.  

Los talleres convierten a sus asistentes en buenos lectores, esa es su meta primordial, eso es lo que se debe exigir en sesiones de este tipo: deben concientizarse de las herramientas para abordar un texto de ficción, deben saber qué sobra, qué entorpece el ritmo, qué escenas necesitan más información. Luego cada quién hará con su obra lo que pueda, dependiendo del talento y de la perseverancia y de la obsesión que tengan.

Las escuelas de música y pintura han existido siempre y no son muy cuestionamientos. ¿Por qué cree que sí pasa esto con la escritura?

Quizás porque el lenguaje es innato en todos los hombres, a diferencia de la música o de la pintura. Nadie nace sabiendo tocar una guitarra o sabiendo pintar un paisaje, pero todos los que han cursado la secundaria pueden escribir lo que hicieron un fin de semana, la borrachera que se mandaron o el viajecito de verano en el que tuvieron un romance.

A los talleres de escritura hay que analizarlos dentro de un marco histórico: son recientes, de hace sesenta o quizás setenta años. Los de música y de pintura existen desde hace siglos, esa es otra de las razones por las que despiertan cierta sospecha.

¿De qué sirve un título en escritura creativa? ¿Cómo ha afectado su carrera como escritor después del MFA de la Universidad de Iowa?

Doy clases en una universidad, es bien sabido que las universidades son lo más jerárquico que existe, por lo tanto el título cumplió una función modesta. También doy un taller en mi departamento, en este caso el título no me sirve de nada. El valor es bien relativo, imagino que si el graduado de un MFA va a buscar laburo a una petrolera, se le reirán en la cara: ese creo que hasta podría ser tema de una novelita escrita por uno de los epígonos de Aira.

Creo que lo más importante de un MFA son los dos años que se le concede a un escritor para que escriba sin que exista ninguna distracción o preocupación material. Al menos, en teoría, ese es el objetivo, la razón por la cual se postula a este tipo de programas. El paréntesis que ese tiempo significa es lo fundamental, no tanto el título. El problema es que algunos programas están mal estructurados y le cargan al escritor con una serie de obligaciones que lo van desangrando lentamente y que le dejan sólo el fin de semana para trabajar en su obra. No le encuentro ningún sentido a esto.

¿Algún libro que nunca leería?

¿Te refieres a escritores que leí en su momento y que no volveré a leer? Un montón: Fresán y Vila-Matas, por nombrar dos contemporáneos en nuestro idioma.

¿Qué libro te parece urgente recomendar ahora mismo?

Hospital Británico de Héctor Viel Temperley y La noche de Jaime Saenz. Dos libros brutales, escritos en estado de trance, que están hermanados por conexiones subterráneas. Y si hablamos de novelistas colombianos, dos monstruos: Evelio Rosero con Los ejércitos y Tomás González con Primero estaba el mar.

¿Qué relee con frecuencia?

El sonido y la furia, de Faulkner, es un buen ejemplo. Entero, lo leí cinco veces en distintos periodos de mi vida. Siempre abro y releo fragmentos de algunos monólogos, especialmente el de Quentin. Sin duda es la novela que más me ha impresionado.

¿Qué clásico tiene pendiente?

El Quijote y Moby Dick.

¿Cuál es la mejor hora del día para leer?

Siempre estoy leyendo, a cada rato. Cuando salgo a hacer alguna diligencia o cuando voy a la facultad, me llevo el libro de turno. Si pasa un día y no le he dedicado aunque sea dos horas a la lectura, me siento mal, la neurastenia asalta mi cerebro. Creo que fue Alan Pauls el que dijo que un escritor tiene que invertir en tiempo, sacrificar estatus económico en post de tiempo. El ocio es la verdadera materia de la escritura, sin ocio no creo que se pueda escribir ninguna novela o cuento que valga la pena. He estructurado mi vida en torno a la posibilidad de tener tiempo para la lectura y para la escritura. Cuando este falta, no funciono de la misma forma, me cargo de estrés, me vuelvo un ser humano más desagradable de lo que usualmente soy.

¿Cuál es un buen motivo para abandonar un libro?

Los dejo cuando ni siquiera hay algo en la prosa que sacuda mi cerebro. Un libro con buena escritura y con una intriga endeble es mucho más tolerable que un libro con una escritura torpe y con una intriga sólida.

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