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Mientras tanto

Quedamos de vernos en el planetario, a las seis pasaditas. De mañana tuve clase y en la tarde adelanté algunos trabajos. Para terminar de pasar el tiempo compré algo de ropa con ocasión de mis cumpleaños. Estrené ese mismo día. Después de todo llegué antes de lo acordado, pero no era el único, Juan ya estaba ahí...

2014/01/28

Por Julian David Cardozo

Mientras tanto

Quedamos de vernos en el planetario, a las seis pasaditas. De mañana tuve clase y en la tarde adelanté algunos trabajos. Para terminar de pasar el tiempo compré algo de ropa con ocasión de mis cumpleaños. Estrené ese mismo día. Después de todo llegué antes de lo acordado, pero no era el único, Juan ya estaba ahí. No hablamos mucho, supimos que la espera iba a ser larga y para no empezar la noche con un tedio inesperado decidimos subir al chorro de Quevedo y adelantar los ánimos de fiesta.  En el camino dijo que hacía rato andaba por el centro, un familiar se casaba en Las Nieves y por eso estaba de gala, de alguna manera se excusaba por el atuendo. Contó además que había salido antes a fumarse un cigarrillo, y en eso empezó a hablar con un pelado que vendía aparaticos. Un ñerito buena onda —decía—. Hablaron por mutuo aburrimiento, lo cierto fue que se cayeron bien y el recién conocido lo invitó a fumarse un porro, ya lo tenía armado, se lo mostró y Juan elogió la manufactura. Mientras lo veía el hombre le pidió que lo esperara un rato mientras dejaba las cosas a unas cuadras. Lo esperó unos diez minutos, se cansó y arrancó para el planetario. Quedamos de fumarlo cuando llegáramos al chorro.

La algarabía ya se sentía y apenas faltaba un cuarto para las seis, nos sentamos en la plazoleta, en el muro que tiene doce ventanas, que según dicen representan las primeras doce casas de la ciudad. No se veía policía alrededor y el ambiente era festivo, así que empezamos a mandar señales de humo. Ya para acabarse fumé por última vez, contuve la respiración mientras Juan tomaba sus bocanadas. Botamos el humo al tiempo, y al tiempo, también, salían dos policías detrás de nosotros.

— ¿Dónde es que están fumando? — alcanzamos a escuchar en ese preciso instante.

La nube que se les plantó en la cara no dejaba mucho espacio para las dudas. Casi los trabamos. En medio de burlas y chiflidos nos fuimos haciendo a la idea de que ya no volveríamos al planetario.

De tanta pensadera no me salía media palabra, Juan tampoco hablaba, luego me contó que no lo hizo por no soltar la carcajada. Ya frente a la van desenredé la lengua, traté como pude de persuadirlos pero no valieron los esfuerzos, nos metieron y adentro ya esperaban otros tres personajes a que se llenara el cupo para luego ir a la UPJ. No pasarían cinco minutos cuando nos sacaron y uno de los policías dijo:

— Bueno… y cómo es para no llevárnoslos.

Manitas a los bolsillos y esculcar hasta la última moneda.

—Vea mi hermano eso es todo lo que tenemos —dijo Juan.

—Eso no me alcanza ni pa los buses, métalos, métalos —ordenó el más pequeño.  

De los sujetos que estaban dentro de la van uno parecía realmente malhumorado y los otros trataban de parecer lo mismo que él, se miraban con complicidad y luego nos miraban. Empezaba una intimidación silenciosa. El mensaje era tan obvio que apenas inquietaba, pasa así con los lugares comunes, siempre despreocupan. Sin embargo, para no decepcionar a nuestros anfitriones nos miramos con cierta preocupación, que debió parecer más una resignación. De cualquier forma no esperábamos pasar desapercibidos con nuestra facha.

 

Luego de un rato empezamos una charla tranquila con mi compañero, eso debió defraudar a los otros tripulantes, pero los animó a conversar un poco. Así supimos que los habían cogido robando, luego los enteramos de que nos habían cogido fumando. Al rato fue más un interrogatorio recíproco. En qué barrio viven, a qué se dedican, con quién viven, dónde estudiaron; y en general esas acostumbradas divagaciones que no llevan a mucho, pero por suerte la última pregunta coincidió con uno de los tres. Juan y la hermana estudiaron en el colegio donde el más joven de nuestros compañeros había terminado el bachillerato.

— Terminé hace unos cuatro años —aclaró.

— ¡Ah! Entonces usted debió conocer a mi hermana, Anlly

— ¿Anlly Gomez?

 — ¡Sí!

— ¡Éramos reparceros!

El júbilo fue de todos. ¡Qué extrañas que son las casualidades! Todo coincide, las palabras, el tiempo y el espacio, y qué espacio. Como si se le escapara una verdad al mundo y se nos plantara enfrente, de esas cosas que luego solo pueden ser dichas por la risa que causa la extrañeza. Los ánimos cambiaron, desde luego, pero no por mucho tiempo.

El siguiente pasajero fue un  habitante de la calle, lo cogieron masturbándose en un parque, no lo contó él, se escuchó de los que hablaban fuera de la van, así uno se iba enterando de la historia de quien llegaba. Luego fue un pelado de una universidad cercana, una costosa. Se había metido a robar trago en el Ley que está por las Aguas, junto con una amiga, pero a ella la soltaron. Supongo que lo hizo por emocionarse un rato, porque le ofreció más al policía de lo que nosotros pudimos ofertar. Supongo también que el chantaje realmente no interesaba mucho, lo hacían al lado del carro para que el de adentro escuchara cuanto tenía quien entraba.

Los aromas del sexto pasajero y el temor exagerado del que siguió, fueron arruinando los temperamentos, además ya éramos siete dentro de ese baúl, no había ventilación y la noche ya tiznaba los contornos. El más viejo de los tres, con los que hace un rato charlábamos, empezó  a empujar a quien estuviera al lado para conservar algo de comodidad, luego saco un estuche en el que resplandecía algo, la intimidación comenzaba nuevamente, esta vez más convincente.

Antes de que entrara el chico del trago escuchamos la conversación que tuvo con su padre por celular. Hablaba con demasiado desdén cuando se refería a los policías, no porque lo fueran, sino por su rango, al parecer el papá lo era también, pero de otra condición.

— Ya van a ver —decía antes de entrar—, no saben con quién se están metiendo…

Esa arrogancia le hubiera costado a cualquiera de los que ya compartíamos cautiverio, no fue así con él. De todas maneras, con todo y pataleta, no le alcanzó para quedarse afuera. Tampoco escuchamos toda la conversación, no por falta de interés, pues había que distraerse de alguna manera para que corriera el tiempo, lo que ocurrió fue que el más irritable de los pasajeros recibió una llamada de la mujer. Desde ese momento empecé a sentir algo de miedo, lástima, ira, y todo se volvía una sola nausea. El trato que tenía hacia ella era perturbador, no sé cuantas veces la habrá amenazado de muerte y seguramente ya lo había intentado. Terminaba las amenazas con un terrible: acuérdese, acuérdese, acuérdese.  

Berraca memoria, puede que nuestra historia no cambie no porque no la conozcamos, sino porque no conocemos otra. Pensaba en esa mujer, paralizada por el recuerdo, no por el olvido. O tal vez de eso se trata el olvido, una memoria que no quiere ser recordada, por eso tan olvidadizos.

Pese a la incomodidad de los siete pasajeros aun faltaban otros dos por entrar. El primero de ellos fue un barrista, de esos hinchas cansones. Al parecer no tenía papeles, eso fue lo que dijo él, porque de él ya no hablaron los de afuera. El último fue un borracho, de unos sesenta años, o poco más. El viejo, con la terquedad de los ebrios, se resistía a entrar, decía que ahí lo iban a robar, a violar, y que no y que no. Los policías no se aguantaron las ganas y lo cogieron a bolillo, mientras uno de ellos decía:

  — Ayuden a ver si es que se quieren ir rápido.

No había acabado de decirlo cuando saltaron sobre el borracho los tres chinos y el barrista. Además de unirse a la golpiza lo iban esculcando. Me interpuse entre él  y los pelados.

— ¡No le casquen! —dije mientras empujaba al más grande de todos hacia atrás.

Nadie se dio cuenta excepto él, el resto solo me esquivaba y continuaba con la tunda. Volvió al encuentro y mientras levantaba el puño dijo que entonces la cogían contra mí. Nos miramos con Juan y de un tirón entramos al señor. Fue como alzar a un niño, la adrenalina da fuerzas insospechadas. Cerraron la puerta, ya debíamos de ser nueve dentro de esa lonchera, y el agite continuaba. Eran momentos cruciales, no podíamos perder los puestos que teníamos, así que entre tanta empujadera fueron el señor y el gomelo quienes quedaron de pié, o mejor dicho de cuclillas.

A un carro de payasos no le cabe tanta gente, seguro, estábamos sofocados, más aún por el calor del tropel que se había armado. Al rato empezamos a andar, eso nos tranquilizó un poco, sin embargo solo fueron unas cuantas cuadras. El carro se detuvo frente a los túneles de la ASAB, no se podía ver mucho por la ventana, pero la noche en ese tramo es inconfundible, amplia y amarilla. Volvía a incomodar la espera, y cuando parecía todo iba  a estallar, Juan hizo una anotación:

— Falta alguien sí o no…

Todos enmudecimos.

— Si… seguro, falta alguien… —decía como preguntando, como afirmando.

— Pero si es que no cabe uno más —reprochó una voz al fondo del carro.

— Ah… éste man… cállese que es que nos tiene fastidiados con su olor —dijo el que mediaba entre el más joven y el viejo de los tres conocidos.

Siempre era él o el más grande quienes empezaban las riñas, el joven por su parte solo acompañaba lo que pudiera pasar. Fue así que el habitante de la calle se convirtió en punto de discusión, no por mucho. De un momento a otro fue el mayor y el que le seguía quienes empezaron a discutir y a intercambiar unas cuantas patadas. En eso comenzaba a pesarme el cuello de tanta tensión, y de alguna manera anhelaba que fuera mi turno para pelear, no podía sacarme de la cabeza la paliza del viejo.

— ¡El barrista! —dijo Juan.

Silencio. Cada quien se cercioró de su vecino y poco a poco fue creciendo la admiración dentro de nosotros, ¡cuánto coraje!, valor, audacia (ya lo dije, había que entretenerse). El crespo, como luego llamaríamos, la hizo olímpica: mientras le pegaban y trataban de entrar al que ya casi dormía en el suelo, se escabullía entre nosotros y los policías para escaparse. Nadie se quedó sin dedicarle, aunque fuera breve, un comentario a favor, cada cual a su manera: ¡qué ninja!, áspero, uf, pasado, que bandido, la hizo rebién; y bueno ese tipo de cosas. Disfrutábamos del momento cuando Juan, nuevamente, nos dejó en silencio.

— ¿Será que lo cogieron?

Qué forma de hacer suspenso tiene ese loco. ¿Será por eso que pararon? Nos preguntábamos. Recién nos detuvimos salieron dos policías del compartimiento medio del carro, los alcanzábamos a ver desde atrás, cuando volvieron eran tres siluetas las que se distinguían. Debía tratarse de él, pensábamos, aunque no le dábamos muchas vueltas al asunto, con tanto calor ya no daban ganas de hablar.

— ¿Ahora sí a la UPJ? —pregunté.

— No, primero a la estación y luego sí  —respondió la cabeza de los tres.

Que respondiera él me tranquilizaba, parecía no haber resentimiento por el empujón de hace rato, ahora que lo pienso debió ser ese incidente el que permitía la conversación. Hasta el momento no había hablado si no para problematizar aún más las situaciones, así que no debí ser el único que se extrañaba de la respuesta, o más bien de la tranquilidad con que la hacía.

— Firmamos detención y luego UPJ —continúo—. Toca que dejen las cosas en la maleta para que no los roben adentro.

— Pero si es que los tombos esculcan las maletas —replicó el joven.

— Esos son más ratas que uno —agregó el del medio.

— Si me roban mejor que sea adentro, por lo menos lo hacen de frente —concluí.

Hubo simpatía por el comentario, parecía que la bronca ya no era con nosotros, con los de la van me refiero, porque realmente nunca nos dijeron nada a Juan o a mí.   

Llegamos rápido a la estación, la que queda sobre la sexta con Caracas. Nos dejaron no menos de media hora dentro de la van, estacionados, esperando quien sabe qué. Ya no se podía respirar, tuve miedo de desmallarme. Empezamos a darle patadas y puños al carro, luego a gritar que nos sacaran, que no se podía respirar. Hasta que no se hizo más insoportable el bullicio que la asfixia no nos sacaron. Casi me tuerzo del frío cuando abrieron esa puerta. Respirábamos y eso bastaba para hacer de lo pasado una breve excursión.

Nos llevaron a una sala donde otros esperaban que fuéramos suficientes para subir al camión, todo funcionaba así, hasta llenar el cupo. Ahí mismo se firmaban los papeles donde se aclaraba el delito por el cual se había hecho la detención. Estábamos en eso cuando pasaron frente a nosotros el barrista custodiado por tres policías. Nos miramos entre sí, luego siguieron de largo, hacia adentro, después ya no los vimos.

Había teléfono público, aproveché y marqué a la casa, di toda la información que pude. Fue todo un alivio, también lo fue ver llegar al crespo, venía caminando medio cojo, pese a que era trigueño estaba blanco, casi verde. Nos acercamos y le preguntamos por lo que había ocurrido, pero no nos dijo nada al respecto, que no había pasado nada, pero al tiempo que lo decía la cara se le iba inflamando. Pasados unos diez minutos la cara era gigantesca y se le iba tornando medio azulada.

Ya nadie hablaba con nadie. Eventualmente la mujer maltratada volvía a llamar a su marido, y era así como se rompía el silencio, a gritos, a madrazos. El tipo tenía razón, no íbamos a demorarnos mucho en la estación, nos subimos al camión y a eso de las once de la noche llegábamos a la UPJ. El único que no subió fue el gomelo, llegaron a la sala y preguntaron por él, cuando respondió le dijeron que se podía ir. A unos no se les castiga.

Nos hicieron empelotar, revisaban la ropa mientras nosotros permanecíamos de cuclillas, nos quitaron cinturón y cordones. Ya vestidos entramos a una bodega larguísima. No recuerdo bien donde se guardaban las maletas, estaba azorado con el ambiente. Nos ubicamos cerca a la entrada, no mucho, en las primeras cillas que se ven. De los que veníamos en la van quedamos el crespo, los tres chinos, Juan y yo.

— ¿Y el borracho? —pregunté.

— Al cucho y al mendigo los dejan en playa baja —dijo el crespo.

No pude contener la risa.

— Entonces, esto qué playa es

— Playa alta —respondió el mayor— a los más desechos se los llevan a playa baja.

Al fondo estaba más concurrida la bodega pero se notaba era más pesado el ambiente, así que preferimos quedarnos allí con Juan, el barrista se quedó con nosotros, los otros tres entraron algo más y se encontraron con algunos conocidos. Cada tanto llegaba otro grupo de capturados. La entrada de unos me causaba gracia, intentando parecer más malos de lo que se les veía, a la mayoría de ellos los encerraban entre unos diez o quince y luego les esculcaban hasta las medias. También lo hacían con algunos solitarios que por temor no entraban mucho y se quedaban junto a la reja de entrada. De vez en cuando venían los tres compañeros de la van y nos convidaban algo de pan o bocadillo que compraban a la entrada, pocos se daban ese lujo, pues había que pasar por la requisa de los diez o quince de los que les hablo. A ellos nunca los requisaron, y por extensión, supongo, tampoco a nosotros.

Como pasaba el tiempo la jaula iba llenándose. Nuestro grupo también crecía, de cada tanda siempre tres o cuatro sujetos se acercaban, unos solo guardaban distancia y otros sí charlaban con nosotros. A la mayoría los habían cogido mal parqueados. Unos por estar orinando, otros por estar tomando en parques, y otros como nosotros los habían cogido fumando. Había uno imperdonable, estaba de pantaloneta, camiseta y en chancletas, según decía salió a comprar lo del desayuno y  lo cogieron sin papeles. Ese tipo de cosas animaban la noche.

De ahí en adelante nos relajamos, las tensiones habían terminado, excepto tal vez la de ir al baño, estábamos que nos orinábamos, pero los baños quedaban al fondo. Fuimos los dos, eran letrinas prácticamente, oriné lo más rápido que pude, pero Juan estaba como demorado.

— Güevon no puedo orinar del susto —decía.

También estaba toteado del susto pero ese comentario no podía tener otro efecto, casi vuelvo al baño de tanta risa, que mágica que es, si hasta a orinar ayuda.

Salimos como a las once de la mañana. Nos dieron un cuadrado de cartón paja, de unos dos centímetros, era la evidencia de que habíamos pasado por la UPJ, por si no nos creían en el trabajo, decían. Aún lo conservo. Devolvieron algunas correas, fui uno de los afortunados. Cuando salíamos nos esperaba un camión del ejército pidiendo la libreta, Juan la había perdido así que se lo llevaron al batallón. En la tarde fui a la biblioteca del barrio, teníamos un taller pendiente con el resto de compañeros, con los que habíamos quedado de vernos el día anterior, Juan llegó al rato.

— Sabe, lo estuve pensando todo el día —lo decía con tanta seriedad— y creo fue el ñerito el que me hecho la sal por habérmele robado el porro.

— La maldición del ñerito —dije mientras reía.

Un día hecho lupa de nuestro tiempo. Si se ve con detalle aún no salimos de la bodega, estamos a punta de pan con bocadillo, y hasta llenar el cupo sigue siendo mucho tiempo. Parece faltan muchos por llegar, alzo la mirada y descubro que la mayoría respira con tranquilidad, tan solo unos pocos se agitan y gritan que no se puede respirar, luego se los llevan a otras playas para engrosar el olvido. Juan dice que la culpa fue del ñerito, yo me lo sigo preguntando, mientras tanto escribo, quizá otros griten conmigo.

 

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