Fotograma de Vitti en 'El desierto rojo' (1964).

Elogio a Monica Vitti

El pasado 3 de noviembre la icónica actriz italiana cumplió 86 años. Homenaje a una de las grandes presencias del cine.

2017/11/10

Por Óscar Garzón Mejía

La vocación de Monica Vitti es el abandono. Su última aparición en el cine -Scandalo segreto (1990)- fue el inicio truncado de su carrera como directora: una ópera prima que parecía indicar que el legado de Vitti continuaría no solo delante de las cámaras, sino que tendríamos la fortuna de ser partícipes de su mirada icónica. Sin embargo, su destino era otro. Poco a poco sus apariciones públicas fueron disminuyendo; en YouTube hay videos que se anuncian como “la última entrevista otorgada por Monica Vitti” y tienen más de veinte años. Lo que dejó, entonces, es una de las carreras actorales más fascinantes del siglo XX.

Los personajes de Monica Vitti tienen su centro en la presencia y la evocación, contrario a la caracterización naturalista de la escuela inaugurada por Stanislavski y heredada por Stella Adler y Lee Strasberg en el cine norteamericano. Esa es una de las marcas que señala el legado de Vitti: trascender la actuación en su sentido más clásico para lograr representar aquello que no se puede ver. No existe en ella un afán camaleónico por desaparecer en sus personajes, por ser “creíble”, porque su mirada nos invita a imaginarla distinta y múltiple. Esbozamos sus angustias y sus deseos, nos vemos en ella, así como también llegamos a desconocerla y sentirla lejana. Hay algo en sus ojos entrecerrados que se convierte en lo que muchos críticos señalaron como “alienación moderna”, pero que en el fondo es mucho más complejo que un diagnóstico de época. De alguna manera su mirada siempre fue una señal del porvenir: la advertencia de que todo es pasajero.

La mirada de Vitti se expresa de distinas formas a lo largo de su filmografía. Allí está ese abandono señalado en su primera colaboración con Michelangelo Antonioni: ver L’Avventura (1960) es verse contagiado por una pasión atravesada por la angustia. Una mujer desaparece y en su lugar surge el misterio de la atracción entre el novio y la amiga de la desaparecida. Dos años después, Antonioni y Vitti llevarían el abandono a otra profundidad más radical: los últimos nueve minutos de L’Eclisse (1962) son una inquietante extensión de la ausencia evocada por el desencuentro de Vittoria (Vitti) y Piero (Alain Delon), quienes son reemplazados por la vacuidad de los objetos y de la ciudad. Es gracias a la colaboración de Vitti y Antonioni que entendemos que no hay tal cosa como un “personaje redondo” sino personajes que, como laberintos, atraen nuestra atención para obligarnos a recorrerlos en sus sin salidas y contradicciones.

Pero su presencia no se limitó a eso. Fue en la comedia donde Vitti exploró otro lado del abandono y mostró su capacidad actoral. En La ragazza con la pistola (1968) de Mario Monicelli, es la ironía cáustica y el empoderamiento de su personaje Assunta dque revela una Vitti llena de energía y de movimientos cómicos que subrayan la posibilidad de conquistar la independencia a través de -una vez más- la huida. En los últimos planos de la película, Vincenzo (Carlo Giuffré), el macho burlado, es contrastado en Assunta, una nueva mujer que decide abandonar para retomar su dignidad.

Quizá la clave para descifrar a Vitti, su mirada y su carácter inasible, sea verla siempre de una manera distinta. Su legado materializado en su presencia cinematográfica nos enseña la posibilidad de que una actuación sea, también, la multiplicación de un hermoso misterio.

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