Avi Shnaidman y Sarit Larry

‘La maestra de kínder’: el rapto de la poesía

La película de Nadav Lapid es una compleja construcción cinematográfica y poética sobre la obsesión que genera un niño prodigio en su maestra. Arcadia habló con el director israelí.

2016/06/02

Por Laura Martínez Duque

Una maestra de kínder descubre que uno de los niños a su cuidado es un genio. O por lo menos, lo asume. Yoav, de cinco años, juega y se divierte como todos sus compañeros, hasta que de repente, sumido en un trance, camina de un lado al otro avisando que tiene un poema y comienza a recitar versos que fluyen con toda naturalidad.

A partir de ese momento, Nira se obsesiona con su alumno prodigio. Intenta provocar en el niño nuevos estímulos para que escriba más, le pregunta por el significado de sus poemas e incluso le muestra textos de su autoría para ver qué opina el pequeño poeta. Frente a todo lo anterior, el niño permanece impávido. Entonces la mujer decide tomarse como propia la misión de proteger el talento de Yoav, darlo a conocer al mundo y preservar la poesía misma en un mundo en el que, según ella, está muriendo.

Para cumplir su propósito, Nira busca llamar la atención del padre y el tio de Yoav, suplicándoles que tomen conciencia de su enorme talento, pero no obtiene nada. El padre, a cargo del niño luego de separarse de la madre, es un hombre exitoso, acaudalado y deja muy claro que no permitirá jamás que su hijo se dedique a un oficio artístico, pues lo considera un vicio de personas débiles y pusilánimes como su hermano. Pues fue el tío quien introdujo a Yoav al mundo de las letras. Alguna vez se dedicó a la poesía, publicó un libro, pero desde hace años debe conformarse con el salario irrisorio que cobra en un periódico. Ambos hombres, desde posturas diferentes, subestiman el arte y la poesía.

La maestra de kínder, tanto el personaje como la película, funciona como un vehículo de obsesiones, miedos y turbulencias. Las de cualquier adulto enfrentando la vida en pareja, el paso de los años, la frustración. Nira tiene más de 40 años, sus dos hijos ya emprendieron sus vidas lejos de casa, está casada con un hombre  promedio que vive sin mayores inquietudes y ella encuentra en Yoav la forma de enriquecer sus días. Nira retoma su propia pasión por la escritura pero sus textos se derrumban ante la superioridad espontánea del niño. Sus intentos frustrados por influir en la vida de Yoav terminan precipitándola hacia una espiral de acciones erráticas.

La película está construida de tal forma -ambivalente y abierta-, que las lecturas sobre la historia son múltiples. Cada escena funciona como una provocación, narrativa y estética, que interpelan directamente al espectador. Nadav Lapid, el director, abre capas de lectura y su película se parece más a una construcción poética en la que el efecto, la respuesta o el pathos corre por cuenta del espectador, que toma lo que quiere. De La maestra de Kinder cada quien se llevará algo diferente.

Lapid confiesa que la película siempre ha tenido cierta ambivalencia. “He leído muchísimas lecturas e interpretaciones sobre La maestra de kínder, desde la alegoría del fin de la historia judía, donde el niño poeta es un profeta bíblico hablándole a otros que se niegan a escuchar su mensaje, hasta una visión más universal que anuncia la muerte de la poesía, de la capacidad de ser sensible y complejo, pasando por lecturas que aluden a la película como interpretación moderna de la historia de Mozart y de la compleja relación de amor y odio entre el genio y el resto de la población. Mi sinopsis: es la historia de un Quijote femenino, que lucha para salvar al mundo a través de la poesía de un niño. Y también la de ese niño pensativo que no tiene ningún deseo de ser salvado”.

Pero Lapid también está contando una historia que conoce profundamente: “El génesis de la película es autobiográfico. Yo, entre los 4 y 6 años tuve el período más creativo de mi vida. Tenía la tendencia de declarar de repente “tengo un poema” y se lo recitaba a mi niñera. Durante ese período declamé más de 100 poemas. El primero fue Hagar, un desesperado poema de amor dedicado a la hermana mayor de un compañero del jardín. El último que escribí fue La partida, que, viéndolo en el tiempo, fue mi propia despedida de la poesía. Después de este poema, que también es el último de la película, decidí renunciar a la poesía a los 6 años y nunca más escribí un poema. Todos los que recita el niño en la película fueron escritos por mí”.

“Sin embargo, por mucho que sienta ese niño soy yo, también soy la profesora de kínder. Su ansiedad frente al mundo vulgar que desprecia tanto a la poesía como a los poetas, en un mundo que santifica el sinsentido y la banalidad, ella está lista para librar la batalla contra el espíritu de su propio tiempo. Es una guerra perdida, un reflejo mis pensamientos y de mi propia ansiedad”.

 

 

 

 

 

 

 

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