Olivia Vinall y Damien Molony en una escena de 'The Hard Problem'

El amor no es sobrenatural

El filósofo Juan José Botero habló con Arcadia sobre el amor y otros demonios, a propósito de los planteamientos de la obra The Hard Problem, de Tom Stoppard, que hace parte de la temporada del National Theatre que se presenta esta noche y el domingo 22, en la salas de Cineco Alternativo.

2016/05/19

Por Revistaarcadia.com

En trazos generales, ¿en qué consiste el debate entre los reduccionistas y los dualistas cuando se habla de la mente humana?

Si usted piensa que, o cree que, su mente es algo de naturaleza diferente de su cuerpo, es decir, que ella no es corporal, entonces usted está dispuesto a sostener una posición dualista, aunque estrictamente hablando no necesita hacerlo. Por ejemplo, si usted cree que su mente es como una máquina que procesa símbolos o cualquiera otra forma de contener información, pero no se negaría a aceptar que esa máquina procesadora tiene que ser, en todo caso, algo material (aunque diferente de su cuerpo), entonces usted no sería un dualista ordinario. Pero, en general, un dualista tiende a ser siempre un dualista ordinario. Me explico: usted es un dualista ordinario si cree que tiene pensamientos, ideas, sentimientos, sueños, y le parece que nada de eso es, no puede ser, material, como en cambio sí lo es su cuerpo.

En cuanto a la posición filosófica, ella se plantea en términos semejantes a partir de Descartes, en el siglo diecisiete. Se pueden presentar argumentos más o menos intuitivos a favor de esa posición: las cosas materiales, como nuestro cuerpo, ocupan un lugar en el espacio, tienen dimensiones medibles, un peso, una consistencia; en cambio, nada de eso se puede decir de las ideas, los pensamientos, los sentimientos.

El problema principal que ya desde esa época se le planteó a esta posición es que no nos permite entender algo que es inmediatamente obvio para todos nosotros: que mente y cuerpo interactúan. A las discusiones que se desarrollaron a partir de entonces se las conoce como “el problema mente/cuerpo” (“mente” sustituyó a “alma” en épocas recientes). Ahora, si usted no cree que la mente y el cuerpo sean dos cosas distintas, entonces lo más natural parece ser que asuma una posición reduccionista: lo que llamamos “mente”, estados mentales, ideas, pensamientos, etc., no son más que… estados, o procesos cerebrales. Esta es una manera muy poco sutil de decirlo, pero creo que es lo pertinente para el contexto de la pregunta. Se llama “reduccionismo” porque se supone que toda explicación de nuestra actividad mental se puede reducir, mediante algún trabajo lógico-teórico, a una explicación de la cual han desaparecido conceptos que aludan a algo mental, algo así como una traducción bien hecha. Hay maneras más o menos drásticas de ser reduccionista. Pero la más drástica, la que más se favorece en el campo de las neurociencias, es más bien una posición que se llama “eliminativista”: no se trata de reducir una teoría mentalista a una teoría neurocientífica. Se trata más bien de eliminar todo concepto, teoría, o explicación mentalista, puesto que “en realidad”, como suele decirse, tales teorías son simple y llanamente falsas. Eliminarlas del mismo modo que se eliminaron, por ejemplo, la teoría del flogisto y las explicaciones de la época de la alquimia con la invención de la química. No es que la teoría del flogisto se haya “reducido” a una teoría química. Simplemente una reemplazó a la otra. La química no es un desarrollo de la alquimia. La sustituye. Eso, según estas posiciones radicales, es lo que está a punto de suceder: paulatinamente se irán eliminando las explicaciones psicológicas y serán reemplazadas por explicaciones en términos neurocientíficos.

Si seguimos la conclusión reduccionista, como hacen varios científicos, ¿qué lugar ocupa el amor en nuestras vidas?

Yo no creo que cambie nada a ese respecto. Quizá cambien un poco algunas de nuestras narrativas sobre el tema, pero supongo que las personas seguirán enamorándose igual, las mamás seguirán queriendo a sus hijos, etc., etc. Hace muchos años que sabemos casi todo acerca del proceso digestivo, y eso no ha hecho que dejemos de disfrutar un buen chocolate suizo o que sintamos hambre de manera diferente. Ahora, lo que sí me parece interesante es que esa pregunta se llegue a plantear, y sé que así ocurre con mucha frecuencia. Fíjese que es como si supusiéramos que si eso que llamamos “el amor” no es algo sobrenatural, entonces algo cambia radicalmente en nuestras vidas. Pero hay que tener presente que nuestra experiencia del amor es indiferente a lo que podamos aprender acerca de los procesos electroquímicos, neuronales, o lo que sea, que ocurren en nuestros cuerpos cuando vivimos esas experiencias. Me parece incluso que sería muy saludable que tuviéramos un conocimiento preciso de todos esos procesos para disipar todas las supersticiones que rodean este y otros fenómenos semejantes y que se convierten en una especie de dispositivo para manipular y someter a las personas.

La experiencia del amor la vivimos, ciertamente, como algo tan íntimo e inefable que tendemos a describirla como algo mágico, misterioso, hasta místico. Pero lo más maravilloso de todo es que esta experiencia ocurra como un fenómeno de la naturaleza, y no como consecuencia de voluntades sobrenaturales. Es la naturaleza la que es maravillosa. Creo que esta época es propicia para recuperar nuestra capacidad de maravillarnos ante lo natural, y para eso es necesario que conozcamos cada vez más y mejor lo que nos hace ser los seres humanos naturales que somos.   

¿La figura de Dios, como quisiera un personaje de la obra The Hard Problem, juega algún papel en este debate?

Eso, por supuesto, es lo que algunos quisieran. Comencemos diciendo que en la obra en cuestión es un elemento dramático importante en la medida en que define a uno de los personajes principales, nada menos que la protagonista. Y si la obra se construye, como pienso que pretendía el autor, sobre la base de argumentaciones, entonces se necesitan elementos dramáticos que no se van a encontrar en los argumentos puros. Y ahí Dios es un recurso, digámoslo así, providencial. En la discusión, ya un poco añeja, valga decirlo, acerca del llamado “problema difícil de la conciencia” no entra para nada el tema de Dios. El debate no tiene que convertirse en una discusión acerca de o con la religión. Por supuesto que cualquiera puede hacer maromas para hacerlo aparecer así. Pero no tiene que ser así. Ahora, si ese debate se va a utilizar como hilo argumental de una obra de teatro, entonces ahí sí tiene sentido incluir el tema de Dios como elemento dramático. Y fíjese que su utilidad dramática se debe precisamente a que no es un tema que aparezca como una necesidad lógica, sino como una opción de vida de uno de los personajes.

¿Por qué conceptos como el altruismo y Dios se usan con recurrencia para aliviar los conflictos amorosos?

Sinceramente no sabía que eso pasaba. Todo el mundo ha visto que en las discusiones de pareja tarde o temprano aparece el argumento “Tú eres un egoísta”, o “solamente piensas en ti, pero ¿y yo qué?”, y cosas por el estilo. Si se trata de eso, bueno…  supongo que damos por sentado que todos debemos ser altruistas, o que eso es una virtud. Porque en esos casos no se trata de discusiones acerca de si biológicamente estamos hechos como entidades altruistas o no, tema que aparece en la obra de Stoppard y que es objeto de estudios y discusiones contemporáneas. Si lo somos, no hay virtud en ello. Y si no lo somos, entonces está justificado que no lo seamos en la vida social. Se le puede reprochar a alguien que no sea altruista si se da por sentado que debería serlo. Allí hay un sentido moral, que creo está ausente de las discusiones en biología acerca de ese tema, a no ser que se trate en ellas de demostrar que lo que entendemos por “moral” es una característica biológica. Pero en ese caso, si se demostrara que lo es, el concepto de moral cambiaría radicalmente. Quizá sobraría. Lo que sucede también, muy a manudo, es que los científicos, para hacerse entender del público lego, llamémoslo así, usan términos y expresiones que tienen un sentido en nuestra cotidianeidad pero que no equivale al sentido de lo que se trata de explicar.

Creo que eso pasa con los términos “altruista” y su opuesto “egoísta”. Por ejemplo, el célebre título del libro de Richard Dawkins El gen egoísta ha provocado muchas discusiones por fuera del ámbito estrictamente biológico, y eso es entendible porque el término “egoísta” tiene una carga moral que nos hace sentir concernidos, cuando es un hecho que no es en ese sentido moral que Dawkins utiliza el término. En cuanto a Dios… bueno, el concepto de Dios es el concepto más amplio que uno se pueda imaginar, así que uno puede recurrir a él para lo que necesite. Incluso para resolver peleas de pareja. 

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The Hard Problem se presenta en las salas de Cineco Alternativo el jueves 19 de mayo a las 8:00 pm y el domingo 22 de mayo a las 11:00 am.

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