Vik Muniz

“No soy fotógrafo... ni artista”

A próposito de la retrospectiva del brasileño Vik Muniz que se inaugurará el 2 de agosto en el Museo del Banco de la República, recordamos esta entrevista que publicamos en nuestra edición número 10.

2013/07/24

Por Margarita Posada J

La casa y estudio de Vik Muniz es una especie de bodega reformada en la mitad de un Brooklyn primaveral por el que pocos transeúntes aparecen. Él mismo abre la puerta con un bebé de meses en sus brazos y me invita a pasar. La primera planta tiene una vitrina de esquina a esquina donde reposan cámaras de fotografía de todos los tamaños y épocas. En ese mismo espacio trabajan concentrados dos jóvenes con máscara. Con unas pinzas toman cantidades ínfimas de pigmentos y, encima de una obra de arte famosa, arman exactamente la misma imagen a punta de polvos de colores. En unos tres meses, cuando esté terminado el trabajo, Vik tomará una foto y luego, sin el menor titubeo, sacudirá la hoja hasta que no quede rastro alguno.

Así sucede con la mayor parte del trabajo realizado para sus obras. De la doble de Monalisa hecha con mermelada y mantequilla de maní que Muniz hizo en el 99 sólo queda el registro fotográfico. El azúcar con la que reprodujo a los hijos de los recogedores de caña que conoció en Saint Kitts está en frascos ya. Los alfileres con los que reprodujo el mendigo de Rembrandt reposan apilados en alguna cajita y la basura con la que llenó una cancha de básquet para hacer un retrato que capturó con su cámara –desde lo alto– ha sido ya recogida y organizada de nuevo.

Este brasileño, publicista de profesión, hijo de un mesero y una operadora de línea telefónica, podría ser catalogado como fotógrafo, artesano, ilusionista y hasta científico, pero sólo una palabra se acomoda a su multiplicidad: artista. La curiosidad por transgredir lenguajes ya establecidos lo ha llevado a poner en marcha empresas inmensas, como la de hacer que una avioneta pinte una nube en el cielo de Nueva York para él fotografiar el momento y luego coger otra foto igual y pintar la misma nube con la mano. Tengo entonces una especie de Da Vinci de nuestro tiempo sentado frente a mí y comienza a hablar con desparpajo, como cualquier mortal.

¿Cómo fue su aproximación al arte?

Nunca dibujé de niño. De hecho creo que no es importante cuándo empiezas a dibujar, porque todos los niños lo hacen a los cinco. Uno se convierte en un artista cuando todos los demás dejan de hacerlo y empiezan a escribir. Mi acercamiento vino por medio de la literatura, curiosamente. Mi abuela era una lectora empedernida, a pesar de haber hecho sólo ocho meses de colegio. Era autodidacta y cuando yo tenía cuatro años, me enseñó a leer a su manera, no leyendo sílabas, sino distinguiendo palabras completas, como si fuera disléxico. Sólo leía tipografía, pero no entendía la letra a mano ni escribía. Por eso trataba de hacer palabras por medio del dibujo, una suerte de ideogramas, y esa manera visual de aprender a leer me llevó al dibujo, aunque aún adoro los libros, sobre todo los de ciencia. Y los de psicología.

Su obra tiene un gran componente psicológico…

A mí me interesa hacer arte porque me gusta observar a la gente. Es mi excusa para ver a la gente involucrada con un lenguaje. Disfruto viendo cómo reaccionan.

Dice usted que no es un ilusionista, sino un realista. Como el niño que les cuenta a los demás que Papá Noel no existe…

Me gusta la idea de que Papá Noel exista. No creo que sea quien les revela a los otros que no existe, pero sí les pregunto “¿existe Papá Noel?” Los artistas somos mejores haciendo preguntas que contestándolas. Mi idea es mostrar diferentes maneras de ver una misma cosa. Eso abre la cabeza y enriquece la capacidad de razonamiento. La gente está acostumbrada a ver dualismos, blanco y negro, o bien y mal. El presidente Bush es un buen ejemplo: ¡dice sentirse orgulloso de no tener matices! La gente es mucho más compleja, siempre hay muchas cosas en el medio.

Ha vivido prácticamente la mitad de su vida en Estados Unidos. ¿Cómo ha sido esta experiencia comparada con los años en Brasil?

No soy norteamericano, ni brasilero. No soy fotógrafo, ni artista. No soy artesano, ni pintor. Creo que este estar en el medio lo determinó mi niñez. Mi casa estaba en las afueras de Sao Paulo, pero iba a un colegio en la ciudad, así que siempre estaba en la mitad de las cosas. En las tardes iba a un bosque donde ponía trampas para ranas y tenía mucho contacto con la naturaleza, pero era muy urbano a la vez. Jugaba con niños que tenían juguetes hechos a mano, pero también tenía amigos que me invitaban a resorts con grandes piscinas. Luego vine a Nueva York a estudiar dirección y diseño de escenarios con la idea de escribir teatro, pero la bohemia del Village me llevó a miles de fiestas y reuniones en galerías que aparecían de la nada en garajes y sótanos. Fueron buenos tiempos…

¿Qué valor universal puede tener el arte contemporáneo?

Eso está por verse. Cuando uno conduce un auto no mira al de al lado porque se estrella. Mira hacia delante. Por eso yo voy mucho a museos, pero no a galerías. Asisto a muy pocas exhibiciones, aunque sí me relaciono con otros artistas de una manera más personal. El problema con el arte contemporáneo es que no lo veo como lo ven los curadores y los coleccionistas, porque lo estoy haciendo.

¿Qué está haciendo ahora?

Estoy obsesionado con la historia de los pigmentos y los colorantes: de dónde viene cada color y cómo lo sacaban las civilizaciones antiguas. Estoy trabajando con pigmentos para hacer reproducciones de obras famosas. Mis asistentes demoran casi tres meses haciendo este trabajo de poner encima de la obra el pigmento que corresponde. Y es fascinante el tema del color, porque tú ves algo diferente a lo que yo veo. El azul no es el azul que yo veo. Inclusive tu estado emocional puede hacer que la cantidad de luz que entra en tu pupila cambie el color que para ambos es azul, aunque gracias a Dios existe esa convención que nos hace creer que es azul. Pero cuando haces arte intentas relacionar al espectador con una manera de pensar que no es convencional y así creas nuevas convenciones. Es difícil imaginar un espacio intelectual que no haya sido inferido por otras convenciones.

El tema de la reproducción es recurrente en su obra por el hecho de tomar una foto del original e incluso porque ha hecho muchas cosas a partir de obras famosas de otros artistas como Warhol, Rembrandt y Corot, por mencionar algunos...

Yo intento hacer un retrato de mi mundo, casi como un pintor del siglo xix, pero todo se ha hecho tan complejo que hay inclusive percepciones que no sabemos de dónde salieron. A veces hasta decimos cosas que suenan muy a nosotros, pero en realidad estamos citando inconscientemente a otros y ya ni siquiera lo sabemos. Lo mismo pasa con las imágenes. Son tan recurrentes que se convierten en iconos. Alguna vez hice reproducciones de fotografías famosas como las recordaba: la llegada del hombre a la luna, Hiro-shima… ¡Quince años después me escribe la Associated Press para decirme que el copyright de ese recuerdo mío es de ellos! Es como una mala película de ciencia ficción en la que son dueños de nuestros recuerdos y hay gente como Disney que extiende sus derechos sobre iconos como Mickey o Donald.

¿Y si usted encontrara reproducciones de sus retratos de chocolate, por ejemplo?

Yo he comprado copias de mi obra. Lo único que hice fue corregir al “plagiador” para que las hiciera realmente parecidas. No se puede escapar a eso: cuando haces algo interesante, primero te ignoran, después van en contra tuya y finalmente te copian, no hay salida. ¡En Brasil he visto retratos de chocolate hasta para vender panetone! Y horribles, por cierto.

Entonces ¿cómo ponerle un precio al arte?

Han vendido algunas de mis obras por cien mil dólares en subastas, pero no por eso podría ponerles ese precio. Lo que yo hago generalmente es preguntarme: ¿comprarías esta obra, cuánto pagarías? Así que yo le pongo precio a mi obra porque confío en el amante del arte que soy. Pero igual soy pesimista sobre cómo la gente percibe la realidad y lo veo en el mundo del arte: la gente se emociona con un cuadro porque cree que tendrá toneladas de dinero brotando de él si lo cuelga en su sala. Por eso los mejores coleccionistas son los mismos artistas, porque ven más bien la necesidad de una inspiración en las obras que compran. Sin embargo, ahora hay algo que me gusta, y es que las ferias de arte han traído una transformación, porque ahí es donde la gente compra. Ya no es necesaria una exposición, con una serie de obras que tienen cierta unidad. El negocio del arte ha cambiado. Se compra igual que la música hoy día: por canción.

También sucede hoy que el artista, más que ocuparse de la técnica, es un gestor de ideas. ¿A usted le gustan esas grandes empresas que implican la realización de sus ideas?

Antes trabajaba más en eso. Ahora tengo asistentes, porque mis ideas requieren un equipo. De hecho, hay muchas cosas de realizar alguna idea que después me parecen aburridísimas de hacer. Así que pides ayuda y ya está. Lo más duro es manejar la creatividad y revivir esos impulsos que la hacen crecer sin desenfocarse. Hay que reinventarse todo el tiempo. Y a veces para crear algo nuevo hay que olvidar lo que significa la palabra “nuevo”.

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