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La indiferencia de los gatos

La primera y única novela del poeta japonés Takashi Hiraide, sobre la relación entre una pareja y un gato, se ha convertido en un éxito mundial. Su autor es uno de los invitados del Hay Festival de Cartagena

2016/01/27

Por Christopher Tibble

El gato que venía del cielo es una novela delicada y sutil. No cuenta con héroes o mártires o guerras, no ejerce ningún tipo de violencia o señalamiento para causar interés. Su delicadeza llega a tal punto que, cuando se publicó por primera vez en Japón en 2001, pasó desapercibida tanto para la crítica como para los lectores. Los libreros, en cambio, se enamoraron de la obra y no tardaron en hacerle campaña desde sus vitrinas. Así, paulatinamente, la primera y hasta la fecha única novela del poeta Takashi Hiraide se convirtió en un fenómeno de ventas, hecho que se exacerbó cuando se tradujo al inglés, francés y español.

En sus 150 páginas no transcurre gran cosa. Una pareja en sus treinta se muda a un pabellón a las afueras de una inmensa propiedad demarcada por un jardín de ciruelos, laureolas y narcisos. La vida de ambos –un editor y una correctora– parece reducida a la rutina y el silencio, en un Japón cuya economía se ve envuelta en una burbuja de especulación inmobiliaria. Él considera renunciar a su trabajo para dedicarse a la escritura, pero se debate con las implicaciones económicas. Todo transcurre despacio. La monotonía de la pareja, sin embargo, se desintegra con la aparición de Chibi, el caprichoso e independiente gato de los vecinos.

Lo que le diferenciaba de otros gatos era, precisamente, su extrema delgadez, tan frágil que enseguida quedaba al descubierto la inquietud de sus orejas puntiagudas. Al margen de esa peculiaridad, pronto tuvimos claro que no era de los que suelen restregarse contra las piernas de la gente…Debo añadir que maullaba en muy raras ocasiones. Cuando aparecía por el callejón, a veces creía escuchar débiles gemidos que nunca llegaron a componer un maullido completo. Es probable que no quisiera acostumbrarnos al sonido de su voz.

Chibi pronto se inmiscuye en la vida de la pareja, rondando su casa en silencio, a menudo durmiendo dentro de un armario. La vida de ambos empieza a girar en torno al felino. A pesar de la indiferencia del animalito, tanto el editor como la correctora ajustan sus horarios a los caprichos de su nuevo amo. Así, la novela se convierte en una meditación sobre la disposición humana de aferrarse, a veces ingenuamente, a objetos externos, en una pequeña y enternecedora búsqueda de significado y ordenanza. En medio de los dilemas de la pareja, el gato se vuelve un referente constante, un ancla, pero también, al transcurrir las páginas, en un agente de cambio.

Chibi no se inmutó. En su cara impasible solo se aperciba interés por la astronomía, por el mundo vegetal y animal, una absoluta indiferencia por los asuntos humanos. Sus orejas puntiagudas parecían prestar atención solo al rumor de una corriente uniforme que penetraba por intersticios vedados a nuestra vista.

Muchos apuntan que su éxito se debe a la presencia del gato, un elemento que suscita el mismo interés en las listas de best-sellers que las dietas o las conspiraciones. Ese sería, sin embargo, un juicio apresurado. Pues, además de tratarse sobre Chibi, la novela de Hiraide examina temas tan dispares como el afecto humano, el devenir (con fragmentos dedicados al lado humanista de Maquiavelo), la soledad y el cambio. Y, como una guinda, hacia el final El gato que venía del cielo se transforma en una especie de novela detectivesca. Hiraide, con esa sensibilidad propia de los japoneses, construye un universo suave y frágil, cargado de melancolía, que devela el poder y la importancia de las pequeñas cosas.

Nada más entrar, nada más atravesar la atmósfera inundada por el ciego resplandor de la luz fluorescente, una pequeña forma salió a mi encuentro con un maullido.

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