Toda la obra transcurre en una cámara de Gessel (habitación de espejos)

Odeón Psiquiátrico

La temporada de teatro del espacio cultural en el centro de Bogotá cierra con The Gessell-Niklauss Project, una apuesta contemporánea e inquietante.

2014/11/12

Por Christopher Tibble

La obra, dirigida por Mateo Rueda y Mauricio Galeno, transcurre en un pentágono de paneles transparentes, mitad manicomio, mitad juzgado, en el sótano del Odeón. Alrededor, en una tarima escalonada, el público observa, como en una sala de operaciones, a los tres actores. Ellos, en cambio, no ven a los espectadores, pues el pentágono es una cámara de Gessel (cuarto de espejos), comúnmente usada en los interrogatorios policiacos. La puesta en escena, exigua, se limita a unas jarras, un par de mesas y un perchero.

La función empieza con un hombre en una silla de ruedas. Se llama Tomás. Inmóvil, y un tanto abstraído, escucha la versión de Nat King Cole de la canción Quizás, quizás, quizás. Una y otra vez. Sus manos y sus pies están atados a la silla. Es un recluso. Cuando la canción concluye por tercera vez, entran dos doctores y empiezan a hacerle una serie de preguntas absurdas y cómicas. ¿Si hay un más allá, también hay un menos aquí? Pero la hilaridad, que dura apenas un par de minutos, pronto da paso a un tono más macabro. Rápidamente se agotan las risas en el auditorio.

La obra se torna en una sesión terapéutica. El protagonista –Tomás– es sometido a una tortura psicológica por los médicos, que le recrean varios episodios de su infancia a través de los objetos del perchero, incluidos un oso de peluche y varias prendas de ropa. El tormento tiene un fin judicial, que confiese un crimen atroz. ¿Es el hombre la victima de un atropello psicológico o un macabro asesino? Quizá ambos. Con imitaciones, gritos, incluso golpes, los psiquiatras lo aterrorizan y por momentos la experiencia del espectador se embrolla en un ajetreo de luces y sonidos simultáneos. El método de los doctores, llamado ROC (regresión-observación-confesión) empieza a surtir efecto, pero todo pasa tan rápido que confunde.

Y ese es quizá el único problema de la obra: se acelera. Si se piensa en una estructura narrativa clásica, en The Gessell-Niklauss Project el clímax dura la mitad de la función y el desenlace es prácticamente inexistente. La intensidad de los verdugos puede llegar a ser, para cierto público, sobrecogedora. La experiencia no deja respirar y en ese sentido funciona para quien busque algo visceral y confrontador.

La temporada va hasta el 29 de noviembre y las funciones son de jueves a sábados a los 8 de la noche.

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