La Operación Orión. Foto: Foto: Jesús Abad Colorado.

Los años terribles que desembocó la Operación Orión

La Corte Interamericana de Derechos Humanos condenó al Estado colombiano por las retenciones ilegales y el asesinato de una líder de la comuna trece años después de las incursiones militares. El corresponsal de 'Semana' en Medellín recuerda para 'Arcadia' las consecuencias del operativo.

2017/01/11

Por Daniel Rivera Marín

En un cuarto oscuro —lo recuerdo oscuro, invadido por una luz grumosa que apenas revelaba detalles de las caras— de la sede que tienen en el centro de Medellín la Asociación Caminos de Esperanza, Madres de la Candelaria, una mujer temerosa, que apenas murmuraba las cosas, me contó cómo fue que desapareció su hijo en los tiempos en que el Bloque Cacique Nutibara de las AUC se hizo con el control de la Comuna 13, después de la Operación Orión.  

A las nuevas autoridades del barrio no les hacía mucha gracia que el muchacho de 18 años, expulsado de tantos colegios, se entrara tarde a su casa, por lo que empezaron a intimidarlo con frases de ramplonería paisa: "No busque lo que no se la ha perdido", "Los muchachos buenos se acuestan solos, a los malos los acostamos nosotros". Pero como a los dieciocho años el miedo es una emoción escasa y la supervivencia es para los más viejos, el muchacho —al que llamaremos Juan—, decidió seguir su rumbo, continuar en las calles sus amigos, no perderse ninguna fiesta. 

Como no estudiaba, Juan trabajaba en lo que le resultaba cada día: construcción, bajar bultos de un camión, acompañar a un conductor de bus en su recorrido diario para reclamar el pago y dar las vueltas. Era un buen hijo, llevaba cada día el diario para ayudarle a su mamá con las cosas de la casa: comprar unas papas, ajustar para el arroz, conseguir los plátanos para los fríjoles. Nunca tuvo que ver con las milicias ni con los vándalos de turno. Sí escuchaba hip hop, quizá se fumaba algún cigarrillo de marihuana, nada más.

Los días eran una gran cosecha de rutinas: salir a buscar trabajo, y a eso salió un domingo de 2003: un amigo le había dicho que podían hacer un trabajo eléctrico en una construcción, instalar unos plafones, extender una cables. Juan salió ese domingo y nunca volvió. Su madre lo esperó hasta bien entrada la noche, se fue a dormir creyendo que se había quedado en la casa de algún amigo, pero el lunes nada ocurrió, así que se fue para donde los paramilitares, que ya habían esparcido su fama de descuartizadores. Por esa época —yo era un muchacho de 16 años que cursaba grado once y cada tanto los compañeros que vivían en la Comuna 13 faltaban porque las balaceras, de tan cruentas, les impedían salir de su casa— circulaba una historia macabra en la que un comandante paramilitar, en venganza con una familia, había descuartizado y enviado en bolsas negras hasta la casa a uno de los hijos mayores. La madre de Juan sabía muy bien cuál era el estado del orden en esa Medellín terrible. Los "muchachos" le dijeron que no sabían nada de Juan. 

El año 2002 fue especialmente difícil en la comuna 13, que desde hacía varios años estaba bajo el dominio de las milicias urbanas, quienes impedían el ingreso a los barrios no sólo de las autoridades sino que también restringían a los carros repartidores de productos varios como lácteos, gaseosas, víveres. Por su parte, el bloque Metro de las AUC se había hecho con el control de la parte rural de la comuna 13, pero su avance no había sido del todo efectivo. El entonces alcalde de Medellín —hoy gobernador de Antioquia—, Luis Pérez, le pidió al recién llegado presidente Álvaro Uribe Vélez que interviniera la comuna. Ese año ya se habían hecho varias operaciones, entre las que estaban Otoño I, Contrafuego, Otoño II, Marfil, Águila, Horizonte II, la Mariscal. Con Uribe Vélez llegó la más aplastante: Orión, que finalmente sacó a los milicianos. Si se les pregunta a los habitantes de la comuna por los recuerdos de ese día, todos dirían que un helicóptero artillado disparaba en contra de las casas, que hombres encapuchados y vestidos de militar derrumbaban puertas para sacar a empujones jóvenes a los que señalaban de sospechosos. 

En una charla de café con un policía, supe lo que después dijeron los investigadores judiciales: en la Operación Orión las fuerzas militares y los paramilitares hicieron una avanzada conjunta de tenaza: policías y militares atacaban a las milicias desde la parte baja de la comuna y las autodefensas lo hacían desde la montaña. Los comandantes de un lado y del otro habían diseñado un plan bien para que todo saliera bien, me dijo el policía, que esa vez salió con un tiro en una pierna, para agregar que “sino lo hubiéramos hecho con la gente de Berna, las cosas no habrían salido. Por esos años uno reportaba capturas por radio y decía: ‘Mi comandante, para reportarle cinco bajas, ocho capturas’, y el comandante respondía: ‘¿Me está hablando de trece bajas? Muy bien”. 

Los años más difíciles para la comuna 13 vinieron después de Orión, cuando las autodefensas se convirtieron en la autoridad única. Bajo un manto de paz horrorosa desaparecieron gente —ahí está como testimonio La Escombrera, el botadero de basura que se convirtió en una fosa enorme donde ahora las autoridades no logran encontrar un solo cuerpo—, cometieron asesinatos selectivos, impusieron sus negocios ilícitos. Sin embargo, varios grupos de víctimas juntaron valor y se organizaron para levantar voz, hacer valer sus derechos. Fueron un murmullo que nadie escuchó en medio del fervor ciego que pedía aplastar insurgentes sin importar nada. El aval a los paramilitares, en esos años una verdad tácita en la sociedad, hoy una espina incómoda. 

Esos años fueron de tanto horror que ahora la Corte Interamericana de Derechos Humanos condena al Estado colombiano por la detención ilegal de cinco mujeres en medio de los operativos, además del asesinato de Ana Teresa Yarce en 2004, cuando los paramilitares eran la ley y el orden en la comuna. Como se ha hecho común con los casos de paramilitares actuando bajo la vista ignorante o complaciente del Estado, la justicia internacional ha llegado primero. Pero volvamos a la historia de Juan. 

Dos meses después de la desaparición, la mamá de Juan recibió una llamada: su hijo había aparecido muerto en combates en el oriente antioqueño. El uniforme le quedaba grande, el reporte no cuadraba con la realidad. Por esa época, después de Orión —más vale repetir—, corría otro rumor terrible: los paramilitares estaban pagando por los cuerpos de hombres que pudieran aparecer como dados de baja, todos pasados por guerrilleros. La historia iba a salir en un periódico para el que trabajaba hace unos años, pero era la historia de un desaparecido más, un número en las estadísticas pavorosas que ha dejado el conflicto armado colombiano, era levantar una escama más en ese capítulo aún vedado que es la Operación Orión. Ahora he querido contar lo que recuerdo de la historia.  

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