Imagen de uno de los espacios lúdicos de la Biblioteca Pública Piloto de Medellín.

Medellín: un llamado a la ciudadanía

El escritor Pablo Montoya busca acabar la alienación de la capital antioqueña y hacer que regrese a las manos de sus habitantes. Leyó este texto en el Foro 'SOS por el aire: hablan los expertos', realizado en el Paraninfo de la Universidad de Antioquia el pasado 6 de diciembre.

2016/12/19

Por Pablo Montoya

La regla fundamental de cada época es no ver la realidad. Esto lo anotó Nadiezhda Malndelstam, en sus Memorias, al referirse a la dictadura del proletariado comunista en la Unión Soviética que le tocó vivir. La frase sirve, en realidad, para todas las épocas. Y queda muy bien para la nuestra que está dominada, no es un secreto decirlo, por la dictadura del consumo capitalista. Y si no fuera por el sacrificio y la lucha por la verdad, la sensatez y el compromiso ético de algunas personas, pasaríamos a lo largo de los siglos de ceguera en ceguera, de ignorancia en ignorancia, de alienación en alienación, incapaces de ver esa realidad abominable a la que se refería Mandelstam.

El término alienación es bastante diciente. En rigor, alienación significa lo ajeno, lo que es extraño a nosotros. Tanto en la Edad media como en los tiempos contemporáneos estar alienado ha significado no tener la posibilidad de ejercer el libre albedrío. Los motivos, por supuesto, de este impedimento han cambiado con el tiempo. Aunque no tanto en realidad. La gente sigue alienada por motivos religiosos, económicos y políticos. En este sentido, pareciera que la alienación está tan viva hoy como ayer. Solo han cambiado sus formas de expresión.

No estoy diciendo nada nuevo entonces cuando digo que el motivo supremo de nuestra alienación es el consumo regido por las finanzas. Fue Marcuse quien, hace años y dentro de la tradición marxista, analizó la realidad que vivían las sociedades capitalistas dominadas por la tecnología, los medios de comunicación y el consumo masivo.  A las sociedades de este tipo, Marcuse las denominó alienadas. Es decir, sociedades ajenas al espíritu de la controversia, sociedades distantes del ejercicio de la libertad, sociedades enfermas, sociedades ignorantes, sociedades que solo desean satisfacer su hambre y su sed de confort.  Pero en las diferentes reflexiones hechas en el pasado de este fenómeno, no había aparecido un factor de la realidad que hoy se ha hecho escandalosamente evidente: el asunto del deterioro ambiental provocado por nuestras sociedades alienadas. Antes la alienación era un objeto digno de exponerse en los ámbitos librescos y en las salas universitarias del pensamiento filosófico. Hoy, ante el estado de nuestro drama planetario, está saliendo a la luz pública. De tal manera que cada día es la sociedad civil la que se está dando cuenta de que este asunto tiene que ver con ella, y que es ella misma, más que nadie, quien debe intervenir.

Ahora bien, ¿cómo podría intervenir esta sociedad civil planetaria, dentro de una realidad marcadamente alienada, para solucionar su problema ambiental? ¿Cómo podría superar su incapacidad de ver la terrible realidad que lo rodea para así poder actuar? A mi juicio, debe empezar por concientizar a los otros a través de sus elementos más preparados intelectualmente, más éticos y morales y más capaces de generar simpatía humana. Debe acudir, en este sentido, a sus profesores e investigadores universitarios. Debe acudir a las personas que, valientemente, han creado grupos de solidaridad ambiental. Debe acudir a sus líderes cívicos más preclaros. Todos estos individuos y asociaciones, en el panorama mundial, cada vez están más convencidos de que su trabajo debe proyectarse hacia los otros en aras de concientizar a quienes no quieren o no pueden hacerlo. Y concientizar, frente a esta descomunal crisis climática, es molestar, es denunciar, es sacudir de las mentes el letargo y dispararlas hacia las esferas de un hacer humanístico.

Ya sabemos, sin embargo, cómo reciben estos comportamientos solidarios con la Tierra y sus habitantes los poderosos de turno. O se muestran tan ecuánimes que parecen insensibles. O se tornan mentirosos y manipulan la información. Cuando no son dueños de un populismo detestable en que todo marcha maravillosamente bien. Como el personaje de Cándido de Voltaire, creen que el suyo, el que ellos gobiernan corruptamente con el beneplácito de sus votantes, es el mejor mundo de todos los mundos posibles. La prueba más flagrante de esta prepotencia de los poderosos de la economía frente a la molestia proveniente de la sociedad civil, se presentó con la encíclica de Francisco: Laudamus si, sobre el cuidado de la casa común. Apenas escucharon o leyeron el llamado de atención del Papa, aquellos protestaron y dijeron, con el desdén que los caracteriza, usted ocúpese de la fe y nosotros nos ocupamos de la economía. Como si todas las cosas nuestras -la fe, el dinero, el placer en todas sus manifestaciones, el dolor, la enfermedad, la esperanza- no tuvieran que ver con el devenir de la Tierra.

Sé que ser catastrófico, entre los escritores, se ha convertido en algo así como una moda alternativa. Pero el panorama actual de nuestro planeta no da para más. Incluso, instancias tan optimistas, como lo es la Iglesia Católica para quien existe un Paraíso terrenal y una felicidad eterna, se ha pronunciado a través de su máximo jerarca con tonos sombríos. Porque basta leer la encíclica de Francisco para darse cuenta de que es necesario reaccionar. Pero ¿si estamos reaccionado y si lo hacemos como es debido?¿En una ciudad tan orgullosamente católica como Medellín y sus municipios aledaños, si se ha leído ese texto y se ha puesto en práctica lo que propone? ¿Por qué seguimos tan insensibles, tan ajenos, tan alienados, frente al problema de la degradación de nuestro aire? ¿Por qué seguimos demorándonos, como colectividad social, en reaccionar con firmeza ante las deplorables medidas que las autoridades de la zona metropolitana de Medellín efectúan frente a nuestra epidemia ambiental?  

Y ya sé que estos señores saltarán diciendo: ¡deplorables! Pero qué ingratitud y qué injusticia la de este escritor profesor.  Revise bien esta ciudad y mire que ha salido del fantasma del terror narcoparamilitar para convertirse en un ejemplo urbano del mundo. Somos la más educada y la más innovadora, alegarán con sus razones insoportablemente regionalistas. Cómo quisiera beber de esas imágenes espejeantes que pretenden mostrar una visión asaz parcializada de la ciudad. Medellín y sus municipios limítrofes ni han superado sus fantasmas paraestatales y lo que ha hecho, en realidad, a través de sus autoridades políticas y empresarios privados es asfixiarnos con su irresponsabilidad social llenando la ciudad con una enorme cantidad de carros, motos e industrias. Y lo seguirá haciendo, sin ninguna vergüenza, seguirá implementando sus medidas que favorecen al gran lobby del mercado automotriz e industrial, si su sociedad civil no reacciona. Nuestra tarea, repito, como profesores, estudiantes y administradores de las universidades, es despertar la conciencia de los habitantes. Debemos salir de nuestro idílico y un tanto autista circuito de investigaciones subvencionadas y publicaciones indexadas para lanzarnos hacia fuera, hacia los demás, y tratar de que ellos se alimenten de nuestro saber. Y hacerlo para que algún día tengamos el poder de cambiar estas medidas equívocas y malsanas que implementan las autoridades de Medellín. Lo que ellos han hecho, finalmente, y solo basta salir a las calles para constatarlo, es una ciudad ruidosa, caótica, contaminada, alienada por la industria. Nosotros, simplemente, queremos una ciudad para los ciudadanos.

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