Una escena del documental 'Peacemaker'.

El terapeuta alcohólico de los países en guerra

Durante los últimos 40 años, el irlandés Padraig O’Malley ha jugado un silencioso pero instrumental papel en la resolución de algunos de los conflictos más complejos del mundo. El documental ‘Peacemaker’, que se proyectará en el festival Ambulante, retrata la vida de un hombre que, salvando a los demás, ha buscado salvarse de sí mismo.

2016/08/18

Por Christopher Tibble

Los múltiples pasaportes de Padraig O’Malley, atiborrados de sellos, parecen pertenecer a los de un reportero de guerra: Irak, Irlanda, Sudáfrica, Bosnia, Nigeria. No hay países pacíficos, tampoco destinos turísticos. Solo hay, en palabras de su cónyuge, “un deseo por conocer y descubrir el lado más oscuro de la mente humana”.

Desde hace por lo menos cuatro décadas, el irlandés (Dublín, 1942) se ha desempeñado como un mediador de conflicto internacionales. Y a pesar de que ha logrado algunas de las hazañas más significativas en la historia de la diplomacia internacional, sobre todo en Irlanda del Norte, pocos saben quién es. Eso se debe a que O’Malley, que vive en apartamentos con montañas de cajas sin desempacar y apenas un puñado de alimentos en la nevera, nunca le ha interesado figurar. Tampoco le importa mucho el monto de su cuenta bancaria, o su misma salud: invierte todo su tiempo y energía, con una voluntad que nadie comprende, en ayudar a enarbolar la bandera de la paz entre facciones rivales.

Por eso sorprende que O’Malley, un hombre lúgubre que poco pareciera interesarle cualquier asunto que lo distraiga de su trabajo, haya accedido a que se filmara un documental sobre él. Pero lo hizo, y el resultado es espectacular: Peacemaker (2015), que se proyectará en Colombia durante el festival Ambulante, entre el 23 de agosto y el 25 de septiembre, funciona como el retrato de un hombre tan fascinante como complejo, cuya vida ha estado marcada por dos adicciones: el trabajo y el alcohol.

O’Malley, que de joven recibió la prestigiosa Fulbright Scholarship, empezó a tomar en forma en Boston, Massachusetts, mientras estudiaba en la Universidad de Harvard. Varias veces al día se emborrachaba en el bar que más adelante compraría y que le permitiría viajar alrededor del mundo, de conflicto en conflicto. Su interés por las sociedades en crisis inició hacia mediados de los setenta, cuando se interesó por el conflicto en Irlanda del Norte. Decidió entonces lanzarse en una aventura quijotesca: reunir, en el bar en Boston, a las cabecillas de las distintas facciones y, durante una semana, embutirles tanto alcohol hasta que, mermadas sus defensas, pudieran encontrar un punto en común. La estrategia, para sorpresa de una prensa escandalizada, funcionó.

De la noche a la mañana, el irlandés se convirtió en una sensación internacional. Llegaron los elogios y, también, las oportunidades: bajo la tesis de que los protagonistas de conflictos tienen rasgos de adictos, empezó a reunir a los líderes de distintos conflictos para que, como si se tratara de una reunión de alcohólicos anónimos, entre todos pudieran compartir sus experiencias sin sentirse señalados. Durante sus años dorados el alcohol fue instrumental: le permitió acercarse a los distintos bandos y entrar en sus círculos de confianza. “Sin él, nunca hubiera logrado hacer todo lo que he hecho”, dice en el documental.

Pero la adicción de O’Malley, a pesar de que no se toma una copa desde hace 13 años, también ha dejado sus cicatrices. Y de eso, en parte, es el documental: sobre un hombre ya anciano que no recuerda su pico como negociador, ni la mitad de su vida, que ya no retiene mucha información y que es consciente de cómo, poco a poco, todos sus logros y conocimientos se le escapan. En Peackemaker, O’Malley va al médico para revisar su memoria y, en una ocasión, visita la bodega que contiene sus notas, una pirámide de cajas que parecen mirarlo y decirle, no sin sorna: ‘¿sí se acuerda de qué hay dentro de nosotras? Pero O’Malley persiste. No se da por vencido. Continúa con sus foros, con sus terapias de conflictos. Como inmune a cualquier inclinación ideológica, viaja alrededor del mundo, escucha a caudillos, a veces los regaña, aboga por la comprensión.

El documental hace justicia a la descomunal energía y empeño de O’Malley, pero también al hombre detrás de los libros y los tratados de paz. Eso se debe, en parte, a que James Demo, su director, siguió a O’Malley durante cinco años. Así logró el retrato de un hombre fascinante, pero también, de alguna manera, condenado: pues existe entre sus logros y sus adicciones una resonancia casi poética, sobre todo con el alcohol, una droga lo subyugó pero que también le permitió convertirse en un jugador relevante en el ajedrez de la geopolítica mundial.

Quizá ninguna frase resuma de mejor manera su personalidad adictiva como la que suelta en el documental. En un par de ocasiones, se dirige a la cámara y, en esa melancolía irlandesa mejor resumida en la obra de Samuel Beckett, dice: “yo trabajo tanto para no tener que afrontar la alternativa: la pérdida de la esperanza”.

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