Leonardo Padura nació en La Habana en 1955.

Leonardo Padura: “Nos hace falta volver a creer en una utopía”

El escritor vivo más importante de Cuba estuvo en Cali como jurado del premio de Novela Spiwak Ciudad de Cali. Durante su visita conversó con ‘Arcadia’ sobre la falsa ilusión que la visita de Obama dejó en su país y, claro, de literatura.

2016/08/09

Por Lucy Lorena Libreros

Vestido de bermudas, sandalias y camiseta clara, Leonardo Padura apura un sorbo de un café americano en la sala de espera de un hotel del norte de Cali. Afuera es domingo y el sol recuesta su pesada barriga sobre la ciudad. Su luminosidad es tan fuerte que persigue al escritor hasta alcanzarlo en la pequeña mesa en la que se encuentra sentado. La imagen es lo más parecido a estar en la capital cubana, se le escucha decir. “Es como si La Habana me persiguiera a donde quiera que vaya. Debe ser que ya le estoy haciendo falta”.

El padre literario de Mario Conde, el célebre expolicía que nos ha narrado la vida reciente de los cubanos en las páginas de ocho historias –que muchos han buscado en la sección de novela negra de las librerías desde 1989– comienza a conversar sobre esa ciudad en la que nació hace 61 años, allá en el barrio Mantilla, y de la que nunca quiso marcharse porque solo en ese lugar del mundo sentía que podía convertirse en escritor.

Habla de La Habana setentera que recorrió en su época de estudiante de filología hispánica; de La Habana ochentera que un día lo empujó de repente a un oficio que no cortejó, pero del que no pudo deshacerse: el periodismo; de La Habana de los noventa que abofeteó a los cubanos con una crisis económica tremenda  y de La Habana actual, en la que cocinó su celebrada novela El hombre que no amaba a los perros y en la que recibió la noticia de su premio Princesa de Asturias; la misma que camina como una dama engañada ante la promesa no cumplida de ver el fin del largo bloqueo económico de Estados Unidos para restablecer las relaciones con ese país.

A cambio de eso, lo que ha sucedido con los cubanos –lo que sigue ocurriendo– es una diáspora que no se detiene y que justo este día fatiga, con otro de sus capítulos, los titulares de primera plana de los periódicos de Colombia: ‘Miles de cubanos varados en Turbo esperan seguir por Centroamérica hacia Estados Unidos’. 

“El asunto podría ocurrir en cualquier otro país -reflexiona Padura-. Porque después de la foto de Obama con Castro las cosas han seguido igual, la pobreza es la misma. Y no es que yo no la sienta. Pero de alguna manera encontré que la escritura es una forma de resistir”.  

¿Es decir que Leonardo Padura es otro de esos cubanos desencantados?
De alguna forma, sí. El hecho de que Cuba y Estados Unidos comenzaran a conversar y establecer relaciones diplomáticas después de 55 años y que como colofón de eso Obama visitara La Habana, produjo una gran expectación. Muchos pensaron en grandes cambios en poco tiempo, pero no ha sido así. Es que hay un elemento que está en el centro de esa lentitud y es que aún existe la Ley de Embargo. Y mientras eso siga pasando no puede haber relaciones comerciales, ni siquiera personales entre Estados Unidos y Cuba. Muchos se imaginaron en ambos países, que si por ejemplo una persona de EE.UU. quería visitar Cuba podía simplemente comprar un tiquete y montarse en un avión. Era lo mínimo que se esperaba, pero ni esa mínima expectativa se cumplió.

¿Se ha imaginado la vida de Cuba sin los Castro?
No se sabe qué va a pasar. Ahora mismo Cuba se prepara para celebrar los 90 años de Fidel y se espera que en 2018 Raúl deje el Gobierno. Pero hay un gran interrogante que es justamente ese: ¿qué va a pasar cuando ellos no estén? Pero como para hablar de política es necesario tener argumentos e información, a los cubanos nos cuesta opinar, porque justamente son esas dos las cosas que menos tenemos. Más que falta de alimentos o de dinero. Somos pobres también de información. Ni siquiera podríamos hablar de lo que va a pasar mañana mismo.

Su visita a Colombia coincide con una crisis humanitaria de gran magnitud, con miles de inmigrantes cubanos varados en Turbo, Antioquia, persiguiendo el sueño de llegar a Estados Unidos. La diáspora tampoco ha cambiado…
Lo que ustedes los colombianos están viendo ahí pudiera ocurrir en cualquier otra parte del mundo. Ya ocurrió en la frontera entre Costa Rica y Nicaragua. Ha ocurrido en Ecuador y en Panamá. Hay un flujo migratorio grande de Cuba hacia Estados Unidos, fundamentalmente porque es el país en el que un ciudadano cubano es admitido inmediatamente con un estatus de residente, gracias a una ley que se llama Ley de Ajuste Cubano. Cualquier cubano que pise suelo estadounidense tiene derecho a ella y es considerado inmediatamente un refugiado. Al año es residente norteamericano. Es eso lo que lleva a los cubanos a querer migrar a Estados Unidos.

El suyo, sin embargo, es un caso singular: no solo apostó por quedarse en Cuba, sino que desde allí, pese a las limitaciones de la industria editorial, ha podido escribir sus libros y, mejor que eso, ser una suerte de voz de la disidencia…
Fue una decisión que tomé hace muchos años, pero ni aún en las épocas de crisis económicas más fuertes, pensé en irme. Recuerdo que en la década del noventa se vivió en Cuba una de esas crisis. Por el año 92 fui por primera vez a Estados Unidos, invitado a un encuentro cultural en la ciudad de Sarasota, cerca de Tampa. Después, pasé unos días en Miami, con mi familia. Fui, me asomé y regresé. Decidí seguir viviendo y trabajando en Cuba. Y resistiendo de alguna forma a través de la literatura. Y cuando me preguntan por qué les digo esto: para mí lo más importante no era tener una casa bonita, un automóvil, ropa y lujos. Mi hermano pequeño se fue de Cuba persiguiendo eso pues sabía que en la isla nunca lo iba a lograr. Respeto al que sueñe eso, es legítimo. Pero ese no era el sueño mío.

¿Será porque en ningún otro lugar del mundo hubiese podido convertirse en escritor?
Es verdad. Me quedé en Cuba porque había decidido que lo mío era escribir. Yo necesitaba vivir en Cuba sabiendo que iba a enfrentar condiciones económicas precarias, dificultades para publicar los libros y complicaciones y suspicacias de todo tipo. Pero yo soy por definición un escritor cubano. Y como escritor cubano necesitaba de la vida, del ambiente, de la cultura, del lenguaje, de la espiritualidad cubana para escribir lo que escribo. Por ejemplo El hombre que amaba a los perros es una novela que arranca en Cuba y termina en Cuba. Y todo está visto desde la perspectiva de un cubano. Porque yo no puedo ser otra cosa. Fíjese que hace seis años tengo el pasaporte español, me dieron la ciudadanía. Y alguna vez alguien me preguntó si entonces después de eso me iba a vivir a Europa. Respondí que no. Nunca voy a ser un escritor español. Siempre seré cubano. Ese es mi lugar en el mundo.

Usted es un hombre que desde sus épocas de reportero ama profundamente la historia. Y muchos de sus libros tienen un gran sustento de fechas y datos. ¿Cómo escribir novelas de ese tipo desde un país con tantas limitaciones para acceder a la información?
Yo sabía que quedarme a escribir en Cuba implicaba también limitaciones para investigar sobre mis libros, sobre todo por el acceso a internet. Yo lo que hago es aprovechar cuando estoy de viaje para poder navegar por internet a mi antojo, porque en Cuba el acceso a internet es limitado, muy lento. Y esa es una sensación bastante extraña. Ahora mismo investigué aquí en Colombia sobre unos mapas que necesito para la novela que estoy escribiendo. Aprovecho los viajes para eso: para investigar sin restricciones. Cada vez que voy a España, por ejemplo, regreso con una maleta cargada de libros.

¿Es casi como otra cara de la supervivencia?
Sí, de alguna forma. La formación del escritor cubano es más difícil, pero no por eso menos completa. Pero la gente en Cuba lee y escribe también por necesidad. Y uno se vale de todas las estrategias: un libro que te trae un amigo, unas fotocopias. En mi generación, la de los setenta, en Cuba se publicaban muchos más libros, lo del Boom, todo García Márquez, todo Cortázar. Incluso hasta Borges y Cabrera Infante, que no se publicaban en Cuba, nos las arreglábamos para leerlos con devoción. Ahora mismo la industria editorial está muy deprimida. También nos la ingeniamos para ver también todo el cine que debíamos ver, el polaco, checo, francés, húngaro, el cine norteamericano y latinoamericano. Siempre hubo ventanas a través de las cuales nos asomábamos para ver el mundo.

¿Por qué la novela negra?
Siempre me gustó leer novela negra. Al principio leí lo que lee todo el mundo, alguna novela de Agatha Christie o de Ellery Queen. Después, escritores norteamericanos de los años treinta y cuarenta, como Raymond Chandler. En los ochenta, mientras trabajaba en una revista y luego en un periódico escribí mucha crítica sobre literatura policial, especialmente la cubana. Y eso me convirtió un poco en un especialista de este tipo de novelas. Gracias a eso fui dándome cuenta de que era posible escribir una novela policial de carácter literario y con contenido social, como ya lo hacían Rubén Fonseca, Manuel Vásquez Montalván y Paco Ignacio Taibo. Esos autores me mostraron un camino posible, que fue el que decidí transitar: una novela policiaca que fuera muy cubana, pero con peso en lo social y con peso estético.    

¿Qué tanto de Leonardo Padura tiene Mario Conde, justamente el personaje estelar de todas sus novelas policiacas?
Ojalá yo pudiera decir como Flaubert cuando le preguntaron sobre Madame Bobary: ‘c‘est moi’ (soy yo). Pero no, Mario y yo tenemos una cercanía muy grande. Es un personaje que nació para una primera novela en 1989, pero me di cuenta que por su fuerza valía la pena entrometerlo en otras cuatro novelas que inicialmente planeé. Pero ya voy en ocho. A lo largo de ellas ese personaje ha ido evolucionando; incluso ya dejó de ser policía.

Yoani Sánchez, la famosa bloguera cubana, dice que usted ha retratado a la Cuba reciente a través de Mario Conde…
Es que Mario ha sido siempre una especie de cronista de la realidad cubana, un observador. Y desde una perspectiva generacional y cultural muy cercana a la mía. Vivimos en el mismo barrio, estudiamos en la misma escuela, tenemos los mismos gustos literarios y deportivos. Hasta fumamos igual. Eso sí, Conde es mucho más libertino y mucho más borracho que yo.

Ahora que habla de que Mario es una suerte de cronista, qué pasó con El Caimán Barbudo, el periódico donde usted se hizo periodista…
Trabajé tres años allí cuando terminé mi carrera en filología hispánica en la Universidad de La Habana, en 1980. Era la revista cultural de la juventud de esa época y la más importante de Cuba. Fue un tiempo importante para mí porque me permitió estar en el centro de las discusiones y el ambiente cultural. Es en esa época que empiezo a escribir mis primeros cuentos. De El Caimán me expulsaron cuando la intervinieron y botaron al director. Fui a dar a un periódico, Juventud Rebelde, fundado por las juventudes comunistas y considerado hoy todavía como uno de los ejemplos de alta calidad del periodismo literario de los ochenta. Allí aprendí a hacer periodismo y a escribir largos reportajes sobre cómo apareció la Virgen Patrona de Cuba, sobre el Ron Bacardí o el percusionista cubano que cambió el jazz norteamericano, ‘Chano’ Pozo, que se publicaron posteriormente en Argentina y en España en un libro llamado El viaje más largo. Fue una época dorada que antecedió a los noventa, cuando desaparecieron casi todos los periódicos. 

Cinco años después esa experiencia, me retiré y me dediqué por entero a la escritura, aunque nunca he dejado de ser periodista. Hoy es más un periodismo de opinión, que se publica fuera de la isla, sobre la vida de los cubanos. Eso me ha costado discusiones poco agradables, pese a que soy muy objetivo en lo que escribo.

Y qué tantas discusiones le trajo El hombre que amaba a los perros. Hoy es casi que imposible no escribir Leonardo Padura y enseguida el nombre de esa novela…
Siempre me ha interesado la historia como una manera de entender el presente. Llego al personaje de León Trotski por un asunto de pura necesidad: en Cuba era imposible obtener información sobre este personaje y esa ignorancia fue la que me impulsó a buscar información. Y solo hasta cuando sentí que sabía suficiente nació la idea de escribir la novela. Investigar sobre Trotski fue muy complicado. Tuve que cargar con muchísimos libros, sobre todo de España. Mis amigos de México me conseguían libros y documentos. Igual que en Francia. Y esa experiencia no solo me dejó esta novela sino una enorme biblioteca sobre el ‘trotskismo’, la Guerra Civil Española, los juicios de Moscú y Stalin.

Suele decirse que los escritores son alérgicos a los ‘best seller’, pero este libro es eso: una buena novela que se hizo éxito comercial.  
A mí me ha sorprendido el éxito de este libro porque es la novela más anticomercial de todas. Es dura de leer, con personajes y estructura complicados. El lector está obligado a entrar en sus páginas con los cinco sentidos alerta. Pero al final lo que sorprende es que, a pesar de eso, ha tocado muchas fibras sensibles con respecto a la política y a un fenómeno que todos compartimos: nuestra necesidad de creer en una utopía, creer que el mundo puede ser mejor. Porque si de algo estamos convencidos es que el mundo que estamos viviendo hoy es una mierda. El proyecto utópico del Siglo XX, el comunismo, fracasó por muchas razones, entre ellas la existencia de Stalin, él fue el sepulturero de ese proyecto. Pero no se ha producido otro pensamiento utópico. Y creo que ya nos está haciendo falta.  

Será que andamos muy ocupados indignándonos en las redes sociales y permaneciendo atados a nuestros aparatos electrónicos y nos hemos olvidado de eso, de tener utopías…
Eso es cierto. Hace poco estuve en Europa y lo que uno ve es que el miedo se ha apoderado de todos. Y en un sentido muy literal. Yo estuve en Munich el día de los atentados. Por fortuna, estaba en las afueras de la ciudad. Pero estando allá, justo en esa coyuntura, uno acaba por contagiarse de ese miedo. Y al otro día salías a caminar a la calle y te preguntabas ¿hoy qué va a ocurrir? Y así se nos va pasando la vida. Casi como si no pudiéramos hacer nada. Lo que creo es que todo lo que ha significado para la humanidad pasar de la era posmoderna a la era digital ha afectado ese pensamiento utópico. Y no sé ahora mismo dónde estará, pero ya me hace falta. A la larga, El hombre que amaba a los perros habla de eso: de que el mundo puede ser mejor. Nos devuelve esa esperanza, esa utopía.

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