La sala 'Memoria y nación' del Museo Nacional. Foto: William Aparicio.

Bogotá y sus museos, en los ojos de un extranjero

Peppino Ortoleva, curador y profesor de la universidad de Turín, visitó la capital en mayo para dictar un curso en la Universidad de los Andes. Aprovechó su estadía para, además, hacer unas reflexiones sobre la ciudad, sus instituciones culturales y la manera en que el turismo global (y sus contradicciones) están transformando a Bogotá. Acá se las presentamos.

2016/07/08

Por Peppino Ortoleva*

Para mí, que soy profesor y trabajo como curador de exposiciones en otro lugar del mundo, visitar a Bogotá, el pasado mes de mayo, fue una oportunidad para reflexionar desde muchos puntos de vista. Aquello que me impactó, más allá de la belleza de los museos de la ciudad, fue, sobretodo, lo que llamaría una tensión sobre la renovación, en todo sentido y de maneras diversas: una renovación sobre la reflexión de los lenguajes en uso, de la experiencia propuesta a los visitantes, y también, de los modos de contar la ciudad en sí misma, y del país en su totalidad.

Creo que esta necesidad de innovación (visible, en particular, en la actual instalación del Museo del Oro, y en el proyecto de reestructuración del Museo Nacional, entre otros) nace de distintos factores. De un lado, me parece que la cultura del país está comprometida, quizá por los grandes pasajes de su historia, en una reflexión sobre su identidad; y del otro, que Colombia está más abierta que en el pasado a los visitantes extranjeros provenientes de todo el mundo, lo que implica, en ese sentido, que presente de manera diferente su patrimonio y su historia, incluso a sus propios ciudadanos (además de tener más en cuenta al público extranjero). Antes de detenerme en las especificidades de lo que vi en Bogotá, intentaré señalar algunas de las principales tendencias que están transformando el turismo global, y las contradicciones que les subyacen.

La primera contradicción: mientras que la tecnología ofrece a disposición de todos una inmensa cantidad de imágenes de cada rincón de la Tierra, la industria cultural en crecimiento es aquella que traslada a las personas de un país a otro. Es decir que se invierten tiempo y grandes sumas de dinero para perseguir con el cuerpo (dicho de algún modo) las informaciones que se pueden obtener de una manera muy simple, con tan solo mover un dedo en el computador. Es una paradoja solo aparente, como saben los lectores de Walter Bejamin: la reproducción fotográfica de una obra (y de los lugares) no solo no suprime el valor y la fascinación de su presencia concreta, sino que, al contrario, amplifica su singularidad, al cargarla de “aura”. Es también por este motivo que, a menudo, los lugares más visitados son precisamente aquellos más vistos con anterioridad. Lo que cuenta, entonces, es un valor ritual, y no solo estrictamente estético.

Además, cuando el visitante busca la belleza y el placer, se concentra cada vez más en poner en juego el conjunto de los sentidos, y no uno solo: la vista, y el oído, pero también el tacto, e incluso el olfato (que actúa en 360 grados en el ambiente que nos rodea), siempre concentrados sobre la experiencia individual y no tanto sobre los objetos. Incluso, las ciudades son las primeras que se están convirtiendo, justamente, en objetos estéticos por sí mismas, en cuanto lugares que ofrecen experiencias complejas. Sin embargo, y aquí reside la segunda contradicción, nadie sabe explicar exactamente qué hace “bella” a una ciudad: no es suficiente el atractivo visual de su arquitectura, o las “atmósferas” de ciertos barrios que describen y recomiendan las guías turísticas; los criterios son indefinibles y abstractos. Para muchos, especialmente los jóvenes, la ciudad bella debe ser, por un lado, capaz de hablarle a todos los sentidos, y por el otro, presentarse (ojalá al primer golpe de vista) como un lugar sociable: en la era de Facebook, el intercambio social tiende a ser un bien en sí mismo.

Y esta consideración nos lleva a la tercera contradicción, quizá la más significativa para quienes se interesan por los museos. Los modelos del turismo internacional son cada vez más normalizados: lo demuestran las guías turísticas de mayor éxito, que siguen estándares idénticos, incluso si se tratan de lugares muy distintos entre sí, y describen los países y las ciudades según una experiencia multisensorial, que sólo es diferenciada sobre la base de las categorías sociales y culturales de los viajeros. Sin embargo, el objetivo de este turismo unificador pretende todo lo contrario: la promesa de una experiencia de viaje no solo distinta, sino única. Dado que, en la era de las redes sociales, la visita a una nueva ciudad cobra sentido sólo si coincide con una experiencia nunca antes vivida.

En este sentido, en la actualidad, los museos se conciben cada vez menos como instituciones de conservación de un patrimonio pensado para perdurar, sino cada vez más como un modo mediante el cual la misma ciudad o el país se auto-presentan, ante los turistas y, también, ante sus ciudadanos. Sería errado pensar que lo que he dicho hasta ahora sólo se aplica al turismo internacional: procesos análogos se están extendiendo gradualmente a los habitantes de las ciudades del mundo, quienes están empezando a pedirle al propio espacio urbano la posibilidad de que sea un lugar que ofrezca experiencias nuevas y diferentes. Turistas en casa propia, que piden nuevos estímulos, no sólo a la ciudad sino también a sus museos. Creo que es fundamental tener en consideración lo dicho hasta el momento para hablar del caso de Bogotá.

No voy a detenerme en el magnífico Museo del Oro, que con gran elegancia gráfica y escénica valoriza, además de los objetos, el oficio; además de las obras, la cultura del metal, una de las características más peculiares de la cultura precolombina. Me pregunto, solamente, por qué el museo no incluyó las obras orfebres de la era moderna, comenzando por las bellísimas custodias, como la “Lechuga”, del Museo del Banco de la República. Que la colonización española (católica) haya marcado una ruptura en la historia de Colombia, es evidente, incluso desde el punto de vista iconográfico; sin embargo, quizá la cultura del metal sea un elemento de continuidad que podría ser valorizado.

Tampoco hablaré cuanto amerita de un lugar cuyo encanto es completamente inesperado: la iglesia-museo Santa Clara, que antes de ser un conjunto de obras, algunas muy bellas, es un ambiente único, casi obsesivo. No hay espacios vacíos. Las paredes están cubiertas con cientos de cuadros, pequeños cuadros, esculturas pintadas, mientras que el altar está dominado por un retablo enorme. La presencia de lo divino, tal y como era percibido en la contra-cultura de la Reforma, aquí se manifiesta, también y, sobre todo, en esta ocupación total del espacio, lo que constituye, en definitiva, una experiencia de inmersión. Recientemente, esta experiencia se ha enriquecido en términos informativos (incluso con elementos interactivos) y estéticos, a través de los experimentos de cruce con el arte contemporáneo; sin embargo, el hecho de “museificar” la iglesia (una elección artística de los años ochenta) y de no descomponerla en una serie de obras, es particularmente capaz de apelar a la sensibilidad actual.

Dicho esto, me centraré en el Museo Nacional, único por el espacio extraordinario que lo alberga (un “Panopticon”, pocos en el mundo) y por su larga historia, que lo convierte en el museo de su género más antiguo del continente.

La idea misma de un museo nacional es, hoy en día, una fase de transición. Este tipo de institución fue relacionado estrechamente, durante casi dos siglos, con un modelo historiográfico monumental, conforme a las enseñanzas de los colegios: una secuencia lineal de eventos y personajes, encadenada por el orden cronológico y destinada a legitimar las instituciones existentes. Aun en casi todos los países, el modelo se mantiene sin variaciones: basta pensar (circunscritos a Europa) en el Deutsches Historisches Museum de Berlín, que hoy en día, con dos mil años de historia, se erige bajo la premisa de celebrar la identidad alemana vuelta a descubrir, o el museo de mi Turín, dedicado al nacimiento del Estado italiano. En su forma original, incluso el Museo Nacional de Bogotá, al menos con respecto a la parte del siglo XIX, ofrece una representación lineal, difícilmente comprensible para quien no haya estudiado historia de Colombia. En ese sentido, me sorprendió gratamente, por su innovación y radicalismo,  el proyecto de la transformación de la estructura general del museo, y las nuevas secciones experimentales que ya se han abierto al público. Esta reestructuración tiene como mira la superación del orden cronológico, al dividir el museo en grandes temas transversales: territorio, sociedad y política, espiritualidad y religión. He de decir que se trata de una elección arriesgada, dado que para un visitante el criterio cronológico puede ser más fácil de seguir que un recorrido temático, y porque, además, al articular la visita según una variedad de temas, el concepto de Nación puede disolverse. Sin embargo, considero que también es una elección valiente, ya que este tipo de museos debe ser capaz de hacer pensar y no solo cumplir una función divulgativa; sumado a esto, el hecho de mostrar la superposición de distintos niveles de la historia permite entender la complejidad de la vida de un país.

Creo que ha sido justo y válido comenzar a poner en marcha el nuevo ajuste del museo con los primeros experimentos, como lo es la sala Memoria y Nación, que de alguna manera subvierte en muchos aspectos el orden de un museo tradicional, al presentar un ambiente y no una secuencia, un rompecabezas y no un discurso (donde el concepto mismo de Nación parece, incluso, puesto en tela de juicio); al aflorar y hacer valer las diversidades que componen el “ser colombianos”; donde la convivencia no oculta el conflicto, y la memoria de los individuos y de las colectividades no es pisoteada por aquella institucional. En definitiva, se abre un diálogo. Sin embargo, una vez más, en este caso, no faltan los riesgos: el primero, que un visitante menos preparado sufra una sobrecarga de información; el segundo, que estas paredes llenas de temas tan diversos enriquezcan, sí, el caleidoscopio de géneros, etnias, e identidades que han constituido el país, pero que no sean capaces de explicar por qué este caleidoscopio ha sido negado y escondido durante siglos. Pero confío en que la provocadora novedad de esta sala prevalezca sobre estos riesgos y sea un buen punto de partida, junto con el espacio Tierra como recurso, para el desarrollo del nuevo museo.

Haría una última observación: la presencia de estos museos en la web no está a la altura de sus magníficas colecciones, y de su esfuerzo de renovación que están viviendo de diferentes maneras. Hoy en día, la vida de un museo no solo se lleva a cabo al interior de sus paredes: existe aquella que se puede llamar una “circulación extracorpórea” que promueve la visita, la prepara, acompaña la reflexión y los comentarios sucesivos, y que a veces reemplaza la visita misma. La presencia de los museos fuera de los museos, en particular en la web y en las redes, merece mayor atención.

*Profesor de historia y teoría de los medios en la Universidad de Turín (Italia). Curador de exposiciones y museos desde principios de los años ochenta. En el mes de mayo de 2016 dictó, en la Universidad de los Andes, un curso sobre la transformación del entorno de la información y llevó a cabo un seminario sobre la transformación del lenguaje museístico. 

Traducción del artículo: Tatiana Andrade.

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