Foto: Nathalia Baena Giraldo

Las pinturas vivientes de Van Gogh

Durante los próximos meses estará abierta al público la exposición Van Gogh Alive, una muestra interactiva dedicada a revisar, mediante imágenes digitales y alta tecnología, la obra del célebre artista neerlandés. La muestra viaja por Medellín, Bogotá y Cali, desde el pasado 13 de mayo y hasta finales de año. Un análisis de la importancia de un hombre que cambió la historia del arte.

2016/05/23

Por Halim Badawi* Bogotá

Con frecuencia hemos constatado la existencia de dos tipos de artistas: los que persiguen afanosamente el hallazgo del “estilo” y los que prefieren seguir buscando. Dentro de los primeros tenemos aquellos que encuentran una fórmula, ojalá exitosa comercialmente, que les permita actuar con comodidad, construir su propia imagen-marca, responder al gusto predominante y a las exigencias del mercado. Dentro de los segundos tenemos a los artistas que persiguen nuevas formas de crear y comunicar, y así parezca que se repiten o se equivocan, entienden el error como parte de la vida: saben que sin error no hay transformación, ampliación de las sensibilidades o construcción de conocimiento nuevo.

El neerlandés Vincent Van Gogh (1853-1890) hace parte del segundo grupo de artistas. Aunque vivió poco, apenas 37 años, lo hizo intensamente: en las pinturas de sus últimos ocho años (1882-1890), Van Gogh anuncia muchas de las preocupaciones que acompañarán a los pintores modernos: los de su época y los de nuestra época. En su conjunto, su trayectoria plástica prefigura o resume las tensiones entre la figuración realista y la abstracción más radical, entre el compromiso social y la libertad del arte, entre la pintura oscura del norte de Europa y la pintura luminosa del sur de Francia, entre los intereses psicológicos del expresionismo alemán y el cromatismo exacerbado (e incluso decorativo) de las escuelas parisinas, entre la mancha francesa y la línea japonesa. Efectivamente, la trayectoria de Van Gogh parece condensar los extremos: los de su propia pintura y los que tensionaron el arte moderno durante el último siglo, y en el camino entre un extremo y otro, Van Gogh construye un lenguaje que nos anuncia, con sus brochazos desprevenidos cargados de libertad, el nacimiento de una nueva época.

La vida de Van Gogh, transcurrida en el silencio, el anonimato y en la intimidad de su mundo privado, un mundo solo revelado al gran público después de su muerte, funcionó como caldo de cultivo para las inquietudes propias del arte moderno. Estas inquietudes resultan claramente visibles en la colección del Museo Van Gogh, en Ámsterdam, el mayor repositorio de pinturas y esculturas de su autoría, una colección que sirve de insumo para la exposición Van Gogh Alive, actualmente en Colombia. Precisamente, a diferencia de otras colecciones institucionales como la del Museo de Orsay (París) o la del Metropolitan (Nueva York), que nos permiten la visión individual de algunas de sus obras maestras, la colección del Museo Van Gogh nos permite una intensa visión de conjunto, una experiencia que difícilmente podremos obtener en otro lugar, una visión capaz de mostrarnos las pequeñas transformaciones en la obra del artista, cómo una cosa fue llevando a la otra, cómo estas modificaciones devinieron en la construcción de un lenguaje radicalmente diferente, auténtico y nuevo.

En las primeras pinturas del neerlandés es perceptible un acercamiento al naturalismo y al realismo social (como por ejemplo, en su obra Los comedores de patatas, de 1885) mediante la construcción de atmósferas oscuras y monocromáticas, heredadas de la pintura tradicional de Europa del norte, una región brumosa, invernal y protestante. En estas primeras obras, Van Gogh representa y caricaturiza ligeramente ciertos personajes populares, remitiendo al artista francés Honoré Daumier.

Por su parte, algunos de los paisajes tempranos de Van Gogh, elaborados alrededor de la misma época, también en tono naturalista y enigmático, hoy podrían parecernos, si los ponemos en relación con sus obras posteriores, un tanto calculados y oscuros, como las frías atmósferas del Mar del Norte. La pintura temprana de Van Gogh siempre habrá que ponerla en relación con la larga tradición de la pintura holandesa de paisaje, vigente desde el siglo xvi.

Posteriormente, el neerlandés irá desprendiéndose de aquellos valores ranciamente heredados y de las tradiciones más arraigadas de la pintura de paisaje de su tierra. Gracias a su contacto repentino con la pintura moderna francesa y a su deslumbramiento ante la luminosidad del sur de Europa, Van Gogh construyó su colorido característico, más exacerbado, así como sus pinceladas pletóricas en libertad, con su desprecio frente a cualquier amaneramiento, racionalidad o nostalgia nórdica, y con su rechazo a cualquier fórmula estética preconcebida. Se abrió como una esponja dispuesta a absorber las transformaciones que la naturaleza, el sol y su época le ofrecían.

Sin embargo, del viejo y oscuro Van Gogh neerlandés persistieron, en su nueva pintura, algunos elementos que terminarán por potenciar su obra, por concederle hondura psicológica: la preocupación por la vida íntima, la exploración de la capacidad que tiene el paisaje de expresar estados de la mente, el desarrollo intenso de su propia subjetividad y un acercamiento personalísimo a la realidad, cosas que parecen constantes en toda su producción, desde sus primeras pinturas oscuras hasta sus últimas obras luminosas.

En ciertos paisajes elaborados en torno a 1889, un año antes de su muerte, cargados de manchas y colores, Van Gogh parece intuir la abstracción: si tomamos ciertas áreas de las superficies de sus cuadros y las sustraemos del resto de la composición, resulta perceptible su alejamiento radical frente a la realidad, un distanciamiento frente a la intención de representar las cosas. A veces, en algunos de sus paisajes tardíos, solo una pequeña rama extraviada en alguna parte de la composición nos recuerda que la escena alude a un paisaje. Comúnmente, en su última época, el holandés nos muestra el lienzo como un escenario de manchas y colores que, cada vez menos, tienen deuda alguna con la naturaleza que se presenta ante nuestros ojos, con los hechos o las circunstancias.

Tal vez, con Van Gogh, por primera vez en la historia del arte, la realidad empieza a diluirse, a mostrarnos de qué está hecha, a revelarnos la ilusión que se esconde detrás de las imágenes, un proceso que habían inaugurado los impresionistas algunos años antes (sin olvidarnos de El Greco, Goya y Turner), y que posteriormente encontrará un punto culminante con las pinturas abstractas de la sueca Hilma af Klint o del ruso Wassily Kandinsky, así como en algunos Nenúfares (1920-1926) de Claude Monet o ya, más radicalmente, en el expresionismo abstracto de las décadas de 1940 y 1950. Aunque resulta imposible predecirlo, uno desearía que la vida le hubiera concedido a Van Gogh una década más: tal vez habría alcanzado a llevarnos por los senderos de la disolución radical de la realidad en un hecho pictórico.

*

Por sus valores plásticos e históricos, Vincent Van Gogh ha sido una de las figuras determinantes del arte moderno, pero también ha sido una de las figuras más mitificadas y fetichizadas por el mercado del arte y por Hollywood, una situación que ha restringido la circulación y visibilización internacional de sus imágenes. Sin embargo, a pesar de su amplio reconocimiento internacional, la presencia espiritual y material de Van Gogh en Colombia ha sido más bien escasa: salvo una exposición traída por el Museo de Arte de São Paulo, realizada en la Biblioteca Luis Ángel Arango de Bogotá en 1994, que incluyó una pequeña pintura de su autoría, no existe memoria de otra exposición realizada en el país en la que hayan sido incluidas obras debidas a su pincel. Tampoco tenemos recuerdo de que sus obras hayan sido puestas en diálogo, al menos, mediante los artilugios tecnológicos de nuestro tiempo, con la cultura y la gente del país.

Por su parte, en el pequeño repertorio de pinturas impresionistas y posimpresionistas del Museo Botero de Bogotá, salvo un Toulouse-Lautrec de mérito, tampoco encontramos obras de Van Gogh o de sus compañeros posimpresionistas: Seurat, Cézanne o Gauguin. Aunque es probable que las obras del holandés hayan sido conocidas por el pintor colombiano Andrés de Santa María (1860-1945) durante alguno de sus viajes a Europa (incluso Santa María debió inspirarse en Van Gogh para pintar su Niño vestido de verde, actualmente en el Banco de la República), lo cierto es que su figura ha sido más bien marginal dentro del discurso de la museología y de la historia del arte colombiano. Sea esta una bella oportunidad para escarbar en la obra del pintor neerlandés, una obra que podría revelarnos ciertas claves necesarias para enfrentar estos tiempos de figuración y fama.

*Crítico de arte

Van Gogh Alive/Medellín

Del 12 de mayo al 28 de junio llega a Plaza Mayor Van Gogh Alive, la exhibición multisensorial de los trabajos y experiencias de vida de este prolífico artista durante el período 1880-1890.

Esta exhibición ha tenido un gran éxito taquillero en más de 23 ciudades del mundo tales como Florencia, Beijing, Shangai, Tel Aviv, Santiago de Chile, Milán, San Petersburgo, entre otras. Más de 1.000 dibujos y 900 pinturas de Vincent Van Gogh se podrán ver desplegadas en la exhibición.

Esta experiencia se vive gracias a la tecnología Sensory4 que permite mezclar los avances tecnológicos multimedia con la forma de contar una historia típica de la cinematografía, para generar vivencias y enseñar a las nuevas generaciones de una forma dinámica y emocionante.

Los visitantes vivirán una experiencia de museo que combina imágenes en movimiento con sonido envolvente de calidad cinematográfica y en entornos multi pantalla que se podrán ver incluso en el piso y techo del recinto. Las obras más famosas del artista  como “La Noche Estrellada”, “Los Girasoles”, “La habitación”, se podrán experimentar de una forma única.

Más información en: www.vangoghcolombia.com

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Conversaciones Arcadia-Tyrona

Dentro de la programación de la exhibición, se realizarán en Medellín las siguientes charlas con expertos para acercar al público a la obra de Van Gogh desde diferentes abordajes, de la mano de reconocidos críticos y estudiosos.

NOTA: Se ingresa gratis a la charla con la compra de la entrada a la exposición o mostrando la entrada de días anteriores en taquilla.

Primera sesión

Miércoles 25 de mayo, 7:00 p.m. 

Impresiones sobre la razón del Impresionismo y la visión de los postimpresionistas: Contexto histórico del gran quiebre de la representación en la pintura moderna.

Invitado: Oscar Roldán-Alzate, Crítico de arte y cultura. Politólogo y curador. Jefe Extensión Cultural Universidad de Antioquia.

Segunda sesión

Miércoles 8 de junio, 7:00 p.m.

Vidas y Obras de un pintor necesario: Un recuento biográfico de la vida del pintor holandés, recorrido por las obras trascendentes de su producción, legado a la humanidad.

Invitado: Carlos Arturo Fernández Uribe. Doctor en filosofía, historiador y crítico de arte. Docente Universidad de Antioquia.

Tercera sesión

Jueves 23 de junio, 7:00 p.m.

Yo, Vincent: Colores y palabras del relato de Van Gogh sobre sí mismo.

Invitada: Sol Astrid Giraldo, Historiadora, critica y curadora de arte, Asesora Centro de Artes Universidad EAFIT.

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