Día de la premiación

El encanto poético de lo cotidiano

La Casa de Poesía Silva dio a conocer los ganadores del concurso nacional 'La poesía de la vida cotidiana'. Se presentaron 1375 trabajos, entre los que se escogieron cinco ganadores

2013/10/29

Por RevistaArcadia.com

 

La Casa de Poesía Silva dio a conocer los ganadores el pasado 24 de octubre. Los ganadores fueron Henry Alexander Gómez Ríos (Bogotá), Federico Vélez González (Antioquia), Pedro Arturo Estrada (Antioquia), Cristian Cárdenas (Bogotá) y Jairo Sierra Castellanos (Bogotá).

Al concurso se presentaron 1.375 trabajos de varias regiones del país. Los ganadores fueron seleccionados por un jurado del que hicieron parte los poetas Juan Gustavo Cobo, Fernando Herrera y Humberto Dorado, quienes resaltaron “la enorme participación de entusiastas poetas de todo el país” y destacaron “las diferentes temáticas y elementos de las obras, así como la diversidad de tonos y de voces”, a la vez que reconocieron los estimulantes avances de la nueva poesía colombiana. 

Por su parte, el director de la Casa de Poesía Silva, Pedro Alejo Gómez, destacó la temática del concurso y sostuvo que la histotiria definitiva "no ocurre en el remoto horizonte, sino en la vida cotidiana. La más definitiva historia no está hecha de los grandes acontecimientos –las solemnes batallas y ceremoniosas coronaciones– sino de los obstinados y modestos días”.

 

1.


En el lomo de la vaca el viento revuelto en un sudario de espumas

 


Eran las mañanas y las tardes. Solía acompañar a mi abuela Ana
a llevar y traer las vacas, del establo al potrero y del potrero al establo.

Íbamos por la mitad del pueblo arriando las vacas
que eran como dedos gordos de Dios.

Yo y mis cinco años y la rama de un árbol haciendo de fusta.

El sol trepaba por las manchas azules de las vacas y en su paso torpe
un aliento desconocido empozaba la sílaba del sueño.

Las piedras, las crestas de los árboles, un puñado de maderos y sus cercas.

Verlas pastar era echar boca adentro toda la paciencia del aire,
como hundir una luna en un enredo de hierba.

Y en los ojos de las vacas un vacío de luz, un misterio lerdo que latía en cenizas
sobre el corazón lento del día.

Mis cinco años, mi abuela Ana y las moscas abriendo huecos
en las primeras sombras de la tarde.

Entonces la vaca Golondrina se fue de bruces al río.
El hechizo del agua le llegó como una soga que halaba su carne
en una cadencia sin tiempo.

Era de ver su júbilo corriendo entre las formas del torrente. Mugía y su voz era un tambor que trenzaba mi garganta. Un fósil nacido en lo más hondo de la vocal del mundo.

Corría la vaca por el río y mi abuela le seguía desde la orilla,
entre los pastos largos y mojados,
llamando desesperadamente su bovino. Cuidado de no ahogarse la vaca loca.

Mis cinco años arriando el sueño de loco de mi abuela Ana. En el lomo de la vaca el viento revuelto en un sudario de espumas.

Hará tiempo de aquello. El río arrastrando esqueletos húmedos de hojas y trastos
vegetales, llevándose consigo mis cinco años y las alas invisibles de la vaca Golondrina, en una ceremonia de bocas abiertas a los muslos de la nada. Navegaba ahora
hechizado el ocaso en una brisa de peces muertos.

Dicen que las vacas
se parecen a los sueños de los hombres tristes, no dejan de rumiar su soledad
en cualquier balcón desvencijado de la vida. En la mañana
o en el ayer, es floración la noche cerrada.

A la orilla, sobre la piedra bañada, boquea todavía la vaca Golondrina
tragando tajos de luz. Muge mientras puede.



                                                                               (Alfred Kubin)
                                                                       Henry Alexander Gómez Ríos

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