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Conozca los poemas ganadores en la Casa de Poesía Silva 2013

Conozca los cinco poemas ganadores del premio "La poesía de la vida cotidiana" de la Casa de Poesía Silva.

2013/10/29

Poemas ganadores
 
1. EN EL LOMO DE LA VACA EL VIENTO REVUELTO EN UN SUDARIO DE ESPUMAS

 
Eran las mañanas y las tardes. Solía acompañar a mi abuela Ana
a llevar y traer las vacas, del establo al potrero y del potrero al establo.
 
Íbamos por la mitad del pueblo arriando las vacas
que eran como dedos gordos de Dios.
 
Yo y mis cinco años y la rama de un árbol haciendo de fusta.
 
El sol trepaba por las manchas azules de las vacas y en su paso torpe
un aliento desconocido empozaba la sílaba del sueño.
 
Las piedras, las crestas de los árboles, un puñado de maderos y sus cercas.
 
Verlas pastar era echar boca adentro toda la paciencia del aire,
como hundir una luna en un enredo de hierba.
 
Y en los ojos de las vacas un vacío de luz, un misterio lerdo que latía en cenizas
sobre el corazón lento del día.
 
Mis cinco años, mi abuela Ana y las moscas abriendo huecos
en las primeras sombras de la tarde.
 
Entonces la vaca Golondrina se fue de bruces al río.
El hechizo del agua le llegó como una soga que halaba su carne
en una cadencia sin tiempo.

Era de ver su júbilo corriendo entre las formas del torrente. Mugía y su voz era un tambor que trenzaba mi garganta. Un fósil nacido en lo más hondo de la vocal del mundo.
 
Corría la vaca por el río y mi abuela le seguía desde la orilla,
entre los pastos largos y mojados,
llamando desesperadamente su bovino. Cuidado de no ahogarse la vaca loca.
 
Mis cinco años arriando el sueño de loco de mi abuela Ana. En el lomo de la vaca el viento revuelto en un sudario de espumas.
 
Hará tiempo de aquello. El río arrastrando esqueletos húmedos de hojas y trastos
vegetales, llevándose consigo mis cinco años y las alas invisibles de la vaca Golondrina, en una ceremonia de bocas abiertas a los muslos de la nada. Navegaba ahora
hechizado el ocaso en una brisa de peces muertos.
 
Dicen que las vacas
se parecen a los sueños de los hombres tristes, no dejan de rumiar su soledad
en cualquier balcón desvencijado de la vida. En la mañana
o en el ayer, es floración la noche cerrada.
 
A la orilla, sobre la piedra bañada, boquea todavía la vaca Golondrina
tragando tajos de luz. Muge mientras puede.
 

                                                                                                              (Alfred Kubin)
                                                                       Henry Alexander Gómez Ríos
 

2. SÚPLICA DE VINCENT HEYWARD –EL VIOLADOR DE MANHATTAN–
A SU AMANTE NINA GILBERT
 

Una llamada tuya,
hoy temprano, antes del mediodía,
podría hacer la diferencia
entre un amante apasionado
y ese loco que has visto en los noticieros
maltratando mujeres
en Harlem y Chinatown.
 
Cuando no te encuentro
y llevo algunos billetes en el bolsillo,
puedo darme el lujo de ir a recordarte
con la primera prostituta que se me ofrezca
por los lados de Orchard Beach.
O llamo a mi amiga Jelissa,
una travesti negra del Bronx
que siempre está dispuesta para mí
por 30 o 40 dólares.
 
Ahora no tengo un centavo
y espero tu llamada.
Salva una vida,
salva la vida de Nicole, de Lisa, de Samantha,
de cómo quiera que se llame la víctima de hoy.
 
Llama antes del mediodía
sálvame de mi mismo.
 
                                                                                                              (Emilio Mejía)
                                                                                                              Federico Vélez González

 
3. ESCRIBIR EL DÍA
 
El jardín, la frescura de la mañana luego del café caliente y el primer cigarrillo.
La ciudad todavía enredada en brumas –restos de la noche–,
mientras asciende la luz sobre el verde mate de la montaña
y abre el azul brillante del día.
Camino sobre la grava menuda escuchando el zureo de las palomas
junto al tejado del cobertizo. Clara duerme todavía. No he querido despertarla
porque sé que estuvo desvelada hasta muy tarde.
Mejor la llamo cuando prepare algo para desayunar. No hay ninguna prisa.
 
*
 
Quiero aprovechar estos días en Santa Elena para leer y escribir.
Volver a escribir luego de meses sin hacerlo, pues si bien no me preocupa,
no me angustia, no es bueno dejar pasar más tiempo sin intentar otra vez
ese forcejeo silencioso con las palabras.
Leer constituye, por fortuna, la mejor estrategia y la fuente nutricia
para mantener vivo mi ser. Mi auténtica naturaleza.
 
*
 
Porque, además, he comenzado a publicar tardíamente,
y la gente necesita saber que a mis 52, no me quedé en esos tres libros.
Aquí sigue siendo importante la letra impresa y periódica.
La producción más o menos contínua de libros. De lo contrario
te miran con cierta condescendencia, incluso con algo de lástima.
Sin embargo, no me ha ido mal con esto. Me doy cuenta.
El primer poemario no pasó inadvertido.
 
*
 
Quito algunas hojas secas, remuevo un poco la tierra de algunos rosos.
Me gusta sentir en la mano el contacto vivo de la greda negra,
las ramas, la aspereza de los tallos.
Siempre ha sido así, desde niño, cuando ayudaba en las labores del campo,
cuidando el maíz de la voracidad de los querqueses.
Era entonces un pequeño espantapájaros.
 
*
 
Preparo café, pan tostado, huevos, jugo de naranja y pongo la bandeja en la mesita,
junto a su cabecera. Me acerco hasta su rostro medio hundido en la almohada,
con un ligero beso en su mejilla la despierto.
Me mira soñolienta, pero sonríe.
 
*
 
Al rato, ha ido a bañarse y a ponerse un vestido para el día.
Recojo los restos del desayuno y voy a la cocina para lavar y ordenar los platos.
Los dos limpiamos la casa antes de mediodía.
Es esta una casa pequeña, sencilla, de montaña,
y abajo se divisa el valle, la ciudad extendida como una herida inmensa.
Un sordo rumor se deja sentir a veces
subiendo desde ella con el viento
como en tropel.
Allá abajo he pasado los últimos años, he vivido y soñado.
He sido feliz y, a veces, también, he sufrido como tantos,
como todo el mundo.
 
*
 
Salta, y luego viene hacia mí con la alegría de un niño fogoso.
Sus grandes patas delanteras me empujan el pecho con fuerza.
Acaricio sus orejas, su cuello y hocico con afecto.
Sus ojos brillantes me miran directamente. De su boca abierta, acezante,
el aliento concentrado del verano me sube al rostro.
Acaricio su pelo negro, azabache, con la textura del caballo femenino.
Es un pequeño dios, mi perro.
 
*
 
Ahora salimos a caminar por los alrededores de la casa.
Tomamos un sendero sombreado de pinos. Es una tarde de abril, cálida, brillante.
Clara sonríe feliz. Lleva lentes oscuros, pero yo prefiero ir expuesto a la luz,
toda la luz, aunque duela.
No obstante, los distintos verdes matizan ese brillo. Y las sombras
como oasis de profunda frescura. Y el gorjeo de los pájaros,
y el susurro de las hojas. Las montañas se alzan al fondo, magníficas.
Hay algo misterioso en el aire… Unos versos empiezan a aletearme en la cabeza,
unos versos que trato de retener para cuando vuelva a la mesa:
Abril es todo vuelos, todo gorjeos.
En abril la montaña se aduenda (…)
 
*
 
Cuando regresamos, el calor comienza a disminuir.
Hay sudor y cansancio en nuestros cuerpos y vendrá bien una buena ducha
antes de tendernos para la siesta.
Clara me ofrece agua de su botella y bebo con deleite.
La veo sonreír, bella como la muchacha que conocí hace veinte años.
El deseo intacto y más vivo aún.
Entramos juntos al cuarto de baño, riendo otra vez.
El agua nos recibe, desnudos, anhelantes.
Ah, la vida es esta frescura y el brillo de los ojos de Clara en los que me reflejo.
 
*
 
El goce de los sentidos, la alegría de ser, de estar aquí,
en este instante único y pleno, respirando,
sintiendo que siento en cada poro la fuerza de la vida,
la caricia de la luz, la calidez, la belleza de otra piel,
el contacto de los objetos… Es todo.
Es el epítome de toda sabiduría, toda iluminación.
Siglos de especulación metafísica se concentran
en este solo instante en que Clara me aprieta contra sus senos
y mi lengua ávida lame su interior humedecido.
 
*
 
Pero, después, la soledad. Sí, la tristeza pos coito que decía el viejo.
Ambos callamos, dejamos que entre los cuerpos se instale el frío,
el silencio irremediable. Así fue también en el paraíso, pienso.
La súbita sensación del desamparo, la vulnerabilidad ante la muerte.
Fumo  otra vez (es el décimo cigarrillo del día),
y las volutas de humo en la semipenumbra se desvanecen
como última imagen del día en las hendijas.
Afuera la noche comienza a silabear y a recoger sus animales.
 
*
 
Clara se esconde un poco de mí. Prepara algo para cenar en la cocina.
Bruno ladra a las sombras en el patio y, como a mí,
la presencia misteriosa de la noche parece incitarlo en lo profundo.
Bruno late a la luna creciente, yo comienzo
a abrirle surcos de tinta negra al papel blanco.
 
*
 
Escribir en la noche, sin embargo, no es siempre lo mío.
Prefiero la mañana, la frescura temprana del día sobre la mesa,
entrando por la ventana con el rumor de hojas y pájaros afuera,
e incluso, cuando estoy en la ciudad,
con el ruido sordo de las calles “batidas por oscura batahola”,
como escribió Rogelio.
 
*
 
Clara me invita hacia las 9 a degustar con ella la crema de zanahoria que ha hecho.
Luego tomamos un té en el fresco del patio. Oímos soplar una ligera brisa
por entre los helechos mientras Bruno, ya más tranquilo,
parece concentrarse en el estridular de los grillos
echado en el frío suelo del corredor,
el hocico entre las patas.
 
*
 
Me despierto tal vez hacia las dos de la mañana, súbitamente lúcido,
casi asustado de mí mismo, de la vida que he llevado hasta hoy y cuyas minucias
se me antojan de repente, absolutamente hermosas e incluso trascendentales,
según las voy recordando.
Clara es sólo un bulto gris que respira y duerme a mí lado,
tan ajena como cualesquiera otra de las millones de durmientes
a esta hora en el mundo
 
*
 
Después regresaremos a la ciudad. La ciudad que me verá morir.
 
***
(2011)
 
                                                                                                              (Bruno Salomón)
                                                                                                              Pedro Arturo Estrada Z.
 

4. LA DESPEDIDA
 
Si el olor que impregna los espacios de esta cocina no fuera hecho de ti,
escoger, lavar, agrupar y rebañar alimentos no fuera una escuela del silencio,
donde la sensación de vacío no se adueñara completamente de mis pensamientos,
ni el alma quisiera, disimuladamente, escapar en tu búsqueda.
 
Si tus pasos no sonaran en la tapicería, no miraría hacia atrás convencida
que todo el olor de esta cocina no se equipara con la fragancia de tu cuerpo.
Si el frenesí que me genera tu cercanía no me hiciera reprocharme mis actos,
no creyera a lo lejos ver en tu sonrisa, un majestuoso rascacielos por el que lanzarme.
 
Si no te viera bailar en mis pupilas, mecer tus manos por la alfombra,
si el humo que expide esta cocina, cubriera mi pecado con tu sombra,
podría mirarte complacida a los ojos, mientras cruje la olla que nunca parará,
pues es como yo, insegura, poco dada a la soledad.
 
Si no tuviera que desganar mi aliento en cada toque cauteloso del salero,
el sabor de tu boca no me aprisionaría los labios hasta desangrarlos.
Y mis lágrimas no serían como huellas de aceite en el agua,
ni mis dedos temblarían como hortalizas desnudas ante el fuego.
 
Si no tuviera que ver tus besos impresos en mis poros borrarse por el agua, tan aprisa,
confundiéndose pronto con la desdicha de la oscuridad: el eterno suplicio,
terminaría de servir el plato, decorarlo ante tu vista: con distintas salsas,
hojas de sándalo, y un poco del perejil que tanto te gustaba.
 
Si no fuera cierto que desperté hoy tan lejos de ti, cocinaría todo de nuevo.
Arreglaría, uno a uno, los granos de arroz en tu plato, serviría pronto.
Te llevaría la bandeja organizada: la sopa a la izquierda, el principio a la derecha.
Y justo después de reposarla en la mesa, iría apresurada a besarte la frente, como siempre.
 
Pero hemos de reconocer que no desperté contigo, y que he estado preparando la última cena,
la de un sabor lúgubre, ese sabor que produce un nudo en la garganta.
La cena que tiene temores cubriendo los platos, y tiene el brillo natural de la despedida.
La cena que será la conclusión de muchos años de vida.
 
Ahora, como nunca, me siento dos sillas lejos de ti,
y veo, de pronto, el movimiento de tus labios transgredir los límites de mi cordura;
me veo, inesperadamente, a tus pies, con la mirada fija en las grietas del suelo,
y los párpados hundidos en el roce tuyo, en el desdén tuyo
 
Y, poco a poco, me doblego ante el recuerdo de mi pecado, me quiebro.
Y al levantar mi rostro veo tus ojos, cándidos y esplendorosos,
y por un momento creo ver tu perdón a flor de boca,
pero mi esperanza se ve aplastada repentinamente en tus palabras:
¡Ya es tarde! Tengo que irme.
 
                                                                                                                             (El cosmos)
                                                                                                                             Cristian Cárdenas

5. LA SOLEDAD DEL CAMPO

 
Y así me acuerdo de ti, Halldór Kiljan Laxness, mientras camino a ciegas por el mundo,
bajo el ruin sonido de las carpas de ciudad, bajo la tenue sonrisa de la gente.
Como si todo fuese parte de una saga de tu bella Islandia,
en donde las luchas por la tierra adquieren tintes titánicos,
aires desarmados y épicas batallas
 
Ahora puedes inscríbeme en tu relato: gente independiente.
Para que el papel sepa lo que estar vivo y yo lo olvide por completo.
Para que las palabras que siguen a ésta sepan de mi independencia.
Y jamás olviden cuánto cuesta perderla
 
Si tienes que decir mi nombre, di: Bjatur.
Si tienes que decir quién soy, di: un campesiono
Si tienes que escribir que he perdido, di: una granja
Si tienes que olvidarme algún día, ¡hazlo!
 
Pero no me des eternamente a guardar a tu memoria,
no vivas con el rostro empañado de lágrimas, ora opaco, ora frío
¡Cuán escritor islandés que no conoce de personajes e historias de papel!
Que no son más que alimento para el alma de quien lee
 
Yo he muerto, y sin embargo, sigo esquivando baches de ciudad,
sigo en la mañana tibia que fulminó nuestro corazón ¡Escritor amado”
Permanezco en pie, habiloso, luchando ente las sombras,
quebrantado, amarrado al tronco del árbol en el que jugué al amor y señor.
Allí, donde años más tarde, atado al potro del alcohol lloraba,
mientras veía mis pasos obligados alejarse de mi antigua granja
 
Hay fuerzas en el mundo que se adueñan de la vida, poco a poco, Halladór,
y la costumbre se adhiere a nosotros y nos quema el corazón,
nos ata al vaivén de la derrota, pues hemos perdido nuestro derecho a ser,
a estar, a seguir siendo quien somos: campesinos
 
La amenaza pisó nuestra tierra un día, y vimos sus ojos a la luz:
ojos tibios que la codicia encierra como en un escaparate.
La tierra que solo nuestro amor conoce, se quiso llevar.
Y la lluvia, desde entonces, cae día y noche.
 
Deseó algo que no le pertenece, y sin embargo, lo tiene.
Entre la helada mañana que cubre la ciudad me acuerdo de ti, Halldór,
como si fuese un ultimátum de la muerte fría,
como si fuese nuestro juicio en la tierra realizado
 
Te veo partir a Laxness, tu granja, tu vivienda de niño.
Te veo llegar al lugar que, según cuentas, gente como yo han perdido.
Y allí veo gente despojarse de su independencia y me quema tan aprisa, tal imagen.
Me quemo por mí mismo, me quemo por el infeliz capitalismo.
 
                                                                                                              (Veraniego feliz)
                                                                                                              Jairo Sierra Castellanos



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