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Dos poemas de Jorge Luis Borges

El escritor y poeta argentino murió el 14 de junio de 1986, en Ginebra, Suiza. Lo conmemoramos presentando estos dos poemas.

2016/06/14

Por Revistaarcadia.com

Elegía

Oh destino el de Borges,

haber navegado por los diversos mares del mundo

o por el único y solitario mar de nombres diversos,

haber sido una parte de Edimburgo, de Zúrich, de las dos Córdobas,

de Colombia y de Texas,

haber regresado, al cabo de cambiantes generaciones,

a las antiguas tierras de su estirpe,

a Andalucía, a Portugal y a aquellos condados

donde el sajón guerreó con el danés y mezclaron sus sangres,

haber errado por el rojo y tranquilo laberinto de Londres,

haber envejecido en tantos espejos,

haber buscado en vano la mirada de mármol de las estatuas,

haber examinado litografías, enciclopedias, atlas,

haber visto las cosas que ven los hombres,

la muerte, el torpe amanecer, la llanura

y las delicadas estrellas,

y no haber visto nada o casi nada

sino el rostro de una muchacha de Buenos Aires,

un rostro que no quiere que lo recuerde.

Oh destino de Borges,

tal vez no más extraño que el tuyo.

Bogotá, 1963

El amenazado

Es el amor. Tendré que ocultarme o que huir.

Crecen los muros de su cárcel, como en un sueño atroz. La hermosa máscara ha cambiado, pero como siempre es la única. ¿De qué me servirán mis talismanes: el ejercicio de las letras, la vaga erudición, el aprendizaje de las palabras que usó el áspero Norte para cantar sus mares y sus espadas, la serena amistad, las galerías de la Biblioteca las cosas comunes, los hábitos, el joven amor de mi madre, la sombra militar de mis muertos, la noche intemporal, el sabor del sueño?

Estar contigo o no estar contigo es la medida de mi tiempo. Ya el cántaro se quiebra sobre la fuente, ya el hombre se levanta a la voz del ave, ya se han oscurecido los que miran por las ventanas, pero la sombra no ha traído la paz.

Es, ya lo sé, el amor: la ansiedad y el alivio de oír tu voz, la espera y la memoria, el horror de vivir en lo sucesivo.

Es el amor con sus mitologías, con su pequeñas magias inútiles. Hay una esquina por la que no me atrevo a pasar.

Ya los ejércitos me cercan, las hordas.

(Esta habitación es irreal; ella no la ha visto.)

El nombre de una mujer me delata.

Me duele una mujer en todo el cuerpo.

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