Robledo nació en Medellín en 1968. Foto: Juan Osorio

Felices o no, justos o no: los 'Días de gratitud' de Juan Felipe Robledo

El libro, una antología de las obras del poeta paisa, retrata con elegancia el tedio, la plenitud, la escritura, la incertidumbre, el pasado, el porvenir, en fin, el día a día.

2017/04/10

Por Carlo Acevedo

La antología Días de gratitud (Valparaíso, 2016) condensa parte de la obra del poeta paisa Juan Felipe Robledo. El ganador del Premio Nacional de Poesía del Ministerio de Cultura en 2001, con el libro La música de las horas, y autor de Dibujando un mapa en la noche (Igitur, 2008), distingue, en las cinco secciones de la antología, algunas de las perspectivas que han moldeado su poesía, así como las variaciones sutiles, aunque perceptibles, de su voz. No se señala en el libro, sin embargo, a qué publicaciones pertenecen originalmente los poemas, lo que puede ser un problema para quien espera el formato tradicional de una antología.

Pero vale la pena detenerse en el título del libro antes de entrar al contenido del mismo: Días de gratitud. ¿A qué días se refiere el autor? ¿Es posible que haya algunos días que puedan considerarse de gratitud? ¿Está, acaso, refiriéndose a todos? ¿Qué separa a los días de gratitud de los demás? Éstas son algunas de las puertas que el libro abre al lector antes de abordarlo.

Las primeras dos secciones del libro (‘Al dictado del tiempo‘ y ‘Liviana puede ser la vida‘) son las más convergentes de todas, en términos de voz, en términos de perspectiva. El tiempo, como punto de referencia, es el elemento que detona al yo lírico en ellas. La anécdota reveladora, inquietante, por simple o compleja que sea, y el testigo que observa, aun cuando es parte de ella, son fundamentales para el desarrollo de ‘Al dictado del tiempo‘. En Robledo, la anécdota demuestra tener una presencia múltiple: está aquella que le habla al poeta desde el instante y otra que le habla desde el recuerdo. En las primeras páginas del libro, aparece el escritor hablándose a sí mismo, inventariando un pasado y haciéndole frente a un presente que, felices o no, justos o no, habiendo cumplido las expectativas o sin haberlo hecho, representan vivencias de las que no se puede renegar, ya que personifican la única y maravillosa oportunidad de existir: “Salgo a dar una vuelta de amigos por el parque/y estoy tranquilo con el destino que me ha sido dado” (pg. 23).

‘Liviana puede ser la vida‘, la segunda sección, puede leerse como una extensión de la que le precede. El tiempo y el destino siguen siendo los puntos de referencia. Sin embargo, gana protagonismo la figura femenina. El deseo, con sus múltiples caras, es un nuevo ingrediente: “…es alegre el paisaje que ilumina/doloroso el momento que la deja pasar…” (pg. 36). Por lo demás, aparece la tradicional figura múltiple de la mujer ante los ojos del hombre: la que pudo haber sido, la que fue, la que nunca será, la que llega para irse, la amiga, incluso la madre.

Sin embargo, las afinidades latentes entre voz y perspectiva de las primeras dos secciones pueden producir una sensación de monotonía en el lector. Llega el punto en el que éste demanda descubrir una capa más del poeta, del testigo, una cara distinta del dado, una versión distinta de Juan Felipe Robledo.

Y es en ‘Donde se usa la palabra alma‘, la tercera sección del libro, donde puede percibirse un Robledo renovado: “Busco en la superficie de las dunas una manera/distinta de mirar” (pg. 49). De nuevo, la corriente del pasado es relevante para el autor, pero su cauce desemboca en mares distintos. Ésta aparece comprendida a cabalidad por el poeta, y la encara con un porvenir esperado, plausible, estimable. Desde la tensión de dichos extremos, surgen el presente y la urgencia de vivir, mas no como alguien que se deja llevar por el destino, sino como un individuo que se apropia de las circunstancias que le son dadas; busca darles forma, como si fuesen arcilla, porque reconoce que éstas son la máxima riqueza de la que dispone. El poeta atento, perceptivo, pasa a ser el poeta de la acción, de la asertividad.

‘Días de gratitud‘: la cuarta sección (dedicada a Catalina González, mujer de Robledo) es la que le da el nombre a la antología, y a su vez ésta lo recibe de su primer poema. De manera explícita, el autor indica “cuáles son los días de gratitud”. Éstos, sin más adornos, son aquellos que de un tiempo al presente han contado con la presencia de su mujer. Aparecen aquellos días en los que el poeta la conoció y lo que dicho suceso representó para él. Una atmósfera de incertidumbre rodea a tales poemas, pero ésta siempre llega a tener una connotación positiva, pues es la propia incertidumbre la que le abre espacio a la oportunidad, al cambio.

Además, en estos poemas, Robledo transmite la plenitud que vivir una relación cierta inspira en él. Sin embargo, no llega a la idealización cursi de la pareja: es la asimilación de las fallas, defectos, bondades, cualidades, lo que permite tal estado en el autor. También es válido resaltar que, en esta, la cuarta sección, Robledo se atreve a rondar un lenguaje más arriesgado: “…tu rostro tiene el don de los ídolos pequeños/no hace falta llamarlo para que acuda a la cita” (pg. 73).  

Al oficio de la escritura está dedicada la última sección del libro. ‘Palabra que no dice‘ es, tal vez, el segmento más interesante de todos. Robledo no se casa con dogmas ni posiciones rígidas. Se muestra sincero, hasta el punto en que no teme contradecirse. Y así es el oficio de quien escribe: algunas veces representa algo y otras veces no. Salvación, búsqueda frustración, incluso ironía. Éstas son algunas de las facetas, bien sabidas, aunque inagotables, que atraviesa el escritor. Pero lo importante es que, en últimas, la escritura siempre resulta ser un proceso de búsqueda: “… esencial palabra que no ha sido dicha de otra manera/o que ha sido dicha de cuatro o cinco maneras/ definitivas” (pg. 82). Robledo también aprovecha para revelar sus propias influencias, citar o mencionar nombres que hacen parte de la tradición de la literatura universal: aparecen directa o indirectamente la poeta rusa Marina Tsvietáieva, el poeta portugués Eugénio de Andrade, el poeta peruano Eduardo Chirinos.

Y bien, aunque Robledo ponga el punto sobre la i, al responder a la pregunta “¿cuáles son los días de gratitud?”, cuando se referirse a aquellos junto a Catalina, su mujer, el desarrollo de la antología permite intuir al lector que, más allá de que el autor lo sienta así, o no, el pulso del poeta sugiere que los días de gratitud comprenden todo: el tedio, la plenitud, la escritura, la incertidumbre, el pasado, el porvenir, en fin, el día.

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