Miembros de la fuerza pública erradicando coca el 29 de enero de este año en Nariño. Foto: Mauricio Orjuela/Mindefensa.

Breve historia de la coca

Frente al aumento de los cultivos de coca en el país, y el debate que se ha desatado a raíz de la propuesta del fiscal general de volver a la aspersión aérea, publicamos este capítulo de ‘Remedios nocivos’, de Andrés López Restrepo, un nuevo libro que trata sobre la política colombiana contra las drogas.

2016/09/20

Por Andrés López Restrepo

La coca*

Los esfuerzos coordinados entre países por controlar o prohibir la producción, el comercio y el consumo de determinadas drogas se remontan a finales del siglo XIX, pero siglos antes, en el territorio de lo que es la actual Colombia, ya se había intentado acabar con el consumo de ciertas plantas usadas por los indígenas. La más im- portante de todas fue la hoja del arbusto de la coca, que ha sido mascada por los habitantes originales de América del Sur durante miles de años. La hoja seca de esta planta es un estimulante suave, que brinda resistencia en el trabajo, distrae el hambre y es un reme- dio casero efectivo para diversos malestares, como el mal de altura. Además, ha jugado un papel simbólico y religioso crucial en las sociedades de los Andes centrales. En términos taxonómicos, la coca pertenece al género Erythroxylum, que incluye unas 250 especies, la mayoría de las cuales son originarias del trópico americano. Toda la coca cultivada pertenece a dos especies domesticadas estrecha- mente relacionadas (Erythroxylum novogranatense y E. coca), cada una de las cuales comprende dos variedades. La más común en nuestro país ha sido la llamada coca colombiana o hayo (nombre científico E. novogranatense var. Novogranatense), que se aisló genéticamente al ser domesticada a través de la selección natural y es la más reciente de las cocas cultivadas. Esta variedad fue usada principalmente para mascar y como remedio casero, pues es difícil extraer y cristalizar la cocaína de sus hojas. Avances técnicos recientes han permitido aprovechar mejor la cocaína presente en la coca colombiana, pero los productores ilegales han fomentado también el cultivo en Colombia de la variedad conocida como coca boliviana o de Huánuco (E. coca var. coca) (Plowman, 1985; Galindo Bonilla y Fernández- Alonso, 2010).

La coca es consumida desde hace por lo menos ocho mil años, de acuerdo con reciente evidencia arqueológica de sociedades re- colectoras del nordeste del Perú (Dillehay y otros, 2010). Los da- tos también muestran que la costumbre de mambear coca estaba muy difundida en Colombia en el primer milenio de nuestra era. De ese período son los hermosos poporos que los quimbayas crearon para almacenar la cal apagada que al mezclarse con las hojas en el momento de mascarlas o mambearlas libera sus alcaloides, así como los monumentos antropomorfos de la cultura de San Agustín, que sugieren esta práctica por sus cachetes abultados y las pequeñas bolsas terciadas que debían servir para llevar las hojas. Pero el cultivo y el consumo deben ser anteriores en varios miles de años a la aparición de los testimonios arqueológicos. La coca colombiana debió desarrollarse en los valles montañosos del sur del país, a partir de la variedad de Trujillo. A través de una selección continua la coca colombiana se diferenció lo suficiente para ser una variedad distinta, pero no tanto como para ser considerada una especie. Se la consumió en buena parte de lo que hoy es Colombia, y fue objeto de un amplio comercio que proveía de la hoja a las comunidades que habitaban en las tierras altas y se difundió después a la costa de Venezuela y hacia América Central (Plowman, 1985). Existen testimonios de su consumo al momento de la conquista española por pueblos como los pastos, los quillacingas, los paeces o nasa, los quimbayas y todos los habitantes de la cuenca del río Cauca, los muiscas, las poblaciones del valle del Magdalena y el actual departamento de Santander, los zenúes y los arhuacos (Patiño, 1967, pp. 201-223). Las tribus del Amazonas cultivan una variedad diferente, la coca amazónica o ipadu (E. coca var. ipadu). Debido a las condiciones de la región, no existe un registro arqueológico para datar su origen, aunque la evidencia lingüística, etnográfica, histórica y botánica sugiere que esta variedad es de origen reciente (Plowman, 1985).

El consumo de la coca estaba muy extendido en los Andes al momento de la conquista española, y los sacerdotes y jerarcas de la Iglesia católica que llegaron entonces vieron con malos ojos el papel que cumplía la coca en los ritos indígenas. Por ello, en los dos primeros concilios provinciales efectuados en 1552 y 1557-1558 en la ciudad de Lima —la diócesis de Popayán fue sufragánea de ese arzobispado hasta 1568, cuando se estableció el arzobispado de Santafé de Bogotá—, se escucharon diversas voces que pedían la proscripción del consumo de la hoja y la destrucción de los ar- bustos. La disputa llegó a su fin con la cédula real expedida por Felipe ii el 18 de octubre de 1569, la cual manifestaba que si bien la fuerza y el vigor conferidos por la hoja eran, “de acuerdo con los que la han probado, una ilusión del demonio…, no deseamos privar a los indios de este alivio en su trabajo, incluso si está en su imaginación”. Sin embargo, a renglón seguido el monarca español exigía que los curas impidiesen su uso en “idolatrías, ceremonias y hechicerías” (Gagliano, 1994, pp. 47-75).

Para impedir el uso de la hoja en este tipo de prácticas, estaba el Tribunal del Santo Oficio de Cartagena de Indias. A lo largo de su existencia, que transcurrió entre 1610 y 1825, la Inquisición impuso penitencia a 767 reos, de los cuales seis perecieron en la hoguera. Aunque los indígenas, que eran los principales consumidores de coca, estaban fuera de su jurisdicción, al menos siete de las mujeres penitenciadas lo fueron por consumo de la hoja entre los años 1678 y 1682. Una de ellas fue condenada “por haber mascado yerba hayo, buena para tener ventura con los hombres” y las otras seis “por haberse valido para sus ensalmos de la yerba hayo”. Refirién- dose a la coca, el inquisidor Gómez Suárez de Figueroa escribió en carta de enero de 1692 que “en los congresos de mujeres de vida y costumbres corrompidas, para el uso de sortilegios divinatorios y amatorios, es el principal y cuasi inseparable medio…, y que asimismo este abuso está tan frecuentado en la ciudad de Santa Fe y sus circunvecinas y en la de Popayán y su provincia, que no sólo corre entre personas de ínfima calidad, sino es que toca en algunas de mayores obligaciones que, olvidadas de ellas, se dan a vida des- honesta” (Medina, 1899, pp. 330, 332 y 340).

En todo caso, tras la cédula real de 1569, el gobierno colonial no se volvió a replantear el tema de la condición legal de la hoja de coca, que se convirtió en el producto agrícola más importante del Perú. Después de todo, además de las ganancias generadas por su producción y comercialización, la hoja también producía beneficios económicos indirectos, pues el consumo continúo de la hoja confería resistencia, permitiendo que los nativos trabajasen jornadas más largas sin exigir alimentos. Al parecer, en el caso colombiano los españoles promovieron el cultivo de la planta en la Sierra Nevada, el antiguo territorio muisca y el Alto Magdalena (Langebaek, 1998, pp. 116-118). Sin embargo, la producción de coca no fue muy dinámica en el territorio colombiano porque la población europea no adquirió el hábito de mascar la hoja, y la producción se limitó al consumo personal o a la venta en mercados locales. La coca era una droga suave como el té, el café, el chocolate y el tabaco, pero mientras que estos productos fueron adoptados por los europeos entre los siglos XVI a XVIII, la hoja no caló en los gustos metropolitanos y la ciencia europea no reconoció hasta bien entrado el siglo XIX sus propiedades terapéuticas. Esto se debió en parte a que la coca no resistía bien los largos viajes trasatlánticos, pues las hojas que se humedecen se fermentan y si, por el contrario, están muy secas, pierden su contenido de cocaína. También pudo intervenir el rechazo de los colonizadores a mascar la coca mezclada con cal o a las manchas en los dientes que dejaba su uso continuo. Incluso en el presente, cuando se ha generalizado el uso de muchas drogas, la coca no ha ganado muchos adeptos fuera de sus consumidores habituales.

No es que todos los europeos estuvieran siempre cerrados a nuevas experiencias. Fray Diego García, que en nombre de la Expedición Botánica recorrió en 1784-5 las provincias de Neiva, Ti- maná y La Plata, observó cultivos de coca en toda la región y que la consumían “no solo los indios, sino también los mestizos, mulatos, negros, y muchos de los blancos, bien que son de aquellos pobre- tones de los campos” (Mantilla R. o.f.m. y Díaz Piedrahita, 1992, p. 103). De hecho, otra planta de origen americano, el tabaco, tuvo gran éxito en el Viejo Mundo pese a que requería fumar, que era una forma de consumo que los europeos también desconocían. En un libro publicado en esos mismos años, Antonio Julián, un sacerdote jesuita de origen español quien había “girado casi todo el Nuevo Reino de Granada”, decía que en el resto de América y en Europa había mucho consumo de té, café y mate, pero que su país natal había descuidado la producción de la coca,

[…] una yerba que pudiera ser un ramo de comercio ventajosísimo para la España, salud de la Europa, remedio preservativo de muchos males, reparativo de las fuerzas perdidas, y prolongantivo de la vida humana… Todo está en que la Corte pruebe y apruebe las virtudes y buenos efectos del hayo. Entonces vendrán navíos del Callao y Santa Marta, puerto más vecino, cargados de sacos, o zurrones de hayo, y tendrá el comercio de España otro ramo con que aumentar caudales, y quedará en la Monarquía con el uso del hayo el dinero que con la introducción y moda del té y café se llevan los extranjeros (Julián, S.J., 1980, pp. 24-41).

Julián agregaba que la coca era consumida por los indígenas de La Guajira, Chocó, Popayán y algunos de Pasto, pero que ya no la usaban los pobladores del centro del país.

La Expedición Botánica, de la cual era miembro fray Diego, hacía parte del gran proyecto de reformas borbónicas en las colonias americanas, que se proponía aumentar el control de la metrópoli española sobre estos territorios e incrementar la presión fiscal. Pero el afán recaudatorio originó un gran levantamiento, la Rebelión de los Comuneros, en 1781. Contenida la revuelta, el arzobispo Antonio Caballero y Góngora realizó una visita pastoral a las regiones que se habían rebelado, con el fin de pacificarlas. En ella lo acompañaba el fraile capuchino Joaquín de Finestrad, que como fruto de su experiencia escribiría El vasallo instruido, un texto en el cual recomendaba una serie de proyectos económicos para ocupar a los habitantes e impedir nuevos alzamientos. Entre las actividades aconsejadas estaba la explotación de la coca, de la cual decía que se cultivaba entonces en la provincias de Santa Marta y de Soatá, y que era una planta “nutritiva, corroborante, antipocondría y conservativa de la dentadura” (De Finestrad, 2001, p. 113). Fue precisamente la Expedición Botánica la que en marzo de 1784 recogió e ilustró en Mariquita, en el Magdalena Medio, la primera muestra botánica de la que posteriormente fue identificada como E. novogranatense var. Novogranatense (Henman, 1981, p. 20).

Obtenida la independencia de España, la joven nación pro- movió a mediados del siglo xix un nuevo proyecto científico para inventariar los recursos del país, la Comisión Corográfica, la cual fomentó un mayor interés por el conocimiento sistemático. En este contexto fue fundada, en 1859, la Sociedad de Naturalistas Neo- granadinos, que sería la primera institución nacional en ocuparse exclusivamente de las ciencias naturales. La Sociedad tuvo vínculos con la comunidad científica internacional, aunque subordinados: los neogranadinos recolectaban y enviaban muestras de minerales, flora y fauna que los científicos europeos clasificaban y analizaban. En el primer número del boletín de la Sociedad, Contribuciones de Colombia a las ciencias y las artes, publicado en 1860, fue incluido el texto.

Memoria sobre la historia del estudio de la botánica en la Nueva Granada, escrito por Florentino Vezga, un abogado y periodista aficionado a las ciencias naturales. La Memoria era un intento por construir una historia de la ciencia en la Nueva Granada, cuyos orígenes situaba en la Expedición Botánica, a la vez que ofrecía un programa de investigación para la Sociedad, que consistía en recuperar los saberes botánicos de los indígenas y en continuar la obra de la Expedición Botánica, interrumpida por las guerras de Independencia (Obregón Torres, 1992, pp. 1-38). De acuerdo con la Memoria, la primera de las plantas con reputación medicinal entre los indígenas que ameritaba ser analizada científicamente era la coca, a la cual se atribuían “virtud anafrodisíaca” y “muchos principios alibles”. La autoridad para la afirmación de Vezga era José Antonio de Plaza, quien escribió que los sacerdotes muiscas vivían siempre célibes y con la coca como único alimento. Pero lo cierto es que la coca no tiene propiedades anafrodisíacas y que Vezga imaginó una relación de causalidad entre el celibato y la coca, que De Plaza no afirmó (Vezga, 1938, p. 24; De Plaza, 1850, p. 49). La Sociedad cesó sus actividades hacia 1861, debido a una de las tantas guerras civiles de la época, sin cumplir las metas que se había propuesto.

Un médico, que también había sido miembro de la Sociedad de Naturalistas, escribía unos pocos años después muy elogiosamente sobre la hoja de coca. Decía que se producía en climas templa- dos y que las hojas consumidas en Bogotá procedían de La Plata y Almaguer. Su uso estaba muy extendido entre los indígenas “del Andaquí, de Tierradento y del cantón de Almaguer”, que se caracterizaban por su valor; “son además inteligentes, activos, fuertes para el trabajo y soportan fácilmente las fatigas; son esencialmente sobrios, bástales una pequeña cantidad de alimento para emprender sus tareas, siempre que no les falte en la boca una buena dosis de coca”. Y explicaba que “es muy probable que la superioridad física e intelectual de estos indios sea debida en parte a la influencia beneficiosa de la coca, que… activa las funciones musculares y ce- rebrales”. Afirmaba que sus hojas son “un poderoso tónico que se usa vulgarmente para combatir la debilidad del estómago y de los intestinos”. La infusión que se prepara con ellas “es una bebida agradable al gusto y muy aromática, que rehabilita las fuerzas perdidas en las largas enfermedades, activa las funciones orgánicas en los convalecientes, cura los espasmos nerviosos y vigoriza la organización en general. ¡Sin embargo, con cuánto descuido se ha mirado este precioso agente, no obstante ser tan populares sus virtudes medicinales!”. En suma, la coca debería recibir mayor atención, “tanto por sus aplicaciones medicinales, que con el tiempo se- rán numerosas y bien comprobadas, cuanto por sus útiles ventajas, que ofrece como bebida sobre el té y el café; ventajas que no dudo pondrán a la coca a la altura comercial a que están sus dos rivales de Oriente”. El autor acababa el artículo narrando cómo se había aislado recientemente la cocaína y describía la insensibilidad pasa- jera que se produce en la lengua al contacto con el alcaloide, pero resulta evidente que no había tenido una experiencia directa de la nueva droga (Zerda, 1865b).

El mercado mundial de la hoja de coca se amplió súbitamente en 1863, cuando un corso establecido en París, Angelo Mariani, produjo, por vez primera, un vino con coca, el Vin Mariani, que fue inmensamente popular en las décadas siguientes gracias a sus hábiles tácticas publicitarias que incluyeron el aval de papas, reyes y presidentes. La invención de los barcos de vapor, que disminuyeron los tiempos de viaje, y las mejoras en el almacenamiento de la coca, habían permitido que la hoja no perdiera todos sus principios activos durante la travesía. El Vin Mariani tenía además otras dos ventajas que permitieron popularizar el consumo de la coca, aunque fuese mezclada. En primer lugar, el alcohol aumenta el impacto de la cocaína, por lo que la mezcla compensaba la baja en el efecto estimulante que aún ocasionaba el viaje transoceánico. Además, su ingestión usando el vino como vehículo obviaba el rechazo que los europeos sentían frente al mascado de la hoja de coca. Entre 1863 y 1885, Mariani fue el principal comprador de la hoja de coca, que en su mayor parte adquiría en Bolivia (Karch, 2006). Competidores de todo el mundo rápidamente entraron a disputarse el mercado del vino con coca. Uno de ellos fue el estadounidense John Pemberton, quien en 1884 creó el French Wine Coca, que además de coca llevaba nuez de cola la cual contiene cafeína. En 1885, el condado de Fulton, donde está situada la ciudad de Atlanta, en la que Pemberton tenía su centro de operaciones, prohibió el alcohol, por lo que al año siguiente el empresario desarrolló la Coca Cola, en la cual el agua carbonatada reemplazaba al vino, obteniendo así una versión no alcohólica de su vino de coca. Un extracto de hoja de coca sigue siendo parte de esta popular bebida, aunque la cocaína fue eliminada de su composición en 1903 (Gootenberg, 2008, pp. 25-29; Pendergrast, 2001, pp. 46-55).

En 1889, el botánico y médico José Jerónimo Triana, quien ha- bía hecho parte de la Comisión Corográfica y emigró luego a París, afirmaría haber jugado un papel decisivo en la historia de la coca por dos razones: primera, al permitir que el mundo reconociera las propiedades de la hoja, olvidadas durante muchos años, al presen- tarla en la Exposición Universal de París de 1867 como parte de una colección de seis mil plantas colombianas, y, segunda, al haber convencido al farmacéutico parisino M. Chevrier para producir el primer vino de coca, el cual era un “tónico y reconstituyente” que podía ser consumido por quienes no toleraban el vino de quinina (Triana, 1867, p. 14; Triana, 1889, pp. 11-12). Pero Triana estaba atribuyéndose méritos que es poco probable que le correspondieran, pues, por una parte, ya Mariani estaba vendiendo su vino antes de que de Chevrier entrara a competirle, y, por otra parte, la coca hacía parte de la Farmacopea oficial francesa desde su edición de 1866, un año antes de la Exposición Universal (Rodríguez Noval y otros, 1991). De hecho, ninguna de las principales historias académicas o populares de la coca o de la cocaína atribuyen papel alguno a Triana o a Chevrier en el redescubrimiento de las propiedades de la hoja o en la invención del vino de la coca. En 1873, Triana envió un memorial al Secretario del Interior de Colombia, señalando la necesidad de fomentar el cultivo de la coca para exportar las hojas, pero su consejo no fue atendido (Díaz Piedrahita, 1999). Unos años después, en 1880, una publicación de Tunja, El empresario, animó a que se promoviera el cultivo de coca (Gootenberg, 2008, p. 73). Estas iniciativas ya se planteaban el cultivo de coca para su transformación en cocaína, droga de la cual se hablará en detalle más adelante.

A medida que avanzó el mestizaje de la población colombiana durante la colonia, la costumbre de mascar coca fue perdiéndose y a principios del siglo xx se había reducido a ciertas regiones del Amazonas, la Sierra Nevada de Santa Marta, algunos puntos de Santander y Boyacá y, sobre todo, el sur del país: el sur de los de- partamentos del Cauca y Huila y zonas de Nariño. Para esa época la coca era un producto de importancia social y económica solo en esa región meridional, en particular en el Cauca, aunque a comienzos del siglo anterior los guambianos abandonaron su uso (Henman, 1981, p. xix). La coca era muy popular en forma de infusión, y a fines del siglo xix se vendía en casi todas las boticas y tiendas del país que expendían plantas medicinales (Fischer, 2001, p. 179). En ninguna parte del país se cultivó la hoja con fines de exportación, y Colombia no participó de la ampliación de la demanda de coca que provocó el desarrollo de los vinos de coca y la Coca-Cola y el empleo de la cocaína en la medicina. Los productores que más aprovecharon la ampliación del mercado estaban en Perú y Bolivia y en Asia, en particular en la isla de Java, entonces bajo el dominio holandés. No hubo en el país empresarios con la persistencia para aprovechar la mayor demanda, como ocurrió en esos lugares; es cierto que algunos colombianos quisieron emular lo ocurrido en esos lugares y promovieron el cultivo de la coca a fines del siglo xix y principios del xx, pero —y esto se verá cuando se trate el tema de la cocaína— tales intentos fueron infructuosos.

 *Este capítulo hace parte del libro Remedios nocivos, editado por Debate y la Universidad Nacional de Colombia en marzo de este año.  

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