Portada de 'Letargo' de Perla Suez.

Lazos familiares

'Letargo', premiada novela de la escritora argentina Perla Suez, cuenta la historia de una niña, Deborah, que a través de sus cuadernos personales –los diarios de infancia–, nos narra la tragedia de su propia familia.

2017/03/28

Por Martín Franco Vélez

Cada familia es un universo enrevesado. Por eso no resulta arriesgado afirmar que todas las historias, las primeras historias, vienen de ahí: de esos personajes que nos tocaron en suerte durante los primeros años y que, quiéranlo o no, determinan con lo que hacen eso que nos queda adentro. Ni tampoco que ese camino empantanado de la infancia moldea a la persona en que acabamos convirtiéndonos con el tiempo.

De Tolstói a Franzen –en La felicidad conyugal o Las correcciones, por citar apenas dos ejemplos que se me vienen a la mente–, son muchos los escritores que han explorado el tema. La argentina Perla Suez (Córdoba, 1947) lo hizo también hace algunos años con esta novela, que resultó finalista del Premio Rómulo Gallegos, en 2001, y que es también la primera parte de la trilogía Entre ríos con la que ganó el Primer Premio de Novela Grinzane Cavour y el Primer Premio Municipal de Novela del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires.

Letargo cuenta la historia de una niña, Deborah, que a través de sus cuadernos personales –los diarios de infancia–, nos narra la tragedia de su propia familia, que se va derrumbando ante sus ojos: la madre, que enloquece luego de perder a su hijo pequeño; el padre, con filiaciones políticas de izquierda, que tiene un amorío extramatrimonial; la suegra, que es dueña de una tienda y detesta en secreto al marido de su hija, el “comunista”; y León, el joven que con el tiempo se convertirá en la pareja de la pequeña Deborah.

La narración pasa constantemente de la primera a la tercera persona, lo que evidencia un sutil juego con el tiempo: la voz de la niña que narra el presente, y la de la mujer adulta que recuerda sus días de infancia. Las frases, por su parte, resultan de un poder desgarrador: “Lo que sucedió después, todavía sucede dentro de mí” (pág. 28), o “Aunque el doctor Yarcho dijo que mejoraría, yo la vi entrar en un sitio donde acaso no se es nadie” (pág. 35). Hacia el final, cuando creíamos consumada la desgracia, un giro inesperado en la historia nos recuerda que todo, siempre, puede ser peor. Al menos por un tiempo.

Por lo demás, el lector agradece la cuidadosa reedición que hizo recientemente Frailejón editores, de Medellín, con una portada sobria y de tapa dura, adornada con grabados de flores y una cinta verde al costado para dar la impresión de un diario. Adentro, la firma de la autora, las fotografías de su propia familia, y, al final, un detalle encantador: el número del ejemplar escrito a mano y del cual, aclaran, se imprimieron solamente 500 libros.

Pequeños detalles que hacen de Letargo una novela que difícilmente deja al lector indiferente.

Eso, seguro.

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