Obama en 2015. Crédito: Pete Souza.

El colorido legado de Obama

El “primer presidente de color” en la historia de los Estados Unidos termina su mandato y el escritor colombiano Héctor Sierra se pregunta cuál es el legado económico, político o social de su gestión.

2017/01/19

Por Héctor Sierra*

Tras dos períodos presidenciales en la Casa Blanca y cientos de excelentes discursos impecablemente leídos en su teleprompter, Barack Hussein Obama hizo mucho por millones de americanos que no tenían cobertura médica, casi dobló el saldo en rojo de la economía de su país y, entre otras cosas buenas, firmó una ley que prohíbe la exploración petrolífera en el Ártico americano.

En materia de política exterior hizo algo muy positivo: levantó el injusto embargo económico que el país de la libertad había impuesto a Cuba y restableció las relaciones diplomáticas con la isla.

Pero también deja el mayor número de refugiados y desplazados después de la Segunda Guerra Mundial (6.5 millones de desplazados, ¡sin contar los refugiados en solo Siria!), deja tres países en guerra civil (Siria, Libia, Yemen); nos hereda una organización terrorista transnacionalizada, que realizó masacres y atentados en Libia, Afganistán, Bélgica, Francia y en cuyo nombre se cometieron matanzas indiscriminadas en Florida (Orlando), California (San Bernardino), Bangladesh, etc.

Cuando el premio nobel de la paz Obama llegó a la Casa Blanca, el Estado Islámico ya había ocupado lo que se ha llamado el eje sunita de Irak. Pero durante los ocho años de su administración, el Estado Islámico pasó a invadir Siria, asesinó a centenares de cristianos y yazidis, raptó y esclavizó a cientos de mujeres, destruyó las joyas arquitectónicas de la civilización asiria y romana; y amenazó con derrocar al gobierno secularista de Al Assad.

Mientras acusaba a Rusia de faltar al derecho internacional por la reintegración de Crimea, Obama decidió continuar apoyando a los rebeldes a destruir a un miembro legítimo de las Naciones Unidas, o permitía que los Países del Golfo lo hicieran y mientras el Estado Islámico destruía (vandalizar es un eufemismo) la cuna de la humanidad en Nimrud y Palmira.

También la organización islamista “La educación es pecado” (o Boko Haram), de inspiración salafista y wajabista (Catar, Arabia Saudí) irrumpió en Nigeria, quemó, masacró, raptó a cientos de mujeres y niñas y hasta el día de hoy sigue esclavizando a cientos de menores africanas. ¿De dónde reciben tanto apoyo estas organizaciones? ¿Por qué el país más potente del mundo al menos no propone bloqueos económicos contra estos entes terroristas y/o contra sus patrocinadores?

Nada alteró la indiferencia optimista de Obama que continuó usando el algoritmo: tolerancia-calculada-de-extremismo-religioso precios-bajos-del-petróleo + sanciones a Rusia ⇒ debilitamiento/destrucción-de-sus-clientes (Irán/Siria/Yemen/Libia:enemigos-a-muerte-de-los-sunitas (éstos-nuestros-aliados)) = centenares-de-muertes/miles-de-refugiados.

No es cierto que Obama haya lanzado, como se dice, más de 26.000 bombas durante su mandato. Si lo hubiera hecho, al menos las primeras mil bombas habrían servido para agarrar puntería. Y si la cifra es cierta, es porque las lanzó contra los aliados shiítas de Putin. ¿Qué tan difícil es atinarle a un humvee que va levantando polvareda por el desierto?

El legado de Obama pudo haber sido el empoderamiento de la clase media americana, la revitalización de su economía, la protección del medio ambiente incluso después de su administración, la cooperación con otros países para destruir al tolerado Estado Islámico, la negociación abandonada con Rusia para reducir el armamento atómico mundial... Para lograr todo esto, sólo debió haber apoyado la candidatura de Bernie Sanders.

Pero el presidente del país más democrático de nuestro planeta prefirió apoyar a la esposa de un expresidente. A pesar de su autoridad en el Partido Demócrata, Obama prefirió ignorar las intrigas que se maquinaron para robarle la nominación a Bernie Sanders. Escogió intensificar el recrudecimiento de la Paz Fría, la continuación de los pañitos de agua tibia para la economía americana, la inacción para que una organización terrorista se potencializara y destruyera Siria.

Obama apoyó a Hillary Clinton e incluso la preparó para que ésta hiciera el trabajo sucio que él no quería hacer como premio nobel de la paz: la nombró secretario de Estado y la puso a cargo de la desintegración de Libia. No por casualidad los rebeldes en Siria empezaron a perder terreno cuando se destapó el escándalo de los correos electrónicos de la Clinton. Y no por casualidad ella los borró.

Obama protegió a la potencial futura presidente cuando estalló el escándalo por la masacre de Benghazi y le toleró que tuviera un servidor privado para que pudiera esconder todas las negociaciones sucias que tendría que hacer de armas para el Estado Islámico o los rebeldes y de dinero que los estados del golfo (Catar, Arabia Saudí) hacían para su Fundación Clinton. Por algo es tan importante Huma Abedín, su asistente.

Y mientras la Clinton llevaba a cabo su política internacional desde un blackberry, Obama nos cautivaba con sus palabras, halagaba nuestro altruismo dejándonos pensar que un presidente negro puede hablar mejor que cualquier blanco.

Su nefasto desempeño internacional no podía no reflejarse en las elecciones. Pero a cambio de tomar responsabilidad, el mal perdedor se ha dedicado a alegar sin pruebas que el defensor de Assad alteró los resultados jaqueando los correos de la Clinton y, así, logró alejar la atención de la ciudadanía de lo que de verdad es esencial: el contenido de esos correos.

Mientras hablaba de tolerancia, democracia y paz, usó su derecho de veto presidencial para desvalidar y de hecho prohibir 12 leyes, entre ellas a la que permite a los ciudadanos demandar a Arabia Saudita por los atentados de Septiembre 11. Con su labia talentosa de abogado multiculturalista, Obama nos convenció de que es correcto exportar wajabismo, pero estar en contra de sus resultados es islamofobia; es legítimo destruir países soberanos y válido crear miles de refugiados, pero es inaceptable que esto tenga consecuencias; es tolerable que se destruyan iglesias y templos y se masacre a inocentes, pero es intolerancia no tolerar la intolerancia religiosa.

Obama es el epítome del multiculturalismo fallido, del discurso altruista y virtuoso pero cándido e insuficiente que no puede hacer frente a la realidad actual o la explota con cinismo. Obama es la efigie del multiculturalismo idealista que pone todos los sistemas éticos dentro de un mismo estándar. Que confunde ideología con religión, y religión con cultura. Que desprecia el concepto “civilización Occidental” y el de secularismo. Que es inconsecuente e hipócrita pues al mismo tiempo celebra la islamofilia, pero valida la rusofobia. Que tilda a cualquier patriotismo de nacionalismo, pero no si éste es americano. Que no ofrece paradigmas sociológicos actualizados y como consecuencia genera populismo, racismo, xenofobia.

Tras ocho años de un discurso político aparentemente correcto y narrativas impecables nos preguntamos cuál fue el aporte del señor Hussein Obama a la paz mundial además del color de su piel.

Y aunque no queremos aceptarlo, tenemos que reconocer: Obama nos dejó como legado al colorido señor Trump.

*Escritor colombiano. Como comunicador y humanitario ha cubierto los conflictos de Kósovo, el Cáucaso y Afganistán, entre otros.

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